Quixote v/s Superman V

Lengua: Español / Inglés

Res Cogitans de Carlos

Esta ubicua sensación de que todo ocurre como un inventario de ritos y predilecciones. Método de adquisición de fe, como la fe por el idioma. Mi vida partió desde las inclinaciones de la montaña encontrando al ascenso de la cata nativa de esa tierra húmeda con aroma a las manos de mis tías; sumergido en siglos que en aquel instante no entendí, que nunca acabé de comprender después, conocí  al café antes de que fuera color, y a la pendiente antes de que fuera un signo de afán.

Mi corazón siempre tuvo la sensación de fuga cual la breve transición inmediata que por instinto acelera el pulso al conseguir la cima de la colina. ¿En qué momento aprendí el protocolo cardiaco que deviene del inminente declive? Lo desconozco, creo que me fue natural y quizás más inherente por la geografía que trazó mi niñez. Con su estrategia branquial el tren pretendía dibujar la huida del aroma hacia el mar por Santa Marta o Buenaventura, tácitamente asumí que uno de los destinos de Colombia era la exportación del vaho consolador y misericordioso de las manos de mis tías; aquella fue mi primera concepción de lo exterior.

Tres líneas monumentales de sucesiones de cielo franquearon mi inicio como humano, me propagaron como eco confundido que a través de vínculos circulares de oposición y afinidad decantaron el valle de mi personalidad. Mi padre trabajó un tiempo en los ferrocarriles, yo lo acompañé algunas veces. Aún recuerdo las despedidas nerudianas de mamá: “Me traerás de las montañas flores alegres, copihues, avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos”, me decía, mientras yo le contestaba en la tutela vehemente de mis siete años: “voy a camellar mamá, ¡ya soy un hombrecito!” Mi madre repitió la frase en su último rato de conciencia cuando habló por teléfono conmigo antes de morir.

―Mamá, mamá, ¿Me escuchas? ―pregunté desesperado cuando escuché un silencio escoltado con su respiración agitada.

―Ya duerme hijo, no había reconocido a nadie en dos días, pero yo creo que sí te reconoció ―me contestó mi padre justo antes de pedirle de favor que le dijera al oído que iba a estar camellando, porque ya era un hombrecito.

Me encontraba en los pasillos de una escuela de Nueva Orleans en la que supervisaba los trabajos de limpieza nocturna, crucé los corredores, el comedor estudiantil y encontré la capilla episcopal en la que entré para tomar asiento en una de sus bancas.  La melancolía me convocó, lloré y sentí una especie de humillación de las leyes naturales al no poder estar en Colombia en ese preciso instante; tenía un boleto de avión que hacía conexión en Miami y podría hacerme llegar a Colombia al siguiente día por la noche, sin embargo tomar dicho vuelo significaba no regresar a Estados Unidos, mi visa estaba vencida algún tiempo atrás y yo aún no era ni residente ni ciudadano norteamericano.

Desde mi vigilia silenciosa y nicodémica, quizás también para distraer un poco la tristeza, empecé a explorar un tanto la nulificación de mí mismo o quizás la mística de la ratificación hierática que otra latitud regaló por medio del aumento de mis garantías de supervivencia y la diseminación de las mismas, debido a la ayuda económica que en algunas ocasiones he enviado a Colombia. Distante, cogité que soy lo que fui y lo que se construye de mí simultáneamente bajo una especie de acción que fue desenlace desde su comienzo.

Creer y desear han sido las bases de mi dirección. Tres largas espadas me hirieron y me alejaron por primera vez de mi madre, entonces empecé a sangrar en verde algo que al coagularse cobró el nombre de experiencia; bajé algunas veces en la cándida sensación de la exploración que concedía nuevos paisajes y volví a subir y bajar, a subir y bajar, subí y bajé. Volver a verla siempre fue una elevación hacia el fresco aire que compartía la novedad. Cuando estudiaba en Bogotá caminé por primera vez el Cerro de Monserrate, identifiqué que mi sangre verde tenía ahora vetas de arcilla y concreto, creí que mis venas latían con posibilidades de juventud, creí en la conciencia y control de un momento.

