La cuestión de ser Batman

Por Gerardo Ugalde

 

Christian Bale sale de un gran edificio neoyorkino ataviado con sobretodo azul marino, pantalón del mismo color y zapatos enlodados por alguna extraña razón. Camina aproximadamente unos cien metros, divisa en la siguiente esquina la boca del subterráneo; meditando si tomará esa ruta o es mejor un taxi. Se decide por esta última y de inmediato se encuentra viajando en un coche amarrillo. Como casi todos que solicitan este tipo de servicios, Bale, con la justificación de ser alguien superior no se digna en mirar a su chofer momentáneo. El chofer ve al actor y para sus adentros maldice la buena suerte que parece haberle abandonado hace ya tiempo. Él es Michael Keaton, sin fama y fortuna, ve al nuevo Batman, recordando el pasado cuando su posición era detrás del conductor.

–Usted es Batman –dice Keaton con un tono burlón.

–No, yo interpreto a Batman –dice Bale, en su voz hay odio, soberbia y el sentimiento de victoria confundiéndose con éxtasis–, soy muchas personas a la vez, Batman no es más que una de mis personalidades.

–Ya veo -irritado y arrepentido por haber iniciado la conversación, Keaton intenta regresar al silencio.

–Sin duda –dice Bale, como si no hubiera dejado de hablar– Batman es mi favorito, por la dualidad innecesaria que el personaje posee. Verá, cuando me ofrecieron el papel, de inmediato pensé en el superhéroe, casi todos, con excepción de Batman huyen de su verdadera identidad. Superman es mejor que el Murciélago, ni se diga Spiderman; pero Clark Kent o Peter Parker no son superiores a Bruce Wayne. Son, lo que el diccionario plantea, unos verdaderos pelmazos, en comparación con Wayne, quien es un playboy.

–Muy cierto, aunque su versión del millonario no es fundamental en la versiones que ha encarnado.

–¡Qué dice amigo! Usted es sólo un estúpido taxista.

–Yo en mejores tiempos fui usted, Bale –aprovechando la luz roja, Keaton se revela ante su interlocutor– creo que tener el derecho de criticar su interpretación. Usted es un buen Batman: atlético, rudo, mal encarado y con esa vocecita, hace del héroe una figura de acción. Sin embargo usted no es Bruce Wayne, al quitarse la capucha vuelve a ser Christian Bale, un gañan, sin sentido de las proporciones.

En distintas partes del cuerpo, se tensan los nervios del nuevo superhéroe. Contraponiendo la relajada actitud del actor en desgracia, digna de un hombre valiente ante el paredón de fusilamiento. La atmosfera, tempestuosa e irreverente, cambió el humor de Bale, quien se dirigía a una cena con una hermosa mujer.

–¡A quién le interesa Bruce Wayne! El nombre del film es Batman, el millonario sólo es consecuencia de Batman. La imagen del hombre murciélago es la que interesa al público y, ¡La voz del pueblo es la voz de Dios!

–Así es, Batman es el protagonista y Bruce Wayne es su proyección, sin embargo la importancia del ser humano radica en su capacidad emocional, para discernir entre el bien y el mal; Batman en un ser gótico, por lo tanto su frialdad lo respalda, lo que le permite entablar un monólogo constante.

–Esas son puras patrañas psicológicas, a final de cuentas, la acción y la aventura, así como el villano, son la composición que forma la historia, no la dualidad, tal vez en tus tiempos importaba el personaje y su ética, pero hoy en día, el individualismo no es nada sin un mundo que esté aplastando al humano constantemente…

–Tal vez sea verdad lo que usted me dice.

–Quiero bajarme de inmediato, estoy harto de usted.

Michael Keaton se orilla deteniéndose con precisión. Gira sobre su trasero y mira a Bale, extiende la mano y recibe el dinero, no entrega el cambio. Apeándose Bale escucha estas palabras:

–Recuérdelo, Batman no importa, únicamente es un vestuario…

–¡Cállese, yo gané un Oscar, si usted supiera de actuación aun actuaria y seria alguien, vuelva a su mundo.

El taxi se reincorpora al tráfico, el ocaso se derrumba ante la imponente noche. Las luces de Nueva York convierten la oscuridad en un objeto inútil.

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