El indígena en la historia mexicana del siglo XIX (Parte II)

Por Ana Matías Rendón

 

En esas épocas de guerra, aún los indios acuden a pedir auxilio por injusticias cometidas contra ellos por los mexicanos y por otros de su misma raza, tal es el caso del jefe Cajeme, cuando algunos rebeldes atacan a su familia. ¿Pero es qué hay alguna contradicción por luchar contra una sociedad a la que le piden justicia? ¿Admitían al mexicano como personas para compartir el territorio y exigían un respeto semejante? La historia que se va formando es la que niega la razón al indio, sus actos de lucha son barbarie, las guerras de los no-indios, son actos de razón. Así los criollos y mexicanos, y el no-indio en general, son llamados nacionales; los indios, enemigos naturales de la razón y la nación. Una consigna que se impregnará en la conciencia general, y que se ha heredado de la Colonia. Francisco Pimentel en 1864 declaró: “hay dos pueblos diferentes en el mismo terreno pero lo que es peor, dos pueblos hasta cierto punto enemigos”.[1]

Lorenzo de Zavala, se pregunta sin contestarse, al respecto: “¿qué deberán hacer las familias conquistadas, sobre las que se han ejercido vejaciones de todos géneros por tres siglos, al verse incorporadas por las constituciones del país á la gran familia nacional?”.[2] Y más adelante, en una crítica mordaz a su propio quehacer revolucionario, afirma: “Hay pues un choque continuo entre las doctrinas que se profesan, las instituciones que se adoptan, los principios que se establecen; y entre los abusos que se santifican, las costumbres que dominan, derechos semifeudales que se respetan”.[3] Hay fueros militares y eclesiásticos, clases privilegiadas, “la ausencia de todas las garantías sociales, no pueden dejar de producir una guerra perpetua entre partes tan heterogéneas, y tan opuestos intereses. Hágase desaparecer ese conjunto de anomalías que se repelen mutuamente”.[4] Los indios, negros y los mestizos menos favorecidos a la voz de “Mueran los gachupines; viva nuestra Señora de Guadalupe” se lanzaron a la guerra, pero la independencia de México terminó por ser nominalmente de otros, menos del pueblo.

Teresa de Mier, con el fervor que lo caracterizaba, retomó el derecho de origen. Los españoles americanos o criollos se enfrentaron contra los españoles peninsulares por un derecho que se habían construido tras el despojo de las posesiones de sus progenitores conquistadores: “La América es nuestra, porque nuestros padres la ganaron si para ello hubo un derecho; porque era de nuestras madres, y porque hemos nacido en ella”.[5] La República Anahuacense[6] de Fray Servando tiene dueños, ¿existe el derecho de los vencidos? La posición de los habitantes de la Colonia no es la misma, entonces, tampoco es la misma búsqueda de independencia.

Las insurrecciones de los diferentes grupos indígenas dispersadas, que se sostuvieron antes del siglo XIX y que se intensificaron en éste, no tuvieron el alcance de formación general sino el de sobrevivencia particular. Si bien, algunos destacaron como los mayas, al sur, y yaquis, al norte del país, que representaron un peligro a nivel nacional. No obstante, sin importar a qué grupo étnico pertenecieran y el gobierno que rigiera, eran vistos como desestabilizadores y enemigos naturales.

El Estado tiene el deber de desarticular toda rebelión que ponga en peligro la estabilidad, a favor de sus ciudadanos, sin embargo, de ningún modo tiene la facultad de quitar derechos a quien nunca le ha otorgado la ciudadanía. Por ello, he aquí el conflicto: ¿los indios a qué Estado pertenecían? A un Estado de retóricas. ¿Pertenecían al Estado sólo porque estaban dentro del territorio nacional? ¿O porque en la conquista la posesión del indio se heredó a la Colonia y luego al Estado independentista?

Los calificativos, o ya si se quiere, el análisis que derrama la clase intelectual del país, a los indios, es desfavorable, y en algunos puntos, es escalofriante hacer notar puntos cuestionables: “estos cortos y envilecidos restos de la antigua poblacion mejicana, pues la opresion en que han vivido tanto tiempo ha escitado en su favor la compasion de todo el orbe civilizado, y aun ha estraviado el juicio hasta atribuir esclusivamente al gobierno español y a la dureza de sus ajentes lo que en mucha parte depende del aislamiento de la raza de que descienden”.[7] ¿Qué representó el indio para los mexicanos en el siglo XIX?

