El color de las pulgas

Mario Marín

 

 

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Una novela sobre un pequeño grupo de amigos que viven una vida sin futuro, refugiados en la cerveza, los porrros, la amistad y el sentido del humor.

 

 

 

El color de las pulgas
Mario Marín
Viento Abierto 36
224 págs. Pvp 17,00 €
ISBN: 978-84-15374-85-5

 

Esta es una historia de amistad, un relato de Ignacio Aldecoa narrado por Bukowski, un esperpento, un camino sin salida. La historia de unos amigos de un barrio de Huelva que viven ciegos de porros y cerveza, que se ríen de sí mismos, cuando, accidentalmente, tienen que deshacerse de un cadáver. Pero también es una historia de amor trágico y doloroso. El mismo amor que ha creado las más importantes obras de la literatura universal o las más pequeñas. Historias como ésta.

“Ahora a mi lado estaba Juanita, un bujarra tan bonito como el recorte celeste de las tardes sobre la retama, en La Bota, sobre la arena, sin toalla, con un litro y un porro. Juanita es amigo del barrio desde siempre, muy maricón desde chico. Bajaba a la plazoleta con las uñas y los labios pintados y se ponía de portero. Era buenísimo. Y sin miedo. Se te tiraba a los pies y se dejaba media carne en el cemento. Después se levantaba rápido, muy parguela, con el balón contra el pecho, y se ponía a gritar, que había que cerrar más, que delante solo uno. Sabía mandar. Un máquina, sin guantes, sin rodilleras, siempre con la camiseta de portero de su hermano. Un amigo de verdad, sin miramientos ni paraqués”.

El autor 

Mario Marín (Huelva 1971) es Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla, artista plástico transgresor, inquieto y curioso. El color de las pulgas es su primera novela. Tanto en el arte como en la literatura, Mario plantea sus propuestas como escenarios estéticos y necesariamente desollados.

 

 

Uno

Estaba escuchando el Perfect Day de Lou Reed frente al escaparate de la tienda de la china guapa, en la calle José Fariña, pero era un día asqueroso, una mierda de día. La música salía del transistor de la Bodega Viaplana. Hacía un año del suicidio de Luisa y casi cuatro de la muerte de Cati.

Tras la pausa publicitaria, la música cambió a unas sevillanas de Rafael del Estad y yo me grillé con unas nubes de levante que tiraban para Punta Umbría. Estaba cambiando el tiempo y me dolía mucho la cicatriz del tobillo. Encendí un cigarro contra la pared y me acordé de la cosa, del mamoneo alargado durante meses, de lo
que había pasado.

A los diez años de conocerla en el Bar Bi los detalles más mierdas pasaban ahora por mi cabeza. La mañana estaba como clueca. El azul alto de Huelva en el cielo, también el olor a caño traído de la marisma, con un viento muy bajo. Entraba flojo por los portales y salía como espantado.

No haberla escuchado. Un montón de mañanas ciego, al sol, sordo al banderín blanco. Luisa me hablaba de una poza, de su poza.

Ahora a mi lado estaba Juanita, un bujarra tan bonito como el recorte celeste de las tardes sobre la retama, en La Bota, sobre la arena, sin toalla, con un litro y un porro. Juanita es amigo del barrio desde siempre, muy maricón desde chico. Bajaba a la plazoleta con las uñas y los labios pintados y se ponía de portero. Era buenísimo. Y sin miedo. Se te tiraba a los pies y se dejaba media carne en el cemento. Después se levantaba rápido, muy parguela, con el balón contra el pecho, y se ponía a gritar, que había que cerrar más, que delante solo uno. Sabía mandar. Un máquina, sin guantes, sin rodilleras, siempre con la camiseta de portero de su hermano. Un amigo de verdad, sin miramientos ni paraqués.

De grande, Juanita se había sindicado al relumbrón, al exceso, como una enorme bola de merengue sobre hojas de ibérico. Además tenía la polla como un febrero bisiesto. Lo sabíamos desde el colegio, de las pajas. Juanita se liaba y le salía por encima de la mano más de la mitad. Lo flipábamos.

Juanita me ayudó con todo cuando lo de la muerte. Yo había entrado en la salita y con la misma me había salido al balcón también como un difunto. Me había entrado por el vientre un frío como con dentera. Abrí el cierre y busqué la calle. Abajo Juanita, junto al terraplén, con un vestido rojo estampado y un pañuelo a la cabeza. Hablaba con un nota, le indicaba una calle con el abanico cerrado. En la otra mano un cigarro. Fumaba Moret. Con las manos y como pude, le dije que tenía que subir.

 

 

 

 

 

Para citar este texto:

Marín, Mario. “El color de las pulgas” en Revista Sinfín, no. 15, enero-febrero, México, 2016, 76-77pp. ISSN: 2395-9428.

 

 

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