Axayacatl

In Quexquichcauh maniz cemanahuatl, ayc pollihuiz itenyo yn itauhca in Mexihco-Tenochtitlan.
—Memoriales de Culhuacan

¡Y allí van! Con fuerza, con alegría, con ímpetu. ¡Allí van las huestes nahuas! Los gloriosos mexicas marchan con sus dardos y sus escudos; resuenan sus sandalias, levantan polvo a cada paso. Llevan el arco tenso, miran al sol y le suplican ayuda, le prometen sangre a cambio.

¡Allí van, allí van! Suenan las caracolas, los tambores rugen y todos gritan con algarabía. Allá, al oriente van los jaguares, los señores de la noche, que rugen y desgarran; con qué orgullo muestran su piel manchada. Acá, en el poniente vienen las águilas, con la frente y el pico en alto, dispuestos a morir antes que deshonrar a nuestra gente. Y en medio, haciendo temblar toda la tierra, van los de la cabeza rapada, ¡ah! Aquellos que juraron no dar un solo paso en retroceso. Todos marchan, todos ríen, todos cantan en nombre de Huitzilopochtli, el zurdo colibrí.

Pero de todos ellos, ¡uy! El más fuerte, el más hermoso es Axayacatl, ¡mira esas plumas! Su cabeza se viste de arcoíris, sus pies se visten de oro, su macuahuitl es el más brillante. ¡Miren su escudo! Ricas plumas de quetzal lo protegen de la flecha enemiga.

¡Allí va, allí va! Es el niño que se hizo hombre, es el digno heredero de sus abuelos, ¡míralo allí! Su pecho de algodón brilla bajo el sol; sólo él es digno de su sangre, de su abuelo Moctezuma el flechador del cielo y de su abuelo Itzcoatl, la serpiente de obsidiana, quienes lo miran orgullosos desde la región de los muertos. Él, sólo él puede guiar la alianza tripartita; sólo él, quien siendo casi un niño hizo caer Tehuantepec, quien con sus propias manos quitó el aliento al señor de Tlatelolco, ¡él! El único que puede llevarnos a la victoria frente al poderoso imperio michoacano.

¡Allí van! Con él marchan los aliados; los texcocanos marchan con orgullo, liderados por Netzahualpilli, el hijo del hambriento coyote; también van los tecpanecas que habitan las tierras de Tlacopan, liderados por otro escudo humeante. Todos van marchando, dejando atrás a su pueblo, a la gente que los despide entre cantos de alegría y lágrimas de incertidumbre y nostalgia: ¿Cuántos habrán de volver? “Ay de mí. Quizás nunca más te vuelva a ver, niño mío” se escucha por doquier.

Y al final va el resto de los aliados, son 10, no, ¡20 mil hombres que marchan con orgullo! Detrás de todos van los vasallos de la zona chinampera, los otomíes, los que vienen de las lejanas tierras de Oaxaca obligados a ayudar a engrandecer la gloria de Mexihco-Tenochtitlan.

Han salido ya, han abandonado el ombligo de la luna. Se acabaron los cantos y las flores, ahora sólo queda el silencio y los nervios por estar fuera de la zona del dios tutelar. Axayacatl ya no marcha al frente, reposa en la litera en que lo transportan. Tampoco son los orgullosos mexihcas quienes lideran la expedición: los aliados siempre deben ser los primeros en caer.

¡Y allí van! Están llegando a Tollocan, es hora de alimentar a los dioses; es hora de demostrar quienes son los que con la punta del dardo han sido amamantados. Porque aquí nadie teme a la muerte en guerra.

¡Y la sangre corre! No saben a dónde huir. Todos lloran, se lamentan, sus templos se doblegan y humean ante las huestes nahuas. Las mujeres suplican protección; los hombres derrotados son arrastrados, los valientes mexihcas los llevan de los cabellos en señal de victoria. ¡Han atrapado mil! ¡Dos mil guerreros para el sacrificio! Y el dios del agua se relame los bigotes con hambre y antojo.

¡Allá van! Han conquistado Toluca y otros pueblos mientras los tarascos tiemblan, pero no se echan para atrás; el michoacano es muy hombre, como hombre es el mexicano; por eso necesario es ya ponerles un alto, Axayacatl nuestro señor sabe que se están engrandeciendo.

¡Así que allá van! Las victorias que han tenido los motivan, Axayacatl siente que tiene la victoria en sus manos. Han dejado atrás Xiquipilco, han penetrado ahora en territorio michoacano y nuestro señor ha escuchado que el Cazonci mismo entrará en batalla para tratar de detenerlo.

¡Allí están! Son más de 10 mil cabezas michoacanas, pero Axayacatl no se intimida. Antes bien, se baja de la litera y se viste con su traje de guerra. ¡Hay que verlo! Sus pies vuelven a brillar bajo el sol, el ropaje le llena de un azul turquesa su entrepierna y se cubre el pecho con la armadura de madera y algodón. ¡Ah! Su penacho brilla como las estrellas. Se fija la aljaba en la espalda, la llena de flechas; su diestra porta el lanzadardos y su siniestra el poderoso macuahuitl destructor de señoríos. Esta vez se encuentra al frente; esta vez quiere ser el primero en hacer correr sangre purépecha.

A su espalda está su ejército, han detenido el paso a varios metros del enemigo para acomodarse: liderando el frente están los honderos, cargados de piedras, a los flancos están los flechadores, dispuestos a mantener a raya al enemigo. Tras los primeros están los que portan los mazos y las dagas. Al final están los músicos, quienes motivarán y guiarán a la Triple Alianza a una nueva victoria.

