La fatalidad Y otras pasiones: Claudio Frollo

Por Ana Matías Rendón

Los rayos del sol se filtran por los vacíos que forman las coronillas de las jacarandas. Un hombre de piel cobriza en medio del bosque, sentado sobre una piedra, está rodeado de inconmensurables hojas de otoño; asiste a una declaratoria de amor y los reclamos de la pasión; solo, rodeado del boscaje, desentraña a un personaje que cruza apresurado la plaza de la ciudad medieval parisiense para guardarse tras las puertas de la catedral de Nuestra Señora. Las páginas de Víctor Hugo lo trasladan, descubriendo a un eclesiástico de arrogante madurez, bajo la serenidad apacible del día.

 

I

Filósofo y teólogo

 

Un vínculo irrenunciable. Un microcosmos que conoce la tensión caótica entre la pasión y la razón, sentimiento e instinto, bestialidad y cordialidad, cuerpo-alma, el bien y el mal. El hombre es un hombre inventado, imaginado y estudiado. Un ser humano que se resume en su cuerpo: cuerpo erótico, cuerpo enajenado y cuerpo que sólo es cuerpo. Un individuo que es ciencia, religión, crimen y movimiento. Un hombre que no lo es…

Los filósofos, en tiempos antiguos, se preguntaban por el fenómeno de la emoción, cómo se producía, en qué grado afectaba al cuerpo y a la razón, qué relación guardaba con la conducta y la cognición. El exceso de los afectos –alegría, miedo, tristeza– pensaban, desviaba al hombre de lo correcto, del orden (Kosmos), del buen vivir y del conocimiento. ¿Qué hacer? Escandalizados, exigieron la regulación, negación o supresión de las pasiones que enviciaban al alma.2

El pathos: la pasión, el destino, lo que se padece o se sufre, la alteración que inicia con el cuerpo y se termina en el alma. La pasión es padecer. Para el filósofo la pasión es baja. Platón expresaba que es una fuerza destructora y la cadena de la esclavitud. El alma podía ser arrastrada por el caballo negro del apetito, un peligro eminente. Por ello, el griego se muestra renuente a las emociones patéticas y pretende desterrar a los poetas; dejar entrarlos a su república sería como permitir que reinara el placer y el dolor.

Postulados tras postulados, los grandes sabios creían y se convencían de la necesidad de controlar sus apetitos voraces. El alma tenía que desarrollar lo mejor de su naturaleza por medio de la adquisición de la templanza, la justicia y la sabiduría; únicamente estimaron aquellos conocimientos que los perfeccionaban. Modeladores de almas, escultores de la perfección, artífices de sueños. Sólo los trágicos asumieron las pasiones para describirlas. Orestes al asesinar a su madre, describe más que condenar. Esquilo puntualiza: “soy como el auriga que perdió las bridas y ve sus corceles correr fuera del camino. Así van desbocados mis pensamientos.” Una locura lo arrastra, lo conduce a ser otro, sin embargo, sigue siendo él, aun con la lejanía de sus pensamientos.

Las pasiones desvían de la verdad, de las más altas aspiraciones, es decir, la tragedia proscribe desgracias. Los poetas trágicos dan rienda suelta al abandono del torrente pasional, haciendo sentir a los asistentes del teatro una afección placentera, saciando el desahogo. Así, con la ignominia sobre sus espaladas,  son acusados del delito de corromper por el filósofo de la República.

El teólogo continúa el camino del filósofo. El catolicismo romano condena más fuerte. Las catedrales se alzan poderosas con sus señores feudales para juzgar, deben existir sólo los hombres buenos y malos, aunque los hombres reales se subleven a diario. A Claudio Frollo no le estorban las pasiones, su alma se esmera para alcanzar la luz divina de la sabiduría; manifiesta la prudencia intelectual como la única felicidad, ha creído cuanto ha encontrado en los libros, sin cuestionarlos, sin sospechar que el intelecto no tenga respuestas para los arrebatos; todo lo que tiene son prescripciones y deberes… tarde, demasiado tarde, el hombre descubrirá sus pretensiones.

Los sentimientos delicados, el alma apacible, el ideal del filósofo perseguido por siglos, encarnados en un hombre: Claudio Frollo.

