Prólogo a La guadaña entre las flores

 

Por Ana Dolores Verdú

Antropóloga Social y Cultural y Especialista en Género
Prólogo al libro La guadaña entre las flores de Ángel Padilla

 

   En el mundo existen personas que viven sin haberse parado jamás a observar la verdad que palpita más allá de la palabra humana. Otras personas, sin embargo, no sólo han podido tocar dimensiones más profundas de la realidad, sino que además nos las muestran convertidas en poemas, la forma más libre y pura de lenguaje humano. Una de esas personas excepcionales es Ángel Padilla.

toro1
Fotografía de Víctor Matías Rendón

   Yo conocí a Ángel en 2009, ya fascinada por la lectura de su primera versión de “La guadaña entre las flores” y de uno de sus poemas más aplaudidos, “Los Versos del Picador”. Me puse en contacto con él para solicitar su colaboración como poeta en un proyecto que realizamos en la Universidad de Alicante y desde entonces hemos mantenido una amistad basada en el intercambio de aliento ante el estupor que nos causa ser conscientes del horror en que viven tantos animales, sometidos a la crueldad humana.

   Quisiera resaltar que a Ángel me unen varias cosas esenciales: la creencia de que el dolor puede convertirse en arte, la convicción de que al artista le corresponde intervenir en el mundo para hacerlo más bello y amable, y la fe, por qué no decirlo, en que la destrucción sádica de la vida dejará, en un futuro no muy lejano, de llamarse arte. A las personas con esta creencia la gente nos llama animalistas, y a nosotros nos encanta. La palabra animalista es la forma rápida de señalar a quien ha comprendido que la única manera de ser fiel a su humanidad es reconciliándola con todos los seres con los que comparte la Tierra. Esta sublime comprensión nos sitúa en un estado de agradecimiento a la Naturaleza, de la que somos producto, y de empatía y solidaridad hacia quienes, como nosotros, y desde sus cualidades particulares, sienten, aman y sufren.

   Se puede decir que ésta es una obra de arte animalista, y muchos aceptarán precisamente el posicionamiento ético desde el animalismo como el rasgo más característico de la poesía de Ángel Padilla, e incluso podrán referirse a ella como “poesía antitaurina”. Pero definir este poemario simplemente como un símbolo del movimiento global en que se ha convertido la defensa de los animales en el siglo XXI no es, sin embargo, entender todo lo que la obra de Ángel abarca. “La guadaña entre las flores” es ante todo un poemario de amor. Es además de un amor inmenso, que no se acota al objeto de nuestra necesidad, sino que se comparte y extiende a todo lo que existe, y se materializa en el descubrimiento de la unidad con la Naturaleza y con todos los seres que formamos parte de ella. En la poesía de Padilla no hay límites entre el dolor humano y el de su entorno. En este libro llora el toro, llora el poeta, llora la Tierra y llora el lector, aun sin saberlo, porque, como indica Padilla, “cada porción del dolor de uno le será resonada emocionalmente, tarde o temprano, a cada cosa del mundo”.

   El poemario se distribuye en dos partes. En la primera parte, “Abril”, el poeta nos introduce de forma brutal en la lidia del toro a partir de imágenes tremendamente dramáticas que recrean la ausencia de vida, de amor y de belleza en la figura del torero, ese ser que vive de espaldas al esplendor de las flores, convertido a su vez en metáfora de una sociedad ignorante de las cosas más elementales.

Sepultorero, a quien cubres con tu roja mortaja
aún no está muerto,
es la hierba,
aire
en pie.

   El amor de Ángel, del toro, de la Tierra, se presenta aquí teñido de rojo, sonando como un alarido, como una caricia rota, como el beso ensuciado con la vileza de una humanidad presa de la destrucción. Las imágenes con las que el poeta recrea este amor son como pétalos adheridos a la muerte, y la muerte es ante todo la derrota de los inocentes, el olvido de la vida y de lo sagrado. Asistimos así al atroz sacrificio en el que se mata mucho más que a un toro, pues en él se pierde la esperanza, la unidad y el sentido. La humanidad sacrifica su capacidad natural de amar, de acceder a través del amor a la comprensión del otro, ¡y lo celebra!, ante lo cual sólo queda lamentarse.

