La vuelta al mundo en no sé cuántos días

Por Paola Flores Miranda

 

Yo quería entenderlo todo, cansarme de verlo, olfatearlo hasta asquearme; perderme en su gente, vivir en sus casas y comer su comida. Caminar como caminan, peinarme como se peinan, mirar como miran, sentir el sol como lo sienten. Quería hacer el amor en todos los lugares, de todas las formas que acostumbran. Mirar en todas las ventanas mientras cenan, escuchar todas las historias que se cuentan en el mercado o el salón de belleza, en el café o en las banquetas. Quería saber lo que pensaban de esto o de lo otro. Ir a todos sus centros de culto, rezar como rezan, bailar como bailan, entender como entienden. Quería abarcarlo todo… y aún con esa voluntad, me quedé en el intento.

 

La Tierra que hierve

Todo empezó ya sabes más o menos en qué año. Un día desperté y me encontré en un árbol en medio del desierto. Estaba en un país llamado “Yibuti”; el lugar más impensable del mundo.

28 de junio

Las tardes color naranja que de vez en cuando nos regalan ese aliento de aire fresco,  me gusta adornarlas con los ruidos insólitos de las calles. Ese compás lentísimo de las mujeres al caminar y esa desfachatez de los conductores de bus, que no se por qué me dan risa en vez de enfado. Salgo un poco antes que termine la siesta, cuando las nubes bajas son generosas y se muestran pretenciosas expandidas por toda la alfombra celeste. Es un pueblo fantasma. Algunos negocios empiezan abrir. Paso por el restaurante Rica y saboreo su espagueti delicioso, a lado está ese café lleno de señores al que nunca me atrevo a entrar, igual si muero de ganas. Decido cruzar por esas calles solitarias detrás de aquél hotel del centro de la ciudad, esas que los niños aprovechan para jugar sin reparo, yo los observo con hartazgo mientras espero por horas el bus que me lleva a casa. Escucho la llamada de la mezquita a lo lejos y la ciudad empieza de nuevo…

14 de julio

El pavimento quema, los rayos de sol se resienten en cada poro de la piel, la gente duerme en cualquier sombra que encuentra. Es fácil ver espejismos en la ciudad que otorgan la sensación de estar perdido en el desierto. El cuerpo no resiste los 40 grados a los que se eleva la temperatura. Los pies se hinchan, pesan, reclaman.

Me paro en una esquina y observo. Veo todo caóticamente armonioso, veo el polvo que invade los zapatos de todos, los hombres comiendo khat en los negocios y las mujeres con arcilla en la cara. Veo las sultanas de Yibuti: su paso lento y su mirada lejana. Erguidas, distantes; de ojos hermosos, intensos, soberbios. Su piel canela que no siente el sol, su sonrisa que no conoce prudencia y sus vestidos cargados de sensualidad misteriosa orgullosa de su belleza; belleza que es fuerte y tolera el tiempo.

Después empiezo a recorrer la Rue aux Mouches llena de infinitas telas de todos los colores posibles. Me gusta el escenario que se construye, ese ingenio para combinar: los estampados más impensables con el color más brillante nunca antes visto. Después admiro el ritmo de la tela que se mueve marcando sus formas, el rápido gesto para acomodar el velo en sus hombros…

14 de septiembre

Siento ese golpe de hastío que provoca la calle que me lleva al supermercado. Polvo, ruido, sol, mucho sol, de ese que no cae bien al cuerpo. Llego a la entrada del estacionamiento y todo está en calma, demasiada calma. Yo siempre distraída me doy cuenta tarde de la dirección de mis pasos. Un cuadrado humano compuesto de hombres en posición de oración queda frente a mis ojos. Yo me detengo sensible a la coreografía que los hombres me otorgan y me dejo llevar por la belleza que construyen inconsciente de toda intención mundana. Mi impertinencia comienza a surgir efecto y después de postrarse equivocadamente frente a mi; siento sus miradas desaprobatorias. Me retiro rápido del lugar, es obvio que uno no debe pararse frente a quienes están haciendo la oración.

 

 Killed me but killed me softely

Yo entendía todo muy primitivamente, muy visceral. No me quedaba de otra que sentir para no perderme. Pero uno no siempre se acomoda al bailar; no siempre se puede fluir. Las ciudades, los países, los lugares siempre tienen el artificioso encanto de la complejidad.

15 de marzo

Haití fue un tsunami. No hay que perder nunca la capacidad de enamorarse y Haití es un amor; un amor de esos que no te puedes sacar de la mente, de esos tormentosos que no puedes dejar tan fácil. Yo no encuentro conceptos exactos que lo describan. Caminar en su denso ambiente lleno de calor, historia y extremos terminan con cualquiera. Es demasiado pesado y furioso. Lo que se observa en Haití son escenas de películas de todos los géneros posibles. Es un collage de imágenes surrealistas. Eso me dio Haití y yo lo agradezco.

