Cabeza

—Los doctores me veían futuro en lo forense, decían que seguro me iría bien y me sobraría el trabajo. La carrera se me daba y no me impresionaban los procedimientos, ni el instrumental, ni la sangre. Todo pintaba muy bien hasta que, bueno, pasó lo del cráneo…

Sentí que Laura perdía la voz. Pese a la oscuridad del cuarto, se tapó la cara con las cobijas, como una niña avergonzada.

—¿No quieres contarme?

—No sé. Vas a decir que soy una estúpida, que ya estoy grandecita para todo esto. Pero te juro que fue así. Eso me cambió.

La dejé quedarse en silencio un poco más. Sentía el vapor cálido de su respiración. Las cortinas cerradas y los celulares en vibrador impedían que nos hiciéramos idea de la hora de la madrugada. Mientras callábamos, sonaba el aire acondicionado, una respiración mecánica. Bajo las sábanas, éramos dos cuerpos desnudos, preguntas ansiosas y ganas de conocernos con un miedo enorme de ese misterio férreo, vulnerable, que es el otro. Pero estábamos solos en nuestros mundos y nos habíamos encontrado de repente en esos días, sin esperarlo.

—Y entonces, llegó el cráneo —procuré animarla.

—Sí —retomó Laura, resignada, o quizá con una dosis de valor después de la palabra, como si al mentarla yo, ella por fin se liberase de su influjo—. La broma es muy común, la hacen todos cuando empieza a tocarnos clínica y forense. Juegan con los cuerpos, te mueven cosas, te ponen a prueba, quieren ver tus nervios, si tienes lo que hace falta. Los de los semestres de arriba la aplican a los de abajo y se volvió una costumbre que nadie ve mal ni cuestiona. Pero hay de cosas a cosas. Y es que los doctores piden que hagamos práctica con cráneos y eso provoca que muchos estudiantes necesiten uno y aparezca gente que puede ofrecértelos. Y a mí, un chavo de un semestre superior que según me tiraba la onda me dijo que podía conseguirme uno. Y le creí.

Laura dijo que se encontraron la tarde siguiente en el estacionamiento de alumnos, donde él le dio tranquilamente una bolsa oscura. Todavía el otro tuvo el atrevimiento de invitarle un café en la facultad y ella se sintió obligada a aceptar por una gratitud incómoda, aunque no podía quitarle el ojo a la bolsa, presente ahí con ellos, en el asiento a un lado de la mesa, mientras el tipo no paraba de presumir de sí mismo.

—Total que me escapé del tipo, ya medio harta de todo. No quería que me vieran, no quería explicarme con los demás, y saqué el cráneo a solas cuando llegué a mi casa. Parecía una pelota de hueso con orificios. Había perdido tres o cuatro piezas dentales. Problema de terceros molares, algo común, en realidad los terceros molares no sirven para nada. Pero algo era raro. Lo noté pronto, el traumatismo, la fractura, pero no dije nada. No quería preguntar porque tampoco se pregunta eso. Lo guardé otra vez y puse la bolsa al lado de mi cama, me la iba a llevar a la escuela al otro día temprano. Y esa noche comenzaron las pesadillas. Las voces, los gritos. ¿Qué podía hacer? ¿Correr a dormirme al cuarto de mis papás? Ya era una adulta, estaba en la universidad, estudiaba una carrera donde lidiábamos con la posibilidad de la muerte todo el tiempo, aunque parezca que sólo poníamos amalgamas y limpiábamos caries.

Me pareció que Laura bajaba la cabeza, incómoda de que adivinara su agitación. Temí que no quisiera seguir. Le toqué el hombro, como si de ese modo pudiera animarla.

—Pero llevaste el cráneo.

—Sí, lo llevé al otro día y el profesor no dijo nada. Examiné las piezas, confirmé lo de los terceros molares, marqué las caries, preparé mis moldes. Parecía una dentadura juvenil. Descuidada pero no desastrosa. El agua de la ciudad tiene una alta salinidad, eso también se nota en los dientes, en su coloración. Pensé que quien hubiera estado en ese cráneo, sería también de aquí. Parece una deducción sencilla en esta ciudad monstruosa, pero en serio uno saca muchos datos de los dientes de la gente. No es igual la alcalinidad del agua que te tomas en Baja California, en Veracruz o en Yucatán. La mayor o menor calcificación en nuestro cuerpo produce el tono de la dentadura. En fin. En la noche, regresaron las pesadillas.

—¿Qué pesadillas?

—Una sombra. Una sombra que viajaba en una motocicleta a toda velocidad, como si lo persiguieran. Y de repente sus gritos, porque parecía haber perdido el control, y algo lanzaba la sombra hacia la calle, contra el pavimento, como un golpe seco, así, definitivo, y yo oía más gritos de dolor. Era un chavo, sentía que le ardía la cabeza y se vaciaba todo por arriba. Y luego, puro silencio y mucho, mucho frío que se extendía por dentro. Esa era la pesadilla. Me pasé mal tres o cuatro días así, hasta que una noche me levanté llorando porque sentí la frialdad a mi lado, lo sentí a él al lado de mi cama, tocando mi mano, gritando de dolor, sufriendo como si tratara de decírmelo. Te lo juro que fue así y en serio no me importa si crees que soy una pendeja.

—De veras no lo creo.

