El día de Dionisio

ΠΛ. Χωρεῖτε τοίνυν, ὦ Διόνυσ’, εἴσω.
Aristófanes, Ranas, 1479

Dionisio sabe estar solo. Una noche como cualquier otra tuvo el deseo de realizar su acostumbrado paseo pero esta vez con una ligera variante: descendería unos pasos. La luna menguaba y las nubes acuosas la atravesaban de lado a lado. Dionisio tomó, como siempre, el camino de las sombras. Su silueta se recortaba sobre el fondo brilloso tras sus pisadas. Miró con sagacidad a su alrededor, no percibió peligro alguno y descendió un poco para tomar un camino alternativo. Esa noche un olor acre inundaba el aire. Era tal su intensidad que Dionisio sintió inquietud. No se detuvo a considerar esta sensación pero caminó apurado, dando saltitos.

Avanzaba bordeando una zanja cebada con agua estancada. Dos días antes había llovido, así que la zanja gozaba abundancia. Dionisio era muy despierto de oído por lo que enseguida percibió un bullicio que brotaba de la zanja. Coros de ranas croaban contrapuntísticamente una melodía amenazadora y hechizante a la vez. Dionisio no lograba entender qué era lo que cantaban aunque no se le pasó por alto la intención. Era muy perspicaz (y bastante creativo). De repente se sobresaltó. Sintió cómo se le erizaba el pelo y el corazón le latía con violencia. Vio en la oscuridad, y más allá de la zanja, dos ojos amarillentos que se clavaban como alfileres en él. Habría permanecido inmóvil observándolos un buen rato, si esos ojos no hubiesen develado el rostro de su portador.

Mucho más delgado que Dionisio, Plutarco exhibía una deforme cicatriz en la mejilla derecha la cual parecía producto de una feroz mordida. Se miraron y al instante comprendieron que ninguno representaba peligro. Plutarco le hizo un ademán y Dionisio, impulsado por una fuerza espontánea, saltó la zanja y fue a parar al lado de su compañero nocturno.

Sin hablar, comenzaron a internarse en el bosquecillo de álamos que crecía en la otra orilla de la zanja. Plutarco iba unos pasos más adelante, como señalando un camino ya hollado. Las nubes se habían engullido a la luna y reinaba la oscuridad, a no ser por un manojo de lucecillas que pululaban sin rumbo determinado de aquí para allá. Plutarco intentó agarrar una pero esta lo esquivó a tiempo. Dionisio, aunque era un poco más relleno que su compañero, era sin embargo más ágil. Se quedó inmóvil esperando que una lucecilla cruzara por delante de sus ojos. Cuando esto ocurrió, la atrapó sin mayor esfuerzo. La acercó a su rostro para mirarla con detenimiento y vio con sorpresa que se trataba de un ser minúsculo que hacía denodados esfuerzos por zafarse de su mano. Pero lo que más le llamó la atención fue el vientre luminoso del ser apresado. Cerró la mano y comprobó cómo esta se iluminaba desde su interior con una luz clara y rojiza. A Dionisio le brillaban los ojos más que nunca. Obnubilado por una sensación de superioridad, decidió conservar en su mano al ser luminoso hasta que la luz que este irradiaba se extinguiera por completo (y esto no lo preocupaba, pues ¡había tantos en torno a él!).

Absorto con su presa, sintió de súbito un grito desgarrador. Tres veces había gritado desesperadamente Plutarco, pero Dionisio sólo escuchó la última. Buscó alrededor a su compañero pero no lo vio. Lo llamó y este no respondió. Con la luz de su mano como guía daba pesados pasos cortos hacia los cuatro costados. De repente, sintió que tropezaba con algo esponjoso y cayó al suelo. Acercó la luz al objeto y notó horrorizado que allí yacía Plutarco con el pescuezo quebrado. Sus ojos fríos y apagados miraban la oscuridad del cielo. Fue tal el estremecimiento de esta visión que Dionisio estrujó involuntariamente al ser que iluminaba su mano. La abrió con asco y la sintió pegajosa. Dos seres habían sido aniquilados.

Grueso, recio y dueño de una fuerza descomunal, Plutón era rudo. Si abría la boca, los circunstantes temblaban. Si tan sólo se limitaba a hablar, era sabido que no había de qué preocuparse.

Pero Plutón casi no hablaba. Vivía en el bosquecillo de álamos. Durante el día dormía la mayor parte del tiempo echado sobre unas pieles raídas que hacían las veces de colchón. Al atardecer sentía un hambre descomunal que nadie sabía cómo lograba saciar. Lo cierto es que durante la noche Plutón se divertía. Sabía que su mandíbula era poderosa, por lo que atrapaba seres a los que luego sometía a dicho poder. Desde los primeros tiempos, los atrapaba con sus propias manos para luego deleitar sus fuertes molares en el juego de la desmembración. Pero esto ya lo tenía aburrido. E intentó un nuevo medio.

