Tumor sexual en el cerebro

Por Guillermo Ríos Bonilla

 

Gracias a peripecias y empujones, el joven logra ocupar un puesto en el bus. Va hacia la universidad y piensa en el examen de cálculo. Si no pasa esa materia, peligra su beca, y sin la beca no habrá dinero para continuar los estudios y le tocará meter el culo a trabajar. Se sienta y acomoda el cuerpo lo mejor que puede en los estrechos asientos. De repente le vienen unas ganas fortuitas de sexo. No sabe cómo o por qué, pero trata de buscar una explicación. Los continuos bombardeos de la televisión, los periódicos, las pancartas, los comerciales, hasta la radio pone anuncios con voces de mujeres en celo para vender productos. O tal vez tanta presión lo tenga un poco estresado y necesita desfogarse antes del examen. Esas pueden ser muy buenas razones, pero no son suficientes, porque él es calenturiento por naturaleza. Un amigo ya se lo dijo: “Tienes un tumor sexual en el cerebro”. Y no es para menos que se lo dijera, pues casi todo lo relaciona con el sexo. En lo primero en que piensa cuando ve a una mujer es en cogérsela. Su instinto animal lo maneja como a ningún otro. Piensa en mujer y enseguida le corre un frío por la espina dorsal que termina en un ligero hormigueo en sus güevos, que se le pasa al ano y regresa al cerebro para ponerle la piel grifa. Un circuito que no es ajeno a muchos. Voltea a ver y encuentra al objeto de su deseo. La mujer de al lado le llama la atención. Su generoso escote actúa como imán de las miradas. “¡Qué tetas!”, se dice, “Quiero un par de esas para Navidad”, y sonríe. Se pregunta también si ella no se dará cuenta o, ya metido en su morbosidad, si ella lo hace a propósito, pues parece que no le importa estar enseñando media porción de redonda carne blanca. Por tanta pornografía que ve, se imagina una escena, o tal vez intenta recrear una que ya ha visto en su sucia vida de onanista cibernético: el bus con muy pocas personas, él se acerca a ella y le dice: “Oye, nena, ¿quieres vergaminol compuesto? ¿O tal vez aceite mípalo?”, la chica le sonríe con aceptación y empieza la acción, mete, saca, mete, saca… metecétera y sacacétera. El cerebro se le calienta y ya está listo para lanzar la mano, pero él se detiene porque algo le dice que las mujeres se enamoran por el oído. Decide, entonces, hablarle, pero lo duda, no sabe qué diablos decirle. ¿Preguntarle la hora? No, porque ella verá su reloj y dirá: “Este imbécil quiere ligar conmigo”. Decirle mejor: “¿Viajas tú también en este bus?” No, ese es un estúpido chiste de Condorito, y él sonríe. Mejor se calla y la observa. Ella no es fea, tampoco muy atractiva, pero a él le gusta. No observa más porque lo tienen hipnotizado sus tetas. Luego sacude la cabeza y se da por vencido. No se cree con la suficiente autoestima para decirle que se baje a coger con él, porque le urge un polvo antes del examen. Prefiere pensar en el trayecto, que es bastante largo, y decide sacar el libro que está leyendo en esos días y continúa la historia. Es cosa que acostumbra a hacer, aunque la verdad no entiende cómo logra concentrarse con el volumen de la música que ponen los conductores, y con las fastidiosas voces de los vendedores ambulantes. Tal vez leer sea para él una forma de evasión, tal vez no, quién sabe.

