Enemigo nocturno es el mosquito: la naturaleza del terror

Vengo a narrar ahora lo que en su naturaleza, es lo supremo.
Luciano de Samosata

Cada animal, a su manera, imprime en su ataque tal fuerza, que la presa sucumbe a las fauces del cazador de manera casi inmediata, al no conseguir escapatoria. Rasgos como la astucia, la bravura, la mordacidad, entre otros, hacen de dicho animal el “Rey de los animales” (guardando las debidas distancias) en su territorio. Pero como sabemos, reyes hay muchos: lo que no hay son tronos dónde asentar las reales posaderas.

Debido a las ideas tan puntuales de Darwin sobre la selección natural, sabemos que el liderazgo que cada animal muestra en pleno campo de batalla frente al adversario -todo por defender a los suyos- crea un ambiente de tensión, en el que tanto presa como cazador deberán estar alerta de cualquier ataque o, en su defecto, la defensa de un posible golpe o, en el caso de los terribles y audaces mosquitos, de un piquete artero.

Matar por honor, por miedo, por venganza o vendetta como dicen los vendicatori italianos, es más allá del precio que se paga al hacerlo (muchas veces el precio de la muerte de la víctima es la propia muerte del audaz atacante), todo acto que contiene, en su realización, dos salidas: la muerte o la vida en el exilio. La muerte es el sacrificio preciado en toda lucha de fuerzas. La vida en el exilio es también muerte, es agonía lenta, cálida, en silencio. Es, en fin, la muerte la predominante, incluso en la vida.

En el caso de los mosquitos, todo esto sufre un ligero cambio: su muerte es valentía apagada, es encono acallado obligatoriamente -el silencio impuesto es literal- por manos humanas: es, pues, el objeto del deseo el que apaga toda travesía por su arriesgada obtención. El deseo de ir hacia adelante por el objeto deseado es sacrificar en demasía la propia vida. Valiendo, el sacrificio, tan poco en ocasiones.

Tal vez la mosca -como imagen primera llegada a nuestra mente, después de haber mencionado al mosquito- pida alguna mención, si no honorífica, al menos no secundaria: pero ambos sabemos que la mosca, como Hiriart mencionara en su ensayo El Apocalipsis y la mosca, es: “una mosca humilde, pero, [que] se eleva ingrávida y esforzada”. De la mosca no hay sacrificio en el acto mismo de volar: y si lo hay, no hay nunca un objeto deseado de por medio, más que molestar. Y no de “morir molestando”, como lo hace el ingrávido y esforzado mosquito.

Sigo escribiendo entre alas y aire: por suma comodidad, en espera de las carnosas víctimas que con avidez se acercan al teclado, cada mosco asciende hasta mis palmas, hasta los dedos incrustados en mis manos, y aún más voraces y arriesgados, acercándose con intenciones maliciosas y perversas, vuelan más allá del antebrazo, más allá de los pliegues de la piel.

Sin embargo, el oficio de picador –tengamos fe en el término, su resolución semántica, por lo menos en este texto, segrega obscenidades- reitera la crueldad del ejecutante. La propia diversión a costa de los demás, crea el ambiente de todo aquel vendicatore cruel y obstinado: el mosquito, pertinaz y meditabundo animal, infecto y maldecido insecto, reitera la violencia del acto dialéctico (el diálogo se da entre el dueño de la carne maculada por la trompa del mosquito, y la obcecación de dicho insecto, fiel a su oficio) entre los piquetes por medio de su trompa y las maledicencias proferidas por otras trompas, las humanas.

Acertado es el mosquito, por tanto, que aún a sabiendas del acto radical que ejercerá, vaticinando el certero ataque, mantiene la esperanza, con bajo perfil y ansiedad de por medio, de “topar con pared”: carnoso, suave, límpido muro de lunares y vellos, atractivo por el hecho de aún no estar violado por miembros ajenos.

La noche es la imagen perfecta para cualquier vil oficio: tantos y tantos cuerpos mancillados de noche por el sólo hecho transgresor y de divertimento. Tantos cuerpos más, vejados por situaciones ajenas a su propio conocimiento. Pieles inmaculadas que, entre la intimidad de las sábanas y la calidez del lecho, son violadas por trompas insaciables, devoradoras tanto de hombres como mujeres, niños y ancianos: a todo el mundo lo perturba la rara belleza de un mosquito.

Y es aquí donde surge la duda, la terrible duda existencial, no propia, desde luego, sino ajena y por eso mismo alienante y misteriosa: ¿de dónde sale tanta bravura en un animal tan pequeño y empequeñecido por sus propias circunstancias?, ¿por qué un insecto tan nimio y tan simple como lo es el mosquito, arremete con tal fiereza contra el cuerpo humano?, ¿por qué tanto odio en el mundo?, ¿por qué si somos más grandes y fuertes sucumbimos a las huestes aladas de un insecto cruel y despiadado, como lo es el mosquito?

Después de haber vivido el suplicio, sin más arma que un trapo de cocina, una playera o quizá una toalla, (si es que el enemigo atacó las horas de regocijo íntimo en el baño) contestamos al ataque, tal vez con miedo, sin más enemigo a destronar que el Rey alado: el gran e inmarcesible mosquito, llevando en el diminutivo el fragor de su fiereza.

Para citar este texto:

Casas Fernández, Diego. «Enemigo nocturno es el mosquito: la naturaleza del terror» en Revista Sinfín, no. 1, septiembre-octubre de 2013, México, 20-21pp.
https://www.revistasinfin.com/revista/

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