En la distancia, dicho control se desdibuja, como si la conciencia de mis acciones siempre fuera en realidad una ley causal que compensaba el desequilibrio en turno: había que surcar las montañas con papá, y las recorrí –primer signo de que se tendría que trabajar para ser un hombre de bien–; había que estudiar para poder tener un mejor trabajo, y estudié; había que casarse para tener una familia, y me casé; debía tener hijos, y mis hijas nacieron; había que emitir una opinión para la familia tribal dado el éxito adquirido, y censuré, también en otros momentos ratifiqué conductas de primos, tíos, sobrinos, entre otros más; hubo que salir de Colombia para proteger a la familia de la venganza del Cartel de Medellín, y partí rumbo a Estados Unidos.

Fue necesario trabajar en otro país y lo hice, tuve que aprender inglés y lo aprendí. ¿Cómo puedo ser consciente de lo que he hecho si se ha presentado como la inercia que embate al pasajero en un giro que al terminar volverá al equilibrio previo del cuerpo en descanso, como una ley de dinámica?, ¿es el carpintero consciente de su habilidad con el martillo como resultado de la repetición de hechos y del desequilibrio de tener que terminar la obra en turno para volver a equilibrar los efectos de la naturaleza de su profesión y colocarse en un reposo que se animará en cuanto la nueva obra arribe? La pregunta no incumbe arrepentimiento, sólo duda. Quizás no son los deseos reprimidos los que deben explorarse, sino este tránsito de un equilibrio a otro que participa misteriosamente de lo físico a lo espiritual. Tal vez sólo debería plantearse aunque no cambie en nada las decisiones tomadas.

En esa capilla que parecía católica, pese a que era episcopal, mientras proseguía mis digresiones encontré yacimientos de vidrio en mi sangre que habían anidado cepas del reflejo azul que los rascacielos transmiten al suelo para indicar a la superficie como origen de partida de la naturaleza aérea de los sueños humanos. Dos horas después de esta confusión de altitud y latitud, mi madre falleció. Quise decirle a mi papá que ya iba en camino rumbo a Colombia cuando me interpeló:

―Hijo, tú debes permanecer allá ―pronunció tajante.

Al caminar en medio de las luces tenues y en dirección a un altar que no tenía a Jesús crucificado detrás  pude escuchar el crujido de cristales que al pisarlos sonaban en español, inglés y una lengua trasplantada que muchos llaman spanglish. Las lenguas son realidades más vastas que las entidades políticas, históricas y geográficas que llamamos naciones,* a través de ellas rezamos declarando una fe que es a su vez la constitución de idiosincrasia, desde ellas se existe. Por ello transgreden el tiempo y son omnipresentes.

__________________

* Octavio Paz, en Nobel Lecture: La búsqueda del presente.

Carlos Res Cogitans

Everything happening as part of one’s rites and predilection sensation. This ubiquitous feeling which is faith acquisition’s method, language’s faith. My life started when I walked down the mountain, when I found that smell my ants used to carry by their austere hands. I was immerse among centuries that I didn’t understand, the ones I wouldn’t understand later either, and I met coffee odor before knowing it’s color was brown, and mountainsides before knowing they were mountains.

My heart was always running away, easy to be surprised like it is when one knows something is coming because the top of the hill has been reached. When did I learn the proper cardiac protocol coming from facing the immediate slope? I don’t know. I think for me it was natural inasmuch the landscape which drawn my childhood. Some trains tried to make my aunts hands fragrance escape towards the sea through Santa Marta and Buenaventura; that was my first awareness of what was outside.

Three great walls connecting the sky saw me as a kid; they transmitted and mixed my echo through circular affinity and opposition connections which constituted the valley of what ended as what I am. My dad used to work fixing railroads and I remember that sometimes I used to go with him. I was seven years old and I remember those Nerudians farewells of my mom: “you will bring from the mountains happy flowers, copihues, dark hazelnuts, and wild baskets of kisses”, she used to tell me, while I used to answer her back: “I’m going to work mom, I’m already a little man!” That was my mom’s last farewell before she died as well.

―Mom, mother, can you hear me? ―I asked her when I noticed her fast breathing right after she stopped talking with me.