[…] su aspecto es grave, melancolico y silencioso […] a pesar de esta seriedad, sus maneras y modales son suaves, dulces y complacientes: acostumbrado a disimular y hacer un misterio de sus acciones a causa de la larga opresion en que ha vivido, su semblante es siempre uniforme, y jamas se pintan en su fisonomía las pasiones que lo ajitan por violentas que lleguen a ser. Tenazmente adicto a sus opiniones, usos y costumbres, jamas se consigue hacerlo variar; y esta inflexible terquedad es un obstaculo insuperable a los progresos que podria hacer. [8]

Esta invariabilidad de las costumbres en el tiempo –que en el siglo XX será la base para el respeto a los pueblos originarios– que tanta perplejidad causa, sin la llegada de los españoles –dice Mora– sería peor. ¿Puede una raza cambiar de espíritu de manera tan radical? ¿Es la terquedad el más grande obstáculo sobre la condición, social-económica, indígena? Aún más ¿qué esconde esta necedad de evitar todo cambio? Existen, por supuesto otras explicaciones que no fueron alcanzadas durante este periodo, pero han dado pie para su próxima reflexión. Mora agrega:

La revolucion, bajo este aspecto, no ha dejado de perjudicarles, porque han pretendido serlo todo de un golpe antes de tener disposiciones para nada, y las pretensiones de algunos de ellos han llegado hasta proyectar la formacion de un sistema puramente indio, en que ellos lo fuesen esclusivamente todo; este proyecto irrealizable en todos los tiempos lo es mucho mas en la situacion actual de la Republica .[9]

¿Ha faltado encausar el destino? Si es así, cabe cuestionarse, ¿la imposibilidad de un gobierno indio se debe a los efectos que pueden causar a los intereses de los mexicanos o realmente tiene una base sólida? ¿O es porque los mexicanos no lograrían mucho de lo que imaginan sin éstos? Puede que ellos pensaran que los indígenas eran su obstáculo para el progreso ¿pero no fueron su plataforma? Para Mora, después de la independencia, la situación de los indígenas cambió, y mientras existiera ese cambio no podía haber quejas. ¡Vaya ilusiones de intelectuales! ¡Cómo les gusta construir imágenes discordes a la realidad! Ese afán de ocultar tras su razón los defectos de sí mismos y sus limitantes, con sus discursos de libertad y progreso ¿no ocultaron los problemas de un territorio en ciernes de nación y, ante su falta de patriotismo, culparon a los indios y al pueblo mexicano de sus errores? Se necesitaba ganar una guerra y encontraron el recurso infalible:

Ya no se trató de una revolucion ordenada, ni se deseó la independencia por los bienes que debia producir, el furor, la venganza, y el odio a sus opresores, fueron los sentimientos que ocuparon a los vencidos. Desde entonces en nada se pensó, sino en generalizar este sentimiento, y convertirlo en una pasion popular.[10]

El rencor de dos pueblos fue el recurso. El pensamiento de estos intelectuales independentistas “muestra justamente cómo deseaban estos pensadores que fuera la sociedad”.[11] Cuando leemos los textos de los dirigentes asoma una guerra de ideas en el que “importaba más el impacto del discurso que su aprobación”,[12] mientras en el resto del país se libraban las luchas de las sociedades, de criollos atacados, de mestizos, de indios y negros en una anarquía que poco se reflejaba en los discursos.

Su optimismo, sin embargo, se tropezó con una realidad compleja de pobreza, aislamiento geográfico y divisiones sociales que pocos individuos estaban dispuestos a reconocer. Se convirtió en artículo de fe la idea en todos los aspectos era mejor bajo los distintos gobiernos independientes de lo que había sido bajo la corona de España. Los siguientes testimonios ilustran su incapacidad de proyectarse más allá del entorno de una reducida élite.[13]

La falta de rigor con el pensamiento propio, nos asoma al problema de la identidad cultural y la conformación de una nación. Cuanto pensaban las clases dominantes era a partir de los textos y costumbres europeas, poco miraron a su patria como se debía y a su nación con distintas culturas, ¿cómo podría repensarse a esta nación con los distintos grupos indígenas, con la diversidad –también de culturas– llegada de África, con los diferentes mestizajes, los criollos y los mismos españoles?

