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Leo Hernández

 

Para Josselyn Guzmán

 

 

Lina esperaba pacientemente el regreso de Charlie, la cena recién servida, aún humeando sobre la mesa. Lina miraba con su cabellera rubia a que la puerta se abriera para que Charlie llegara del trabajo y le dijera que la extrañó mucho, a que la besara y que le hiciera el amor salvajemente, como acostumbraba casi todas las noches. Cuando se abrió la puerta del departamento, Lina se acercó a recibir a su hombre, con un pequeño y hermoso vestido negro, y éste la besó como queriendo devorar esos carnosos labios rosados, correspondiendo exactamente el acto.

—Devuélveme el aliento —le dijo él, tratando de contener la respiración, después del agitado beso.

—¿No te gusta que te lo quite? —preguntó ella dulcemente, como una niña que no tenía idea de lo que pasaba.

—Sí, pero yo lo necesito más que tú —le contestó dejando las cosas del trabajo en el suelo.

La cena poco importó, porque en ese instante Charlie empezó a poseer a su amante justo sobre la mesa. Él la sentó y abrió sus piernas mientras seguía devorando sus labios.

—¡Tengo muchísimas ganas de hacer travesuras! —dijo él, y ella entendió de inmediato el mensaje.

—La cena se enfriará… —respondió mientras sus cabellos rubios se extendían en el mantel.

La cena no me importa, me importa más que se enfríe otra cosa —respondió Charlie, mientras metía la mano acariciando sus tersos muslos.

Lina sintió como temblaron sus piernas. La mano llegó al triangulo de su ropa interior, la cual hizo a un lado para meter sus dedos y hacer círculos en su sexo. Ella sólo gemía moviendo sus caderas en un frenesí volátil, hermoso, rítmico, perfecto. Él no soportó más y sacó uno de sus senos, para devorarlo y morder el pezón despacio, el vestido negro desprendido de su blanca piel.

—¡Ya no aguanto, dame lo que quiero! —dijo ella, adivinando el resto del acto.

—Y ¿qué es lo que quieres? —en tono retador, ya que le excitaba escucharlo de labios de su lujuriosa compañera.

—¡Quiero tu carne!

Cayendo en la alfombra y sin dejar de besarse, Charlie, hizo a un lado las pantaletas de Lina, y subiendo su vestido, se pegó en su entrepierna para besar y lamer aquella rosada y palpitante vagina. Ella seguía gimiendo, cada vez más intenso, hasta que sus labios de pronto fueron alcanzados por una boca, fueron silenciando esa agresiva canción de amor. Era Charlie que en ese momento la penetró con su desnudez en un movimiento brusco, lo cual hizo que saliera un pequeño grito de dolor y placer. El baile perverso seguía, hasta que el tono de un celular comenzó a sonar.

—¿No contestarás? —preguntó Lina jadeante.

Sólo miro la pantalla y colgó la llamada, contestando de esta manera la pregunta de su amante. Fue entonces que levantó a la chica y la llevó a la habitación, para desprenderle sus ropas y ponerla boca abajo, levantando esos hermosos y redondos glúteos. Él empezó a poseerla, como un perro salvaje, hambriento y ansioso, mientras que ella seguía el baile moviéndose en círculos, cada vez más violentos, hasta que estallaron en varias explosiones, inundando todo el ser de Lina, haciendo escurrir sus muslos. Después de tal proeza él cayó rendido a un costado, y recobrando el aliento abrazó a Lina durante unos instantes y poco a poco se quedó dormido. Ella, con satisfacción en el rostro, feliz de haber complacido a su hombre, tomó su mano y la llevó al pecho dándole la espalda, cerrando los ojos y abriendo una sonrisa. Todo estaba perfecto.

Al día siguiente, como siempre, ella desde temprano como si se hubiese mantenido despierta, ya había preparado el desayuno y lavaba los trastes, cuando él despertaba.

—Buenos días, te hice el desayuno, huevos y tocino —dijo, mientras seguía lavando los trastes.

—No tengo hambre, se me hace tarde —dijo indiferente, sin prestar atención a los saludos, mientras tomaba el plato y sin mirarlo lo arrojó al lavadero donde ella se encargaba de la loza—. Voy tarde, nos vemos en la noche —dijo sin reaccionar, ni una mirada más, ni una menos, ni un beso de despedida.

Lina sólo miró como su desayuno se arruinaba. Sin hacer ningún gesto, y sin expresar emoción alguna, siguió en sus labores. Al caer la tarde Lina esperaba pacientemente el regreso de Charlie. Miraba con su cabellera rubia a que la puerta se abriera para que Charlie llegara del trabajo y le dijera que la extrañó mucho, a que la besara y que le hiciera el amor como casi todas las noches, el reloj avanzaba de manera lenta pero imparable. Fue entonces cuando sintió una extraña sensación en su cuerpo, algo que no había experimentado antes, una sentimiento de vació, como de tristeza. Se sintió efímera, perecedera, había algo que no entendía, ¿por qué a veces él disfrutaba de sus compañía, haciéndola sentir única, y otros días pareciera que no valiera nada, como si fuese un objeto más de esa casa gris? Algo dentro de ella estaba sucediendo, como si de pronto se diera cuenta. Lina se miraba en el espejo del baño mientras pensaba que él sólo la utilizaba, pero que aun así esa era su misión en este mundo. De alguna manera sentía que había sido creada para él, y él para ella y así tenía que ser, estaba bien. Todo estaba bien. De pronto escuchó que su amante llegaba a la casa, haciendo toda clase de ruidos. Un delicioso escándalo. Lina se asomó discretamente en la habitación, y vio como Charlie había traído a una de sus amigas del trabajo, una chica de cabello oscuro, a la que besaba y desnudaba con la misma ansiedad con la que le había hecho el amor a ella la noche anterior. Las noches anteriores. Sin hacer ningún tipo de ruido se acercó para ver como él tocaba a aquella chica, cómo metía su mano entre sus piernas y como su lengua recorría el cuello de aquella morena. Como centinela resguardando, ese testigo mudo, observaba cada detalle, cada encuadre de esa secuencia cinematográficamente casi de ensueño.

Fue entonces cuando la chica se dio cuenta de la presencia de Lina y el acto sexual se detuvo.

—¡Mira! ella nos está viendo… —interrumpió la chica de cabello negro, ese negro más negro que la misma noche.

—¡¿Qué rayos haces aquí?! ¡Carajo! —dijo levantándose molesto y sacándola de la habitación—. Quédate aquí y no vuelvas a entrar así —dijo cerrando la puerta.

Lina sólo mantenía la mirada perdida y seguía sintiendo esa sensación de vacío. Se supone que ella no tenía que sentir eso. No podía sentir ese cúmulo de cosas que sintió cuando escuchó los ruidos sexuales que salían de la habitación, gemidos, gritos, jadeos. Lina no dejaba de verse en el espejo del baño, preguntándose qué se supone que debía hacer. “¿Será acaso que esto es lo que le dicen ‘tristeza’?” se preguntaba. Lina se sentía sucia, utilizada. Tenía una necesidad tremenda de ‘limpiarse’ y a pesar de meterse en la ducha, no podía sentir el agua. A pesar de que empaparse por completo, y de que el agua recorría su cuerpo desnudo y quebradizo, no podía sentirse limpia.

Después de un rato, la chica de cabello oscuro salió de la habitación fumando un cigarrillo, a medio vestir, y se dirigió al baño a lavarse la cara, y ahí, Lina, impávida, sobria, envuelta en una bata de baño, con el silencio mortal que solo tienen los objetos decorativos. Sólo la observaba lavarse el rostro, acto seguido, la chica le pregunta a Lina con una cuidadosa curiosidad.

—¿Qué se siente ser lo que tú eres? ¿Qué se siente no sentir? —dijo mientras observaba los detalles del rostro de Lina—. A mí no me engaña nadie, he visto cómo lo observas, cómo te comportas. Creo que ya fuimos demasiado lejos con esto. Sé que sientes algo… —dijo, sin esperar la respuesta a esas interrogantes— me voy muñequita, no te preocupes, no me lo pienso quedar…

Lina sin responder una palabra, sólo se quedó pensando, siempre con esa mirada inexpresiva, haciéndose en todo momento la fuerte, y siempre tratando de ubicarse en el papel que le correspondía, el de sólo ser una amante más, ¿o acaso no?

Después de despedirla, y de dejarle sus besos tatuados de sus labios, la chica del cabello nocturno se retiró del apartamento más que satisfecha, orgullosa, y Charlie, se quedó sentado en la cama de su habitación mientras encendía un cigarrillo. Lina se acercó a él, acariciando su espalda desnuda, quitándose la bata de baño y dejándola caer sobre la alfombra de la habitación, retando la fragilidad del momento, como advirtiendo algo que sacase a Charlie de su letargo, de ese espasmo espeluznante. Llovía esa noche y las gotas se estrellaban con la ventana rompiendo el silencio abismal entre los dos, mientras Lina colocaba sus frágiles y breves pechos sobre la espalda de él, rodeando con sus manos su pecho. Con la más tierna de las dulzuras, y con tanta devoción, llena de amor, Lina, con su cabello dorado cayendo sobre sus cuerpos, interrumpió la fumada del cigarrillo con una frase articulada desde lo más hondo y verdadero de su ser.

—Charlie, creo que…Te amo —dijo con su frágil y temblorosa voz—, sí, te amo, es eso lo que siento. No me guardes rencor. Sé que no debo, pero en tus brazos me siento una mujer completa, me siento viva.

En ese momento Charlie supo que algo estaba mal. Se sobresaltó y tomó a Lina de los hombros, con cinta, silenció para siempre esos hermosos y rosados labios. Envolvió el resto del cuerpo con bolsas de plástico como si se tratara de un paquete que enviaría por correo. Condujo durante casi una hora en esa madrugada lluviosa con la chica silenciada, pero dócil, en el asiento trasero hasta la fábrica de U.S. Robots and Mechanical Men y dejó a Lina en la puerta gris de las devoluciones con una nota que decía “Androide defectuosa”.

 

"Waitress-Neptuno". Fotografía de Richard Keis
“Waitress-Neptuno”. Fotografía de Richard Keis

 

 

Para citar este texto:

Hernández, Leo. “Tecnología” en Revista Sinfín, no. 19, septiembre-octubre, México, 2016, 81-85pp. ISSN: 2395-9428: https://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

 

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