La mujer pronunciada

El musgo de la fuente, sus aguas cristalinas, el canto de las aguas que corren a su antojo, que se fugan, que escapan como el aire, entre los dedos, que mezclan la verdad con la mentira, pero también las horas que sueñan con la luna, que miran esa luna en las alturas y sienten el embrujo de sus luces; la luz del alba misma, que arranca madrugadas, tal vez la del ocaso, si miro al horizonte y me confundo, si quiero perseguir ese horizonte que rompe su belleza bajo el eco febril y tembloroso, cansado en la derrota, sabiendo que la noche, con la muerte, nos llega como un beso de la nada… El caso era decirlo, dejarlo por escrito, gritarlo en los balcones, al mar, tal vez, y al cielo que nos mira, y al eco de la luna, si aparece, si viene, como suele cada noche, detrás de aquellas nubes, las densas nubaradas que evocan cada canto que juega con el aire del otoño. Y todos esos versos que dicen los amantes, si quedan hoy amantes, si existen todavía los amantes, si viven en el tiempo que los mata, el tiempo que los borra de este mundo, robándoles las prosas que enseñan que los astros conocen nuestros nombres, nos vigilan, nos hieren cuando brillan en la altura.

Y entonces vi su sombra, perdida entre las capas calladas de la noche, siguiendo los senderos de la noche, las salas silenciosas de la noche, los muros y los pórticos que lloran no lejos de los bosques que duermen en la noche, que sienten la llamada de la noche, que piden la llamada de la noche. Fumaba un cigarrillo, miraba hacia otro lado, buscando escaparates, perdiéndose en la nada de la noche, como una sombra errática en el lago, como una bruja hermosa de los siglos dejados al capricho del agua del arroyo, que pudo deshacerse de esas épocas, llevándolas al mar, entre la espuma.

Pero ella no era cierta. Un día se lo dije:

—No existes en las calles, no existes en los parques ni en las plazas.

Miraba sorprendida, con sus ojos curiosos y felinos, preguntándome:

—¿Y dices que no existo?

Solía ser escéptica.

—Tan sólo eres la voz de un verso frágil que vuela en el espacio que pronuncio.

“Sea of tears”. Paula Mayo art

José Ramón Muñiz Álvarez

José Ramón Muñiz Álvarez nació en la villa de Gijón y sigue residiendo en Candás (concejo de Carreño). Su infancia transcurre de manera idílica en dicho puerto, donde pasa su juventud hasta el término de sus estudios. Licenciado en Filología Hispánica y especialista en asturiano, vive a caballo entre Asturias y Castilla León, comunidad en la que es profesor de Lengua Castellana y Literatura.

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