Al otro lado de la esquina

 

Por cientos de razones políticas, económicas, sociales e incluso morales, este poblado se ha quedado sin habitantes adultos en la edad del trabajo productivo. Los hombres decidieron emigrar dejando a sus esposas con sus hijos; primero, dijeron ir en busca de dinero para mantenerlos, unos a otros se invitaron a ir al otro lado, “dizque allá se vive mejor” fue lo que dijeron algunos como pretexto para continuar el despoblamiento; después, terminó por ser una costumbre que los adolescentes siguieran el mismo destino, las esposas dejaron a los abuelos al cuidado de los niños para ir al encuentro de los maridos y…

Es así como este lugar quedó habitado por viejos y niños, y es donde nuestra historia comienza, en medio de un poblado despoblado, digo bien, en medio, porque justo aquí se encuentra el zócalo con la alameda, guarnecida por una fuente, que alberga a los niños juguetones –¡ah! que no se me olvide– además de la catedral que se alza severa como una vieja gruñona.

Un grupo de niñas y niños, entre ocho a diez años, se reúnen para tramar su siguiente fechoría, uno de ellos, el más alto, propone ir a la casa abandonada, una niña a ver a Don Cuentos, pero los demás se niegan, prefieren ir a molestar a Doña Corajes. Como comprenderán los verdaderos nombres de los adultos a los que se refieren fueron sustituidos por los adjetivos que mejor describía a la persona en cuestión, igualmente, ellos ostentaban sus apodos.

“El Enano” que resultaba ser el más alto y fuerte había sido bautizado Enrique, su abuelita lo llamaba con mucho cariño Quique; era un niño con una recepción emotiva mucho más grande que la de sus conocimientos académicos, algo que enorgullecía a la venerable ancianita, que veía en su rostro de cada mañana la razón suficiente para seguir viviendo. Quique era un niño leal, poseía un no sé qué, que te indicaba que comprendía allende de sus años infantes.

Ramón, mejor conocido por la pandilla como Jefe Ra o Jefe Cantaletas, como dice su apelativo, era el líder; bajo de estatura, de unos diez años,  gustaba de tocar una armónica vieja, que más bien chirriaba, mientras alzaba los pies en una especie de danza antigua. Así iba por la calle, muy feliz de su suerte, no iba a la escuela, sólo había aprendido a leer, escribir y hacer cuentas, trabajaba de vez en vez en el mercado cargando los bultos de los clientes o atendiendo algún puesto, o cuando le iba mejor hacía mandados a los viejos enfermos que pagaban bien por unos cuantos ir y venir, sin embargo, aunque era el más valiente de todos cuantos había, tenía un sólo miedo, un miedo que no era poca cosa ni mucho menos algo para burlarse: su abuelo. Un anciano regordete con voz áspera y que no paraba de dar órdenes, al que no le satisfacía nada, pero por más diferentes que fueran nieto y abuelo, el Jefe Ra había heredado mucho de él. Eso se lo decía todo el mundo: “te pareces tanto a tu abuelo”, aunque él mentalmente los contradecía.

También estaba “la China”, que siempre peinaba su cabello claro en dos trenzas, su nombre Margarita era homónimo al de su madre, vivía con su abuela Remedios que atendía una pequeña tienda de abarrotes que le dejaron los padres de su nieta; tenía dos hermanas, una casada que se había ido como las demás y otra, adolescente, con un mundo tan lejano al suyo que a veces creía desaparecía por momentos muy largos sin que hubiera explicación posible. Margarita usaba continuamente el mismo vestido para ir a la escuela, con manchas en los holanes acumuladas por el uso diario, rematado por un suéter rojo, roto de los codos, cubriéndole el peto de lo que era su uniforme obligado.

