Ratón Pérez

Se coló por la ventana medio abierta y descendió de un salto al salón de la vivienda, estabilizándose con la larga cola. Casi hacía más frío dentro que fuera y el pelaje se le erizó. Se irguió sobre las dos patas traseras a olisquear el aire, más por instinto que necesidad de orientarse. Era la tercera vez que el Ratón Pérez irrumpía en la casa esa misma semana y la conocía bien.

La anciana roncaba atronadora en el dormitorio y con la zarpa se masajeó la sien derecha para aliviar el dolor vibrante que le estaba naciendo. Luego se aseguró de que la cremallera de la riñonera estaba cerrada y regresó a su posición natural a cuatro patas. Apenas alcanzaba a oír el clic clic clic de sus pasos por el suelo de baldosas agrietadas.

La lámpara cubierta de polvo cerca de la mesa camilla continuaba encendida, iluminando con luz débil uno de los dos butacones donde se arrollaba el decrépito gato. Con la cabeza reposada en el brazo del butacón, baboseaba sobre el mantelito bordado. Esta vez el descolorido felino no hizo siquiera ademán de moverse al ver al Ratón Pérez, solo lo miró con los ojos algo blanquecinos. El roedor le devolvió la mirada desafiante. Luego alzó la vista al reloj de pared y empezó a correr. Apenas había comenzado su turno y tenía trabajo por delante.

Terminó de cruzar el salón y atravesó el pasillo veloz hasta la puerta del dormitorio. El dolor de cabeza se le agudizó con el ronco ruido estertóreo que le brotaba a la anciana de la garganta, pero no titubeó y trepó por la pata de hierro de la cama. Llegó a la colcha de ganchillo que cubría las piernas de la abuela. Las uñas ratoniles se le enganchaban en los hilos deshilachados de la lana. Luego notó como el cuerpo de la mujer inspiraba y expiraba.  Descendió por el cuello verrugoso, cuidando de no acercarse a la boca abierta, no fuera que en una de esas bocanadas ronqueantes le succionara hacia dentro y quedase atrapado en el gaznate. Se arrastró bajo la almohada. Palpó el diente, y con la habilidad que otorga la costumbre se dispuso tras él para empujarlo al exterior. Una vez fuera abrió la riñonera. Del interior sacó un fajo de billetes, extrajo uno y lo colocó donde mismo había encontrado el incisivo.

Sabía que los incisivos se vendían mejor que los molares porque eran más difíciles de conseguir, pero este paleto no podría colocarlo ni en el mercado de segunda mano como reciclable. Igualmente tenía que recoger la mercancía. Con la modificación de los estatutos de la organización sindical el año pasado, estaba obligado, como el resto de los afiliados del gremio, a recolectar todos los dientes que se depositaran bajo las almohadas, ya fueran blancos o no, careados, planos, puntiagudos, picados, podridos, obscenos e inmundos, tiernos y dorados, sin discriminación alguna por razón del sexo, raza o edad de la persona. Él, que había apoyado la moción, desconocía entonces la humilde condición de la tercera edad, pero de natural era rápido de pensamiento y ahora empezaba a entrever la posibilidad de una conexión entre la nueva bajada de las pensiones y el ritmo de pérdida neta de piezas dentales en los adultos mayores que, según su saber, acababa de alcanzar la cifra pavorosa de millones al día.

La jaqueca empeoró. Guardó el diente en la riñonera y brincó al suelo. Salió del dormitorio, caminó por el pasillo y se detuvo en seco frente a la ventana, girándose hacia el gato, que en ese momento emitió un maullido de queja que le resbaló por la baba de sus labios.  El ratón torció el gesto, negando con la cabeza. Le había sonado como el lamento de un niño mellado.

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