18 de agosto

Devastador es la primera palabra en mi mente, cuando cruzo la ciudad para ir a Carrefour. Apuesto con los ojos cerrados que nunca lograré camuflajearme en las prácticas cotidianas de aquí, lo juro mientras repaso en mi mente el camino: nervios, chofer, esperar, esperar, esperar, preguntar, resolver, llamar, confirmar, salir, blocus, blocus, blocus, polvo, tierra, sudor, coca cola, Av. Turgeau y ganas de salir corriendo.

Me gusta cuando paso por aquel mercado que incomprensiblemente te teletransporta a un mundo más esperanzador. No hay ejemplo más tácito de la decadencia mágica que, según yo, caracteriza Haití. Percibo el instinto de supervivencia mezclado con la parsimonia de su estar en el tiempo. Te puedo asegurar que cuando pasas por ahí, puedes ver todos tus sueños y pesadillas juntos. Yo abro bien los ojos y aun con el cansancio, registro cada detalle.

13 de septiembre

Nirva sigue con su obsesión por el orden geométrico a la hora de acomodar objetos. Sigue doblando mi ropa sin preguntármelo y también sigue regañándome que por si hago así o diferente, que si no me peino, que si no voy bien arreglada al trabajo. Se extraña de la comida que hago y duda de mi capacidad para educar. Derribamos cualquier barrera absurda y entonces hemos construido esta complicidad casi de hermanas. Una amistad que se dio por la pura “buena espina”.

20 de octubre

Bella es la magia blanca que inspira Jacmel. Soñé que caminábamos por sus calles de adoquines mojados por el aguacero de hace cinco años. Recuerdo que era octubre y la temporada de lluvias llegaba. Un chipi-chipi que duró dos semanas sin parar y una tormenta que se sentía, escuchaba y olía durante un mes con todos sus días y horas. Nadie supo que pasó, los científicos no encontraron explicación y los radicales decían que había sido culpa de la cooperación internacional.

Los artistas del vudú pintaron de color amarillo sus personajes divisando el fin del mundo. La gente empezó a migrar a Siberia, encontraron allá el ecosistema perfecto para olvidar su tragedia. Construyeron casas de diferentes pisos todas. Hicieron grafitis de la belleza de Jacmel, así tan palpable y a la vez tan recóndita: de las mujeres y niños con su caminar orgulloso y sus ojos que te dicen todo. Utilizaron los desechos sólidos de la población gringa para hacer su arte.

Solo quedamos tú y yo en esa tierra blanca. Paseábamos diariamente por la calle, aquella que preservaba las buganvilias gigantes, del color que amo. Empezaba a salir el sol y rompió el silencio de las paredes colapsadas. El olor a tierra encantada suplía los malos augurios. Ese aire de nostalgia que acompañaban sus calles y la decadencia de las casas me permitieron respirar profundo y bailar con la belleza que la historia había heredado. Olía a tierra mojada y había colores que nadie conocía. Tú me dijiste, “me recuerda a Cuba, nunca he estado ahí, pero me late que así seria”.

Para P. S.

 

Aid moubarak

El primer contacto con Yemen, fue revelador. En ese tiempo, yo era una ignorante de todo lo que pasaba en Oriente Medio. Musulmán, Islam, árabes, Alá…todas palabras desconocidas para mí. No siento vergüenza y te lo digo como es para que me entiendas. Fue así que me animé a salir a las calles y comprender su mundo.

13 de julio

Contrario a mi compañero, los aeropuertos siempre me han parecido una joya que explorar. Si dejo de lado mis inexplicables nervios extenuantes, paso el tiempo de espera viendo la diversidad de formas, colores, motivos y destinos que uno encuentra ahí. Esta vez me hallaba sola en el aeropuerto de Sana. Estaba cansada y no entendía nada. Los hombres siempre con su aire prepotente se sentaban en el lugar que les daba la gana, me empujaban para pasar antes, no me dirigían ni la palabra ni la mirada, ni las gracias, ni los buenos modales. Hablaban y gesticulaban fuertísimo. Yo era demasiado chiquita.

Caminé por el pasillo. Recuerdo la luz nítida y hermosa que se filtraba por los ventanales gigantes. Estaba impresionada del bello resplandor del atardecer. Lentamente miré a un lado y me percaté de algo que me obligó dibujar con mi cabeza una cruz de tal manera que pude tener una vista panorámica de mi entorno en dos segundos. No olvidaré esa sensación de confusión, como si estuviera en un lugar del que se sabe que existe, pero nunca se cree tener contacto (y efectivamente, así era). Yo comencé a sentirme en una de esas misas mexicanas de semana santa, en donde estás rodeada de aquellos santos que la iglesia, según la tradición, tapa con mantas oscuras. Mujeres musulmanas con burkas y niqab, comunes en estos lugares, totalmente ajenas a todo lo que yo había visto. Estaba asombradísima, mi mirada estaba congelada en ellas. Yo quería saberlo todo.

Mientras me preguntaba tantas cosas (porque cuando dejas las imágenes de los media y te confrontas con la realidad, uno se pregunta tanto), las estudiaba meticulosamente queriendo entender el cómo, más que el porqué. Sus ojos hermosamente pintados, sus bolsas Channel, el evidente olor a perfume fino, anillos y pulseras de buen brillo, zapatos lindos, todo de un glamur imposible de creer. Después, rápidamente, me adapté a lo que parecía evidente: una fila para mujeres y otra para hombres al momento del control, dirigirse sólo al personal femenino, no tener contacto, buscar los asientos y zonas exclusivas para mujeres; menú de galletas de dátil y gallinas en el porta equipajes del avión.

15 de agosto

Después de algunos días, ya no me angustia ver tanto velo negro cubriendo su cuerpo, sólo disfruto el cálido perfume que dejan a su paso, lo escribo en mi memoria. Pero mi curiosidad no cesa, yo sigo observando y preguntando. Mi mirada musicaliza sus danzas. Aprendo a admirar la belleza sutil que se esconde tras todas esas telas oscuras.

Un día en septiembre

La ventana estaba abierta, mi corazón conmovido. A pocas calles de la vieja ciudad y a metros de tantos comercios se ubicaba el hotel en donde dormía. Me recargué en el marco de la ventana del baño, esperé inmóvil, alerta a cualquier movimiento… nada. Era una ciudad fantasma, no había ruido, ni uno sólo, nadie tosía, no había carros ni tampoco niños. Comercios cerrados, calles vacías; sólo la melodía de la ropa tendida que con el viento bailaba.

Salimos a caminar. Ya instalada en la inolvidable calle, yo creía haber tomado una máquina del tiempo. Era una belleza, de esas que te hacen imaginar, creerte todo. La noche volvía aun más mágica la ciudad. Esos días de fiesta y sonrisas que vuelven de la calle un espacio de todos. Yo no era de ahí, pero todos lo aceptaban. Las sonrisas y la frase de bienaventuranza lo demostraron. El río de gente y puestos con los objetos más inimaginables, decoraban Sana. Yo era feliz y me deleitaba con las hermosas figuras de luces que las ventanas creaban.

 

Ajá, yo también je t’aime

Nada más surrealista que mi vida en París. Fue una época maravillosa. Mi corazón quedó por siempre partido en dos. Mis días en París estuvieron persistentemente acompañados de mágicas situaciones inesperadas. Uno sale a la calle y encuentra lo que no imagina encontrar. La ciudad empezó a envolverme en su caleidoscopio de sensaciones y significados. Todo pasaba en París. Todo y yo estaba cariñosamente interesada en conocer.

13 de octubre

Hoy salí a casa de la italiana. Cenaríamos y después esperaríamos que los pequeños durmieran para fumar, beber vino o cerveza y hablar de todo lo que pasa en el corazón. Al llegar a la entrada de nuestro callejón, un sinfín de cosas tiradas. Revistas, platos rotos, productos de belleza, ropa, cables, papeles, libros y no sé cuanta cosa más. Todo el interior de una casa lloviendo en la entrada del callejón. Vi un tímido teléfono saliendo de la ventana de enfrente, como queriendo registrar el evento, sin ser descubierto. Algunos gritos, algunas amenazas y yo inmóvil. Mi pequeño curioseando entre el mar infinito de objetos, le llamaban la atención esas perlitas diminutas, vestigios de un collar roto. Lo tomé de la mano y partimos antes de que nos cayera una lámpara o una cafetera. Salimos de ahí y subimos al tramway. Una chica con los senos de fuera platicaba con su amiga en uno de los asientos para dos. Era para muchos de los presentes, un agradable espectáculo que amenazaba el siempre fastidioso trayecto de regreso a casa en el transporte público. Después de no sé cuántas horas regresé a casa. Pasé por la entrada del callejón y todo lucía con esa perfección que caracteriza la arquitectura de París. No había ni un minúsculo pedazo de papel tirado en el piso… las plantas y macetas en perfecto estado, ni rastro de polvo de maquillaje, ni una minúscula perlita atorada en las grietas del piso… nada.

13 de febrero

Iba con retraso, pero tenía esperanza de aún alcanzar lugar y escucharla. Sabía que era demasiado ambicioso de mi parte, pero de todas formas lo intenté. Cuando llegué no me asombré quedarme sentada en el piso fuera de la sala, al menos escuchaba su voz y de vez en vez, podía deleitarme con sus gestos. Más que su pasado lleno de distinciones y reconocimientos por su sabiduría y talento; lo que más me asombró fue esa lucidez seductora que la envuelve. Ese francés fluido y esa sonrisa al hablar. Para finalizar una ráfaga de viento en la espalda y unas ganas de llorar. Elenita, convencida pronunció el nombre de los 43 y toda la sala contaba con ella… no estaba sola, sabía que no fallaría.