 

II

Claudio Frollo

 

Catedral de Notre Dame 17Las copas de los árboles producen una sombra tenue que permite al campesino seguir leyendo el viejo libro, cuya pasta se desprende y es afirmada por los toscos dedos que impiden su caída, las páginas advierten la fuerza de la gravedad que amenaza con hacerlas ceder; mientras, la temperatura tibia sostiene los organismos vivos en un estado de quietud…

Claudio Frollo: la claridad de una mente bien instruida, la moral bien cimentada y los sentimientos más apacibles propios del intelectual. El arcediano de Nuestra Señora es de rostro triste y altanero, acostumbrado a bajar los ojos y hablar en tono bajo; delgado, frente calva, anchas espaldas y tez morena. Un eclesiástico condenado a la austera virginidad del claustro, rodeado de inconmensurables hojas llenas de palabras.

Después de la muerte de sus padres por la peste, a los diecinueve años, se transformó su vida. El joven apegado a los libros inició un camino inocente sobre la idea del amor, creyó en primera instancia que se trataba de fidelidad a la Iglesia y Dios, pero jamás se había planteado el problema de las pasiones; con la reciente orfandad, juzgó que el tierno elixir que podía ofrecer a su hermano menor, Juan, era una pasión que podía permitirse: “no había tenido tiempo de sentir dónde estaba el corazón”.

Juan, era un hermoso niño rubio, tan pequeño e indefenso que provocó en el joven Claudio un sentimiento de protección y cariño. Aquel pequeño hizo de él un hombre nuevo, lo hizo renacer entre los enmohecidos textos que lo seducían a caminos ignorados. Incapacitado para el amor por el arrebato de los estudios, desconocía hasta qué punto un alma se podía extraviar por los apetitos del cuerpo. Bastó abrir su corazón para que éste tomase voluntad propia, encontrase una grieta y, en cuestión de tiempo, se desbordara.

¡Maldita la hora en que conoció que había algo más que las especulaciones de la Soborna y los versos de Homero! ¿Por qué entendió que el hombre necesitaba amar? ¿Por qué había comprendido tarde semejante sentencia? Advirtió aventurado que la vida sin amor no era más que un engranaje seco en el universo; concluyó que un hermano a quien amar alcanzaba para llenar toda existencia. Pero el amor está fuera de deducciones y silogismos; su lógica es el caos.

Frollo trazó su porvenir como si fuese el plan de lectura de un texto sagrado, se dedicaría en cuerpo y alma al cuidado de su hermano, respondería por él ante Dios. Así concluyó: su felicidad, su hermano. Ni esposa ni hijos. La felicidad idílica: “En un alma tan virgen como la suya, fue como un primer amor”. El amor filial, no es lo mismo que el amor pasional. Claudio, en cambio, se determinó a que así fuera.

Sacerdote a los veinte años, una mañana de domingo de Quasimodo, se aproximó a la armadura de cama donde habían abandonado a un pequeño –objeto de curiosidad por un grupo de damas que discutían la mejor forma de deshacerse de él–, el niño de cuatro años, era una infeliz criatura malhecha que gemía amenazada. El eclesiástico lleno de esperanza se compadeció de aquella miseria y deformidad, por lo que expresó: “adopto este niño”, pactando su destino a lado de aquel jorobado.

Existe una relación poco sana entre la moral religiosa y la educación de los sentimientos delicados, provocando desatinos constantes entre aquello que se hace por el deber y la satisfacción al amor propio, que no siempre está muy bien definida la frontera. El desamparo del pequeño contrahecho le recordó el estado de su hermano, entonces por el reciente amor que había sentido, Claudio se llevó consigo al pequeño monstruo pensando en que si Juan llegara a cometer alguna falta, este rasgo de compasión hecho en su nombre, tendría que exonerarlo.

El joven eclesiástico era recelado por una sociedad que veía con malos ojos una personalidad como la suya, su comportamiento cabizbajo, austero, callado y enclaustrado, además el que adoptase a un niño deforme, acusado de pequeño brujo, sólo alentaba a que los murmullos a su alrededor se incrementaran y, él mismo, enmoheciera con los muros de Nuestra Señora. El Portal del Juicio Final cerraba sus puertas tras dejar entrar su figura al interior de la catedral. No saber lo que es el amor… Claudio a penas lo notaría.

