El indígena en la historia mexicana del siglo XIX (parte 1)

 

Por Ana Matías Rendón

 

“La verdad se va definiendo, buscadla…”

Justo sierra

 

 

Las élites bien enriquecidas y educadas del territorio de la Nueva España, sin menoscabo de ningún tipo, se veían herederos de los conquistadores, pues sujetos a las creencias sobre los derechos de nacimiento, encontraron las justificaciones y disidencias para el establecimiento económico-político que los regía, y el motivo para sus tertulias intelectuales, que se extenderían allende de los límites virreinales; nació, también en este periodo colonial, los enfrentamientos de castas, que lejos se aminorar con la Independencia, se ocultaron tras el velo libertario.

En Perú, Juan Pablo Viscardo y Guzmán señaló que la rebelión de Túpac Amaru dejó una herida en el pundonor criollo: “ofendía el orgullo de los criollos que despreciando soberanamente a los indios, no estaban dispuestos a aceptar a uno de ellos por amo”,[1] más, porque mataron a varios criollos, sin embargo, también dejó relucir el fracaso de los indios contra sus opresores, la falta de apoyo del resto de la nobleza india y –añado–, de los pueblos indios: “El resultado fue que los jefes militares criollos lograron contar con un considerable respaldo indio para combatir los rebeldes. En efecto, Viscardo admitía abiertamente que el ‘recíproco celo’ de las razas que poblaban Perú había destruido la posibilidad de emprender una acción conjunta en contra del régimen colonial”.[2] Incluso toda rebelión hecha por mestizos fue sofocada del mismo modo. Finalmente, la necesidad de los criollos por erradicar a los españoles de las colonias americanas, los forzó a respaldarse de la hybris que tanto despreciaban. Esto, no estaba alejado del caso mexicano; pues ambos territorios pertenecían al Virreinato y, por tanto, pocas diferencias eran esenciales.

El español-americano tenía su propia historia de tres siglos, así lo expresó Viscardo: “El Nuevo Mundo es nuestra patria, su historia es la nuestra […] tomar el partido necesario a la conservación de nuestros derechos propios, y de nuestros sucesores”.[3] La de los indios es más larga, pero dividida por el antes y el después  de las guerras de conquista.

La representación de los indios, en las juntas para elegir gobierno durante el interregno de 1808, estuvo determinada por la necesidad de su apoyo y el rechazo moral; Primo de Verdad, por ejemplo, aspiraba a la unión entre americanos para evitar la rivalidad y los celos: “Entónces se olvidarían los odiosos nombres de indios, mestizos, ladinos, que nos son tan funestos”.[4] Esta unión ansiada por los intelectuales independentistas fue poco aplicable a la realidad. La existencia de los indios era innegable, pero al pretender borrar la diferencia política con un decreto, los criollos no veían la interioridad del escollo planteada en las identidades. José Morelos y Pavón lanza su manifiesto unos años después:

[…] que no hay motivo para que las que se llaman castas quieran destruirse unos con otros, los blancos contra los negros, o éstos contra los naturales […] porque sería la causa de nuestra total perdición espiritual y temporal.

Que siendo los blancos […] los que primero tomaron las armas en defensa de los naturales de los pueblos y demás castas […] deben ser los blancos, por este mérito, el objeto de nuestra gratitud y no del odio que se quiere formar contra ellos[5]

 

¿Acaso un decreto puede hacer olvidar las diferencias? ¿La palabra legal es capaz de semejante transformación? ¿Cuál es el problema para la conformación de una nación tan diversa? ¿Es un problema de identidad cultural la integración? ¿Se puede condicionar todo el problema a esta idea tan endeble? Morelos sentencia en Los Sentimientos de la Nación: “15° Que la esclavitud se prescriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales […]”.[6] Lejos de una liberación, fue un ocultamiento.

Lorenzo de Zavala menciona que la conquista redujo a los indios a la esclavitud, sirviéndose los españoles de ellos, “sin que éstos tuviesen ni valor para oponerse, ni aun la capacidad de explicar algún derecho”.[7] Pero después de la independencia ¿fue distinto? Bustamante dice a Morelos, “nuestras localidades marítimas nos proporcionarán un comercio directo con la Europa a cambio de efectos indígenas, con los que conseguiremos lo necesario para conservar la vida, y lo que es más, armas y tropas auxiliares para acabar de sojuzgar a nuestros enemigos”.[8] Tres siglos después de la conquista y ¿no hubo indios qué entendiesen esto? O ¿el problema es otro? En efecto, el conflicto es otro. Tampoco parece ser un asunto de identidad.

Zavala ensarta el aguijón sobre un tema de preocupación actual, las Leyes de Indias como “método prescrito de dominación sobre los indios”.[9] Las leyes para los indios son vistas como leyes especiales por su incapacidad antes que ser una normalización que los respeta. Durante el siglo XIX se escribe sin tapujos ni consideraciones –a diferencia del XX–, no hay por qué ocultar su opinión con respecto a los indios. El mismo autor, señala que la lengua india “es pobre y carece de voces para espresar ideas abstractas”. Aparte de creerse el embrutecimiento en que vivían los indios argumenta sobre las mujeres indias: “sus mugeres ó hijas […] no conocen esa inclinación tan natural á su secso de parecer bien delante de los demás”.[10] A pesar de su gran instrucción y experiencia del mundo, desconoce que los conceptos como belleza y fealdad tienen una carga histórica y cultural, lo cual es herencia de las ideas generalizadas de la Nueva España y que no desaparecieron cuando se cambió de forma de gobierno –o de manos.