“La Maya” o “la Greñuda”, o “la Greñas” a según, se le conocía en su casa como Beatriz, ella chaparrita, rolliza, muy simpática y llena de confidencias, sonreía porque era su sello personal, iba a la escuela, sin embargo, no era tan lista como Margarita que parecía melancólica; tenía un libro grande que le gustaba mucho y que se sabía de memoria, Los Mayas, de ahí uno de sus apodos, en cuanto a los otros se debía a que no gustaba de peinarse y cuando lo intentaba su abuela el peine se rompía; corría enloquecida de vida por el pueblo, no había cosa alguna que no quisiera intentar ni travesura que no saliera de su ingenio.

Y, por fin, llegamos al quinto amigo, al joven lacero de los bosques, llamado a sí mismo el “Cazador Valiente”, pero por sus amigos “el Chiflas”, que fue dándose por diminutivo del Chiflado Aterrador –demasiado largo–, el Chiflaterras –ingeniosos, pero no gustaba–, y terminó en simplemente el Chiflas; era el único que no extrañaba el regreso de sus padres, tal vez porque también era el único que no tenía una foto de ellos cargándolo o mostrándole su cariño y todavía menos una carta con su remitente; el padre se fue cuando la madre estaba embarazada, ella apenas pudo reponerse del parto lo siguió, en lo que se refería a él, se consideraba huérfano, para su mala suerte los abuelos, aún jóvenes, no tenían la misma opinión, sobre todo cuando se encontraban algún insecto por la casa, o cuando los vecinos lo acusaban de robarse una manzana, un pan o lo que fuera que le gustara, ni mucho menos cuando la maestra del colegio reportaba que ese día se había largado de pinta, ¡vaya facha de muchacho!, al bosque, a qué otra parte.

Estos pequeños que coincidían en su amistad tenían otra casualidad: sus abuelos no querían verlos juntos, pues estaban completamente seguros que los otros no eran una buena compañía. Lo que no querían entender era que juntos eran una muy, muy, buena compañía.

En la tarde en particular, que ocupa este relato, los cinco amigos habían decidido ir a la casa embrujada. Cuántas veces habían ido con la esperanza de encontrarse un fantasma, es algo que difícilmente se puede señalar, debido a la falta de conteo entre los niños, aunque es seguro que haya pasado la treintena.

*

El Jefe Ra encabezaba la marcha, tenía una mochila vieja en la espalda y una linterna con muy poca pila alumbrando el camino, le seguía de cerca el Chiflas con una resortera, cuya buena dotación de piedrecillas, recogidas del río, abultaban las bolsas de su pantalón, luego venía Maya agarrada de la mano de la China y, cerrando la comitiva, Quique.

En definitiva, el Chiflas no cree que se pueda encontrar algo, es más comienza a pensar que lo de los fantasmas es puro cuento, que no existen. Pero, si los demás lo creen, pues ni modo, apechuga, aguanta y se muestra tan soberano de la situación que ni percibe ni se entera, en su momento, de la sombra que cubre la luz de la linterna de mano, hasta que el Jefe pregunta “¿lo has visto?” y las niñas respingan agarrándose de Quique.

La casa embrujada era una vivienda de dos plantas, construida de adobe y castillos de madera, con unas ventanas pequeñas en la parte superior de cada habitación, como si fuera una mala réplica de las casonas antiguas y de las celdas de los monasterios, casas como éstas aún se miran en gran cantidad entre las calles de las comunidades zapotecas; estaba sellada en todas sus aberturas con maderas y telas, excepto por una rendija de una de las puerta de atrás que, últimamente, se había ensanchado más; entre las paredes frías de la casa se albergaban algunos muebles rústicos y vetustos que ayudaban a la imaginación de los niños.

Aunque había sido investigada un sinnúmero de veces y muchos niños juraban y perjuraban que habían visto algo, los cinco protagonistas de esta historia no habían encontrado ni rastro de alguna prueba, puede deberse a su natural escepticismo científico o porque su sinceridad les impedía mentirse, el hecho es que si ellos podían dar fe de un encuentro con lo sobrenatural serían los más grandes descubridores del mundo, su foto saldría en los libros de texto, saldrían en la televisión y hasta podrían hacer una película, por esas y otras razones no se daban por vencidos.