―She is sleeping my son, she hadn’t recognized anyone since two days ago until she talked with you ―my father answered me back.

―Tell her I’m going to be working cuz I’m a little man, tell her, close to her ear please! ―I told my dad.

I was supervising the night cleaning shift at a New Orleans School when I received that call; when I hung up I crossed the main hallway, the student’s trophy area, some classrooms and I reached School’s episcopal chapel; I sat alone, cried, and felt a sort of nature’s law humiliation coming from me being unable to be there in Colombia at that very moment. I had bought a flight ticked for next day but I knew that taking it would mean not to be permitted to come back to The States since I was not neither resident nor American citizen yet and my visa had expired some time before.

From my quiet and nicodemicus vigil, perhaps trying to palliate a little that heavy sadness I was felling, I started exploring my own nullification, perhaps in reality my own ratification based on the increase of my survival skills given as a gratifying present by the new latitude I where I live and that monetary help sometimes I sent to Colombia. Physically and spiritually distant I thought about what I was and what simultaneously was perceived as what I am under this type of action that was its own result even before it began.

Believing and desiring have been my route foundations. Three long rocky swords injured me and took me away for the first time from my mom; I then started bleeding a green liquid, the one that once accumulated everybody called experience. I went down sometimes following those candid sensations provided by discovering new places, then I went up, and down, up and down and up and down again. Going back to meet her again in order to share what was discovered was always a type of ascending. When I was a student at Bogota, I visited for the first time Monserrate Hill and then I noticed my blood containing some clay and concrete among its previous green nature. I believed then on all the possibilities of my youth, I believed then on a conscious control of my moments.

Over time that control seems to be a ghost; like if the sources of all my previous actions were in fact a sort of causal law existing in order to compensate the temporary equilibrium requested: I was entailed to walk over the mountains with my dad –first sign of the manifest destiny of working in order to be a well breed man- and I did it,  was supposed to study in order to get a better job, and I studied, I was supposed to be married and I got married, to have kids, and my daughters were born, to emit opinions related with family events, and I rejected and accepted cousins, uncles, and other relatives behaviors; I needed to protect my family from Medellin’s Cartel revenge and I left Colombia and flew to The States.

It was necessary to work in another country and I did it, I needed to learn to speak English and I learned it. How can I be conscious of what I’ve done if most of what I have faced it’s been presented in the same way inertia affects a body when is turning its way, body which will return to its previous immobility condition once its then current movement is finished?, all seems to at the end pretty much like a dynamic law. Is someone really aware of what that person is doing when once reached the previous existent equilibrium he or she will be waiting for the next challenge in order to build his or her nature? I asked myself without felling any type or regret but just by the consequences of the mere question. Perhaps repressed desires are not the ones which need to be explored but that transition between motion and equilibrium that seems to have a mysterious participation from the physical realm to the spiritual one. Perhaps the question just needs to be asked, not implying that our decisions are going to be affected.

Suddenly, while I was on that episcopal chapel that looked very alike to a catholic one, I found glass and mirror deposits in my blood; they had stolen those blue sky reflections coming from very tall buildings in order to communicate to the ground through white light lines that the ethereal nature of human dreaming is deeply rooted on the ground.

Two hours after this latitude and altitude collage, I got the call. My mom had died.

I was about to tell my dad that I was on my way when he interrupted me:

―Son, you must stay there ―he said.

When I walked towards that chapel altar that didn’t have a crucified Jesus behind of it I slowly hear some crystals crunches, their sound was in English, Spanish and in a transplanted language known as Spanglish. Languages are vaster realities than those political, historical and geographical entities we call nation,* through them people pray and declare at the same time the constitution of their idiosyncrasy by it; from them people exists. That’s the reason why they happened at any time, everywhere.

__________________

* Octavio Paz in The Nobel Prize in Literature.

Para citar este texto:

Daniel Sosa. “Quixote v/s Superman V” en Revista Sinfín, no. 16, marzo-abril, México, 2016, 62-67pp. ISSN: 2395-9428: https://www.revistasinfin.com/revista/

Daniel Sosa

Consultor empresarial con más de cinco años de experiencia en soluciones de negocios en México y Estados Unidos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *