El delirio de Julio Cortázar

 

Gerardo Ugalde

 

 

En una noche en la cual cometí el funesto error de fumar marihuana, tuve el arranque de nervios más aterrador que he tenido hasta entonces. Cuando me vi en el espejo, noté que físicamente era horripilante. Comencé a perder el sueño, a sentirme lento, adolorido y con tedio. Derrotado para ser más claro. No lo estaba logrando, y parece, porque esto es continuo, mientras uno espera el fin del mundo, lo que esto conlleva (la situación cada día mas desfavorable, gente muriendo a cada rato, una hambruna latiendo con fuerza y un miedo imparable en nosotros), que yo quería, necesitaba, ganar una batalla, pero ahí estaba el delirio de Julio Cortázar.

Lo veía materializado en mi habitación —ahora la suya— traduciendo las obras de Poe. No sé si aun él vivía en Argentina, pero en mi alucine continuaba viviendo en su país. Era de noche y estaba cansado, después de dieciocho horas de trabajo ininterrumpido, era lo más humano. Descorchó un tinto, sirvió un vaso, y sentándose en el sofá, la radio emitía una pieza de música. Un cálido Jazz, digno del cansancio y la apatía. Cuando la última gota del tinto resbalaba por el cristal, Cortázar decidió que necesitaba dormir. Mañana iría con su mujer a celebrar su cumpleaños. Por lo tanto, la poca energía recuperada después al levantarse sería esencial. Sin embargo la decepción de Julio se hizo presente. Todas las noches le asaltaba robándole las esperanzas la imagen de la Tierra decayendo en una espiral, lo que mareaba a la gente, convenciéndolos de la importancia de la banalidad. Su cuerpo le pesaba, ya eran veinte horas sin conocer el sueño, viendo a través de la ventana. Observando la calle, tranquilizándose por la ausencia de gente y bullicio. Era un buen momento para estar despierto, o al menos, en su rostro se notaba la paz. En la esquina, donde terminaba la calle, Julio veía las luces de los faroles que poco a poco devoraban la noche. A diez metros de su casa, sobre la banqueta, en esa misma esquina, una sombra venía danzando. Dándose cuenta de esto, comenzó a sonreír, creía que era un borrachín extraviado. Conforme se acercaba, la sombra se esclarecía, definiendo a un hombre delgado, vestido de negro, con hombros anchos. Cayéndose justo enfrente a su ventana, podía verlo con mayor precisión. No sin resguardarse antes detrás de las cortinas, temía tener contacto visual con él. Cortázar miraba estupefacto, pensando que era víctima del sueño, o en ese caso, de la pesadilla. Lo que segundos antes creía era un borrachín resultaba ser una inimaginable criatura, que al mismo tiempo que le provocaba fascinación, lo aturdía de pánico.

Yo me sentía igual que Julio Cortázar. Quería dormirme, dejar de soñar con la criatura. Tenía mucho miedo, sudaba, mi cuerpo se quemaba de la angustia. Por un momento me creí capaz de olvidar. Bajé a la cocina a buscar un vaso de agua, tal vez algo de comer. En el trayecto reflexioné sobre mis temores. Estaba desesperado por algo, no, por demasiadas cosas. Olvidé ir a la cocina, caminaba en círculos rodeando la sala, pensando en el destino realista de mi vida. Decepcionado fui a la puerta, a través de la ventana examiné el exterior. La calle se encontraba tranquila. De repente, otra vez, el temor me invadió. Vi a Julio Cortázar en su cuarto. Paralizado de horror. El corazón casi se le salía por la boca. Quiso fumar un cigarrillo, mas no encontraba los cerillos. La presencia del demonio lo atormentaba. Se asomó de nuevo, sus rodillas tronaban al abrir ligeramente la cortina. Ahí proseguía el esperpento, ejecutando su frenética danza. Alcanzó a vislumbrar su rostro, siniestro y tentador, la facciones del adefesio le causaron nauseas. Cual niño, Cortázar corrió a su cama ocultándose debajo de las sábanas. Intentó calmarse, encendió la radio esperando atemperarse. Volvió a su infantil escondite, apretando sus párpados y así perder la conciencia. Sin embargo el calor lo asfixiaba. Cogió con las uñas el cántaro de agua y bebió hasta ahogarse. Bañó su rostro y tórax. Encendió una lámpara de mesa, lo que logró por momento sosegarlo. Pero una y otra vez, la presencia tácita de la criatura, le imposibilitaba descansar. Deseando encontrar fuego para el cigarrillo, el argentino realizó el prodigioso hallazgo en su cajón de un pequeño revolver que había adquirido por mera curiosidad. Sintiendo su frío agarre, regresó a la ventana. Previniendo ser observado primero usó un ojo para espiar las afueras. El demonio continuaba frente a su casa. Determinado a recuperar la paz en su alma abrió la ventana, sin razón alguna lanzó un grito tan sobrecogedor, que los disparos realizados contra su enemigo casi no se escucharon. En estado catatónico Julio no creía ver a un borrachín tendido en  la acera, derramando sangre. Arrojó el arma sin mirar a donde, cerró la ventana, y corrió a su cama, ocultándose de nuevo bajo las sábanas. Después Julio y yo intentamos dormir. Él lo logró, no yo.

"Pinky". Imagen de Gerardo Ugalde
“Pinky”. Imagen de Gerardo Ugalde

 

 

 

 

Para citar este texto:

Ugalde, Gerardo. “El delirio de Julio Cortázar” en Revista Sinfín, no. 23, año 4, México, marzo 2017, 15-16pp. ISSN: 2395-9428: http://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

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