El modo de vida de los independentistas dice más que sus discursos: “El desprendimiento de los indígenas por los bienes materiales confirmaba la poca estima en que los tenía Lorenzo de Zavala, que no les encontraba signos de mejoría en la ropa, los muebles ni en el trato”.[14] De este modo, las ilusiones que se habían ganado con la independencia y los intentos por la construcción de una república afirmaban un problema mayor de fondo. Al decreto jurídico le contradecían los hechos. Zavala declaraba su afición a las reuniones de café, porque sólo en esos lugares estaba a gusto al tratar con gente civilizada.[15] Los independentistas tenían que creer en sus discursos: “No creerlo deslegitimizaba los proyectos políticos y sociales tan caros para los forjadores del Estado moderno”.[16] Y el indio reacio a entender el progreso: “[…] no puede cubrir su cuerpo sino con harapos, en el orden común y regular, jamás será visto de los demás con aprecio y consideración…Nadie que no sea apreciado pude estimarse en algo”.[17] Según Mora, “cuanto más se asemejaba la vestimenta mexicana a la europea, más civilizado estaba el pueblo”.[18] Y ¿a esto le llamaron civilización?

Antes de morir el siglo XIX nos hereda, una nueva imagen. El indígena comienza agonizar como individuo existente para el país, ahora se busca que sea un objeto de estudio histórico, se ha visto la necesidad de convertirlo en algo exótico para usarlo como adorno: “Se desconoce la situación en que quedó la diosa del agua; es una grosería que ande rodando una diosa de tan alta alcurnia”,[19] es evidente el sarcasmo en la nota periodística, pero nos habla del nuevo papel que jugará la historia del indígena. El presidente Porfirio Díaz, con su afición por la cultura afrancesada, mira al indio como objeto arqueológico y como una manera de resaltar en las exposiciones mundiales, en donde tiene la oportunidad de legitimar la historia de México como victoriosa; así, con el renacimiento de un pasado tan lejano niega la existencia real del indio en las haciendas, endeudado en las tiendas de raya, a los indígenas vivos que exhibe son el espectáculo principal en las exposiciones francesas.

La Filosofía de la Historia ya estaba bien establecida, Kant y Hegel habían legitimado los pueblos con Historia. Por lo tanto, “no se podía imaginar un pueblo que luchara por su emancipación y que no legitimara esta lucha con un pasado de agravios, de héroes, de memorias colectivas”.[20] Lo “mexicano” se estaba construyendo y el indígena estaba siendo diseminado en el camino. En el discurso de 1891 en honor a Cuauhtémoc se declara: “[…] se celebra un homenaje al caudillo de los vencidos, sobre todo por muchos herederos de la sangre y cultura de los vencedores”.[21] Había un doble discurso para la historia que se estaba construyendo. Entre el mexicano y el indio se abría una brecha, que será delicado subsanar: lo indígena es lo más diverso a occidente, por lo que le da un sentido propio a la nación, pero está tan distante a ésta que, a su vez, no puede formar parte de ella.

Manuel Orozco Berra expresará entonces: “Por primera vez sentimos que el indio no está presente, que el nahua ha muerto. El pueblo azteca será –desde ahora– un bello tema arqueológico”.[22] El individuo existente choca contra el pueblo trágico, casi héroe, quedando eliminado, y al morirse le da vida al mexicano –los criollos también tiene que irse diseminando, al igual que los negros–. Así como un sujeto impersonal, el indio se legitima como objeto digno de estudio: “Toda trascendencia o significación propia ha quedado eliminada”.[23] Toda significación ha quedado entre las líneas del historiador, su valor es la utilidad: “Lo indígena se ha convertido, por su muerte, en manejable instrumento”,[24] se convierte en el ser de la historia mexicana, y lo que pudo ser una forma de unirse durante la lucha conjunta de independencia, siguió siendo una confrontación entre los indios y no-indígenas. Pero también deja nuevas reflexiones históricas, quizá como dijo Francisco Bulnes: “el indio es patriota para su raza, pero no para la que lo ha oprimido; defiende con heroicidad no el territorio nacional, sabe que no es suyo, pero defiende lo que le han dejado en las montañas y en los territorios lejanos”.[25] El siglo XX, traerá nuevos asuntos que tratar…

