La decisión

Más que escucharse, el estruendo se sentía a varias leguas de distancia, corría como río caudaloso sobre tierra polvorosa; fácil era imaginar una bandada de animales salvajes yendo hacia un desfiladero. Transcurrió mucho rato, aminoraron el paso para convertirse en cuchicheos, devenir de pisadas fuertes y pausadas, el barullo se calmó paulatinamente, voces  poco familiares con acento rudo se percibían a distancia sin entenderse claramente las palabras.

Los chorros de orines recorrían la viga de madera de una esquina de la casucha de lámina de asbesto, agujerada; los gargajeos acompañados de escupitajos le hacían compañía a la composición de sonidos burdos de la naturaleza fisiológica del ser humano.

Muy cerca un caballo relinchaba lastimero, resoplando, luego un disparo que resonó hasta el inconsciente vagabundo a la hora de los sueños lúcidos.

Carmen despertó de un sobresalto, con el sudor recorriéndole las sienes, y una chispa de luz instalada en el entrecejo marcado finamente por dos líneas que recordaban su temperamento. Era de día, pero la luz no perdona el agotamiento y el hambre que le recordaba el gruñir de las tripas, solo por eso, porque tenía tanto para olvidarse de cualquier cosa, menos del pánico que la invadía a cada momento.

Buscó algunas horruras de pan en la bolsa del abrigo pero no tuvo suerte, la vista desesperada recorrió ese pequeño refugio, encontrado después de caminar por senderos terregosos toda la noche. Había sólo estantes a punto de vencerse, no quiso mirar ni por encima de ellos por miedo a provocar algún ruido estrepitoso. Sus pies finos y un tanto arrugados por la edad no hubieran resistido un paso más, las paredes de adobe de la casa destruida le hicieron ver que había llegado a algún caserío, y muy cerca se topó con la puerta de ese desvencijado toldo donde se aventó con sus maltratados huesos.

Tenía dos días sin asomar una pestaña fuera de esa puerta de tablas ensartadas, con nada en el estómago, más que un gran hueco, que crecía al mismo tiempo que su desesperación.

Las sombras se acercaban amenazantes, le recordaron el estruendo que la regresó del descanso fugaz, voces graves deambulaban como fantasmas merodeando muy cerca de su escondite. Los olores a carne asada sobre la leña, frijoles en agua y sal y a chiles tatemados, viajando de manera desordenada y sin respeto comenzaron a profanar el espacio lleno de obscuridad y apretujado donde existía ahora, superaron el olor a meados rancios.

Sentía maldecir su suerte porque pronunciar palabra no se atrevía, el miedo a ser descubierta la convirtió en una imagen casi mimetizada con el entorno, respirar era un lujo que se daba cuando descansaba de las sombras retirándose hasta donde estaban los demás, que no alcanzaba a mirar.

Buscó desesperada debajo del abrigo la talega con las pocas monedas de oro que había logrado rescatar después de la sorpresiva huida. El mismo le había servido de petate por dos noches seguidas, donde puso la preciada pertenencia que no lograron arrebatarle los bandidos cuando irrumpieron en la finca de la familia, posesión preciada por varias generaciones, hasta hacía dos noches atrás.  Cuando dormida escuchó entre sueños como violentaban los portones de madera de encino, se puso la bata rápidamente y corrió a ver por la parte trasera de la estancia. Interrogaban a Margarita, una de las empleadas de servicio;

-¿Ónde está tu patrón?

-Se jue hace ya varios días, ya no vive aquí

-¿Y tú patrona, on ta?

Antes de escuchar la respuesta de Margarita, echó a correr hacia la recámara, tomó del buró la bolsa de monedas, se colocó el abrigo y emprendió la fugaz huida por las caballerizas, atravesando el monte lleno de barañas.

Los recuerdos la asaltaron y lograron desprender su mente del presente. Como si lo estuviera viviendo recordó la existencia no tanto afortunada que llevaba quince días antes, aunque en aquel momento su dignidad habría sufrido un desaíre, no se comparaba en nada a la serie de sucesos que vinieron después, lo que estaba sufriendo en tan solo unos días.  No tuvo tiempo de recuperarse de la pena sufrida, ni vivir el dolor para luego superarlo, pensó entonces que no podría haber mayor desgracia que la suya. Sin una pizca de imaginación que le hiciera pensar que todo lo que concebía estable y duradero le sería arrebatado en una noche, por un violento desenlace de acontecimientos políticos y sociales de los últimos meses. Había sido abstraída de la atención de las noticias sobre el movimiento armado que amenazaba la estabilidad de la región.

Su mente vagaba por espacios absortos de la realidad, por el pasado afortunado y feliz, roto ahora de abandono. Por los retratos colgados en las paredes de tonos beige y  ocre, por los largos pasillos de arcos entrelazados, los jardines repletos de flores traídas de algún país lejano, las fuentes brillantes al fulgor del sol a las dos de la tarde, por las caballerizas mudas, de tanto sollozar.