Otros, como José María Luis Mora, califican a los indios por la falta de trabajo constante, el derroche en fiestas de lo poco ganado, el tiempo que pasan en ociosidades y embriagados; hubiera sido bueno preguntarle, ¿cómo fue que estos indios con tanto tiempo de ocio y borracheras lograron enriquecer sus arcas? Zavala también criticó a sus conciudadanos españoles como incultos, polizones, fanáticos y con aires de grandeza, y descolló en elogios a Morelos. Cabe añadir, que él entrevió el problema de juzgar a una cultura por la impresión de unos cuantos: “[…] los españoles eran detestados, y como el pueblo juzga por las masas, y no por los individuos, un español cualquiera, y enemigo, eran sinónimos”.[11]

En el Diario de México, el día 18 de noviembre de 1805: “se publica un aviso de venta de una esclava de 20 años que sabe coser y lavar”,[12] si era india o negra no parece haber diferencia, porque ambas eran inferiores. La desigualdad no sólo de razas sino de clase social no deja mentir en el prototipo que se tenía de los indios –y negros–, había incluso un Hospital General de Indios.[13] No se quería siquiera tener la menor relación que no hubiera sido estrictamente la de amo-siervo, y cuando se les describía se usaban adjetivos peyorativos: borrachos, ignorantes y supersticiosos. En un anuncio de la misma época se declara: “Se hace una caracterización de las facultades de los salvajes en base a sus necesidades: como únicamente se procuran el alimento y no tienen dificultad en conseguirlo, no tienen necesidad de pensar; para defenderse de los animales han desarrollado su cuerpo, en cambio en los civilizados se desarrolla el alma”.[14]

Las jerarquías en la Colonia estaban bien diseñadas para no dejar dudas del lugar que se ocupaba, sin embargo, la Independencia no resolvió el conflicto. Melchor de Talamantes –como Viscardo, Mora, Lucas Alamán, Mier y Terán– expresa el sentir de los criollos en el concepto de ‘honor nacional’ como el ‘honor español’, en contraposición a los mestizos que buscarán una reconciliación e identidad con el pasado prehispánico y la cultura española. Estos mundos (indios, criollos, españoles, negros y mestizos de todo tipo) que compartieron el mismo territorio tuvieron una fractura mayor cuando “la independencia aceleró movimientos migratorios que, hasta entonces, habían avanzado con una considerable lentitud”[15] e hizo que la desigualdad fuera más tangible.

Los indígenas luego de la independencia “perseveraron en su empeño por defender su peculiar mundo institucional”,[16] así poco tiempo después, estaban envueltos en su propia independencia: la guerra de castas. El indígena que en 1810 se vio enfrentado a la necesidad de tomar partido por uno y otro bando, era diferente al de la conquista. Los mayos, los yaquis, los mayas… luchaban, no por una sola consigna, sino por justicias agrarias y sociales; la forma fue, tal vez, violenta, pues cometían depredaciones, secuestro, robo, asesinatos –pero qué no conocieron esto mismo de los colonizadores.

Los ciudadanos mexicanos pedían apoyo al gobierno en turno para la guerra en contra de los indios; sus peticiones no siempre fueron escuchadas. Los odios crecían. Los ciudadanos se defendían con sus propios recursos, en 1849, en Durango, por ejemplo, se ofrecía 200 pesos por cada indio –extranjero o nacional, pues llegaban indios norteamericanos que mataran o apresaran, aunque para 1855 bajó el costo a 50 pesos por prisionero, se les seguía tratando como piezas de comercio.

La preocupación intelectual, política y ciudadana es, después de la Independencia y sin el yugo español, cómo someter a los indígenas, “[…] sobre cuáles serían las mejores maneras de la colonización, disminuir la preponderancia de la raza indígena en México, entre las que se encuentran la colonización como una manera de aumentar la raza blanca, hacer fuerte a la nación y crear una nación industriosa”.[17]

Llegó la respuesta: la “educación”. Crear escuelas con maestros religiosos: “Se analizan la potestad que ejerce el clero sobre los indios, como algo natural, y el papel que debe jugar el clero en la civilización de los indios. Se propone que en la educación de los indios, éstos entiendan como ley de Dios el que se sujeten y respeten a las autoridades. Se debe usar el método de la persuasión”.[18] La educación no presentó formación, sino unificación. El término ‘educativo’ sustituirá al de ‘civilizar’, casi como acto desesperado para la integración. Benito Juárez expresaba que: “Entretanto, los ciudadanos gemían en la opresión y en la miseria, porque el fruto de su trabajo, su tiempo y su servicio personal todo estaba consagrado a satisfacer la insaciable codicia de sus llamados pastores. Sí ocurrían a pedir justicia muy raras veces se les oía y comúnmente recibían por única contestación el desprecio, o la prisión.”[19]

