Jaulas y otros textos

Jaulas

Siipche‘”. Fotografía de Haizel de la Cruz

No podría jamás volar, tenía miedo.

No quería ni asomarse… La inmensidad lo angustiaba.

Tanto color allá afuera. Tanto aire. Tanta vida.

Era muy pequeño cuando lo pusieron en esa jaula. Ni siquiera abría los ojos. Tenía un nido mullido en el que temblaba al piar; la soledad daba frío. Poco a poco empezó a crecer, y la mano humana que lo alimentaba nunca le acariciaba, así que comenzaba a cantar. Sólo así llamaba un poco la atención, sólo así sentíase alguien cuando diario era nadie.

Un día extendió tanto sus alas que resultaron tan inmensas para su dueño que éste abrió los ojos como pelotas. Creyó haberle impresionado al aletear y entonó un canto gustoso. Pero el dueño volvió, lo sujetó fuertemente, acercó unas tijeras y cortó sus plumas…

Por mucho que llorase, no sabía cómo decir que nunca pensó en escapar.

¿Cortarle las alas como medida de control a un ser que ama ser un esclavo, un juguete, algo bonito que ver cuando no se tiene nada más que observar?

Pero pasó. Pasó. Un jueves abrieron su puerta para darle de comer, pero olvidaron el agua fresca. La puerta quedó abierta pero ya nadie regresó.

Vio el futuro ahí, sin rejas. Y supo que lo nuevo por conocer no podría soportarlo, que prefería vivir ahí, con sus alas recortadas y su comida segura, con sus cantos que le daban tanta dicha cuando no eran ignorados.

Pajarito: ¡amas tanto ser nada que nunca podrás ser algo!

Por sí mismo cerró la puerta y comenzó a trinar fuerte… Ya volverían con el agua.

Rosario

La vi por primera vez en la esquina del colegio con sus calcetas azules, una más arriba que la otra. Lloraba asustada. Era la hora de la salida y su madre no había ido por ella. Me acerqué y le ofrecí un dulce; sus ojos se abrieron como platos.

Se llamaba “Rosario”. Desde ese día me esperó sin falta en cada salida de clases, en la misma esquina, y mientras caminábamos a casa de su boca brotaba un mundo.

Fotografía de Gabriel Chazarreta

Me contó de su padre, un hombre enorme y fuerte con el que jugaba al caballito, hasta que un día corrió muy lejos olvidando a su jinete. Jamás lo volvió a ver. Me contó de su madre, una mujer de cabello espeso y ojeras violetas, la cual le daba besos en las mejillas dejándole su amor impregnado en la cara, con perfume de brandy. Me contó de Pirata, su ave mascota, a quien sus padres lo tiraron del nido por ser el pájaro más débil, con tanta violencia que le sacaron un ojo.

“¿Crees que nuestra casa pueda no ser nuestra casa, que, aunque ahí vivamos y durmamos, nuestra verdadera casa no la conozcamos y esté escondida en alguna parte?”, me soltó esa pregunta cuando la dejé en la entrada de su zaguán. Rosario me mostró las ventanitas de sus dientes, dejó ir entre ellas un “hasta mañana” y se metió corriendo a casa.

Nunca supe por qué ya no regresó a nuestra esquina, por qué olvidó nuestra cita puntualita de las doce. Los niños corrían y entre tanta gente más veía su vacío, su ausencia transparente pero flotante, como vapor. Fui a su casa a tocar el zaguán, pero nadie respondió. Arriba decoraba un moñito negro.

Los vecinos ignoraron mis preguntas, que fueron tantas que formaron un nido de estambre en mi garganta. Rendida, me senté en la banqueta y aplasté unas hormigas. Me paré asustada. Las miré.

Seguían un caminito. Buscaban su casa: su verdadera y única casa.

Como la que nunca conoció Rosario.

Esperanza

(A mi abuela)

Esperanza tiene el color de la buganvilia,
teje infancias de sol con estambre dorado.
Esperanza usa unos zapatos pequeños:
con ellos pisa el cielo mientras nos toma la mano.

Esperanza cocina los recuerdos salados, dulces y picantes.
Su amor es café con leche.
Esperanza es modista y en su máquina de coser
pedalea travesuras de niñitos inconscientes.

Esperanza es fuerte aun con su cuerpo menudo:
ella escribe futuros con palabras de acero.
Esperanza es raíz de las flores y robles:
su dulzura es firmeza entonada en boleros.

Liliana Alarcón Toriz

Liliana Alarcón Toriz es escritora independiente, egresada de la licenciatura en Pedagogía de la UNAM. Pasional, enemiga del tiempo y rencorosa hasta el empacho. Produce cuentos y poesía respondiendo a una necesidad del alma.

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