Al Enano nunca le habían gustado los fantasmas, ni nada que tuviera que ver con los monstruos, su abuelita nunca lo dejaba ver las películas de contenido “fuerte” porque siempre tenía pesadillas, no entraba jamás a la casa de espantos de las ferias locales y, por si fuera poco, le atemorizaban los ladridos de los perros. El Jefe Ra le tenía mucho aprecio y también una gran dosis de paciencia. De lo que nadie dudaba es que si se necesitaba de su fuerza él podría actuar de acuerdo a las circunstancias. Así que por extraños designios Quique propuso ir a la casa abandonada y después de tanto discutir, todos habían aceptado; tampoco ninguno se había puesto a reparar en estos argumentos, y si le hubieran preguntado, con seguridad, ni él hubiera podido decir por qué tenía interés en explorar el lugar.

–¿Una sombra? ¿Dónde? –Preguntó el Chiflas interesado ante el silencio de sus colegas, luego murmuró para continuar–: vamos a investigar.

El Jefe Ra le hizo un ademán con el dedo para que ya no siguiera hablando, acto seguido le señaló al resto que lo siguieran en silencio. Sólo los corazones bombeaban en aquella vivienda; los pasos, los movimientos eran los propios de un fantasma. Revisaron la parte inferior y nada. Subieron los escalones con los rechinidos indiscretos de la añeja escalera, contuvieron el aliento y el miedo, llegaron a la planta superior e inhalaron las bocanadas más grandes de aire que en su vida hubieran arremetido. Se perfilaron por el pasillo hacia la estancia principal y antes de tocar la chapa, saltó una caja vacía. Los niños gritaron con el aire guardado en los pulmones. Quique dio media vuelta y salió, literalmente, disparado como bala humana por un túnel, mientras la Maya gritaba para que la esperara y jalaba de su amiga que se había quedado petrificada. Chiflas empujaba a Margarita desesperado, pero no podía hacer que se moviera ni un poco. El Jefe Ra les gritó que se fueran, que no perdieran tiempo, que ahí venían; tomó a Margarita de la mano, le susurró al oído y luego ella corrió junto a él.

Al salir y sentir el aire fresco de la calle se miraron unos instantes, después como el entendido de las mentes infantiles se comunicaron y corrieron hacia los confines del bosque, sólo se detuvieron cuando se sintieron seguros.

–¿Qué fue eso? –interrogó el Chiflas.

–Estoy seguro de que eran personas –seriamente, inquirió Ra.

–Eran fantasmas –propuso Bety.

–Sí –apoyó el Enano.

–No sé –anunció tímidamente Margarita.

–Sentí pasos detrás y eran reales, se los puedo jurar –dijo el Jefe.

Pero a las examinaciones profundas y serias de los niños siguieron las bromas y escaramuzas propias de la edad. El Jefe Ra comenzó a tocar su armónica y los demás cantaron, “… bailaremos sin parar”, para olvidar su miedo, “te veré…”

*

Un par de días antes unos hombres habían llegado al pueblo, el más joven de los tres era oriundo de aquellos lares, conocía muy bien las encrucijadas, las familias, los nombres de las comunidades, los sueños y los pecados de los habitantes. Alberto se había ido a la ciudad desde muy pequeño, inició su vida laboral como chalán de microbusero, cuando el chofer fue despedido tuvo que buscar otro trabajo. Entre su larga lista que contrastaba con su edad, ya había sido ayudante de albañil y carpintero, mozo, vendedor ambulante de garrafones de agua y mezcal, paletas de hielo y helados, dulces y cigarros. Conoció a Rafael y a Chano en una noche que no tenía nada que comer, así se hicieron cómplices de pequeños robos y tretas.

Rafael era el más grande y, por lo tanto, “el manda más”, tenía una inclinación muy nefasta por la vida fácil y el crimen. Chano, por su parte, era un buen aprendiz. Estaban los tres en la casa abandonada el día que los cinco niños habían ido de excursión, huían de la policía de la ciudad, después de haber atracado y herido al dependiente de una tienda. Alberto les había propuesto ir a su tierra y ocultarse en una de las casas que dejaban abandonadas los migrantes hasta que las autoridades dejaran de buscarlos.

