Utopía de la vacuidad

I

—Me regaló un compendio de plantas herborizadas, prácticamente disecadas. Según él, era mejor que un ramo de flores, que a los días se marchita y debe tirarse a la basura. Era un pequeño libro, donde en cada página estaba pegada una planta con su respectiva flor, una breve descripción de la especie y en el pie de página, un poema inspirado en la misma planta y con claras románticas. Es uno de los objetos que más aprecio.

—¿Lo tiene aquí?

—Sí.

—¿Podría verlo?

—Claro —dijo la señora.

Fue a un armario y sacó un viejo libro. Lo abrió y me mostró las plantas prensadas a las que se refería, todas eran antiguos organismos vegetales, la mayoría de ellos ya no existen. Nunca pensé que vería algo así.

—Bien, señora. Eso ha sido todo por hoy.

Me retiré y reporté el caso con la policía del Partido. A los días arrestaron a la señora, quien se le determinó deficiente de sus facultades mentales; le decomisaron el libro, el cual fue destruido.

Todos, al día de hoy, dan por hecho de que existen solamente cuarenta especies de plantas en el mundo, es la versión oficial. No debe existir registro alguno de que hubo más. Sería peligroso. La gente comenzaría a preguntarse qué fue lo que provocó que desaparecieran, y, llegarían a contradecir los datos del Partido y sobre todo a uno de sus preceptos más importantes:

Todo ha sido descubierto en el mundo y por lo tanto es ocioso dedicarse a la ciencia e investigación.

II

Eran, quizás, las flores más hermosas que mis manos hayan sostenido, y que mis ojos tuvieran la dicha de contemplar. De vivaces colores, como ninguna planta actualmente; resaltaban entre el gris ambiente de mi casa. Un necesario elixir para combatir tan enfermizo monocromatismo era el obsequio natural.

«Racimo buscando el cielo». Fotografía de Leo Lovecchio

Además de llamativas en cuanto a su aspecto, los sépalos eran grandes y carnosos; un ojo inexperto se atrevería a afirmar que tal ofrenda era un engaño plástico y que la alegría provocada por el ramal era originada por plantas sintéticas. Pero no lo era así. Comprobé, rasgando unas hojas y luego un pétalo, la salida de agua de entre los tejidos de una flor, y después, noté cierto aroma, como a fragancia, que daba calidad de auténticas a dichas flores.

Me extrañó, por cierto, tiempo, que pasados dos meses no se marchitaran. Analizando con ojo clínico y bajo las bondades de una lupa de joyero, pude comprobar que las flores no sufrían ningún tipo de envejecimiento; pero yo sí. Era extraño y no sabía por qué.

Pasados unos meses, noté un malestar general en mi organismo. Nauseas recurrentes, caída de pelo y resquebrajamiento de la piel. Cada vez el dolor era cosa habitual dentro de los segundos conformadores del día.

Compartiendo las experiencias de mi caso, algunos de mis amigos más cercanos llegaron a afirmar que sufría un maleficio, provocado por quien me otorgó las flores.

—Conozco bien a esa persona. No tiene malas intenciones —les dije, para callar sus voces pesimistas.

—Uno nunca sabe cómo es la gente por dentro. Deberás purificarte, invertir la brujería —dijo una amiga, mientras se rascaba su canosa cabeza.

Accedí a tales mandamientos, por considerarlo lo más prudente, y para ir depurando posibles causas.

—Dame las flores —me dijo uno.

Le di el ramo, el cual quemaron.

Después, comenzaron a leer preceptos de libros antiguos de índole metafísico, hijos de pensadores de la década de 1990, época tan lejana. Mis amigos invocaron cientos de fuerzas espirituales y energéticas, colocaron alrededor mío una multitud de cuarzos y demás objetos sagrados. Unas horas después, el ritual de sanación culminó.

De nada sirvió. El malestar proseguía. Todo fue inútil. Ante mi negativa de recurrir a ritos más intensos, no vi mejor opción que ir directamente con quien me regaló las flores y preguntarle de dónde las sacó.

Al llegar a su casa, me atendió su hija.

—Quien usted busca ha fallecido hace unos meses —me dijo la muchacha.

—¿Fallecido? ¿Qué le pasó? ¿Una infección?

—No. Cáncer. Apareció de súbito después de su viaje al desierto.

Resonó en mi cabeza la palabra desierto. Parece que encontraba la causa de mi enfermedad y de la muerte de quien me regaló las flores.

