Tacha, Nacho, Nacho

Leonardo Moreno

 

 

La primera en morir fue Tacha, una perra San Bernardo de dos o tres años de edad. En la madrugada la encontraron tendida en el patio, con el hocico desbordante de gusanos y los ojos abiertos. Todos los inquilinos nos reunimos a verla. Luego doña Ermencia fue a buscarme hasta el cuarto; en medio de sollozos, describió con detalle los momentos vividos junto al animal. La pena de mi casera no me conmovió, pero permanecí atento a cada una de sus palabras. Después de algunas semanas, nadie volvió a mencionar el suceso.

Mi estancia en el lugar había pasado hasta entonces sin ningún contratiempo. Quizás, se puede decir que la muerte de Tacha haya sido lo único ajeno a la tranquilidad habitual de la casa. Aquella sensación de sosiego me satisfacía; fue esa misma razón por la cual logré permanecer allí algún tiempo. Antes estuvieron las habitaciones oscuras, las pensiones saturadas, las múltiples mudanzas.

El cuarto me resultaba económico; podía pagarlo con el dinero que aún lograban enviarme mis padres. Tenía a mi servicio una pequeña cocina independiente y había dos baños en la casa; ambas situaciones limitaban la relación con los demás inquilinos a unos cuantos saludos formales. También estaban los otros beneficios: las bragas de doña Ermencia colgadas en el baño –tal vez a propósito; tal vez incluso dejadas para mí–, y su hija, aún joven pero dispuesta a dejarse observar en su ropa diminuta.

“Fiaca” Fotografía de Gabriel Chazarreta

La ausencia de Tacha fue ocupada pronto con un cachorro de la misma raza. Doña Ermencia recibió a Nacho con una alegría infantil, pero a la vez embargada por una solemnidad melancólica; con palabras precisas le advirtió a Camila que el perro no viviría para siempre. Las sentencias de su madre no atormentaron a la jovencita.

Cuando la temporada de vacaciones llegó, fui el único inquilino en no marcharse. Deseaba aprovechar el tiempo para terminar la novela iniciada varios meses antes. En las mañanas me sentaba en el patio y podía leer varias horas sin ninguna interrupción. Luego me encerraba en el cuarto a trabajar. Fueron días fecundos, muy distantes de aquellos en años anteriores en tantos hogares pasajeros. También doña Ermencia y su esposo parecían llevar una vida dichosa. Les gustaba salir a pasear con el cachorro, un pasatiempo abandonado desde la muerte de Tacha.

La serenidad de la casa se rompió de repente. Nacho amaneció tendido en el patio, con el hocico desbordante de gusanos y los ojos abiertos. Camila lloró durante tres días. Para consolar a su hija, doña Ermencia compró un nuevo cachorro; lo bautizaron con el mismo nombre. Esta ocasión la mujer no vino a buscarme en el cuarto, ni tampoco aprovechó mis sesiones de lectura para narrarme el imprevisto.

Sin tener algún motivo, empecé a permanecer más tiempo en mi habitación. Salía en las noches para comer cualquier cosa e ir al baño. Las bragas de la casera ya no aparecían; pensé que se avergonzaba del juego por ella misma inventado. Algunas veces, mientras deambulaba por la cocina o el patio, veía a doña Ermencia y su hija juguetear con Nacho; las risas de las mujeres eran silenciadas ante mi presencia. A pesar de que ni la casera ni su esposo me expresaron nunca algún reclamo, percibía en la familia una disposición adusta.

Aún faltaban varias semanas para el final de las vacaciones, y aunque en ocasiones un sentimiento de tedio me embargaba, no tenía donde ir. En verdad, tampoco deseaba estar en ningún otro sitio. La novela se encontraba casi terminada e incluso me había animado a escribir algunos cuentos cortos. Me sentía satisfecho de mi ingenio creador, y a su vez, orgulloso de mi estado de soledad y emancipación.

La fatalidad llegó una vez más. Escuché afuera de mi cuarto voces y pasos agitados; luego, el habitual silencio. En la tarde, mientras merodeaba en la cocina, escuché a doña Ermencia hablar con su esposo: Nacho había enfermado, y tuvieron que dejarlo en la veterinaria. Según pude entender, no se conocía el motivo de su estado. En la siguiente semana la familia visitó al cachorro diariamente. Una noche, el llanto de las mujeres al regresar a la casa interrumpió mi trabajo; supe que todo había terminado.

Doña Ermencia tocó a mi puerta. Por un instante vacilé en abrir, dominado por un temor indescifrable. Cuando vi su rostro, un odio contenido se me reveló. La mujer derramó unas cuantas lágrimas; no pronunció palabra, pero todo pareció diáfano, declarado: los perros se morían, y yo debía marcharme.

 

 

 

 

 

 

 

Para citar este texto:

Moreno, Leonardo. “Tacha, Nacho, Nacho” en Revista Sinfín, no. 2, noviembre-diciembre de 2013, México, 55-57pp.
http://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

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