La casa abandonada que eligieron ya tenía muchos años sin residentes, además no tenía vecinos colindantes; estaba al final de la antigua calle más larga del pueblo, que en otros tiempos alojaba a una fila de comercios listos a ofrecer su mejor mercancía, y que iniciaba al frente del centro de la comunidad; por el otro lado de la esquina, a un costado de su fachada, tenía el camino que desembocaba al río y el cual se adentraba en el bosque, llegando al cruce de los cinco caminos, de donde se podía partir hacia cualquier parte.

Dicho hogar, porque lo fue, era el refugio elegido por los tres delincuentes para esconderse y esperar el momento de la partida; desgraciadamente, era también el lugar de las excursiones de los niños.

–¿Qué demonios fue eso? Dijiste que no habría nadie –cuestionó Rafael.

–Sólo unos niños, nada de qué preocuparse –respondió Alberto.

A toda continuidad de diálogo, siguió una risa dispareja del jefe, quien reflejó en su mirada las intenciones poco sanas de lo que haría si volvía a producirse una interrupción igual.

*

La amistad es algo tan difícil de explicar, que los sabios se toman largas horas de disertación y el llenado de varias hojas para dar medianamente cuenta de su significado, para que unos mocosos vengan y simplemente la vivan, así, sin más, y nos recuerden lo maravilloso que es contar con alguien sin importar la cantidad tan grande de nuestros defectos, porque aunque los tengamos, no es pretexto suficiente para que nos abandonen.

Estos cinco niños eran amigos. Sin importar los peros de su situación, de sus caracteres, de sus pobrezas, de sus heridas, eran las personas más contentas con sí mismas, que las páginas no alcanzarían para relatar todas las historias que se guardaban. Como aquella en que se construyeron una balsa para navegar por el río y que resultó un chasco tremendo, o la vez en que a Margarita la habían puesto a lavar la ropa, guardada en un gran cesto, en la que todos ayudaron, hasta que la abuela los encontró y los corrió a tunda de escobazos e insultos.

Los niños siempre cantaban y bailaban la misma canción, en su idioma, la cual robaron una tarde a un borracho que la sacó de un viaje sin tiempo:

Nos iremos a México,
daremos vuelta en la esquina,
y jugaremos sin descanso,
bailaremos sin parar,
sigue mis pasos
verás que lo harás bien.

Quique tomaba una lata y la hacía chocar contra el suelo, mientras el Jefe Ra tocaba su armónica y el Chiflas, como siempre, se cruzaba y desentonaba según su antojo, las niñas acompañaban en el canto e imitaban el resto de los instrumentos.

Al otro lado de la esquina
Patiando voy por la calle,
Boom, boom, boom, taratata, boom, boom, tataratata…
Al otro lado de la esquina
Boom, boom, boom, taratata, boom, bom, taratata
Al otro lado de la esquina.
Boom, boom, boom, taratata, boom, bom, taratata
Trataratara, taratatara,
Huiremos
y tomaremos nuestro camino,
justo al otro lado de la esquina,
nos iremos a México.

Una canción que por supuesto ya tenía gran cosecha de los niños, quienes ya habían reinterpretado y mal interpretado algunos versos, ajustándolos a su imaginación.

*

Por una semana comentaron el incidente por el que huyeron de la casa embrujada, el tiempo necesario para armarse, nuevamente, de valor. Los amigos comenzaron a planear su regreso, el cómo se defenderían si se volvían a cruzar con los indeseables, lo que necesitarían llevar y qué día sería el mejor para hacerlo.

Entraron a la casa abandonada arriesgando el pellejo, el viernes, según lo acordado. La casa estaba descubierta por los silencios edificados de los escondites sin reparo. Los niños pronto revelarían si lo visto eran fantasmas u hombres. Cautelosamente, se adentraron en la pequeña estancia en donde escucharon la primera vez el ruido, se enfilaron y… pronto descubrieron que aquellos fantasmas eran hombres.