Una herida en el corazón del mundo,
sangra bosques el cielo,
sangra cielos el hocico del toro,
sangran hierba tus ojos,
sangran estrellas tus labios,
sangra rosas tu cara,
sangra caras tu cara,
caen por ella tus vecinos
y cae por ella la pared de tu casa, tu edificio,
tu ciudad, por tu cara se derrama el mundo
porque tu cara no es tu cara,
es el agujero de la muerte

   “Abril” también constituye un conjunto de poemas repleto de bellísimas imágenes panteístas que nos recuerdan la íntima fusión de todo lo vivo. La voz de Ángel suena aquí como un quejido que trasciende la experiencia exclusivamente humana, haciéndose eco del sufrimiento conjunto de la Tierra y de todos los seres que pertenecemos a ella, de forma que el poema envuelve al lector en un halo de confusión entre el todo (la naturaleza sagrada) y cada parte que sangra dolorosamente ante la destrucción de la vida-amor.

Agua que abre las flores,
que hace brillar tus ojos
y que yo oiga tu voz,
sangre de la honda tierra,
de las venas del mundo,
que une el toro al campo,
su corazón al mío
y este poema al dolor.

   La traición, el odio, el prejuicio y la muerte, como vacío de amor, se clavan con saña en los ojos de quien despierta a esta nueva conciencia de la vida que conduce a la compasión hacia el animal. El hombre aparece como un elemento perturbador de las leyes de la Naturaleza, y creador del caos del que él mismo se duele.

La segunda parte del poemario, “Memoria y antorchas”, constituye un eco de la muerte y de todas las lidias que nos unen en esta extensa red de dolor en la que se pierde la sangre del toro. Hombre, Tierra y Toro conforman una sola voz que denuncia, pero que a su vez preludia un nuevo tiempo de esperanza.

   Esta parte recoge asimismo una recopilación de los poemas que más se han utilizado en actos y protestas animalistas, incluyendo las canciones “A los poetas” y “Romeo de la muerte”. Estos poemas son, como indica Ángel, cantos de lucha o antorchas que se pasan de mano en mano, y que sirven para quemar lo viejo, lo caduco, lo cruel, para que de la ceniza renazca el amor. Especialmente emocionante es el poema “Toro de Coria”, en el que Padilla habla desde la piel del toro aturdido, hostigado, atravesado, mutilado y finalmente muerto de un tiro, en una de las fiestas más macabras que conoce nuestro país.

Blanco león del miedo,
lloro bajo la nieve de tu rugido.
Lloro por las flores que ya no veo.
Lloro por el aire azul que ya no veo.
Lloro por la tierra verde que ya no veo.
Estoy en Coria.

   No olvidemos que en el momento en que este poemario se publica se estima que en España mueren cada año, torturados salvajemente, decenas de miles de animales.

  Sabemos que la tortura de animales, especialmente de los toros en las fiestas españolas, no es la única manifestación de crueldad contra los animales en nuestra sociedad, pero sí es la única que se exhibe y se distorsiona hasta el punto de ser representada como “arte” o “diversión”, y por ese motivo se convierte para el pensamiento animalista en un poderoso símbolo del sufrimiento animal. La tauromaquia representa además la derrota de la pureza y la verdad natural frente a la ideología y el fanatismo cultural y lleva a los animalistas a concebir su abolición como el primer paso hacia un escenario futuro en el que la humanidad supere la pobre conciencia generada por la ilusión de su superioridad para iniciar un estado de conciencia más alto, de la mano del respeto auténtico por la vida ajena.

   Para acabar este prólogo deseo recoger aquí otra de las frases de Ángel Padilla que han causado en mí un gran impacto y que dibuja con claridad la raíz de la empatía que tantas personas practicamos con los animales no humanos: “No hay una sola experiencia que viva el toro que no vivamos nosotros en nuestra vida”.

   En el mundo existen personas que viven sin haberse parado jamás a observar la verdad que palpita más allá de la palabra humana. Otras personas, sin embargo, no sólo han podido tocar dimensiones más profundas de la realidad, sino que además nos las muestran convertidas en poemas, la forma más libre y pura de lenguaje humano. Una de esas personas excepcionales es Ángel Padilla.

   Yo conocí a Ángel en 2009, ya fascinada por la lectura de su primera versión de “La guadaña entre las flores” y de uno de sus poemas más aplaudidos, “Los Versos del Picador”. Me puse en contacto con él para solicitar su colaboración como poeta en un proyecto que realizamos en la Universidad de Alicante y desde entonces hemos mantenido una amistad basada en el intercambio de aliento ante el estupor que nos causa ser conscientes del horror en que viven tantos animales, sometidos a la crueldad humana.

Fotografía de Reina Ferradas
Fotografía de Reina Ferradas

   Quisiera resaltar que a Ángel me unen varias cosas esenciales: la creencia de que el dolor puede convertirse en arte, la convicción de que al artista le corresponde intervenir en el mundo para hacerlo más bello y amable, y la fe, por qué no decirlo, en que la destrucción sádica de la vida dejará, en un futuro no muy lejano, de llamarse arte. A las personas con esta creencia la gente nos llama animalistas, y a nosotros nos encanta. La palabra animalista es la forma rápida de señalar a quien ha comprendido que la única manera de ser fiel a su humanidad es reconciliándola con todos los seres con los que comparte la Tierra. Esta sublime comprensión nos sitúa en un estado de agradecimiento a la Naturaleza, de la que somos producto, y de empatía y solidaridad hacia quienes, como nosotros, y desde sus cualidades particulares, sienten, aman y sufren.

   Se puede decir que ésta es una obra de arte animalista, y muchos aceptarán precisamente el posicionamiento ético desde el animalismo como el rasgo más característico de la poesía de Ángel Padilla, e incluso podrán referirse a ella como “poesía antitaurina”. Pero definir este poemario simplemente como un símbolo del movimiento global en que se ha convertido la defensa de los animales en el siglo XXI no es, sin embargo, entender todo lo que la obra de Ángel abarca. “La guadaña entre las flores” es ante todo un poemario de amor. Es además de un amor inmenso, que no se acota al objeto de nuestra necesidad, sino que se comparte y extiende a todo lo que existe, y se materializa en el descubrimiento de la unidad con la Naturaleza y con todos los seres que formamos parte de ella. En la poesía de Padilla no hay límites entre el dolor humano y el de su entorno. En este libro llora el toro, llora el poeta, llora la Tierra y llora el lector, aun sin saberlo, porque, como indica Padilla, “cada porción del dolor de uno le será resonada emocionalmente, tarde o temprano, a cada cosa del mundo”.

   El poemario se distribuye en dos partes. En la primera parte, “Abril”, el poeta nos introduce de forma brutal en la lidia del toro a partir de imágenes tremendamente dramáticas que recrean la ausencia de vida, de amor y de belleza en la figura del torero, ese ser que vive de espaldas al esplendor de las flores, convertido a su vez en metáfora de una sociedad ignorante de las cosas más elementales.

Sepultorero, a quien cubres con tu roja mortaja
aún no está muerto,
es la hierba,
aire
en pie.

   El amor de Ángel, del toro, de la Tierra, se presenta aquí teñido de rojo, sonando como un alarido, como una caricia rota, como el beso ensuciado con la vileza de una humanidad presa de la destrucción. Las imágenes con las que el poeta recrea este amor son como pétalos adheridos a la muerte, y la muerte es ante todo la derrota de los inocentes, el olvido de la vida y de lo sagrado. Asistimos así al atroz sacrificio en el que se mata mucho más que a un toro, pues en él se pierde la esperanza, la unidad y el sentido. La humanidad sacrifica su capacidad natural de amar, de acceder a través del amor a la comprensión del otro, ¡y lo celebra!, ante lo cual sólo queda lamentarse.

