Apocalipsis de bolsillo

Por Gerardo Ugalde

 

 

 

La historia de mi vida comienza ahora.

Escapé del hogar familiar por incertidumbre. Regresé varias veces por memoria. Y hoy que habito en el olvido más cercano creo que mis pies se encuentran cansados de andar. Disculpen si mi escritura es poco profesional. No fui a la escuela de la manera que hay que ir. Desperdicié mi tiempo debajo de los pupitres intentando encontrar sustancia en el oscuro triángulo que cuidaban las faldas de las niñas. Esa fascinación mía por observar me generó morbo. Del morbo pasé rápidamente a la perversión. Lo que mis ojos veían no eran seres humanos. Un gordo un hipopótamo una mujer una yegua un niño un gato un policía un puerco un ladrón un coyote. Creaba fábulas carentes de moraleja por montones. Dos veces conocí el castigo: cuando toqué el fuego y cuando bebí alcohol. Sólo yo sé lo que se siente vivir sin miedo.

El dinero llegó con la avaricia. Mi último juego de niño consistió en robar unos cuantos dulces de la tienda. Éramos cinco pequeños ladrones. Tres crearían una distracción con base en una pelea, el que sobraba y yo tomaríamos una caja de chicles de quinientas piezas que después venderíamos en los semáforos y así comprar cada quien lo que se le antojara. El trío luchador falló ya que el tendero no salió de su aparador. El otro y yo, que se supone robaríamos, no nos percatamos de la atención camaleónica del tendero. Su ojo izquierdo nos observaba mientras el derecho prestaba atención a nuestros compañeros. El vejestorio se fue acercando sigilosamente. Dejó caer sus llaves accidentalmente. Nuestros oídos resintieron la caída. Mi colega me empujó hacia el estante de las frituras y caí como roca en ellas ocasionándome mi ruina. Con furia me tomó el dueño por el cuello y me bajó los pantalones. Yo pensé que nomás serían unos fajazos o algo por el estilo. Agarró una cajetilla de cigarros y sacó uno, le prendió fuego y se lo llevó a la boca con elegancia. Me tenía agarrado de las manos sin ninguna dificultad, ayudado además por el miedo que sentía. Abandonado a la suerte por mis compañeros me resigné pensando en el modo de vengarme de ellos después de mi sufrimiento. Cerraba con fuerza mis ojos. Escuchaba los insultos del tendero. Escuchaba como le daba una calada a su cigarrillo porque segundos después lo llevaría a mi trasero. Sentía la punta ardiente en mi carne. Una voz fantasmagórica irrumpió en la escena. Con un certero golpe en la espalda del hercúleo anciano me liberé. Corrí hacia el escondite propuesto para la fuga por mis traidores compañeros.

Una inmensa duda erizó el vello de mi nuca. ¿Quién me había salvado de las quemaduras? Por la prisa de escapar de la mazmorra olvidé agradecer el gesto de aquel héroe. No pude dormir durante una semana. Aquella voz espectral penetraba en mi consciencia. Justo en el momento que escribo estas líneas acepto la posibilidad de que aquella voz haya sido la suerte.

Tuvimos la idea de robar en la carretera. Decía él que la gente que viaja suele llevar dinero. Pero lo más importante era el transporte tan necesario para recorrer grandes distancias en menor tiempo. Así que diseñamos una trampa con troncos y piedras, que obligara a los automóviles a detenerse. Yo me coloqué a doscientos metros adelante para dar la señal con un espejo de que un automóvil pequeño se acercaba. No queríamos asaltar un camión. Sería más fácil atraparnos. Con unos binoculares que había comprado en el tianguis visualicé que un carro venía. Señalicé y él lanzó los troncos y las piedras a la carretera. En un minuto llegarían al punto y nosotros huiríamos en el coche robado. Corrí hacia mi compañero que se encontraba escondido detrás de una gigantesca roca. Observamos impaciente la curva por donde se supone el automóvil aparecería. El carro se frenó derrapando. Dentro iban sentados dos adultos y un niño.

Mi camarada al ver que el hombre salió del carro para retirar los obstáculos disparó al aire. Les pidió que salieran del auto. Así lo hicieron los pasajeros. La mujer tenía miedo y el niño nos miraba incrédulo. Decidí ser el piloto. Mi amigo continuaba afuera. Hablando con las víctimas. Tres disparos rebotaron en la sierra. El eco no se iba, rebotaba en mis oídos volviéndome loco. Lanzó los cuerpos a la barranca. Subió al carro. Nos pusimos en marcha. El silencio se apoderó de nosotros el resto del camino. Yo lo miraba de reojo. Me sorprendía la calma de su espíritu.

Llegamos a Ciudad Guzmán en media hora. Abandonamos el coche y seguimos a pie hasta llegar a la plaza. Con el dinero que le sacamos al hombre compramos comida. Yo ya estaba nervioso. Mi compañero era lo que más me sacaba de quicio, su indiferencia provocaba en mi horror. Temía convertirme en víctima de su crueldad espontánea. Ya lo había visto matar dos veces. Estaba marcado mi cuerpo por eso. Ver morir a la gente no es normal. Te vuelve loco.