…De repente se te da por mirar hacia la calle. No ves nada conocido y te dices: “¡Puta! Me pasé”. Te bajas con premura y tienes la intención de cruzar la avenida para tomar el bus de regreso. Pero una mujer te hace cambiar de parecer. Bueno, las nalgas de ella, porque la ves por detrás. Decides seguirla y la alcanzas en una esquina. “¡Qué culo, Dios mío! ¡Qué culo!”, te dices, mientras contemplas su redondo y caderón trasero en un jean blanco, por el cual se transparentan las tangas: un triangulito invertido que finaliza en una punta perdida por allá entre dos buenas moles de carne. Ella camina con un gracioso contoneo, sus nalgas suben y bajan, como si estuviera mascando chicle, mascando la tanga. Sólo atinas a preguntarte cómo hay mujeres que logran meterse en un pantalón que parece más pequeño que ellas, ¿con algún lubricante? ¿O con mucha paciencia y estoicismo ante el dolor? ¿No se sentirán incómodas? ¿Cómo será cuando sudan? La chica sigue caminando y tú detrás, baboseando, como el burro al que le ponen delante de sí una zanahoria amarrada a un palo sobre la cabeza. Sus nalgas te encantan (las de ella, no las del burro). “Yo quiero tocarlas”, te dices, “¿Se enojará si le doy una nalgada? ¿O si nomás se las rozo disimuladamente?”, pero la indecisión no te permite aventurarte.

Recuerdas, entonces, la anécdota que te ocurrió hace unos años. Venías de hacerle un mandado a tu madrecita (porque así le dices a la persona que te parió) y descubriste un poco más adelante a una mujer con un muy buen trasero. Decidiste seguirla, con la tentación de acercarte y tocarle las nalgas. La perseguiste un buen tramo, con la curiosidad de que ella continuaba por la misma ruta en la que tú ibas. La emoción y el contoneo de sus caderas te calentó la cabeza (la que tienes sobre los hombros). Pero la indecisión te hizo desistir y tomaste otro camino, hacia una librería. Después de comprar una revista porno, partiste hacia tu casa. Ya no aguantaste más, de alguna manera pensaste en desahogarte. Grande fue tu sorpresa al descubrir que aquella mujer iba hacia tu casa. Era una clienta de tu madrecita, que es costurera. Respiraste profundamente, pues casi la cagas, te salvaste de una desagradable vergüenza.

Ya estás decidido a acariciar las nalgas de Nalgasbuenas –así llamarás a la mujer de jean blanco–, cuando ella vira la esquina y se mete en una miscelánea. Hay mucha gente comprando toda clase de cosas, y el murmullo de voces es constante. “Que no se me vaya a perder. Que no se me vaya a perder”, te dices, levantando la cabeza (la de los hombros) por encima de la gente para vigilarla. Pero, “¿Dónde está Nalgasbuenas?”, y miras hacia todas partes. La buscas por un lado y por el otro, hasta que al fin la ves, resuelta a abandonar la miscelánea. Y continúas tu persecución.

Su caminado te mantiene como bobo. “Yo quiero uno de esos. Yo quiero uno de esos”, te dices, y le prometes a Papá Noel portarte bien, ser bueno en todo y no pensar más en sexo. Te ríes. De sólo mirar sus caderas subiendo y bajando a cada paso que da, sientes una leve erección, que te acomodas porque te molesta un poco al caminar. Sus nalgas se te parecen a las de una maestra que tuviste durante el bachillerato. No sólo te atraía su bella figura, sino la actitud dominante, el carácter de dominatriz que no te dejaba concentrar mucho en las clases. Cuando tenías un examen con ella, esperabas con ansiedad su llegada sentado en el pupitre, observando continuamente hacia la puerta. Los nervios te hacían dar frío, te comías las uñas y no dejabas de mover las piernas. Cuando ella aparecía, una sensación placentera se desplegaba desde tus testículos hacia los alrededores, y culminabas en lo que después pudiste comparar con las contracciones propias de la eyaculación.

