Hermandades en pandemia

Sí, vecino… Te espío a veces. Veo cuando sales a fumar el primer cigarro de la mañana vistiendo sólo calzoncillos, con tu vientre abundante, exponiendo un ombligo que sonríe.

Sí, vecino. Sé que a las once te llama tu madre; los escucho claramente a través de las paredes de papel. Incluso escucho tus pasos cuando entras de una habitación a otra mientras se mandan cariños: tu chancleteo es el tic-tac de mi reloj pandémico.

Sí, vecino. El jueves pasado te vi asomarte por el balcón, desolado, porque justo ese día, como todas las semanas y a las siete en punto, llegaba tu novia. Casi veía el corazón botándose de tu camisa. Sentí una ternura extraña por tu amor ansioso que convertía a las siete y diez en el comienzo del fin del mundo.

Sí, vecino. Sé que bebes por las madrugadas, que subes el volumen del estéreo mientras más va quemándote el alcohol: tus canciones se mezclan con las mías y nuestras melodías viciosas van convirtiéndose en una, como cuando cantan juntos decenas de pajaritos.

Más de cien días encerrados, cada uno en su cubil, y comienzo a sentirte como a un hermano. Sí, vecino, aunque no me sepa tu nombre y sólo nos hayamos cruzado algunas veces subiendo las escaleras, diciéndonos «buenas noches» por educación mecánica, por mera costumbre porque nos valíamos madres. No tenía idea de quién eras y asomándome por la ventana te he visto en tu escritorio con un lápiz en la oreja y la mirada fija en la computadora. Debes ser diseñador, o dibujante, o algo así, porque trazas con los dedos desde lejos la figura de la portera, la cual balancea sus caderas mientras lava el patio, imaginando que nadie la observa. Sí, vecino… Voy a extrañarte tanto cuando la nueva normalidad ya sea más parecida a la anterior, a la que todos conocíamos, y vuelva a mi oficina a teclear el alma todo el día. Voy a extrañarte porque fuiste mi compañero sin saberlo, quien ayudó a que esta soledad se sintiera compartida. Ahorita te escuché encender la tele y apuesto que verás «Réquiem» por vigésima vez. Te conozco ya tanto, vecino, tanto, tanto, tanto, tanto…  Solamente me falta saber tu nombre para que seamos hermanos.

Liliana Alarcón Toriz

(Estado de México, 1983) es escritora independiente, egresada de la licenciatura en Pedagogía de la UNAM. Pasional, enemiga del tiempo y rencorosa hasta el empacho. Produce cuentos y poesía respondiendo a una necesidad del alma.

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