Se acerca el amanecer, en el horizonte el humo de las fogatas anuncia que los tarascos están listos para el combate, la alianza nahua hace lo propio. Al fondo, entre las más de 20 mil cabezas se escucha un sonido extraño, desgarrador, terrible: es el silbato de la muerte.

El sonido de mil almas gritando y sufriendo corrompe el silencio del amanecer, es el sonido de la muerte del enemigo; de la victoria de los mexihcas y sus aliados. Enfrente, los tarascos tiemblan ante aquel estruendoso ruido, todos excepto el que está al frente: es Tzitzipandacuare, el gobernante que no sólo conoce, sino disfruta el sonido de la muerte.

Tlahuizcalpantecuhtli, el sol naciente, termina de salir: frente a frente, los dos gobernantes más poderosos del mundo se miran y se retan con las miradas. ¡Ay! Nuestro señor Axayacatl se mueve y sus emblemas de poder brillan áureamente bajo el sol.

El mexicano insulta al michoacano, el michoacano ofende al mexicano: se recuerdan a sus madres, a sus muertos. Es la forma en que se enardecen para entrar más bravos al combate.

Están furiosos, no resisten más. ¡Mira esa lluvia! Son las piedras nahuas que buscan perforar cráneos; mas los cascos tarascos son duros. Es hora de entrar en la batalla.

¡Y allí está! Todo nuestro ejército, nuestra gloriosa alianza despliega su poder. Los arcos se doblan y disparan. ¡Míralos caer! La sangre michoacana corre y alimenta a nuestra madre Tlaltecuhtli.

Nuestro padre Axayacatl con maestría destruye huesos con el macuahuitl y atraviesa almas con sus flechas, ¡Ah! ¡Qué gusto da verlo con sus plumas imponiéndose ante el enemigo! Pero…

¡Ay! El señor de los michoacanos también causa daño, también nos está diezmando. ¡Y allí lo ve! Sus miradas se han cruzado, el paroxismo de la batalla ha comenzado.

Se acercan, se miden, se rugen y se escupen. Axayacatl lanza una flecha y el silbido de la obsidiana atraviesa el viento, destruye el escudo de Tzitzipandacuare. Éste le responde con igual ofensa y ¡le da en el pecho! Pero su escudo de algodón lo ha protegido, aunque el impacto le hizo retroceder un tanto.

Se arranca la flecha y corre a atacarlo, ¡y brillan! La obsidiana de sus armas brilla bajo el sol, sus cascos y sus escudos truenan y hacen temblar la tierra misma. ¡Ay! Los dos son como dioses peleando por el bienestar de su pueblo.

¡Desgracia! ¡Desgracia! Nuestro señor Axayacatl ha sido herido. Su casco del dios Huitzilopochtli ha sido destrozado y su pierna sangra. ¡Cojea! Ha perdido fuerza y velocidad. ¡Ay, qué desgracia! Está siendo humillado por Tzitzipandacuare y no es Axayacatl sino Huitzilopochtli quien cae de rodillas frente a Curicaueri.

¡Desgracia! Las huestes purépechas se embravecen al ver a su señor derrotar al nuestro y nos presionan, ¡nos arrinconan! Su gobernante está a punto de capturar a nuestro señor, ¡pero allí están! Son nuestros guerreros más valientes los que rodean el cuerpo herido de su jefe y con sus escudos al frente lo arrastran para protegerlo.

¡Huid! ¡Huid mis guerreros! ¡Sálvense! ¡Sálvenme! Nuestro padre, nuestro guía ha caído y cada vez somos menos. ¡Ay! Cómo me duele ver a la serpiente ser desplumada, cómo sufro al ver a nuestros hombres perder algo más que una pierna.

¡Llora! ¡Se lamenta! Ha sido salvado sólo para ver al ejército más grande caer por vez primera. ¡Ay, qué desgracia! Incluso aquellos que se raparon la cabeza y juraron no dar un paso atrás están muriendo al ver fallida su promesa.

Los caracoles suenan, los tambores y los silbatos dan la indicación de retirada y Axayacatl no puede sentirse más lastimado. ¡Desgracia! Eran más de 20 mil y ni siquiera cinco mil cabezas gachas vuelven ya.

¡Y aquí llegan! En Tenochtitlan ha llegado la mala nueva antes y los esperan ya. Son recibidos entre cánticos tristes y lamentos. Quienes más lloran son aquellas madres que se han quedado esperando a sus hijos hasta la salida del conejo y no los vieron aparecer; son esas mujeres que se quedaron esperando al marido que nunca volvió; son esos niños que algún día olvidarán el rostro de quienes les dieron la vida.

Pero, sobre todo, ¡ay! El pueblo entero llora y se lamenta por su padre Axayacatl quien regresó sumamente herido. Quizás viva y nos regrese la luz de las victorias; quizás no logre sobrevivir y se vaya allá, con sus abuelos, donde será bien recibido, pues esta derrota no mancha su grandeza.

Yo por mi parte, juglar de estas tierras, me retiro por ahora, deseoso de que nuestro glorioso ejército se recupere, deseoso de pronto poder presenciar más y mejores días, de relatar las hazañas que Tonatiuh aún nos tiene reservadas…

Porque en tanto permanezca el mundo, no acabará la fama y la gloria de Mexihco-Tenochtitlan.

Fuente: INAH
Gilberto Blanco Hernández

Soy Gilberto, estudié la carrera de Historia en la UNAM y actualmente me dedico a la docencia, impartiendo las clases de Historia universal, Historia de México y Geografía. He publicado de manera independiente los libros El Castillo Amarillo y otros relatos de terror y locura (2017) y Adoradores de Dagón (2019). Actualmente trabajo en mi tercer libro de cuentos.

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