Tal vez desde entonces su mundo ya había sido consumido y faltaba el remate, como si todo estuviese preparándose para el triste final. Parecía que en aquel momento, no le quedaba más que desistir del esfuerzo de sobrellevar la vida, hasta que Dios con su eterna compasión la retrajera del sufrimiento, y sentada en el sillón del portal, viera la deslumbrante luz que seduce llevándola a la eterna paz.

Pero no fue así, todo era alucinación lograda por la depresión de ver a su único hijo partir hacia otro mundo, hacia el viejo continente lleno ostentaciones modernas, lejos del desequilibrio del país. Henchido de egoísmo se había marchado dejando a su madre a merced de la desdicha. Unos meses antes le platicaba sobre la “Ciudad Luz” y de todo lo que haría cuando estuviese viviendo la grande vie, ella en vano pensó que la llevaría consigo.

Las monedas de oro, era todo lo que poseía, si era necesario con eso salvaría su vida, había logrado escapar una vez, ahora las posibilidades eran casi nulas, la talega con las pocas monedas no estaban en la bolsa del abrigo, esculcó la falda roída por los cactus y los mezquites, sin dejar de ver las prendas que alguna vez fueron de buen gusto, estaba hecha un harapo. No tenía nada con que intercambiar su vida, estaba perdida, si la encontraban en ese lugar seguro la fusilarían.

Por momentos le pareció escuchar voces femeninas, ¿el llanto de un niño? eso era buena señal, tal vez los bandidos tenían familia, eso los hacía más humanos, pensó.

Pero, solo unos días antes su vida no tenía sentido, no lo tenía aún con tantas posesiones y riqueza, deseaba morir en cualquier lugar, en el pórtico, en una silla, abandonada sobre el contorno rígido del respaldo incomodo del bejuco seco. Ahora sentía esperanza de sobrevivir, tal vez el estar en peligro y cerca de la muerte había logrado en ella recuperar la fe.  Miró sus manos, marcadas por los pliegues de la edad, llenas de pecas que iban creciendo cada año, cubiertas de tierra salitrosa absorbida por la piel seca. Quería luchar por salir airosa de ese trance, por demostrarle a la adversidad que las fuerzas no la habían abandonado, a pesar de todo siempre fue una mujer de recio carácter, que salió avante de cada problema, cuando murió su esposo.

La idea de ser asesinada solo por su condición de hacendada la aterrorizaba, no podía concebir un triste final tan escueto y sin sentido, que su vida terminara de esa forma, enjuiciada por quienes creían era la egoísta, avariciosa; cuando nunca fue así, no conoció otra vida, solo la que sus padres le heredaron, no era su culpa al fin y al cabo. Y a pesar de tener en sus manos la posibilidad del poder concedido, no lo uso para humillar a los campesinos que resignadamente trabajaban para ella y su familia. No encontraba un motivo suficientemente valido para ser castigada por los que se habían revelado a seguir siendo maltratados, porque tuvo poder infinito sobre ellos para condenarlos y no lo hizo.

Una bota se incrustó violentamente en la madera de la puerta, después el otro pie, hasta lograr que cayeran todas las tablas, trastornada se agazapó en el suelo, envuelta como un capullo dentro del abrigo, su única protección, comenzó a rezar el Padre Nuestro. El sonido de un arma cortando cartucho seguido de la voz de un campesino:

-Sal de allí, jijo de…

La voz cascada de la mujer se hizo escuchar inmediatamente, pidiendo clemencia,

-No dispare por favor,

El teniente se acercó, casi de un paso estaba afuera del toldo detrás del revolucionario,

-¡Qué está pasando ay!

-Esta vieja nos está espiando teniente, quen sabe dende cuando

-¡Salga de ay, pa verla!

Con las manos extendidas sobre el rostro, después de ponerse de rodillas, Carmen se levantó como pudo, le brotó tierra suelta de todos lados, el cabello canoso, cenizo, junto con sus prendas se vieron por fin con la luz de la tarde desplomándose, que amainaba el calor del sol, con los ojos entrecerrados, deslumbrados; por un instante vio tres hombres frente a ella, armados con fusiles en las manos y otros colgados en los hombros.

-Ya tomaron todo lo que tenía, no me queda nada -fueron las palabras que alcanzó a pronunciar casi como un suspiro.

El teniente le hizo señas con el fusil, de que caminara hacia donde estaban los demás. Su vista se hizo clara y pudo percatarse de decenas de personas apostadas en ese sitio rodeado de casas destruidas, pero servían muy bien de guarida. Vio algunas mujeres sentadas en piedras y limpiando las carabinas, con las carrilleras llenas de parque, otras cocinando en la fogata, todas terregosas.