—Me dejó tan mal que acabé despertando a mis papás esa noche y les dije que creía que era el cráneo y ellos, un poco confundidos, trataron de tranquilizarme. Me dijeron que llamara al muchacho que me lo dio y lo devolviera si eso me iba a hacer estar mejor. No sé si me entendían, pero mi mamá mencionó que luego la gente hace cosas raras con los cuerpos, que no están bien. Y total que le hablé al tipo que me lo dio y le dije que quería regresarle el cráneo y nos citamos al otro día. Y él llegó creyendo que todo bien, que yo usaba ese pretexto porque quería verlo, pero estando ahí, no sabes, me entró un enojo, un puto rencor, al grado que le grité a él con todo y su carita de pinche simpático y le dije lo que el cráneo me había provocado, cómo me estaba afectando. Él se quedó callado, sorprendido, mirando al piso, pensando que yo era una loca, y me dijo que neta lo disculpara, que no sabía mucho del cráneo pero podía averiguar con su dealer. Porque hay dealers, es normal, los estudiantes necesitamos cráneos y hay gente que los saca de donde sea y ahí andan los cráneos por el mundo, en las mochilas, en las bolsas, en las cajuelas, de un alumno a otro, de una facultad a otra, sin descanso, sin quién los reclame. Casi da risa, ¿no? ¿Qué piensas? ¿No te has dormido?

—No, para nada —pensé en un cráneo rodando, como una llanta, en una carretera desierta y luego llegando a la ciudad, en medio de las calzadas y las avenidas, cantando bajo, quejándose de sus tristezas, pero no se lo dije a Laura—. ¿Y el chavo sí averiguó algo?

—Sí. Pasaron unos días y me llamó. Me dijo que se había encontrado con su dealer y que primero no le dijo nada, pero que le insistió y al final el otro le contó que conocía alguien en un SEMEFO. Resulta que uno de los doctores que nos daba clase era del Forense también, uno de los que según iba a conocer yo con mi supuesto potencial para la carrera. El chavo me contó que se organizaban y movían cráneos que se quedaban sin reclamar. Asesinados, viejos, indigentes, vagos que se mueren en la vía pública, sin nadie que los busque. Y algunos que no van a la fosa, los aprovechan así. A lo mejor mi cráneo venía de ahí. Y yo me clavé con eso. Fui a buscar al mentado doctor, conseguí una cita con su eminencia en su oficina y le conté lo mío. Él se hizo el pendejo hasta que acabé amenazándolo con que mis papás estaban dispuestos a demandarlo por lo que me había provocado. Además, no era ético. En fin. No se comprometió a nada, parecía valerle madre, pero unos días después me llamó y me dijo que tenía algo para mí. Esta vez se cuidó, me citó en una cafetería y ahí nada más me vio y me tendió un folder. Me dijo que si quería acusarlo o armarle un escándalo, él podía hacer que me expulsaran de la universidad, que me responsabilizaba de todo, de andar contrabandeando osamentas. Que me olvidara de mi carrera. Le dije que sí, me encogí de hombros y me quedé sola viendo los papeles. Eran un reporte forense. Un masculino no identificado. Entre 18 y 25 años. Lo habían encontrado en una calle, se había estrellado en su moto pero tenía heridas de bala, al parecer por una persecución. Tenía alcohol en la sangre, le encontraron unos gramos de coca entre la ropa desgarrada por la fricción en el piso. Pensaron que no había muerto por las heridas del arma, sino por el golpe en el cráneo. No traía casco. Casi había dejado la cabeza trozada en el piso. No había familiar que lo reclamara. Así lo reportaron y así lo dejaron. Por la zona donde lo hallaron, presumían que era parte de un grupo. Narcomenudista, comprador o alguien que quiso robarle droga a otro. Quién sabe. Pero yo sólo pensaba en la voz clara y desgarrada de él diciendo “me duele, me duele, me duele”, llorando por dentro sin que nadie lo escuchara y luego desvaneciéndose. Una persona hecha pedazos en el piso. El alma se le iba toda en un segundo por esa grieta en la cabeza. Y luego yo lo había tenido en las manos. Le había abierto la boca como si nada, sin saberlo, había visto gente meterle flores y cigarros entre risas, fingir voces graciosas o serias mientras le movían la mandíbula. Se habían sacado fotos idiotas con él. Me sentí estúpida y lloré, lloré desde la cafetería hasta mi casa y luego otra vez con mis padres al contarles todo y luego cuando estaba en clases. Me sentí sucia, culpable, no lo puedo explicar. No sé qué hayan hecho con el cráneo, no sé si sigue dando vueltas o lo guardaron, pero yo decidí que no podía, no así. Dejé la clínica. Con toda la sorpresa de los doctores que ya confiaban en mí, con sus regaños y amenazas, boté todo. Me salí de ahí para estudiar leyes. Me clavé, me interesaban las víctimas, los famosos daños colaterales en el país. Sobre todo los chavos, los que estaban hechos pedazos, como él, antes de los 20. Y me jodí pensando en la justicia, creí que podía hacer una diferencia. Ahora ya sabes un poco con quién te estás acostando… Y tú, extraño, ¿también tienes una historia bonita de por qué te hiciste periodista?

Adán Medellín
Adán Medellín

(Ciudad de México, 1982). Escritor y periodista. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ha ganado varios premios nacionales de literatura en cuento, novela y ensayo. Su libro más reciente es Acéldama (UAS, 2020, Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza). Colabora en distintos medios, imparte talleres de narrativa y es cofundador de Cafebrería Ítaca, espacio de cafetería, librería, biblioteca y talleres en un pueblito de San Luis Potosí.

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