Luego Nalgasbuenas entra en una zapatería. Pues sí, no es extraño que una mujer entre en un lugar así. Aunque no hayan salido a comprar zapatos, siempre se detienen cuando ven una zapatería. Pueden tener quinientos mil pares de zapatos, pero ellas siguen comprándolos, ¿por qué? ¿Para qué? ¿Desean un par de zapatos para cada vestido y para cada ocasión? Nunca te podrás explicar la manía de las mujeres por los zapatos; ni ellas mismas sabrán la razón. Sólo les gusta y punto. Eso te respondió tu novia el día en que le preguntaste. “Okey, está bien, no te enojes”, le dijiste.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor? —te pregunta una vendedora.

—En nada, gracias —le respondes—. Vengo con ella —y señalas a Nalgasbuenas.

—Muy bien, si gusta puede tomar asiento.

—No, gracias. Yo espero aquí.

Nalgasbuenas, como toda buena mujer, se tarda un siglo en escoger los zapatos que quiere. “Nunca salgas de compras con una mujer, menos cuando se trata de zapatos. Terminarás muerto de cansancio”, recuerdas las palabras de tu padre cuando bromeaba sobre el asunto con tu madrecita. Hasta que por fin Nalgasbuenas sale. Y tú continúas con el deseo de sentir esas dos masas de carne entre tus manos.

Ella voltea en otra esquina y ya tú estás decidido con tu mano (retumbe de tambores), ya echas el brazo hacia atrás (el retumbe aumenta), lo estás balanceando para asestar la caricia (el ruido se hace ensordecedor), cuando una muchedumbre de estudiantes les sale al encuentro, unos gritando y otros mirando hacia atrás (disonancia de tambores). “¿Qué pasa?”, te preguntas. Alguien grita:

—¡Están robando un banco!

De inmediato empiezas a buscar a Nalgasbuenas. Ella se refugia, junto con otras personas, en un edificio frente al banco, desde donde una muchedumbre de gente observa. Corres hasta allá y te paras junto a ella.

—Pero no sucede nada —dices.

—¿Todavía están adentro? —pregunta alguien.

—Sí, aún no salen —responde otra persona.

—¿Y la policía? —pregunta una señora gorda.

—Como siempre, o llega tarde o no está cuando se la necesita —responde un hombre de sombrero.

Las puertas del banco se abren y tres hombres encapuchados salen con bolsas en la mano y las armas apuntando hacia todos lados. Se les ve nerviosos. Al instante, el ruido de las sirenas aparece y también los disparos a diestra y siniestra. “¡Llegó la caballería!”, grita alguien. Todos tienen que meterse dentro del edificio y observar por donde les sea posible. Te olvidas por un momento de Nalgasbuenas. Se entabla un diálogo de balazos entre los delincuentes y los policías.

—Como en las películas —comenta Nalgasbuenas, que se para junto a ti.

Te sorprende su voz. Es dulce, bueno, al menos a ti te parece. Le ves el rostro: es precioso, para tu gusto, y su escote deja ver un muy buen panorama. “Nada mal”, te dices.

—Sí, como en las películas —admites.

Y piensas en tus amigas cuando las llevas a ver películas de terror, porque te encanta cuando se asustan y buscan abrazarte, para encontrar consuelo. Y por eso te arrimas más a Nalgasbuenas.

La batalla continúa, los policías se resguardan detrás de las patrullas y los delincuentes tras de otros vehículos, o de los postes de luz, hasta que se ven rodeados y deciden huir. Pero pronto caen muertos. Llega la ambulancia, y algunos policías entran en el banco y empiezan a aislar la zona.

—Parece que terminó en final feliz —dices, creyendo que Nalgasbuenas aún está ahí.

Pero no es así. La buscas con la mirada y la descubres en la salida. El vigilante del edificio les pide que abandonen el lugar, que deben despejar la zona. Inmediatamente corres hacia ella y la alcanzas unas cuadras más allá. Siempre detrás de ella, embelesado y chorreando la baba, pues como dicen por ahí: “Jalan más un par de nalgas, que una carreta”.

En otra calle, ella entra en una iglesia. Piensas desistir de tus intenciones, nunca te han gustado las iglesias. No sabes por qué, pero te producen sueño, y crees que cuando sufras de insomnio nunca dejarás de visitarlas. Recorres el recinto con la mirada. Algunas personas entonan cánticos y otras esperan turno junto al confesionario. Te sientes extraño. Nalgasbuenas ocupa el tercer lugar en la fila de los confesandos. Con frecuencia se acerca un pañuelo al rostro y tú la observas con la extraña sensación de encontrar a alguien donde no debería estar. A tu alrededor, las personas se levantan y se sientan repetidas veces ante las palabras del sacerdote, como haciendo aeróbicos. “¡Qué chistoso!”, piensas. Pero toda tu atención se dirige hacia ella. Contemplarla es para ti igual que la adoración a un dios. Su rostro permanece de perfil en una actitud rígida, vigilando su turno, y el tórax resalta la generosidad de sus senos. Cuando ocupa el segundo lugar de la fila, te mira de repente como si tus ojos le hubieran rozado la piel. Crees que caminará hacia ti y te dirá: “Usted fue el joven en el robo del banco, ¿verdad? ¿Me viene siguiendo?” “No, de ninguna manera, señorita”, le contestarás, “Yo venía a cumplir los deberes de todo buen cristiano”. Pero sólo es la reacción normal de una persona que se siente observada. Luego todo es como antes.

Si bien tu interés no es correspondido, insistes. El pañuelo cae, entonces, de sus manos y ella dobla las piernas con incomodidad para recogerlo. “No es raro, con esos pantalones tan apretados, no sé cómo puede arrodillarse”, te dices, “Cuando se vaya a levantar me ofreceré a ayudarla”. Y de nuevo ella fija sus ojos en ti. Un impulso que reprimes te incita a abandonar la silla, tomar el pañuelo y entregarlo en sus manos. Pero ella se incorpora y, avanzando unos pasos, se arrodilla frente al confesionario. “¡Qué ágil!”, te dices. Pierdes de vista su cuerpo, sólo puedes verle las piernas que se balancean con un ritmo lento, mientras uno de los tacones le cuelga del pie derecho. Te preguntas qué podría estarle diciendo al sacerdote, ¿que la perdonara por vestir como lo hace? ¿Que sintió gozo morboso al ver un asalto de banco? ¿Que le gusta que los hombres la observen? No sabes. Te distraes un poco y el tiempo se esfuma de tu conciencia. El eco de los cánticos resuena con energía. Cuando vuelves en ti, otra persona ocupa el lugar de Nalgasbuenas.

Junto al confesionario, ella olvida el pañuelo. Te levantas, lo recoges y buscas a su dueña con la mirada. Atraviesas el recinto y, al llegar a la puerta, logras verla doblando la esquina. Sabes que puedes alcanzarla, el ánimo te lo dice y la ansiedad te estimula (¿aún más?) “Ahora sí tengo una disculpa para hablarle, y tal vez proponerle algo”, te dices un poco alegre, “¡Esas nalgas! ¡Esas tetas! ¡Dioses!”, mientras doblas la esquina y te sientes como en un ridículo idilio amoroso, como en esas novelas cursis en las que la joven deja caer el pañuelo a propósito y el apuesto aristócrata lo recoge, lo huele y decide ir a entregárselo. “¡Qué ridículo!”, dices. La pierdes de vista, recorres cuadras buscándola, preguntas a la gente, te enredas por calles y calles que te alejan cada vez más de su presencia. Desanimado y decidido a abandonar la búsqueda, intentas regresar, pero desistes. No te has dado cuenta de que te encuentras en la zona de comercio sexual. Acostumbrado a visitar esos sitios (para variar), olvidas por un momento a Nalgasbuenas; total, aquí puedes encontrar a otras mejores que ella y en abundancia. Guardas el pañuelo en tu mochila.