Uno de los hombres le hizo señas de sentarse, -denle de comer, se ve que tiene hambre-. Estiró las manos lo más que pudo para alcanzar cuanto antes el plato que contenía la mejor comida que había hecho en su vida, la que deseaba desde hacía dos días con sus noches largas; un pedazo de carne de vaca, frijoles, tortillas y chiles; las manos y boca le temblaban sutilmente, del estómago dejó escapar un gruñido de las tripas devorando el sagrado alimento.

La tarde oscurecía para dejar escapar el último rayo de sol, pero comenzaba a aparecer en la escena un instante de penumbra antes de la llamarada de la fogata que calentaba, al mismo tiempo que un soplo de aire refrescaba la noche.

Las mujeres y hombres se dispersaron, cada quien con su consigna y absortos en encontrar un pedazo de tierra lisa, llana, para aventar los zarapes y el cuerpo apesadumbrado.

A lo lejos se percibió el cabalgar de un caballo acercándose, se detuvo bruscamente.

 -¡Teniente, vienen los federales!

De la misma forma que habían depositado las prendas, los revolucionarios de manera presurosa recogieron sus pertenencias, montaron sus caballos los que traían botas y pantalones, las mujeres y los que traían zapetas de manta y guaraches echaron a correr con rumbo desconocido, pero todos hacía el norte, sin hacer mayor sonido que el acontecer de harapos en movimiento, y los fierros acomodándose en los cuerpos desordenados por el apremio.

Ella observaba el gentío despavorido, pero su mente no la dejaba discernir, apenas había comenzado a digerir los alimentos. Cansada para pensar, se levantó de golpe y corrió detrás del teniente que montaba el caballo y ya se echaba al galope. Decisión

El chilín de las monedas escondidas dentro del forro del abrigo comenzó a tintinear, como las campanadas de la capilla de su antigua hacienda. Sonrió con una mueca pueril, había reído de nuevo, ante aquellas circunstancias inverosímiles.

De pronto, el teniente se dio la vuelta y a tres pasos del caballo a trote se paró frente a ella tajante, el caballo relinchó; su rostro grave y sin gesto alguno mostró determinación, la miro a los ojos, tomó una carabina del hombro, se la aventó a los pies, ella corrió detrás del tumulto, el hombre se dio la vuelta y siguió a galope hacia la obscuridad polvorienta.

***

-Después de esto mi bisabuela se unió a las fuerzas de los revolucionarios, ya sin poder regresar a su hacienda y sintiéndose sola, sin propiedades, no tenía a donde ir, ellos la acogieron sin decir nada, sólo la observaron por unos momentos, luego se volvió parte de los cuerpos agregados a la lucha; los que se arrejuntaban en la fogata, cocinaban, se lavaban la cara llena de tierra en los arroyuelos que iban encontrando en el camino. Así siguió durante algunos meses hacia el norte, hasta que se internó en la sierra madre, en Sinaloa.

El hombre narraba la historia que sabía a la perfección porque se la había contado su abuelo muchas veces; de rostro serio, pálido, vestido con pantalones de cargo y cachucha color caqui, con una chaqueta de cazador, sentado en una gran roca con los brazos cruzados, parecía recrear los momentos que había vivido su bisabuela, rodeando el fuego desprendido de la leña de mezquite, su sombra se reflejaba en las paredes de roca de la cueva, al igual que la de sus acompañantes, unos diez hombres que habían estado escuchando la historia de sus orígenes en las montañas, cuando aún eran lugares inhóspitos y los habitantes de la zona vivían muy alejados unos a otros.

Entra un hombre apresurado, hablando con urgencia en la voz, intentando no gritar.

-¡Jefe, jefe, vienen los guachos, están rodeando la montaña de Santa Rita, lo andan buscando!

-Vámonos -dijo el hombre-, ustedes dispérsense -le señaló a cinco de ellos, que como él, portaban armas de grueso calibre- escóndanse entre el bosque y me mantienen informado,  yo me voy más pa adentro, al otro cerro, no creo que encuentren las veredas, los demás síganme.

Apagaron la fogata con un chorro de agua salido de unos pomos.  El tropel de pasos se escuchó en el trajinar de la oscuridad, los sonidos animalescos no tenían que disfrazarse, ni mimetizarse con el silencio, las ramas y hojas eran los que podrían delatarlos en su taciturna huida, pero no lo harían, estaban demasiado lejos de ser descubiertos en una zona que conocían mejor que nadie. Las ramas de los arbustos se movieron unos instantes detrás de ellos, tragándolos, después todo permaneció inmutable.

Erika Cháidez

Nací en Sinaloa, crecí en la ciudad de Culiacán en la época de las balaceras que arrullaban toda la noche. Escribí poesía y prosa desde la infancia. Estudié Ciencias de la Comunicación y Relaciones Públicas en Los Mochis Sinaloa. En 1999 me trasladé a la Ciudad de México a buscar mejores oportunidades, en 2011 a trabajar y vivir a Valle de Bravo. Escribí una biografía novelada que ganó el concurso de Premios Demac 2012. Estudié en el 2013-2014 el Diplomado en Creación Literaria en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia del INBA.

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