Un zoológico secreto

Jorge Jaramillo Villarruel

 

 

Perros

En la ciudad vivían siete perros. Algunas tardes andaban juntos olisqueando la basura, y algunas noches lloraban solitarios al cielo. Tras los bombardeos, los perros caminaban en grupo todo el tiempo, mirando el camino que los sacaría de ahí. Uno de ellos se acercó a su dueño y lo besó en el rostro, mas su dueño no se movió. El perro chilló tristemente y se echó a un lado, esperando a que el viejo despertara y le acariciara la cabeza. Los otros perros se alejaron sin volver la mirada atrás. En la plaza de la ciudad había una estatua de un héroe. El segundo de los perros se detuvo frente a ella, mirándola con temor reverencial, y comenzó a aullar con respeto. Los otros perros se alejaron. En el arco que indicaba la salida de la ciudad, un solado mató con su rifle al tercero de los perros. Al principio el perro lloraba, pero un par de horas después, dejó de sentir para siempre. Los otros perros se habían alejado corriendo, con las lenguas colgando a un lado del hocico. La noche era cada vez más fría, el cuarto perro comenzó a extrañar el lecho caliente donde dormía detrás del restaurante. Corrió a las llamas más próximas y murió achicharrado; los otros perros, horrorizados, contemplaban la escena, impotentes. Se echaron a dormir juntos para darse calor. Dos perros se levantaron y se marcharon, el quinto estaba congelado. Los dos perros solitarios sentían preocupación, y caminaban lentamente y en silencio. El sexto perro percibió el aroma de la carne y corrió y desapareció bajo el peso de un tanque. El último perro ni siquiera existía.

Aburrimiento

Ernesto Teodoro vivía inmerso en su rutina (trabajo, casa, cena/televisión, cama, y de vuelta).

     Ese martes, mientras veía TV de Noche, admirando las tetas semicubiertas de Marisol, y se comía una pechuga empanizada con un jarrito de tamarindo, la ventana se abrió de golpe.

     Ernesto Teodoro miró a su extraño visitante, mezcla de gato y perro, con algo de lagarto y de ratón, y dando un buen bocado a su pollo, volvió la mirada hacia la morena exótica de la tele.

Nancy

—Te preguntarás por qué estoy cubierta de sangre. La verdad es que hay una razón muy simple: Maté al perro.

     Fue en ese preciso instante, cuando me di cuenta de que Nancy estaba completamente loca: Nunca tuvimos un perro.

Una araña

Fui a leer al baño y una sombra se deslizó encima de la página 48, a la altura de las palabras “Café de Flore”. Miré a un lado y descubrí una araña que colgaba con un hilo pegado al techo, junto al foco. Sentí un ligero hormigueo en el cuerpo, esa sensación que se tiene cuando se miran bichos pequeños, como si toda una colonia de ellos caminara bajo la ropa. Como venganza, soplé contra la pequeña criatura, que al verse atacada emprendió la retirada hacia las alturas a toda prisa. La vi recuperar el aliento, arreglar un poco su tela y pasearse tambaleante por el azulejo, siempre a punto de caer. Volví a mi lectura, y de nuevo la pequeña sombra apareció sobre la página 48, “era necesario prolongar el milagro”. La ignoré por un momento, pues quería terminar el párrafo antes de mirar a otro lado. La encontré sobre el lavabo, parecía sorprendida de haber llegado a un lugar húmedo. Repetí mi agresión de antes, y el pequeño monstruo repitió su estrategia de escape. Me sentí nervioso. La sensación de insectos caminando debajo de mi piel era persistente. Me levanté, cerré el libro y lo dejé a un lado. Miré a la araña que trepaba usando su plateada cuerda y me pregunté por qué Spider-Man no lanza su tela por el culo. Un mosquito revoloteaba alrededor de la araña, y yo deseé que fuera capturado, envuelto y devorado. Tomé la escoba atrapé a la inquilina detestable, quien se aferró muy bien a la madera. Di un golpe y la araña comenzó a caminar sobre el piso. La aplasté con la bota.

Perro

Negro se llamaba, por obvias razones. Cuando su dueño murió, Negro se echó a su lado, aullando de dolor. Pero no es lo que piensas, el dolor de Negro es muy real. Sufre de una extraña enfermedad que le causa un inmenso sufrimiento físico que le impide tragar, sólo es capaz de alimentarse de carne molida con agua o leche, y ya no hay quien se la prepare.

 

 

Para citar este texto:

Jaramillo Villarruel, Jorge. “Un zoológico secreto” en Revista Sinfín, no. 1, septiembre-octubre de 2013, México, 57-58pp.
http://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

un comentario

  1. val
    val a las | | Responder

    hermoso…como siempre…lo ultimo me dio un poco de tristeza…te felicito jorch

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