Una imagen social llevada a la gran pantalla

Por Ana Matías Rendón

 

Una escena del cine clásico mexicano:

Una calle prolongada cubierta por el manto nocturno, comercios cerrados como centinelas de guaridas. Un hombre empujando un carro de camotes, haciendo silbar el característico sonido de los años perdidos, mientras rodea con su brazo a una india mazahua, cuyos colores de vestimenta resaltan inevitablemente; mientras una música nostálgica nos participa del final después de una larga travesía de aventuras.

Una escena de amor clásica. No para el cine ni para los ojos desencantados, sino de la vida cotidiana. En la que se mueve una clase baja –pobre y extremadamente pobre– en la que abundan las personas que no saben leer o apenas si articulan un par de frases, los que ganan –si bien les va– un salario mínimo; donde pululan la mayor parte de los indígenas como vendedores ambulantes, empleadas domésticas, albañiles, prostitutas, los que no tienen qué comer ni dónde dormir.

La India María no es un personaje como los hay en otras películas comerciales e incluso culturales, la actriz, sin ser de ninguna etnia, tiene la habilidad de transformar su rostro y su cuerpo a base de maquillajes y vestuario a un grado en que su personificación tiene como resultado una india con rasgos físicos y actitudes notables; no como aquéllas, en las que parece que presentar una mujer indígena en pantalla es un insulto, y en su lugar ponen a actrices que fingen al punto de ser fantasioso.

Detractores en las comunidades de intelectuales, académicos, defensores y reivindicadores de indios, la han acusado de degradar la imagen del indio. Una pregunta: ¿cuál imagen? Aquella por la cual los mexicanos nos tienen por estúpidos o por nobles personas. Si lo que tiene este país es el exceso de imágenes de indios, personas a los que, por cierto, siguen sin querer tratar.

Vamos empezando por el noble indio de Juan Diego que encontró, ¡Bendito Dios!, a la Virgen de Guadalupe y que además se enfrentó a un grupo de clérigos que dudaban de su veracidad, además, como le hubiera gustado a Fray Bernardino de las Casas, es la viva imagen del indio noble, humilde y de gran corazón, ¡ah!, y gran servidor del dios cristiano.

O bien, pasemos al indio Benito Juárez, este buen hombre que muchos lo tienen como el mejor presidente de México. Pero si un indio fue el mejor presidente ¿cómo es que no hemos vuelto a elegir a otro? Este zapoteco que es ejemplo de superación –no cabe la menor duda– es una imagen recurrente del México que niega su doble moral. Para otros, un presidente de grandes equívocos. Como sea, todavía en los libros de texto su foto es mostrada con grandes alabanzas y los maestros lo recalcan. Oaxaca lo tiene como ícono. ¿Podríamos juzgarlo como cualquier hombre?

Hay que recordar los retratos clásicos del indio de la época en la cúspide de la cultura mexica. Moctezuma Ilhuicamina y Netzahualcóyotl son indios que llenan de orgullo a los mexicanos que se sienten descendientes de los emperadores y guerreros y para lo cual lo expresan en posters, playeras, tazas y de más suvenires.

En el México moderno no podemos olvidar otras lindas representaciones que también son dignas de destacar, como la de los indígenas de los comerciales turísticos, aquellos que quedan admirados por la mujer mestiza, irrumpiendo con su belleza el paisaje perfecto, mientras la cámara los desenfoca descuidadamente y nos muestra la “riqueza cultural” del país: la de los grupos originarios.

Tampoco se puede dejar de lado al indígena del Subcomandante Marcos, tan idílico y lleno de buenos deseos de internacionalización, el que luchó valientemente con un rifle de palo y que ahora vive en una comunidad autónoma y además adorna las portadas de revistas; aún menos, a los indios que los medios de comunicación ensalzan como revoltosos sociales y se la pasan manifestándose por las calles de la ciudad.

También tenemos al indio empobrecido por el capitalismo que reflejan en documentales y que se pueden ver, a todas horas en las calles, perdido, el que contrasta con el indígena que tiene una relación cósmica con la naturaleza…

Y así podríamos contar historias y describir imágenes, dignas de inspirar mejores películas comerciales. Sin embargo, cabría preguntarse ¿cuál es la imagen del indio que vale la pena llevar a la gran pantalla? ¿Hay una imagen del indio más verdadera que las demás?

Tras la comedia se pueden desvanecer las tristezas… la risa tiene el poder de exorcizar los demonios. La india María exagera nuestras penalidades hasta hacernos descargar una risa catártica. Veamos, que algún indio debe estar leyendo esto, ¿quién recuerda el día que entró por primera vez a un centro comercial o tuvo que cruzar las avenidas de cualquier ciudad? ¿Qué tan difícil puede ser confiar en alguien llegando a la urbe? ¿Qué sintió la primera vez que un citadino cargo toda su frustración y coraje en la palabra ‘indio’?

No sólo es por la escena que me recuerda a ciertas personas, que la película de la India María me sobrecoge, sino por un guión que me hace pensar mucho más que los escritos académicos que tratan sobre los problemas sociales de los indios ¿y por qué no decirlo?, refleja una realidad social: indios correteados por los policías cuando quieren vender sus productos, hermanos negando su consanguinidad con los indios, indígenas que no saben atravesar las calles, indios acusados de rateros, indígenas luchando en medio del caos, indios llegando a la ciudad:  un choque cultural. Sin embargo, los indios viviendo: riendo, adoleciéndose, trincando, trabajando, indios que son seres humanos como cualquiera.

Una india encuentra el amor en un camotero que compartió con ella la vida, mientras buscaba a su hermana, y ésta despreciándola nos deja otra idea: el indio escapando de sí.  La representación de una vida cotidiana.

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