Sabedor que cerca de la zanja habitaban unos seres luminosos, especulaba con que allí podrían aparecer individuos atraídos por la luminosidad (que él por otra parte detestaba). Es así que una noche se acercó y vio que allí un ser delgado intentaba agarrarlas sin conseguirlo nunca. Durante varias noches seguidas, contempló cómo ese ser delgado perduraba en su esfuerzo. Era tan sólo cuestión de esperar el momento oportuno para poner en acción su nuevo medio. Esperaría que ese ser delgado estuviera totalmente distraído en su cacería luminosa para atacarlo desde las sombras y prenderlo con su boca, sin usar las manos. De este modo creía que adquiriría una nueva habilidad a la vez que una nueva diversión. Y una noche estuvo a punto de conseguirlo.

Dionisio, desesperado y a oscuras, desconocía la dirección que llevaba hacia la zanja. Corría en la oscuridad. Y así lo hizo durante toda la noche. El corazón le dolía más que las piernas. Presentía que había perdido el rumbo. Imprevistamente notó que la oscuridad se iba convirtiendo en penumbra.

A pocos metros de donde se encontraba oyó un sonido inusitado, como si estuvieran desmenuzando algo duro y gelatinoso. Con un golpe de vista, llegó a divisar un bulto grueso inclinado extrañamente hacia el suelo. Sin hacer el menor ruido, se acercó unos pasos. Vio con sorpresa cómo un ser mucho más corpulento que él despedazaba algo largo entre sus dientes. Pasmado ante tal espectáculo, intentó salir corriendo pero sintió al punto paralizadas las piernas. Quiso moverse pero lo único que consiguió fue dar un pequeño paso hacia atrás con tan mala fortuna que pisó una rama de álamo seca.

Al oír el crujido tras sus espaldas, Plutón lanzó una mirada de fuego. Dionisio sintió un pavor descomunal ante el ser que se le aproximaba. Plutón caminaba con la mirada clavada en Dionisio. En un intento desesperado antes de ser destrozado por aquellas fauces ensangrentadas, logró mover una mano –aquella que había contenido al pequeño ser de luz– y trató de escribir con su uña en la tierra unas palabras que un viejo conocido le había enseñado una noche de mucho frío, cuando ambos hablaban acerca del imprevisto de encontrarse alguna vez en una situación difícil. Había que pronunciarlas lo más alto que se pudiera. Hizo un esfuerzo hercúleo y vociferó con voz trémula:

¡Batracio crudo con dientes de migajas de oro!

¡¡Atunes sueltos en el estanque de la terraza!!

¡¡¡Hígado endulzado con leche!!!

Al escucharlas, Plutón abrió desmesuradamente los ojos, miró fijo a Dionisio y, lanzando una carcajada atronadora, gritó con tosca entonación:

¡Llené los dos baldes…!

En ese instante, Dionisio sintió que se aligeraba y, movido por un impulso atávico, salió corriendo lo más rápido que pudo. Atravesó todo el bosquecillo de álamos. En la carrera se tropezó y se quebró una mano. Se levantó y siguió avanzando a tropezones. Trataba de llegar a la zanja. En la penumbra logró divisar un grupúsculo de seres luminosos que revoloteaban sobre una superficie de agua a la que iluminaban con sus irradiaciones. Brotando del agua con la celeridad de un relámpago, un latigazo capturó y engulló a uno de esos seres. Dionisio comprendió que ahí estaba la zanja. Las ranas croaban tonos disonantemente siniestros. Tomó fuerzas, corrió y saltó. Cayó con todo el peso de su cuerpo en la arena mojada, al costado de la zanja.

Jadeando boca arriba nunca pensó que habría de extrañar tanto las luces chillonas pero confortables de su hogar, el calor a veces excesivo de la salamandra, la, a menudo, desabrida comida que era servida siempre a la misma hora, la almohada de plumas de ganso, ya roída, en la que tan bien lograba conciliar el sueño, la ventana permanentemente cerrada que daba a la calle… Y sintió ganas de llorar (él, que nunca había vertido lágrimas).

No se había dado cuenta cómo ni cuándo, pero se vio caminando maquinalmente por la calle. Después de un rato de andar sin rumbo, se detuvo frente a la acostumbrada abertura de siempre.

«Puente Manzanares». Fotografía de Noé Zapoteco
Daniel G. Gutiérrez

Daniel Gutiérrez (Argentina) obtuvo el título de Licenciado en Audiovisión (UNLa, 2004). Actualmente acaba de concluir la carrera de Filosofía (UBA) y también una maestría en Metodología de la Investigación Científica (UNLa). Es estudiante avanzado de la carrera de Letras (UBA). Lleva publicados varios artículos en revistas nacionales e internacionales. Ha participado como expositor en recientes Congresos, Simposios, Encuentros y Jornadas.

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