20131023 – Lectura/Inscripción

Yaotzin Chacón

 

Pensar en el sistema de la lectura (problema más elemental que la descripción de fenómenos; incluso anterior a la exégesis), ese fenómeno de primer contacto con doble problemática. Indagar sobre la lectura es realizar una lectura de la lectura. Lector/Autor. Ambos elementos tras ejecutar su labor llegan al mismo punto, a la obra. Uno de ellos, el autor, llega a la obra participando activamente desde su génesis. El segundo llega a esta desde un camino en apariencia más directo y la enfrenta en un ejercicio de lectura, hermenéutica de la obra, que podríamos definir como génesis inversa. Es, en realidad, un camino de mayor complejidad.

Dejemos de lado al escritor (inscriptor valdría más decir), saltémonos ese proceso y atendamos únicamente al paso inmediato, el ejecutado por el lector. Dicho ya que no participa del génesis de la obra, sabemos que su contacto con ésta se reduce a no más que un acercamiento. Su proceso se basa en suposiciones de sentido. El inscriptor observa su trabajo y lo da por terminado cuando reconoce correspondencia, cuando lee lo que ha querido inscribir. El lector sólo tiene inscripción, desconoce la intención real y habrá de valerse de sus propios medios, esos que ha construido día tras día y le muestran la dirección que habrá de seguir. Si una inscripción sólo puede ser leída eficazmente por el mismo inscriptor que reconoce cabalmente sus orígenes y rutas del proceso, el lector realiza un ejercicio fallido de lectura en cualquier caso; basta con decir de nuevo que inscriptor y lector se acercan al mismo punto desde sentidos opuestos.

El autor, en su afán de comunicación, construye un objeto que acerque al lector a una experiencia similar, lo más cercana posible, a la que lo impulsó para realizar la inscripción, el grabado de la información para su distribución. Cruzando todo el proceso del sistema de comunicación la información obtenida siempre es residual.

La inscripción lleva una nota que indica el nombre del inscriptor, esto en un esfuerzo para dar mayores posibilidades de que el lector ejerza una exégesis más certera al poder encajar la inscripción en el sistema que el inscriptor representa. Supongamos el conjunto del inscriptor X. Todos los elementos signados X serán insertados dentro de ese conjunto para que el lector ponga en marcha el sistema del inscriptor X. Reconocido el sistema el lector construye una guía para su ejercicio; ahora se acerca un poco al inscriptor que permanece como el sujeto de mayor importancia: la inscripción xn pertenece a X y no al lector.

Otra suposición. Tomemos toda la literatura de la historia y eliminemos la signatura de los inscriptores. Sólo inscripciones y lectores. La eliminación de la signatura libera al objeto de la tiranía del autor, abre el marco de la lectura, lo fisura. Porque la construcción de objetos artísticos abiertos le otorga todo el poder al lector, quitándole a este mismo toda responsabilidad de la interpretación certera. Al mismo tiempo, elimina la importancia de quien sea el autor. El lector ha sido liberado.

Me detengo ahora. Pienso en la longitud de mi brazo, el antebrazo; la posición de las manos, en el contacto de las yemas de los dedos al teclear éstas inscripciones. Pienso en los movimientos realizados sin entender a cabalidad como es que mis manos responden, y corresponden, al sistema nervioso. El primer abismo es entre el inscriptor y la inscripción; este es, evidentemente, insalvable; el lector debería alegrarse, la historia le pertenece.

¿Habría de señalar que lo mismo vale para las imágenes?

El lector más allá de reescribir se inscribe.

“El lector, el que no hace nada”

El lector incomoda porque no se puede adivinar su próximo movimiento.

Existió un lector que devoraba libros sin descanso. No lo hacía por hambre, sino por encontrar a quien, finalmente, creerle. Así terminó sus días.

— ¿No recuerdas ya el origen de la erosión del Bartebly de Melville?

— Claro, la lectura, sin duda, la lectura de todas esas cartas desechadas.

¿Por qué el lector no puede simplemente leer el inicio, saltarse todo el desarrollo, y leer el final? O aún más, exigirle al escritor que se olvide del ornamento y sintetice, como en un laboratorio, el concepto que le rige.

Una frase, cualquiera, contiene la historia completa de la humanidad, todo hace referencia al pasado ¿cómo lidia con esto el lector? Ignorándolo.

El texto es en sí mismo sólo cuando no ha sido leído.

El texto leído es lectura, abandona su naturaleza textual. No importa ya.

Fotografía de Gabriel Chazarreta

 

 

 

 

Para citar este texto:

Chacón, Yaotzin. “20131023 – Lectura/Inscripción” en Revista Sinfín, no. 2, noviembre-diciembre de 2013, México, 29-32pp.
http://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

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