Sangre negra

¿Qué se te antoja para desayunar? –me preguntó mi madre cuando salíamos apenas del hospital. Claramente, su semblante no era nada bueno. Parecía que entre sus pestañas tenía lágrimas que se apenaban de salir. Pero, ¿qué hacer?, ¿qué decirle, si por mi culpa lloraba? Pues cualquier cosa, la verdad es que ni hambre tengo. Entiendo, pero debes de comer; si no comes empezarás a adelgazar y te vas a ver peor de lo que puedes verte –decía, conminándome a saborear poco a poco el aroma a tamales y atole –quizás champurrado– que se asomaba paulatinamente cuando cruzábamos el umbral de salida del hospital.

     No era sencillo. Nada era sencillo. Incluso el doctor lo dijo: Nada es sencillo, señora, pero debemos ser fuertes; ustedes las mujeres tienen más energía y, si cuidan su cuerpo, podrían recuperarse más rápido de lo que esperamos. Sin embargo –continuaba aquel viejito encorvado y agotado por el tiempo y el cigarro–, no debemos (odio que las personas utilicen el plural para incluirse en sus propias palabras. Como si de ese modo, Echeverri calmara la ansiedad y el rencor que comenzaba a subirme en el pecho, con ganas de tirar el lapicero y el retrato familiar que adornaba el escritorio del Dr. Enrique Echeverri Cifuentes, médico familiar) darnos por vencidos: por lo pronto, no te preocupes, niña. Veremos qué podemos hacer. Vayan con Dios, y dejen de preocuparse. Mejor vamos a ocuparnos –nos despidió Echeverri abriendo los brazos, como el Cristo brasileño.

     El doctor Echeverri, médico familiar y quien nos ha atendido desde que a Fernanda, mi hermana mayor, le dio una tos intensa que nunca nos deja dormir, mamá. ¿Por qué no le compras un jarabe para que ya se duerma y nos deje descansar?, regañaba a mi madre siempre que yo trataba de conciliar el sueño desde mi habitación rodeada del rosa mexicano que tanto me gusta. Pero en ese entonces, cuando Fernanda vivía con nosotros, los tosidos, aun con dos o tres cucharadas de Bisolvón, no cesaban, como si fueran éstos los que llamaran a gritos algo invisible en la noche, esa noche que rodeaba nuestra casa cuando el sol volteaba a ser luna.

     Entiendo, pero debes de comer; si no comes empezarás a adelgazar y te vas a ver peor de lo que puedes verte –decía mi madre, conminándome a saborear poco a poco el aroma a tamales y atole –quizás champurrado– que se asomaba cuando cruzábamos el umbral de salida del hospital. Pero no tenía nada de hambre. Después de la noticia que nos había dado Echeverri no podía seguir pensando en pensar. Mi madre, por el contrario, caminaba dirigida por unos pasos hambrientos: Señora, buenas, ¿tiene de dulce? No, mi seño, pero de mole sí hay, ¿le envuelvo uno con su tortita y lo que viene siendo su atolito champurrado?  –le contestó la señora del puesto tamalero a mi madre, y a ésta, tan amable, le vi por un momento escapársele una sonrisa, como si le estuvieran contando un chiste, uno de Pepito, de esos que don Toño cuenta en las fiestas. Ya sean familiares o no, a don Toño no se le escapa la ocasión de presentar su alegre repertorio que contiene tanto guasas, moralejas con matiz burlón, cuentos de Pepito y uno que otro albur, doña Mica, pero usted no se preocupe que de aquí nadie se va triste. Parecía que a don Toño se le iba la vida entre risotadas, mostrando los dientes amarillentos por las continuas chupadas de cigarro que daba entre broma y broma. Parecía que a don Toño se le iba la vida, ¿o no Chela?, me cuestionaba mi madre sobre la fiesta de ayer. La de mis quince. Yo no tenía ganas de contestarle. Creía que era evidente mi desencanto por la fiesta, por los estúpidos chistes de don Toño, por mi vida, pero para mi madre todo se resuelve con una mordidita de tamal, Chela, órale, muérdele y ya no te preocupes. Esta vez sí salimos de ésta. Tú nomás sigue las instrucciones del doctor y lueguito se te pasa, vas a ver. Mi madre ya estaba sentada en un bloque de cemento acomodado a suerte de asiento, el cual tenía un chicle pegado justo en medio, como si alguien lo hubiera dejado ahí para nunca más separarse de aquellas tortas de doña Lulú, me llamo Lulú, seño, contestaba la tamalera a mi madre, con una ancha sonrisa enmarcada por insinuaciones de bigotes a los que ésta última no les quitaba la mirada a cada mordisco de su jarocho.

     La aparente pena que yo había reconocido en los ojos de mi madre al salir de la consulta se disipaba a cada mordida que su boca, ansiosa de tamal, daba cuando no hablaba con la recién conocida doña Lulú te está hablando, malcriada, contéstale, dice que cómo te llamas. No quería contestar. ¿Qué carajo no se me veía en la cara o qué? Me fastidian las actitudes de mi madre cuando me presume frente a gente desconocida. Así es mi papá, también. Así eran los dos con Fernanda. Así es toda la familia, creen que por tener una sonrisa ancha y, según ellos, franca van a conquistar el mundo. La verdad creía que mi madre lo hacía adrede; parecía que sus acciones se tejían con tal sarcasmo que éstas me empapaban de venganza por no haber comido el pollo enmolado que ayer, para mis quince, se había esmerado en hacer. Mientras tanto, la preguntaba de la bigotuda flotaba en el aire: dice que cómo te llamas, contesta, hombre. Y las miradas de las dos viejas se detuvieron en mis ojos como en una postal de viaje: la tal Lulú aparece mirándome y sonriendo como quien no quiere la cosa. Eso sí, tenedor en mano, tazaba la masa sobrante de la hoja de plátano en la que estaba hurgando. Mi madre, la otra vieja, conminaba mi mirada con la suya: la mano izquierda recargada en la minúscula mesa que sostenía una olla oxidada por el tiempo. La otra mano, la derecha, continuaba la dirección de su mirada: ambas, las dos viejas, me miraban y yo contestaba su mirada con una estúpida sonrisa llena de vergüenza: me llamo Graciela, pero me gusta que me llamen Chela. “Graciela”, así, a secas, nunca me ha gustado. Suena muy fuerte– contesté a regañadientes, mientras la vieja recargada en la mesa, mi madre, lucía orgullosa mirando al cielo, al tiempo que la segunda, la vieja Lulú, miraba aliviada mis ojos sin dejar de mordisquear los restos de tamal en su boca.

     Mi madre y la tamalera terminaron de hablar y comer, respectivamente, después de mucho tiempo, mucho. Para esa hora el dolor en el vientre ya era insoportable. Ni el tamal de dulce ni el medio sorbo de champurrado calmaron los jaloncitos que sentía en el estómago desde ayer en la noche, cuando todos se habían ido y sólo quedaban, cerveza en mano, mi tío-padrino Andrés, su esposa-madrina Blanquita y mis dos padres, Ricardo Castro y Micaela Ramírez. Ni las sobaditas de panza, para que te mejores, niña ni los vastísimos sana, sana, colita de rana me quitaban la sensación de orín entre las piernas.

