Bruja mariposa

Para Ana Rocío Esparza

Un ruido me despertó a las 4 de la madrugada. Cuando abrí los ojos alcancé a vislumbrar que algo se movía entre mi cama y mi escritorio. “Qué asco, otra vez se metió un ratón”, fue lo primero que pensé. Me incorporé haciendo ruidos con mi cobertor San Marcos de tigres siberianos en un intento absurdo de ahuyentar al supuesto roedor. Entonces me di cuenta de que en realidad se trataba de un animal volador.

Aquella cosa papaloteaba desesperada alrededor de la lámpara de luz LED de mi escritorio que por descuidado dejé encendida. “¡Es un murciélago!”, pensé aterrorizado y salté de la cama para prender la luz del cuarto.

—¡Ucha, ucha, vete de aquí, rata voladora! —le grité recio.

Y sí empezó a volar, pero chocó varias veces contra el techo y luego contra mi cama, hasta que aterrizó sobre mi almohada, donde se quedó inmóvil. Fue entonces que me di cuenta de que aquello era una enorme mariposa negra.

—¡Ya valí verga! —grité al ver sus grandes alas posando sobre mi almohada envuelta en una funda de florecitas rosadas.

Recordé que años atrás mi amigo el Chelis me contó la leyenda que existe alrededor de esos tétricos animales.

—Si una mariposa negra entra a tu casa significa que se avecina la muerte de un ser querido —me dijo serio, casi llorando— a mí ya me pasó dos veces, primero cuando una entró a casa de mi madre para anunciar la muerte de mi abuela, que sucedió la noche siguiente; años después, otra mariposa negra se posó sobre el hombro de mi abuelo mientras veía la televisión en la sala, a los pocos minutos se quedó dormido y el día siguiente ya no despertó.

“¿Será ésta mi sentencia de muerte?”, me pregunté con horror viendo al animalejo inmóvil. “Seguro significa que me va a dar Covid-19 y me voy a morir en un hospital del IMSS, en completa soledad y rodeado de lonas de plástico”.

“¿Y si la mato?”, me pregunté mirando al enorme bicho que se mantenía quieto y desafiante sobre mi almohada, “así seguro detengo el mal augurio”. Del perchero agarré un paraguas y espeté un par de golpes a la almohada, pero no atiné a darle al animal, el cual volvió a volar, para esta vez posarse en el atrapasueños de colores chillones que tengo en el techo.

—¡Maldita! —le grité encabronado y empecé a darle golpes con el paraguas al atrapasueños en un intento desesperado de matarla.

Entonces escuché un fuerte grito.

—¡No la mates!

Era Mariana, mi rumi, a quien despertó mi batalla contra la mariposa negra.

—No le hagas daño, ¿no ves que es Cordelia? —me dijo suplicante.

Recordé que un día antes me habló de una tal Cordelia. Me dijo que fue su mejor amiga durante toda su adolescencia, que iban a la secu y a la prepa juntas y los fines de semana se escapaban para acampar cerca del río, donde hacían su propia fogata y jugaban a ser brujas. Hasta que una oscura noche Cordelia desapareció. Durante los siguientes días y semanas, ella y la familia de Cordelia la buscaron por todos lados, pegaron carteles con su foto y datos personales por toda la ciudad, llenaron las redes sociales con posts donde suplicaban que les dieran información si sabían algo de ella, incluso salieron en un reportaje sobre mujeres desaparecidas que se difundió en todos los noticieros de Tv Azteca; pero jamás dieron con ella. Fue como si a Cordelia se la hubiera tragado la tierra.

Los siguientes diez años Mariana los pasó extrañándola, hasta que comenzó a aparecerse en sus sueños.

—En mi sueño de ayer me dijo que vendría —susurró Mariana sin dejar de mirar a la mariposa negra —me dijo que pronto sería nuestro reencuentro.

—Ya, Mariana, qué cosas dices —le dije preocupado.

—Es verdad, a la gente normal se les aparecen las mariposas negras para anunciarles la muerte próxima de un ser querido, pero entre brujas todo es distinto.

—¿Brujas? —le pregunté ahora asustado, mirando cómo entraba en estado de trance.

—Sí, Cordelia fue quien me inició en las artes ocultas y a partir de ahora volverá a guiar mi camino.

Las lágrimas comenzaron a salir de los ojos de Mariana.

—Yo también te quiero, Cordelia —le dijo sollozando a la mariposa negra.

En ese momento el bicho gigante se despegó del atrapasueños y comenzó a volar alrededor de Mariana. Se detuvo unos segundos sobre sus mejillas, como si intentara limpiarle sus lágrimas, y luego voló hacia la ventana para salir a la oscuridad de la noche.

—¡Voy contigo! —gritó Mariana y salió corriendo del departamento.

—¡Mariana, regresa! —grité yo.

Pero no me respondió.

Un extraño presentimiento me llegó de golpe estrujándome el corazón. Supe que debía bajar, así que me puse mi cubrebocas y salí a buscarla al callejón.

—¡Mariana, se te olvidó tu cubrebocas! —grité mientras bajaba las escaleras sosteniendo con mi mano derecha un cubrebocas tan negro como la bruja mariposa.

Cuando salí del edificio no vi a Mariana por ninguna parte. “No puede estar muy lejos”, pensé caminando hacia la esquina, donde grité su nombre con la esperanza de que respondiera. La busqué por todo el callejón, pero no había rastros de ella. Era como si a Mariana se la hubiera tragado la tierra.

Entonces, cuando estaba por entrar de nuevo a mi edificio, dos mariposas negras comenzaron a volar a mí alrededor. Una de ellas se posó brevemente sobre mi cubrebocas y luego emprendió un alto vuelo junto a la otra, perdiéndose en el cielo como si jugaran entre las luces de los faroles y los rayos de la luna.

Desde esa noche no he vuelto a ver a Mariana.

Helder Ariel
Helder Ariel

Historiador en arte y literatura.

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