Caminé por un desierto interminable repleto de oscuridad devoradora de lunas y estrellas. Los sonidos a mi alrededor cavaban tumbas donde mi muerte imaginaria iría a dar después de ser asesinado por coyotes buitres cactos indios demonios. Mis sentidos se agudizaron al extremo de ver enfrente de mí una figura sacada del más vulgar tarot. Hablándome en un extraño dialecto que nunca antes había oído pero que en cambio entendía a la perfección me dijo algo como: “jueg sig juk fek kid lok nok avec moi si los tres juj kake ki”, o que en castellano lo traduzco: “sigue el sendero más oscuro y no te detengas hasta encontrar las rocas que sudan”. Seguí el consejo de aquella extraña criatura y me interné en las profundidades del color negro.

Hicimos el amor durante ochenta días mientras recorríamos el mundo en un condón que logré adaptar para que sirviera de globo aerostático. Debajo de nuestra consumación las poblaciones de diferentes naciones vivían en constante armonía caótica. Un olor a gas metano nos hizo perder el conocimiento. Dormimos por más de tres vueltas al mundo. Una corriente de murmuraciones respecto a mi paradero nos devolvió en dirección contraria retrasando el tiempo inevitablemente. Llegué al pasado cuando la conocí y consciente de mi futuro decidí no conocerla y evitar desperdiciar buen tiempo de mi patética vida.

Su mentalidad de niño de cinco años no lograba encender su interruptor de maldad. Le clavó el cuchillo a su perro para sentirse un dibujo animado. Llevó su mirada a la herida fallando su propósito de mirar más allá. Le dijo a su mamá que el perro se había caído sobre el cuchillo. La maldad aparece con la mentira en él. Su madre ríe llorando. Y él sale de la habitación hacia el interior de un retrato descompuesto. Su sueño de ser puro color es cumplido. Si conociera a Dios se lo agradecería enormemente.

Desarrollando su vida dentro de la pintura, el niño que era yo, pero que cuento esto para dar más contenido a mi estilo no se percata que yo soy el escritor que escribe una autobiografía inventada.

Sigue derecho y cuando llegues a la esquina no gires. Detente. Y espera a que el Sol se haya ocultado. Estírate y si tu espalda truena da vuelta a la derecha. De lo contrario ve de frente hasta topar con las miradas absurdas de las personas que te encuentres. Habrás llegado a la prehistoria de tu existencia.

Entonces después de lograr mi huida busqué a los traidores. A Osvaldo le arrancaría un pedazo del cerebro y así su sueño de ser médico quedaría truncado. Aunque no fuera todavía un adulto la venganza ya corría por mis venas. Ellos me habían abandonado a merced de un sádico pederasta. Yo tendría que enseñarles el significado de la palabra amistad. Como a Claudio le gustaban las películas le arrojaría acido clorhídrico a los ojos cegándolo de por vida. Para Pablo quien amaba a los animales el castigo era perfecto. Mi vecino tiene un perro viejo rabioso y él no lo sabe por  imbécil y desgraciado. Lo llevaré a mi casa y una vez ahí lo dormiré con cloroformo. Aventaré su cuerpo adormilado al patio del perro y dejaré que el dolor lo despierte. Por último Gerardo. Su cobardía me costó quemaduras en el trasero. A él la muerte era un premio que no le podía permitir gozar. Así que construí una máquina para que sus huesos…

―¿Y por qué empieza a escribir este extraño texto?

―Una iluminación.

―Sea más claro por favor.

―Yo creo en ser ateo, no me malinterprete, soy profundamente religioso. Pero sólo por la literatura de las creencias, no por la salvación.

―¿Eso significa?

Apocalipsis de bolsillo es un tributo al profeta mexicano Juan José Arreola.

―¿Conoció al maestro?

―Sí, cuando yo era un consumidor de hierbas aromáticas, él se me apareció.

―¿Y qué le dijo?

―No mucho, hablamos sobre una fotografía que yo tengo colgada en el pecho.

―Descríbanos la fotografía…

―Un recuerdo de mis vacaciones en las montañas, yo posando junto con unas cabras, una de ellas con el torso de ser humano.

―Interesante, afirma entonces haber conocido al Diablo.

―No sé si es el apodo del maestro Arreola, pero si es el algo perverso cuando se lo propone.

―Me refiero… mejor hablemos de “Apocalipsis de bolsillo”. ¿Cuál es su significado?

―Es un texto apócrifo encontrado en mi imaginación. A través de las palabras juego con el lector dándole a entender la inutilidad que tiene para mí que me lean, ya que sé de antemano que malinterpretaran mi idea. Así que no importa si escribo con coherencia o no. Si me limito con los signos de puntuación. O si soy breve o muy extenso. Yo creo que la literatura actual es muy aburrida. Se ha estancado en describir la superficie de la imagen. Entonces yo hago algo diferente. Me adentro al espíritu. Vivo de la esencia de la imaginación y no importa hacia donde conduzca yo llevaré la ventaja ante los demás. Por ejemplo, yo puedo matarlo a usted y continuar con mi relato, con la historia de mi vida. De mi otra vida.

―¿En verdad cree que puede matarme?

―No le miento.

―Demuéstremelo.

El escritor se pone de pie y toma un cenicero de plata. Con despiadada frialdad mata al entrevistador y sale de la sala. Yo. El narrador. Y también asesino. Continúo jugando con el abecedario. El apocalipsis es…

inFINito.

 

 

GE
Fotografía de Moira Gelmi

 

 

 

 

Para citar este texto:

Ugalde, Gerardo. “Apocalipsis de bolsillo” en Revista Sinfín, no. 17, mayo-junio, México, 2016, 42-47pp. ISSN: 2395-9428: http://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

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