25 abril

Escuchaba los poemas de Octavio Paz mientras observaba la forma en la que los otros escuchaban. Estaba ese escritor que admiro y leo con devoción contando sus anécdotas de juventud a lado de Paz. Terminada la lectura, se dio un cóctel al que yo asistí sin estar invitada. Iba demasiado desfachatada para la ocasión, pero la cantidad de veces que me he encontrado en esos eventos han permitido saber la manera de comportarme para sobrevivir. Generalmente me gusta quedarme sola y observar. Ser discretísima, casi invisible, pero muy contemplativa. También aprovecho, como y tomo, lo más que se pueda. Esta vez empecé a hablar con otras mexicanas, sólo para pasar el rato. No sé en qué momento se acercó aquél escritor que admiro y leo con devoción. Me preguntó mi nombre y me invitó a tomar algo, así como si nos conociéramos de años. Rumbo al lugar me tomó la espalda al cruzar la calle como aquellos hombres bien intencionados de otra época. Horas después, me encontraba compartiendo con él un plato de charcutería y tomando vino tinto en la calle de Saint Dennis, en pleno corazón de París. Yo no hablé casi nada. Las otras mujeres a lado me hastiaban con sus historias. Él era tan familiar, tan bien hecho en sus formas y modales, tan representativo de sus obras, tan él, pues. Era encantador y yo lo empezaba a respetar más hasta que lastimosamente mostró su tibieza a la hora de hablar sobre la política nacional actual. Uno va demasiado lejos con la imaginación, quizá no era el momento ni la gente, me dije.

3 mayo

Francia me parece el país de azúcar que te hace creer incapaz de deshacer. En el vagón del metro de la línea que va rumbo a Belleville, una chica veía hacia la ventana, sonreía y reía a carcajadas, su mirada de felicidad concentrada en una imagen que sólo ella podía ver. Volteo a su alrededor y las dos señoras chinas, pequeñas, con esas chamarras gruesas de textura que parece plástico y color ostentoso, la ignoran. Una de las señoras trae esas medias “sensación” que te hacen creer que son translúcidas, pero en realidad son leggins color piel y encima, mal pegadas, tienen la media negra. Hablaban fuerte en su idioma y parecía no escuchar las carcajadas de la chica. Cambio la dirección de mi mirada; el turbante de casi 20 centímetros de alto de la mujer con traje tradicional de áfrica del oeste me impide ver bien a la familia musulmana enfrente. A ellos parece que les perturba la chica feliz. En ocasiones la miraban, pero la madre de negro y con hijab, estaba más atenta a que su hijo no tocara el piso, le hablaba fuerte en árabe y lo jalaba para evitar su intención de revolcarse en el vagón. Es hora de salir del vagón, camino ágilmente pero la estampida de gente me abruma, yo audaz miro sin detenerme el señalamiento de las líneas del metro, para dirigir mis pasos. De inmediato veo pasar los hermosos abrigos y las elegantes chicas desfilando. La que sea, tú puedes mirar a quien sea,  todas tienen ese toque de elegancia francesa inconfundible que enamora. Apenas algunos pasos después, dos señores vagabundos discuten, insultan a la gente, uno incluso agrede físicamente. Tengo que irme pero me quedo intrigada. Cruzo los corredores hacia mi transbordo, mientras escucho Canon de Pachelbel tocado por una chica violinista con cabello teñido de morado, minifalda de cuadros y labios pintados de negro.

Llego a Canal Saint Martin, me instalo con mi amiga Ciruela cerca de los chicos que entrenan parkour porque me vuelven loca. Mientras los admiro, Ciruela me cuenta sobre el señor chino que una vez vio saltar al canal para salvar a una paloma que se había “caído” al agua…

 

 

Woman balcon cropped nostalgic-17
“Woman balcon cropped nostalgic”. Fotografía de Richard Keis.

 

 

 

 

 

Para citar este texto:

Flores Miranda, Paola. “La vuelta al mundo en no sé cuántos días” en Revista Sinfín, no. 17, mayo-junio, México, 2016, 48-56pp. ISSN: 2395-9428: https://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

Una Respuesta a “La vuelta al mundo en no sé cuántos días”

  1. Hola, ayer conocí a Paola en una plática que dio en la escuela, hoy llegué a mi casa a googlear su nombre y me encuentro con este escrito. Me encantó leerla o leerte (no sé bien a quien le estoy escribiendo).
    Ojalá me hubiera quedado más tiempo en la plática para hacerte las preguntas que me hicieron llegar hoy a ti.

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