Haciendo memoria, me sentí horrorizada por lo que, tal vez dicha persona hizo de manera inconsciente. Décadas atrás, en el desierto se realizaron pruebas nucleares, e incluso fueron puestos organismos diseñados genéticamente para resistir altas dosis radioactivas y desarrollarse sin problema alguno, incluso sin presentar las letales mutaciones que bien caracteriza a este mal energético. Según tengo entendido, de la boca de ciertas personas que murieron hace tiempo, se pretendían varios objetivos; el primero, ensayar una guerra nuclear y procurar la sobrevivencia de los organismos adaptados a las condiciones de la posguerra; y el segundo, en caso de exterminar todo lo que se mueva en el planeta, obtener plantas y animales capaces de resistir las inclemencias del espacio exterior, donde abunda bastante radiación ionizante. Una serie de experimentos, tanto para destruir la Tierra como para generar los colonos de nuevos mundos bajo condiciones hostiles, en dado caso que diversos mandatarios asintieran con buenos ojos la opción de abandonar el mundo antes de la catástrofe.

No dudo que, en su paso por el desierto, esa persona viera a las plantas, tan vivas como pocas cosas pueden verse hoy en el mundo, y me las obsequiase. Muchas personas van al desierto con la falsa creencia de que obtendrán mucha energía espiritual. Al día de hoy, con el mundo hecho pedazos, hay que tener buen ojo para distinguir los vestigios de los antiguos libros de ciencia y metafísica y no confundirse entre ellos. Conceptos como radiación muchas veces son ajenos al vocabulario y en su lugar predomina el concepto generalista de energía, el cual resulta en una trampa mortal para quien desconoce lo elemental de ciencia.

III

Hace apenas unos años el Partido encontró la manera de viajar en el tiempo. Buenas noticias para este mundo contaminado de tanta gente despreciable que pululan las poblaciones marginadas de todos los hemisferios del globo terráqueo. Todos bañados por las lluvias radioactivas. Son un peligro para cualquier ser civilizado; el más leve contacto con ellos supone el riesgo de muerte por cáncer; están contaminados al igual que sus tierras y cultivos. No tiene sentido que existan.

Mientras tanto, hacíamos colapsar la última ciudad disidente, para ello saboteando la red que les proveía electricidad, provocando psicosis colectiva, robos en mercados de memoria cerebral o de implantes visuales. Los incendios lo consumían todo. Ninguna artimaña virtual resistió la fuerza del fuego. Al cese de los sistemas de calefacción y de mantenimiento de las aguas negras, salieron expelidas coléricas multitudes de cucarachas y roedores que pronto devoraron a los sobrevivientes de la ya en ruinas metrópolis enemiga.

—Ahora, amigo mío, a esperar que no hagan lo mismo con nosotros. Una venganza, un espía, o en el peor de los casos, la infección de alguno de esos virus que se adhieren al sistema nervioso y mandan todos los datos de importancia a los centros de guerrilla enemigos —dijo uno de mis camaradas, al saber del éxito de la misión.

—¿Ya viste la noticia? —interrumpiría al poco tiempo—. El Partido, contento con nuestra labor, nos ha encomendado para una misión importante, más importante como ninguna otra —dijo, mientras se proyectaba en nuestra corteza visual el aviso que mandó el gobierno en ese instante.

—¿De qué crees que se trate esta misión? —le pregunté.

—No lo sé. Tal vez nos encomienden el lanzamiento de alguna cepa de hongo que devore, con la capacidad metabólica de sus enzimas, a nuestros enemigos.

Nada de eso. Nuestra misión fue mucho más importante. Los directivos del Partido nos hicieron parte del Escuadrón Babilonia. Fuimos enviados a través de distintas épocas de la humanidad. Nuestra misión era simple: asesinar a todos los pensadores importantes de la historia humana.

—Solo así podremos reparar todo el daño que hay en el mundo. Repararlo definitivamente —dijo nuestro General.

Recuerdo, con satisfacción, como llegábamos, armados de tanques, aviones y de ametralladoras con balas que nunca acababan, y eliminábamos a todos los filósofos de la antigua Grecia. Soñé también que quemábamos mil veces la biblioteca de Alejandría. Y también que quemábamos todas las bibliotecas del mundo.

Al volver a nuestra actual época, el mundo se había mejorado y vivíamos en una utopía. Un mundo sin filosofía, un mundo sin fronteras, un mundo unido bajo una misma bandera, un mundo sin ciencia, un mundo sin religiones ni dioses ni ritos ni cosas sagradas, un mundo que habla un mismo lenguaje: el del silencio.

Ninguna nación del mundo nos vetaba, ninguna personalidad intelectual se pronunciaba en nuestra contra, porque los habíamos eliminado a todos al eliminar a toda la historia y sus ideas. Hemos dejado el mundo en blanco y lo manchamos con nuestros trazos. El mundo es nuestro lienzo y el mundo está definido por nosotros, nosotros somos el mundo.

La utopía es la vacuidad de todo lo que representa el género humano.

Y esta vez, ningún Dios podía destruir nuestra torre de Babel.

Víctor Parra Avellaneda

Víctor Parra Avellaneda (Tepic, Nayarit, 1998). Estudiante de Biología en CUCBA. Ha publicado cuentos y poemas en revistas literarias digitales de Hispanoamérica, Estados Unidos y la India. Autor de la novela satírica El intrigante caso de Locostein.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *