El “Padre” en psicoanálisis

Por Moisés Torres López

 

Hablar del “Padre” para el psicoanálisis, implica pensar no en un hombre ni una mujer, no tiene que ver con un ser de carne y hueso. En otras palabras, se encuentra diferenciado de lo que se entiende por “papá” como figura encarnada.

El padre es, más bien, una función ordenadora.

Un ejemplo que podría aclarar este aspecto, se encuentra hallado en palabras de Joel Dör (1989:12) cuando manifiesta su forma de entender  el papel de los padres biológicos:

A lo sumo se presentan como diplomáticos, e incluso, por lo regular, como embajadores ordinarios. En el sentido habitual del término, el embajador representa a su gobierno ante el extranjero a fin de asumir la función de negociar allí todas las operaciones correspondientes. Ninguna relación sería más adecuada para los padres captados en su realidad y en su historia.

Así pues, dejando a salvo la metáfora, designemos al padre, en lo real de su encarnación, como aquel que debe representar al gobierno del padre simbólico, estando a su cargo, asumir la delegación de esa autoridad ante la comunidad extranjera madre-hijo.

Entonces, si el padre es un ordenador, que va más allá del personaje que ocupa el papel de representante, podemos concluir que el padre es un significante primordial.

En el mismo orden de ideas, Freud en Moisés y la religión monoteísta (1939) habla acerca del papel de embajador que tuvo Moisés para con su pueblo. De igual forma que lo fue Jesucristo ante sus seguidores. Ambos fueron representantes en la tierra de la Ley de Dios, bajo diferentes acciones o sacrificios, los dos tuvieron que cumplir con los requerimientos del Dios supremo.

Para dar inicio a este punto, habrá que comenzar a hablar de una ley que es una construcción humana, que tiene que ver con los límites creados por la cultura, en donde el objetivo es que el humano, el sujeto, tenga en cuenta al otro al efectuar determinadas acciones. Dicho de otro modo, no se puede hacer todo, porque uno está sujeto a características sociales.

Esta forma de hacer límite frente a distintos deseos y manifestaciones humanas, es la Ley de la prohibición del incesto.

 

Sigmund Freud y la función paterna

Para abordar correctamente esta idea, es menester, recurrir a Freud, en su texto de Tótem y Tabú (1912-1913) en donde, el creador del Psicoanálisis, explica que el padre primitivo o el primer padre, si es que pudiera haber una clara concepción de lo que es esto, puede ser entendido mediante el mito de aquel padre violento, egoísta que guardaba para sí a todas las mujeres y que desterraba de sus dominios a sus propios hijos, a medida que estos crecían y comenzaban a representar un peligro para él y su poder que detentaba.

Estos hijos estaban sometidos a un mandato incuestionable que les tocaba a todos de manera individual, sin embargo, unidos como hermanos, pueden formar una fuerza que va en contra del poderío del padre. Realizan entre todos, lo que cada uno de ellos quiere hacer de forma individual.

La muerte del tirano, se consuma. Su cadáver es devorado por todos. La cuestión del canibalismo no es rara, según Freud, al momento de explicar que:

Nada tiene de asombroso el que se comiesen el cadáver de su padre, puesto que se trataba de primitivos caníbales. El antepasado violento era ciertamente el modelo envidiado y temido de cada uno de los miembros de esta asociación fraterna. Ahora bien, mediante el acto de absorción realizaban su identificación con él, apropiándose cada uno de una parte de su fuerza.

Esto mismo acontece inclusive en la actualidad en el momento de celebración de las ceremonias religiosas judeo-cristianas, en donde la veneración a Jesucristo es fundamental,  más allá de que puede ser considerada una religión que enaltece el lugar del hijo por encima del padre, el acto de canibalismo se lleva a cabo simbólicamente cuando se consume la hostia que representa el cuerpo de Cristo, así como el vino que representa la sangre del mismo. Posterior al consumo, los devotos deben realizar una penitencia, es decir mostrar signos de culpa y arrepentimiento por Cristo devorado.

Las personas que realizan esta consumación de hostias y vino, lo hacen como una forma de incorporar a sí mismos las propiedades de Cristo, de igual forma que los hermanos primitivos realizaron con el padre tirano de “Tótem y Tabú”.

Continuando con la explicación del mito abordado por Freud, en donde se ha consumado la muerte y el canibalismo del tirano, es importante abordar el asunto en relación a la ambivalencia por parte de estos hijos, con respecto al padre.

Resulta claro entender que si estos últimos, lo asesinaron y lo devoraron, era por el  odio que sentían frente a él, sin embargo, también el amor operaba en su una dimensión posiblemente más oculta, pero ahí estaba.

Es, precisamente, debido al amor al padre, que viene la culpa a estos hijos que lo asesinaron y no solamente la culpa, sino el respeto al muerto. La característica simbólica del padre, solo es adquirida como tal en el momento en que “la muerte, celebrada y llorada, a la vez, instituye al difunto devorado como padre” (Dor: 36).

Una vez que el tirano está muerto, adquiere su valor simbólico, los hijos ahora deben respetar lo que el padre no respetaba.

Existe la condición de que el asesinato entre los miembros, está prohibido así como tener relaciones sexuales con las mujeres que habían pertenecido al padre.

Estas elaboraciones por parte de Freud, le dieron la pauta para hablar acerca del complejo de Edipo en el que, en pocas palabras y retomando los aspectos recientemente abordados, realza dos deseos fundamentales, pero prohibidos en el humano: el asesinato del padre y la exigencia sexual hacia la madre. Deseos prohibidos y estructurales de la vida adulta cotidiana, del sujeto.

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Referencias

Dör, J. (1989) El padre y su función en psicoanálisis. Buenos Aires. Nueva visión.

Freud, S.  (2001) Obras Completas. Buenos Aires. Amorrortu.

                 (1912-1913) Tótem y tabú.

                 1939 (1934-1938) Moisés y la religión monoteísta.

 

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