 

III

Decepción

Las páginas del libro revolotean por el ánimo del viento, las manos del campesino, cuyas venas están marcadas por el trabajo, detienen pacientemente la revolución de las hojas; él mira las palabras y las relee, el analfabetismo cultural le lleva a degustar el modo extraño en que el sacerdote intelectual se devanea entre los conocimientos…

Claudio Frollo es un hombre maduro que ha profundizado en el corredor del conocimiento sin límites; ha dejado de ser el estudiante afectuoso, el protector de su hermano y el sacerdote confinado a los actos de compasión por un monstruo; algo sucedió para que el joven soñador y filósofo se transformara.1

El amor también trae desconsuelo y decepciones. Los años hacen que uno cobre conciencia de ello. El bribonzuelo de Juan descorazonó a Frollo, los esfuerzos de éste para que el niño rubio siguiera el buen camino fueron infructuosos. No había para él decepción más grande. El joven vivía derrochando su vida en copas, fiestas y mujeres, y de estudios, nada, ¡ni hablar!, era un cínico y desvergonzado. Ello llevó a Claudio a concentrarse más en los estudios, a enfermar de conocimientos. El semblante austero y severo realzó la melancolía. Una fórmula ineludible: más sabio, igual a un sacerdote más severo y un hombre más triste.

Frollo dejó de ignorar muchas cosas, ahora, como las grandes mentes seducidas por el demonio del conocimiento, atentaba contra su dios: Eritis sicut Deus, scientes bonum et malum. Un pensamiento flagela al arcediano: “El oro es el sol. Hacer oro es ser Dios.” Ha probado del árbol de la ciencia, pero el bien y el mal lo arrastran hacia sus propios dominios. Padece, sufre, se retuerce por no encontrar la respuesta, por no poder hacer oro, ser Dios.

Grandes personalidades se han perdido por su propio genio. Hombres que se pierden en los laberintos de la razón y el mal del conocimiento. El arcediano no era el único enclaustrado en una habitación, iluminado por el fuego y la danza de las sombras. Otro personaje, Fausto, también se perdía en el conocimiento y exclamaba en las penumbras: “Con ardiente afán, ¡ay!, estudié a fondo la filosofía, jurisprudencia, medicina y también, por desgracia, la teología; y heme aquí ahora, pobre loco, tan sabio como antes.” Frollo ha conocido demasiado bien la medicina, astrología, alquimia, filosofía y teología, perdiéndose entre imágenes y letras. Una unión de lo más seductora se va entretejiendo, la locura y la razón, perdida entre libros, pero distante de la pasión de Don Quijote.

Frollo y Fausto desvían sus pasiones aunque tienen la misma vertiente o por lo menos la misma acusación, conocer los ha llevado por los caminos execrables de sus mentes. La pasión por el conocimiento los ha guiado a la oscuridad de sus almas: Fausto ha provocado a Mefistófeles; Frollo, al demonio.

Hubiera bastado la enfermedad por el conocimiento, si el hombre de Iglesia no hubiera conocido una pasión distinta, para la que no estaba preparado. El alma del eclesiástico pendía de la belleza de una joven gitana de tan sólo dieciséis años. Esmeralda se había atravesado como el demonio que era para corromperlo. El alma se pierde por el cuerpo. El desdichado mira escondido a la bella niña, espía lascivo por las esquinas, planea su secuestro, la quiere para sí. ¿Qué es esto que ahora siente, que lo arrastra a los más pervertidos pensamientos? Aquella joven lo hace un cobarde. Él se retrae. La mirada cabizbaja ahora refleja la amargura y el infortunio, un deseo contenido. Hace cuánto está en él para poseerla, pero otro paga por su arrebato. Quasimodo es azotado por el intento de secuestro de Esmeralda y recibe su castigo en la picota. Frollo incapaz de pensar, decir y hacer algo, pasa de largo, cabalgando su caballo con la mirada pávida. Él sólo deseaba, desea, estar con ella.

Necio, loco, aturdido, el arcediano no tiene salida. El oro es poco. Ya no importa ser dios si no es capaz de saciar su deseo. La pasión por aquella beldad lo ha distanciado de lo que era. Únicamente Mefistófeles puede reírse de la desgracia de los hombres: “…Si tuviesen ellos la piedra filosofal, no habría filósofo para la piedra.” Sin disimulo, Claudio observa y toma posesión de la ilusión corporal que lo sigue en sus estudios, los sueños y los deseos. ¡Debe ser el demonio que le envía esta visión para perder su alma! Mira perplejo en su cobardía, desde las alturas de Notre Dame. La cabrita sigue a la muchachuela entre las calles, es la prueba de su brujería. Djali se detiene. En el suelo hay unas tablillas con letras. Las patitas de la cabra forman una palabra: FEBO. El arcediano enloquece.

 

IV

El destino es la fatalidad

El precipicio frente a sí. El bosque está franqueado por los surcos de las faldas de las montañas que no se estremecen por la presencia de aquel hombre perdido en horas de trabajo, la pasión es incontrolable, lo ha pensado y continúa estudiando la figura del sacerdote…

El arcediano se ha perdido. Los cabellos trenzados de la gitana, adornados con cequíes y desprendiendo un aroma sándalo la hacen “tan bella como una virgen”, ¿cómo puede la Iglesia oponerse a su deseo? Él, un hombre de Dios, con pensamientos impuros a una virgen, como lo debía ser Esmeralda, a menos que fueran los hechizos de la bruja que lo tentaban a los actos más bestiales. La pasión ha cobrado un nuevo sabor, lejos del bálsamo de los textos antiguos. El oro se ha vuelto su distractor y no su meta. Víctor Hugo lo tradujo: ¡Qué hueca resuena la ciencia cuando apela a ella una cabeza desesperada por las pasiones!

El eclesiástico suplicaba a Dios, a Nuestra Señora, a la Iglesia, porque aquel sentimiento corrosivo le fuera impedido. Nada. Debió consultar a otro hombre, a un santo que conocía los desvaríos carnales. San Agustín también padeció: “Pero yo, infeliz de mí, me acaloré y fatigué siguiendo el ímpetu de mis pasiones, apartándome de Vos, y traspasando todos los límites justos que vuestra ley me había puesto y señalado.” Ambos prelados apartados de Dios, con pasión ciega y violenta, ¿a qué aferrase?, si desahuciados no tenían más vida que la muerte.

Uno y otro hervían confusamente entre al amor puro e impuro. La concupiscencia atacaba sin tregua, la delgadez de sus cuerpos era constatación de su lucha interna. Las pasiones los arrastraban a los precipicios donde emergían piélagos de cuerpos deseados. ¡Qué lance la primera piedra quien esté libre de pecado! Por ello, Fausto exclama: “Por muy caro que el mundo le haga pagar el sentimiento, en medio de su emoción es cuando el hombre siente profundamente la inmensidad.” Es que sólo cuando el hombre es capaz de perderse entre sus pasiones puede conocerse.

Las pasiones tienen la facultad de transformar a los hombres. Mejor todavía. Los hombres se transforman por sus pasiones: “el amor, fuente de todas las virtudes en el corazón del hombre, se convertía en cosa horrible en el corazón del sacerdote, y un sacerdote se convertía en demonio.

La pasión desata los amores impuros y “el lado más siniestro” del corazón. El amor corrosivo y dañado, rencoroso e implacable, arrastra a la fatalidad. Frollo no puede controlar sus pasiones y sella el destino, a Esmeralda la manda al patíbulo y él se condena en vida. Una palabra grabada en los muros de Notre Dame: ’ANATKH (fatalidad). Dos aspectos van unidas al hombre irremediablemente: la oscuridad y fatalidad. La mano del hombre que talló las letras entendió el fuego febril de su alma.

El destino es la fatalidad, ¿cómo seducirlo para que nos deje escapar de la determinación? Nadie escapa a su destino y a su propia tragedia. La tragedia es el “inexplicable capricho de la fatalidad”, no oponerse a ella, es el símbolo del Kosmos.

 

V

Frollo apasionado

Las hojas de los árboles se mecen con violencia… el cielo se ha convertido en una sombría esfera en espera de que la tormenta llegue. Las páginas se independizan y caen bajo el peso de la gravedad, el hombre de tez morena las retiene con mayor fuerza…

Frollo enamorado. El amor de Claudio es distinto al de Quasimodo y al de Pedro Gringoire. Para él, el amor es su angustia, lo transforma en un amante despechado, hombre sin desfogo, religioso al que le hierven las arterías y estalla el corazón, un alma martirizada que se ahoga en un grito: “¡Un poco de ceniza para esta brasa!”.

Frollo apasionado. El arcediano pide compasión de la hermosa gitana, implora su amor y se retuerce, él ama con todo el furor de su alma. Amar: la entrega a otro ser con desesperada zozobra. La pasión conlleva dolor; la tragedia, poesía. El exterior de Claudio, sin embargo, era una “austera y glacial corteza”; por dentro, lava. El fuego furioso lo hacía presa de la pasión: arrebatos incontrolables, sangre ardiente, torrente indiscreto que recorre descendente las faldas del volcán con el único propósito de invadir.

La gitana condenada a la muerte por la pasión del hombre. El arcediano llora de rabia al pensar en las miles de miradas impúdicas sobre el cuerpo de Esmeralda cubierto por un camisón. Si todo lo malo no hubiera existido, él sería feliz: “¡Ser de ella!” Lo que no significaba lamentarse ni arrepentirse de su ciego egoísmo, sino que lo que había hecho, lo daba por inevitable: fatalidad.

