Nalmú y Nilú

Decían que se aparecía por las noches: temblaba la tierra con sus pasos pausados y sus garras afiladas, hacían un sonido tremendo, como navajas gigantes cayendo del cielo.

La gente del pueblo cerraba todas las puertas y ventanas, apenas se escondía el sol. Nalmú, el oso, arribaba a un terreno callado: si hubieran podido hacerlo, todos los habitantes no habrían ni respirado. Cualquier sonido inoportuno, una tos seca, una silla arrastrándose, significarían una muerte segura, imán de un animal hambriento ávido de carne viva.

Nilú era una ratoncilla minúscula que aprovechaba esas horas de espanto para robar alimentos. Su hambre podía más que cualquier leyenda asesina. Siendo ella tan chiquitita, ¿cómo podría siquiera alguien notar su existencia?, ¿cuándo un ser como Nalmú posaría su mirada en lo más insignificante?

Envalentonada, corría de cocina en cocina, mientras el oso gigante daba un paseo por el pueblo.

Pasó lo inesperado: Nilú lo topó de frente. Traía un pedazo de queso que dejó caer, aterrada. Fingió ser una rata estatua, y Nalmú sintió en la panza volarle mil mariposas. Carcajadas salieron sin parar de aquel hocico de oso, y Nilú sintió que el alma le retornaba al cuerpo.

Aquel oso aterrador nunca fue aterrador: ¡estaba ávido de compañía! Pero, ¿quién diablos querría hacerse amigo de un gigante?, ¿y si jugando aplastaba el mundo?, ¿y si con hambre tomaba como aperitivo a un niño?

El oso y la ratona se miraron tan largamente que el tiempo los hizo uno, y sus mutuas soledades estallaron en pedacitos.Nalmú-y-Nilú.jpg

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