El lugar es curioso, pues las chicas no sólo se paran en las aceras a ofrecer sus servicios y sus atributos, sino que también se exponen detrás de unas ventanas enrejadas. Desde ahí pispean a los clientes y exhiben aún más sus ya casi desnudos cuerpos. Así encuentras a la dueña del pañuelo. Sus senos, su rostro, su cabello, su trasero, en un trajecito tipo baby doll son inconfundibles, lo dices con la certeza de un buen observador. “Hmm, conque puta la niña. Con razón”, reflexionas. Te acercas, sacas el pañuelo y le dices, tomando valor:

—Esto es suyo. Lo dejó junto al confesionario al salir —la voz se te quiebra.

—Se lo agradezco mucho, joven —la suya es dulce y melosa.

Ella toma el pañuelo. No sabes, en verdad, qué decirle ni cómo empezar la conversación.

—¿Y bien? ¿Quieres pasar un rato agradable? —te dice, tuteando, para entrar en confianza.

“¡Pues claro!”, piensas en responderle, pero sólo se te ocurre preguntarle:

—¿Cuánto estás cobrando? —tú también decides tutearla.

Ella te dice la cantidad. Y haces cuentas, pero no te alcanza.

—Sólo tengo esto —le muestras el poco dinero que traes.

—No, mijo, con eso te aconsejo que te compres un jabón y te hagas la pajita. Adiós.

Te llenas de coraje. Tú que has estado pendiente de ella, que la has seguido custodiándola, protegiéndola, que has recobrado su pañuelo y que te has interesado en regresárselo, no mereces un trato así.

—¡Pinche puta barata! —le replicas.

—¡Oiga, imbécil! —dice ella con un gesto de violencia en…

—¡Oiga! ¡Oiga, joven! —le grita alguien.

—¿Qué pasa? —dice levantando los ojos del libro.

—Ya terminamos la ruta. Bájese, por favor —ese alguien es el conductor.

—¿Ya? ¡Puta! —exclama—. ¡El examen de cálculo!

Se baja de prisa y toma el bus de regreso, hacia la universidad. Vuelve a tomar el libro y lee el resumen en el revés: …El autor nos ofrece una antología rebosante de humor sobre las peripecias de jóvenes, a quienes las hormonas les tienen la libido alborotada…. Esa fue la frase que más le llamó la atención, y por eso lo compró. Continúa con el cerebro encendido y las ganas titilando en su entrepierna. Camina hacia la facultad. Ya se le hizo tarde. Aun así, al llegar al salón, la maestra le deja presentar el examen. “A ver si te alcanza el tiempo”, le dice y sonríe. Él se sienta y mira el examen, lee punto por punto a ver si algo se le ilumina en la cabeza. Dice: encuentra el valor de X; y él ve sólo XXX; encuentra la equivalencia de Q, el resultado de 2Seno, despeja Coseno; y él sólo mira y se imagina puros Senos, Tetas, Cosenos y Cosenos de Tetas pasando por su volátil mente; hasta a la fea, enana y flaca de su maestra la ve rebuena, como si ya se hubiera tomado tres whiskys, que es la diferencia entre una fea y una bonita, pero ese chiste no le produce gracia, pues no da una con las preguntas del examen.

Una semana después, le entregan los resultados. Saca cero, dos enormes ceros como dos ingentes senos, a los que les pone el puntito en medio haciendo de pezón; o como dos grandes nalgas, a las que les dibuja una atrayente cadera, con dos esbeltas piernas. Pierde cálculo, la beca, y por lo tanto le tocará meter el culo a trabajar, por no poder controlar el tumor sexual que tiene en el cerebro. Pero reflexiona por un momento: “Y si hablo con mi papá para que me dé otra oportunidad, para que me permita estudiar otra cosa”. Y siente una alegría en el pecho. Sí, eso hará. Aun así, se detiene y piensa qué otra cosa podría estudiar. Y al final lo decide; le dirá a su padre: “¿Qué te parece Ginecología?”.

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