Rafael salió entre las sombras tomando por sorpresa al Jefe Ra. La Greñas agarró del brazo a Quique quien empuñó su mano. Demasiado tarde. Alberto y Chano asaltaron a la pareja. El Chiflas aventó las piedras que traía consigo, dando inicio a una batalla con los objetos que tenían a la mano. Tres hombres contra cinco niños.

Margarita estaba a lado del Jefe Ra que intentaba cubrirla, en lo que ella arrojaba madera, tierra, piedrecillas, polvo, lo puesto a su disposición. Lo que fue insuficiente. Rafael aventó a Ra y la China sólo sintió cómo las manos del enemigo se apoderaban de su ser.

–¡No se separen! Manténganse juntos –gritó Ramón con un hilo de sangre escurriendo de su nariz.

El Chiflas se arrojó sobre las espaldas de Chano pero éste lo golpeó contra la pared y luego le dejó caer una mesa de pino sobre la pierna. La Greñas intentó ayudarlo, pero fue inútil, su pierna estaba rota. La niña sólo pudo moverlo un poco para sacarlo de su prisión.

Mientras, Rafael trepaba por la escalera llevando su presa, Ramón gritaba siguiendo los pasos de aquella fiera voraz. Quique siguió instintivamente a su amigo, dejando –sin percatarse– al Chiflas y la Maya que eran arrastrados hacia la cocina por los dos compinches, para ser encerrados.

En la parte superior de la vivienda se desataba una persecución. Los amigos intentaban liberar a la niña que aterrada, lloraba y pataleaba –Rafael la había llevado a su guarida de cajas arrojándola para ser su alimento–, sin embargo, los chicos fueron alcanzados por los otros dos captores que llegaron al encuentro de su líder. La trifulca se desató en el pasillo. Quique empujó a Chano y golpeó frenéticamente, sin mirar si era un cuerpo humano lo que tenía bajo su magnánima corpulencia o una enredadera de cartones, sin embargo, no soltaba a su presa, preso él mismo de miedo y dolor se negaba a flaquear en su arremetida.

Alberto agarró al Jefe Ra que le pateó en las espinillas y le ofreció un bien acomodado codazo, aquél gritó y sintió hervir la sangre para arrojarse violentamente contra el infante y desequilibrar a Quique que perdió a su verdugo y víctima. Rafael, por su parte, había tomado a la criatura, desposeída de toda fuerza, levantándola sobre el aire para aterrizarla en su nido, e incitaba a sus compinches a terminar de una vez con los amigos.

–¡Corre! –dijo Ramón a Enrique, éste dudo una fracción de segundo, negando con la cabeza, pero notó la desesperación del Jefe y supo que tenía que buscar ayuda.

Bólido, Quique salió sin mirar atrás, sin saber si lo seguían o no, con una sola idea en la mente: tener tiempo para que no pasara nada. Llegó al centro del pueblo, ¡maldita sea!, solo. Corrió a la tienda de Don Cuentos y clamó apenas entrar, el hombre encanecido y con la inclinación del hombre que conjunta pesares, se desmontó los lentes para percibir con atención el terror reflejado en los ojos del niño. Gritó a su esposa para que sacara el machete y fuera a buscar a Jorge que poseía un rifle.

Rafael no perdió el tiempo y rompió las vestiduras de la pequeña, el Jefe Ra intentó con todas sus fuerzas evitar el estupro pero no tenía ninguna ventaja. Chano lo cargó y lo llevó a la habitación contigua. Alberto se había quedado parado como idiota sin saber qué hacer. El Jefe Ra seguía luchando, pero sus fuerzas habían cedido. La impotencia y el coraje estaban en la misma línea, se había dado cuenta que la fuerza de la naturaleza no perdona a la voluntad propia. Al grito de la China se oyó el sonido hueco de una cabeza chocando contra el suelo desnudo. Alberto vomitó y Chano salió para ver. Rafael estaba sobre el cuerpecillo, atacándolo. El Jefe Ra ya no pudo hacer más. Sólo vio como la sangre fluía cubriendo a su amiga. Ella parecía dormida, mientras la bestia la devoraba.

