Im-patient

Por Edgar Anguiano Manrique

 

 

La noche en que me enteré que vendrías, puse todo en orden. Lavé mi rostro, cepillé mis dientes, incluso derramé sobre mí unas gotas de aquel perfume que me dije nunca usaría. El hecho de saber que volverías; el ver tus ojos, acariciar y oler tu piel llena de ese olor tan característico de ti son los que me han motivado a seguir vivo este día.

Las manecillas del reloj en el pasillo apuntan la una de la madrugada, son una señal, una señal que anuncia tu pronto regreso. He esperado impaciente todo el día, como si el tiempo estuviese detenido. Me he encontrado aturdido de ruidos muy extraños que se escuchan cerca de mi cuarto, serán los vecinos, tal vez. Quisiera conocerlos, siempre que me encuentro cerca de ellos es como si no quisieran hablarme, como si yo no existiera. En fin, algún día tendré contacto con ellos, ahora mi único amigo es un reloj.

Dos de la madrugada, el sueño se ha apoderado de todos, o eso imagino, muchos guardias se encuentran rondando mi casa, incluso la de los vecinos que no conozco. En qué pensarán: no me gustaría ser guardia, el caminar solo por las noches, sin ningún otro ruido me asustaría, el pensar de pronto en los peligros a los que pudiera estar expuesto estando solo por las mismas calles en las que se encuentran los ladrones. ¡Qué disparate! Me siento agradecido de encontrarme donde estoy, en la tranquilidad de mi cuarto, sumergido en mi soledad, sin ruido, acurrucado bajo mi sábana y pensando que el tiempo cada vez es menos para verte de nuevo.

Pasan ya de las tres de la madrugada, no puedo dejar de pensar en ti, aquellos ojos tan hermosos como la luna de esta noche, al menos quiero creer que la luna es hermosa, hace mucho que no tengo ventanas en mi cuarto, sólo una muy pequeña en la puerta, ni si quiera sé para qué sirve, no logro ver nada. Lo mejor sería cerrarla de una buena vez, pero no esta noche, ahora sólo me invaden los deseos de acariciar esos cabellos en los que mis dedos solían deslizarse cuando estabas conmigo, como la vez de nuestro último encuentro. Son ya las cinco pero el tiempo no ha avanzado desde hace un rato, o al menos eso creo, parece que las manecillas se han detenido, seguro es mi impaciencia, ahora sé que todo es mi culpa. Toda mi vida he sido impaciente, es una sensación que nunca podré dominar.  Aunque, si lo pienso, creo saber que la razón por la que no puedo dominar esa impaciencia es porque dependo mucho de mi imaginación, pues como decía aquél filósofo Baruch Spinoza: imaginar (o la imaginación) es cuando el alma considera los cuerpos que no están presentes como tales (es decir, como presentes) y por ello, porque siempre me represento las cosas  pasadas y futuras de esa manera, no puedo dejar de ser impaciente.

La temperatura ha descendido, se siente una sensación extraña: escalofríos,  es como si alguien hubiese hurtado todas mis mantas y únicamente me haya dejado esta sábana blanca que es poca cosa para esta noche invernal. Pero, ¿estaré soñando?, he visto que alguien se asoma por mi ventana, esa pequeña que se encuentra en la puerta, sin embargo, cuando quise cerciorarme de quién era exactamente aquella persona, de súbito escuché un golpe en mi puerta, ¡vaya golpe! ―pensé. Aquel ruido tan estruendoso ha despertado a los vecinos, han comenzado los gritos, quisiera que se callaran, lo único que me importaba era pensar en ti esta noche, no puedo concentrarme, hay gritos, llantos, ira, deseo… ¡Dios! Quisiera que terminaran, desde que te fuiste estos ruidos son tan frecuentes, tan espantosos; ¿he perdido la cabeza? ¿Soy un loco que vive su vida con otros de la misma especie?

“¡Deja ya de hablar, perturbas a los otros! ¡No hay nadie esperando, nadie hay quien quiera verte! ¡Estás solo aquí, vuelve a tu cama, es hora de dormir! ―tales fueron las palabras de aquel hombre fuera de mi dormitorio.  Aun no comprendo, ¿“hora de dormir”?, pero el reloj del pasillo apunta casi las ocho horas de la mañana. ¿Cuál reloj?, no hay tal reloj, ¡vuelve a la cama! dijo el mismo hombre. En efecto, cuando me acerqué lentamente para echar un vistazo al reloj, éste se desvanecía al momento en que lo estaba mirando y fue entonces que volví en mí mismo, me di cuenta de que todas las cosas extrañas que antes he referido comenzaban a tener sentido (al menos por unos segundos) y al mismo tiempo me di cuenta de la tragedia por la que estaba pasando.

¡Loco! Pero, no importa, aún puedo esperar su visita ―pensé. ―“La mataste” ―dijo el mismo hombre que me sentenciaba con sus palabras. Al momento, no quise creerle a aquel sujeto, pero segundos después, todos los sucesos de aquella noche volvieron a hacérseme presentes y fue tal la magnitud de ese recuerdo que quedé atónito. Ya sin fuerzas volví a mi cama, sí, a esa fría y horrible cama de manicomio en la cual permanecería el resto de mis días sin volver a verla, solo, callado. Lo único que recuerdo ahora fueron las últimas palabras que pude articular, a manera de pregunta, palabras que me acompañarán hasta el día de mi muerte, si es que esto no es la “viva” expresión de la muerte. Mis palabras fueron las siguientes: ¿cuándo mi deseo de amarte mutó en el horrible deseo de matarte?  Tal es la magnitud del lenguaje y la mente -seguí pensando-, que la sola variable de dos letras nos hace crearnos una realidad alterna.

luna
Fotografía de Reina Ferradas

 

 

Para citar este texto:

Anguiano Manrique, Edgar. “Im-patient” en Revista Sinfín, no. 3, enero-febrero, México, 2014, 66-69pp.
http://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

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