 

Sketch por Marie Le Glatin-Keis
Sketch por Marie Le Glatin-Keis

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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Ferrer, Manuel y Bono, María. Pueblos indígenas y Estado nacional en México en el siglo XIX. México, UNAM, 1998, 624pp.

Juárez, Benito. Cartas y escritos. México, Libros de México, 1972 (2ª edición), 279pp.

Mier, Fray Servando Teresa de. Ideario político, Prólogo, notas y cronología de Edmundo O` Gorman, Venezuela, Biblioteca Ayacucho, 1978, 16-73 y 191-235pp

Mora, José María Luis. México y sus revoluciones, México, Instituto Cultural Helénico, FCE, 1986, [vol. 1], 59-91 y 314-344pp

___________________México y sus revoluciones, México, Instituto Cultural Helénico, FCE, 1986 [vol. 2], 337-376pp.

Ramos, Samuel. El perfil del hombre y la cultura en México. México, Austral, 1986 (14ª edición), 145pp.

Rojas Rabiela, Teresa (coord.). El indio en la prensa nacional mexicana del siglo XIX: Catálogo de noticias. México, 1987 (Tomo I, Tomo II y Tomo III).

Rovira, Ma. Del Carmen (coord.). Pensamiento Filosófico Mexicano del siglo XIX y primeros años del XX. México, Ed. UNAM, 1998, Tomo I.

Staples, Anne. Historia de la vida cotidiana en México. Bienes y vivencias. El siglo XIX, Tomo IV, México, Colegio de México CFE, 2005, 307-331pp

Torre Villar, Ernesto de la, La independencia de México, México, Ed. FCE MAPFRE, 2010 (2ª ed., 5ª reimpresión), 212-281pp.

Villoro, Luis. Los grandes momentos del indigenismo en México. México, CM y FCE, 1996, 303pp.

Viscardo y Guzmán, Juan Pablo, Carta dirigida a los españoles americanos, Introducción David Brading, México, Fondo de Cultura Económica, 2004, 115pp.

Zavala, Lorenzo de. Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830, México, CFE

 

 

[1] L. Villoro, Los grandes momentos del indigenismo en México, p. 209.

[2] L. Zavala, Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830, Tomo I, p. 18.

[3] Ibid., p. 21.

[4] Ibid., p. 22.

[5] Fray Servando Teresa de Mier, Ideario político, p. 231.

[6] Ibid., p. 234.

[7] José Ma. Luis Mora, México y sus revoluciones, Vol. 1, p. 62.

[8] Ibíd., p. 63-64.

[9] Ibid., p. 67.

[10] José Ma. Luis Mora, México y sus revoluciones, Vol. 2, p. 354.

[11] Anne Staples, “Una sociedad superior para una nueva nación” en Historia de la vida cotidiana en México. Bienes y vivencias. El siglo XIX, Tomo IV, p. 307.

[12] Ibid., p. 308.

[13] Ibid., p. 307.

[14] Ibid., p. 315.

[15] Cf. A. Staples, “Una sociedad superior para una nueva nación” en op. cit., Tomo IV, p. 319-320.

[16] Ibid., p. 326.

[17] Mora, 1987, p. 106 Apud Ibid., p. 313.

[18] Ibid., p. 314.

[19] Monitor Republicano, 10-V-1890, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 251.

[20] Antonio Annino y Rafael Rojas, La independencia. Los Libros de la patria, p. 12.

[21] Monitor Republicano, 25-VIII-1891, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 346.

[22] Luis Villoro, op. cit., p. 192.

[23] Ibid., p. 203.

[24] Ibid., p. 204.

[25] Ibid., p. 211.

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