Aquellos segundos congelados habían servido para que Ra corriera, tropezando con los objetos en su camino. Las lágrimas ya no le dejaban ver. Chano jaló a Alberto para indicarle que debían largarse. Rafael que seguía en este mundo volteó con el hocico y el resto del cuerpo manchado de margaritas, pero con la mirada les ordenó lo contrario. La insistencia silenciosa de los cómplices tuvo efecto para que se levantara y planeara escapar.

Ra corrió tanto como sus cortas piernas se lo permitieron, no supo cuánto tiempo estuvo huyendo de sí mismo, con los puños cerrados, como si en un momento u otro necesitase ocuparlos, nada importaba como acrecentar la distancia entre la escena  y él.

No disminuyó su marcha hasta que visualizó a Quique. Entonces su carrera se volvió un trote corto y torpe, sostenido por el resoplo de sus pulmones, detrás imperdonablemente había dejado a su amiga tendida sobre el suelo y la cabeza reposada entre las cajas. Los niños se vieron, en tanto Don Cuentos le preguntaba si estaba bien, a toda respuesta dio vuelta y junto a Quique regresaban. Atrás de ellos venía Don Jorge con su rifle cargado y un silbato clamando a reunirse, encabezando al gentío.

Al llegar a la casa y subir al segundo piso vieron el cuerpo de la pequeña descansando sobre las inmundicias. Las campanelas de la iglesia se oían tan cercanas que estremecían las conciencias. Quique miró incrédulo y Ra ya no pudo más que tumbarse sobre el suelo. El Chiflas y la Maya fueron liberados de su prisión, pero no de su sombrío letargo. Las rapiñas habían conseguido desbandarse por los surcos breñales del bosque.

*

El Jefe Ra corría por la misma línea de árboles, implorando que el dolor cesase:

–Si es que estás ahí Dios ¿por qué no vienes? –era definitivamente un soñador, que se ahogaba con los desprecios de la ignorante mirada. Dolor más profundo ya no había. El llanto no le ayudaba. Dios no estaba presente. Ya no correría ni jugaría más. El dolor a los diez años, como lo embargaba a él, era infinito. Gritaba a los cielos que lo ayudaran, ¡imploraba piedad! Pero dios estaba ausente, como siempre lo estuvo para él. El Jefe Ra se tumbó bajo el haya, porque algo le dijo que aunque corriera ya no serviría de nada.

–Por favor –suplicaba entre sollozos–, ya no más… hoy no… Sólo, hoy no… –Las lágrimas se encimaban a las anteriores… pero ya no podía más. Era inevitable, su respiración se apaciguaba, su mente se vaciaba, parte de su vida se le iba con ella… El dolor pasaría. ¿Cuánto dolor se puede soportar a los diez años? ¿Quién puede explicarlo?

A su ruego llegaban sus tres amigos para tumbarse juntos en el pasto y contemplar el cielo. No volverían a separarse. Los años corrieron, los cuatro amigos a su lado. Ramón siguió tocando la misma armónica vieja y, a intervalos de resoplidos, cantaba la misma canción:

Te veré al otro lado
de la esquina del cielo,
justo al dar la vuelta:
Estarás tú.

Envejecieron, al llegar a la tierra de los muertos se unió a los viejos, Margarita, también encanecida…

Fotografía por Victor Matías
Fotografía por Victor Matías
Para citar este texto:

Matías Rendón, Ana. “Al otro lado de la esquina” en Revista Sinfín, no. 2, noviembre-diciembre de 2013, México, 65-78pp.
https://www.revistasinfin.com/revista/

Ana Matías Rendón

Sin lugar de origen ni destino. Escritora. Es hacedora de imágenes con las palabras; Ghostwriter, para ganarse la vida y filósofa, porque no le queda de otra. Blog personal: https://anamatiasrendon.wordpress.com/

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