Una herida en el corazón del mundo,
sangra bosques el cielo,
sangra cielos el hocico del toro,
sangran hierba tus ojos,
sangran estrellas tus labios,
sangra rosas tu cara,
sangra caras tu cara,
caen por ella tus vecinos
y cae por ella la pared de tu casa, tu edificio,
tu ciudad, por tu cara se derrama el mundo
porque tu cara no es tu cara,
es el agujero de la muerte

   “Abril” también constituye un conjunto de poemas repleto de bellísimas imágenes panteístas que nos recuerdan la íntima fusión de todo lo vivo. La voz de Ángel suena aquí como un quejido que trasciende la experiencia exclusivamente humana, haciéndose eco del sufrimiento conjunto de la Tierra y de todos los seres que pertenecemos a ella, de forma que el poema envuelve al lector en un halo de confusión entre el todo (la naturaleza sagrada) y cada parte que sangra dolorosamente ante la destrucción de la vida-amor.

Agua que abre las flores,
que hace brillar tus ojos
y que yo oiga tu voz,
sangre de la honda tierra,
de las venas del mundo,
que une el toro al campo,
su corazón al mío
y este poema al dolor.

   La traición, el odio, el prejuicio y la muerte, como vacío de amor, se clavan con saña en los ojos de quien despierta a esta nueva conciencia de la vida que conduce a la compasión hacia el animal. El hombre aparece como un elemento perturbador de las leyes de la Naturaleza, y creador del caos del que él mismo se duele.

   La segunda parte del poemario, “Memoria y antorchas”, constituye un eco de la muerte y de todas las lidias que nos unen en esta extensa red de dolor en la que se pierde la sangre del toro. Hombre, Tierra y Toro conforman una sola voz que denuncia, pero que a su vez preludia un nuevo tiempo de esperanza.

   Esta parte recoge asimismo una recopilación de los poemas que más se han utilizado en actos y protestas animalistas, incluyendo las canciones “A los poetas” y “Romeo de la muerte”. Estos poemas son, como indica Ángel, cantos de lucha o antorchas que se pasan de mano en mano, y que sirven para quemar lo viejo, lo caduco, lo cruel, para que de la ceniza renazca el amor. Especialmente emocionante es el poema “Toro de Coria”, en el que Padilla habla desde la piel del toro aturdido, hostigado, atravesado, mutilado y finalmente muerto de un tiro, en una de las fiestas más macabras que conoce nuestro país.

Blanco león del miedo,
lloro bajo la nieve de tu rugido.
Lloro por las flores que ya no veo.
Lloro por el aire azul que ya no veo.
Lloro por la tierra verde que ya no veo.
Estoy en Coria.

   No olvidemos que en el momento en que este poemario se publica se estima que en España mueren cada año, torturados salvajemente, decenas de miles de animales.

todasssssss 114
Fotografía de Reina Ferradas

  Sabemos que la tortura de animales, especialmente de los toros en las fiestas españolas, no es la única manifestación de crueldad contra los animales en nuestra sociedad, pero sí es la única que se exhibe y se distorsiona hasta el punto de ser representada como “arte” o “diversión”, y por ese motivo se convierte para el pensamiento animalista en un poderoso símbolo del sufrimiento animal. La tauromaquia representa además la derrota de la pureza y la verdad natural frente a la ideología y el fanatismo cultural y lleva a los animalistas a concebir su abolición como el primer paso hacia un escenario futuro en el que la humanidad supere la pobre conciencia generada por la ilusión de su superioridad para iniciar un estado de conciencia más alto, de la mano del respeto auténtico por la vida ajena.

   Para acabar este prólogo deseo recoger aquí otra de las frases de Ángel Padilla que han causado en mí un gran impacto y que dibuja con claridad la raíz de la empatía que tantas personas practicamos con los animales no humanos: “No hay una sola experiencia que viva el toro que no vivamos nosotros en nuestra vida”.

Haganos saber su opinión

Deje un comentario

Por favor realiza la siguiente operación: *