La constitución política de Yucatán en su 6° artículo indicaba: “se suspende el derecho a ser ciudadanos de Yucatán, a los indígenas que no sepan leer y escribir.”[20] Este estado, con razón, sufrió los embates más duros por parte de los mayas: “Se comenta la venta que se está haciendo de “huérfanos” indígenas al exterior, considerando si no será ésta una de las causas del porqué los indios continúan haciendo una guerra de muerte a los blancos”.[21]

La sociedad mexicana a través de “El periódico propone que se extermine a estas ‘hordas salvajes’ para que los pobladores sientan que pueden dominar a los indios.”[22] El sistema desea el dominio de los bárbaros, para que no causen un retroceso, pero la guerra de castas está latente como un signo de que la dominación no será fácil; Chiapas, por su lado: “Se lamenta que la raza indígena no olvide el odio contra los no indios, a pesar de los esfuerzos que se han hecho para civilizarlos”,[23] así se pretende que las vejaciones sean olvidadas. Chihuahua declara: “La desconsoladora verdad es que los indios tienen un instinto indomable de sangre y robo y como no ha funcionado la civilización, no queda más recurso que su exterminación o dispersarlos a grandes distancias”.[24] La desconsoladora verdad es que el indio es un eterno reproche a la civilización, ¿y los negros?

El indio, en las batallas, no tiene ni nombre, sólo los hombres blancos son valientes y tienen derecho a uno, y a su indemnización. Los indígenas con nombre son de dos clases; el jefe de una rebelión: Cajeme, Gerónimo, Victorio; y el que demuestra que tiene capacidad para integrarse, Juárez y Altamirano. Queda claro, mezclarse o exterminarse.

 


[1] Viscardo, Obra completa, I, pp. 259-261 Apud Juan Pablo Viscardo y Guzmán, “Introducción” en Carta dirigida a los españoles americanos, p. 22.
[2] David A. Brading, “Introducción” en Juan Pablo Viscardo y Guzmán, Carta dirigida…, p. 22.
[3] Juan Pablo Viscardo y Guzmán, Carta dirigida a los españoles americanos, p. 73.
[4] Francisco Primo de Verdad y Ramos, “Memoria póstuma del síndico del Ayuntamiento de México” en Carmen Rovira (Compiladora), Pensamiento Filosófico Mexicano. Del siglo XIX y primeros años del XX, p. 157.
[5] Fuente: Documentos de la guerra…, pp. 29-31 Apud Ernesto de la Torre Villar, “Morelos. Documento 9. Decreto de Morelos que contiene varias medidas, particularmente sobre la guerra de castas (13 de octubre de 1811)” en La independencia de México, p. 221.
[6] Ernesto de la Torre Villar, “Documento 20. Morelos. Sentimientos de la Nación (1813)” en op. cit., p. 251
[7] Lorenzo de Zavala, Ensayo histórico de las revoluciones de México. Desde 1808 hasta 1830, Tomo I, p. 11.
[8] E. Torre, “Documento 16. Bustamante a Morelos” en op. cit., p. 238.
[9] L. Zavala, op. cit., Tomo I, p. 12.
[10] Ibid., p. 14.
[11] Ibid., p. 62.
[12] Diario de México, 18-X-1805, en Teresa Rojas Rabiela (coord.), El indio en la prensa nacional mexicana del siglo XIX, tomo I, p. 3.
[13] Cf. Diario de México, 25-IX-1806, T. Rojas, op. cit., p. 4.
[14] Diario de México, 24-III-1809, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p 9.
[15] Manuel Ferrer Muñoz y María Bono López, Pueblos Indígenas y estado Nacional en México en el siglo XIX, p. 621.
[16] Ibid., p. 620.
[17] Monitor Republicano, 09-VII-1848, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 43.
[18] Monitor Republicano, 01-VII- 1849, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 77
[19] Benito Juárez, Cartas y Escritos, Foja 45-46, pp. 120-121.
[20] Monitor Republicano, 01-XII-1850, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 107.
[21] El Universal, 12-IV-1851, en T. Rojas, op. cit., tomo III, p. 65.
[22] El Universal, ¿?-IX-1853, en T. Rojas, op. cit., tomo III, p. 141.
[23] Monitor Republicano, 01-III-1881, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 5.
[24] Monitor Republicano, 28-XII-1881, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 26.
[16] Ibid., p. 620.
[17] Monitor Republicano, 09-VII-1848, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 43.
[18] Monitor Republicano, 01-VII- 1849, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 77
[19] Benito Juárez, Cartas y Escritos, Foja 45-46, pp. 120-121.
[20] Monitor Republicano, 01-XII-1850, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 107.
[21] El Universal, 12-IV-1851, en T. Rojas, op. cit., tomo III, p. 65.
[22] El Universal, ¿?-IX-1853, en T. Rojas, op. cit., tomo III, p. 141.
[23] Monitor Republicano, 01-III-1881, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 5.
[24] Monitor Republicano, 28-XII-1881, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 26.

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