     Ya quita esa cara, hombre, que parece que te vas a morir. Eso quiero, mamá, pensaba gritarle, eso quiero y no quiero que ni tú ni mi papá ni nadie se vaya conmigo. Quiero que me trague la tierra y que nadie me acompañe, quiero que ya se me quite el dolor de la cintura, le contestaba entre aullidos a mi madre cuando me exigía quitar esa cara. Tranquilita, es algo natural, tú no te espantes. Aparte, esto les pasa a todas las princesas que comienzan a ser mujercitas, susurraba mi tío-padrino don Andrés, mientras me acariciaba el abdomen con dos dedos: tú tranquilita, es normal, no te asustes, sólo no te muevas y vas a ver qué rápido se te pasa. Lo hacía casi a hurtadillas, como si se escondiera de alguien, vamos a jugar a las escondidillas, tú nomás no salgas de la pieza, porque si salimos, nos cachan. Parecía que aquellos dedos gordos, llenos de cicatrices y con las uñas mugrientas, recorrían cada brazo de un dolor que se enramaba por dentro. Parecía que mi tío-padrino tenía razón: tú nomás no te muevas; es más, si cierras los ojos y acercas tus manitas a mis rodillas, para que te apoyes, se te va a quitar luego luego, vas a ver, mija. Y yo hacía; yo hacía mientras sus manos me hacían. Pero el dolor continuaba. Tenía la sensación de haberme hecho del baño; sentía como si la orina recorriera convulsamente mis muslos. Tenía miedo que mi madre viniera y nos descubriera así; o más bien, descubriera que me había hecho del baño por el olor en mis calzones. Los blancos que ella misma me había regalado, los que venían en un paquete de cuatro con encaje y un moñito rosa al frente, sobre el resorte. Tanto me gustaban esos calzoncitos que cuando mi tío me ordenó con voz mandona pero temblorosa que me los quitara, me dieron ganas de llorar. Pero me gustan, tío, no me los quiero quitar, le contestaba con una sonrisa que asomaba el sudor que comenzaba a recorrer mi cuerpo. Más que sudor era como si sus dedos, los dedos de mi tío-padrino, me recorrieran la espalda en busca de algo, un no sé qué entre los pliegues de mi pantalón. Pero ya, ya me los quité, y la sensación de orín fue aún más fuerte. Es que siento que me orino; siento feo, como si ya me hubiera hecho– le replicaba a mi madre con urgencia cuando ella sacaba las llaves de la casa que pensaba se habían perdido entre todos los exámenes que tenía que calificar para mañana. Ya, mija, ya las encontré; ahora pásate y vete a recostar, mientras yo voy a hacer la comida. Y mi tío seguía dibujándome mariposas en la espalda, te van a gustar al ratito que las veas, solamente no voltees y cierra tus ojitos para que se te pase el dolor…

     Cuando abrí los ojos, después de haber jugado con el tío y conseguir un sueño bastante húmedo y con aroma a orín y flores, recordé las mariposas que aquél me había dibujado en la espalda y corrí velozmente hacia el espejo completo que recibía a todo aquel que entraba en mi cuarto. Llegué a él y vi sangre: sangre negra, como si me hubieran pegado con mucho odio; como la que me resbalaba de las rodillas cuando me tropecé en quinto en la primaria. Así, esa sangre lodosa con ramas y piedritas; con barro y pura tierra. Sangre negra, esa sangre que no se lava ni aunque talles; esa sangre que sólo deja de ser sangre cuando sale más sangre, cuando otra herida se abre, cuando todo deja de ser todo para ser sangre. Sangre negra. Sangre, sangre negra. Mi ojos pendientes de las manchas resecas de la sangre en mis calzoncitos que, por arte de magia, ya estaban de nuevo cubriendo mis piernas, abiertas como tratando de no rozarse, de no tocarse la una a la otra para no salpicar más sangre, para no abrir la herida.

    

Es normal, muchachita del demonio, ya no llores, a ver, a ver, vamos con don Enrique para que te vea y él te explique, porque a mí no me quieres creer, y con una sonrisa y una sobadita de panza, mi madre trataba de apaciguar los jirones de mi cuerpo, mientras cruzábamos la calle en dirección al hospital.

Sangre negra

Para citar este texto:

Casas Fernández, Diego. “Sangre negra” en Revista Sinfín, no. 3, enero-febrero, México, 2014, 56-63pp.
https://www.revistasinfin.com/revista/

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