Frollo “recorrió con recelosa mirada la doble y tortuosa senda por la que había arrastrado la fatalidad sus dos destinos, hasta el punto de intersección en que les había hecho chocar al uno contra el otro”. Ha desatado su destino. Cuando se hace el mal, es preciso hacerlo por completo.

¡Condenación!

Dejaría todo para ir hacia donde ella le conduce, sin reparar en la oscuridad que le atrapa… Menos, ser capaz de salvarla. No era otra cosa que amor viciado: “Es que la pasión es más ciega cuando no tiene consciencia ni conocimiento de sí misma”. En los intrincados vuelcos de la pasión, decidir y actuar no siempre son una misma cosa. La decisión es una quimera de la razón. Frollo está suspendido en sus pensamientos, envuelto por la pesadez de sus malogrados deseos. Sólo puede reír con la “carcajada del hombre que ha dejado de ser hombre”.

Le duele verla siendo torturada, pero el dolor ha envenenado su piel. “Aquel a quien la llama de los celos lo circunda, acaba volviendo contra sí mismo el aguijón envenenado, igual que el escorpión” declaraba Nietzsche.

Un huracán de angustia lo trastorna, lo rompe, arranca, encorva, lo saca de su juicio. El arcediano apasionado es capaz de las mayores locuras. Como Hamlet, la pasión de los celos y de la venganza, lo arrastra a su propia tragedia. El arcediano apasionado, capaz de la desolación. Podría resonar, en un eco lejano, la sentencia de Mefistófeles: ¿Tienes tú idea del vacío, de la soledad? La pasión arrastra a los crímenes más atroces, por lo tanto, al desamparo.

El olvido a la mujer que ama es imposible, Frollo está envenenado. La única solución: el desvanecimiento de lo que fue. En su mente toman posesión las imágenes, loco de lujuria, la ha hecho suya cientos de veces. La locura es otra pasión. La tragedia está conducida por la pasión cuya meta quiere alcanzar la fatalidad.

 

VI

Tragedia

Las gotas impolutas del cielo grisáceo caen sobre las páginas del libro, grandes y enérgicas, manchan las letras, desgarrándolas. El hombre que sostiene el libro no siente los indicios de la tormenta, ya no le importa, su destino está pendiendo de su propia tragedia…

La tragedia es pathos. Pero la pasión no siempre produce héroes como lo hacía en la Grecia Clásica. Para los griegos el sufrimiento inmerecido no es trágico, la tragedia se halla en la capacidad de sentir, de hacer de un hombre cualquiera, un héroe. El espectador de las tragedias podía sentir piedad y miedo ante un hombre engrandecido por sus acciones.

El hombre medieval, por el contrario, se deja arrastrar por sus pasiones sin que pueda engrandecerse, se hunde en el fuego, se extasía en su dolor, de este modo se va conjugando con su destino. Existe, entonces, una analogía entre tragedia y significación de la vida. El sentido de estar y ser en la vida, es ya de por sí poético. Esquilo, Eurípides y Sófocles lo entendieron antes. Shakespeare, Víctor Hugo y Charles Dickens hicieron lo propio en el siglo de las luces.  “El poder del hombre puesto de manifiesto en el poeta” expresó Goethe.

La pasión conlleva dolor: catarsis de la vida. En el dolor y en la muerte, el alma transforma el dolor y la muerte. La capacidad de dolor es la capacidad de transformar; sin embargo, algunos seres se pierden en los abismos de la pasión.

¡Condenación!

El arcediano muere al caer en el abismo. Él mismo cayó en su propio vacío: “La tragedia es la mayor de todas las locuras”.

Frollo mata por una pasión que complace su egoísmo. Pero quien es capaz de producir las tragedias, son los hombres que se dejan llevar por las pasiones: los trágicos. Héroes o antihéroes se han atrevido a cruzar los límites. No es Quasimodo entregado a la pasión, al amor. Es un hombre arrastrado por las pasiones. Él produce la tragedia, la fatalidad. Hay acciones que no se pueden evitar. La palabra recalcada sobre el muro de Notre Dame sobrevivió eternamente en la memoria: ’ANATKH…

 

VII

La última tragedia

El hombre cierra el libro, lo guarda en su morral de ixtle, camina dando la espalda al bosque empapado, su ropa está sucia, las manchas escarlatas se confunden con el polvo del camino.

Existe una sola pasión de la que los trágicos no pueden escapar: la locura.

Catedral

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