Cuando vino la tempestad

Sobrevino la tempestad y arrastró los escombros de lo que fue, pero nada dejaba presagiar su llegada. En el principio, la naturaleza floreció repentina, imponiéndose sobre las estaciones por venir, despojando el entorno de los pésames, cancelando todo recuerdo de los inviernos, cuyos rastros fueron aniquilados por el poderío incontrastable de la flora y su magnificencia. La música atragantó el silencio, declarando el perdurar aparentemente eterno de la alegría sin compromisos. La noche y el día confundieron su esencia, pues por fin la búsqueda milenaria e inalcanzable entre la luna y el sol encontró un lugar y un momento para sellar sus amoríos. Las golondrinas se apoderaron de los cielos, desterrando los cuervos hacia sus cuevas y los buitres hacia los yermos del fin del mundo. Las mariposas amarillas pintorrearon los aires de color y el olor a frutas sahumó hasta los callejones sin bautizo.

Y ellos, perdidos en la imperceptibilidad del tiempo, desprovistos de cualquier interés por enterarse del mundo a su rededor, consagraban la eterna primavera de la que no eran testigos ni víctimas, sino autores, reconciliando sus labios después de cada fugaz despedida.

Sobrevino la tempestad y barrió los colores, y no le costó fatiga porque las tonalidades ya iban despojándose de su calor, pero tuvo que guardar paciencia. Por la época que siguió el comienzo, todo mantenía su brillo vívido, poseído por un variar constante proyectado hacia el hallazgo de su mejor matiz. El mundo era presa de una transformación sempiterna que no preveía desgaste, pues la decadencia se había olvidado de la definición de sí misma, inebriándose del vahaje marino que invadía hasta las lejanas cumbres inexploradas, derritiendo los hielos de sus soledades. La alegría reveló su poderío sin fronteras. La música se deleitaba en descubrir sus notas, variando sus arpegios para encontrar la perfección melódica que merecía el momento. El sol y la luna seguían juntándose en sus pasiones, execrando la existencia de cualquier dualismo natural que pudiera apartar el uno del otro, vestigios de un pasado a estas alturas inconcebible. Las mariposas amarillas se reproducían sin parar, rellenando el aire con centelleos resplandecientes que presagiaban la pasión borrascosa, en crecimiento constante, que abrigaba su manantial desnudo y su concepción de todas las criaturas.

Y ellos, despojados de razón y juicio, convencidos de que el entorno se había sometido al fragor de sus vehemencias, se empapaban en sudor de rosas y lágrimas de ímpetu, aprendiendo a descubrir cada palmo de sus cuerpos en el frenesí de los amores novatos, hasta encontrar el acmé de su bienestar compartido, intentando eternizarlo para seguir revolcándose en él. 

Sobrevino la tempestad y se llevó los últimos hálitos sahumados, pero necesitó esperar hasta que las grietas del tiempo revelaran su vulnerabilidad. La efervescencia de los perfumes empezaba a ser suplantada por el imperceptible avanzar de la rutina olfativa, y los colores ya habían chocado con la definitividad de sus formas, estancándose en un limbo aún desprovisto de horizontes. La música siguió tocando, pero perdió su brío innovativo, acomodándose a la intachable firmeza de las partituras. La alegría retrataba los confines de su reinado, cediendo territorios a la conquista inarrestable de la normalidad. La luna y el sol todavía rehusaban abandonar el uno los brazos del otro, raptados por el sigilo de la búsqueda sinfín finalmente alcanzada, pero las repercusiones de su simbiosis empezaban a fomentar las dudas. Las mariposas amarillas abandonaron sus quehaceres y distracciones, renunciando a su peregrinar, dirigiéndose todas hacia la cuna que les había otorgado la vida, atiborrando el departamento diminuto, vuelto mansión por la furia pasional de sus inquilinos.

Y ellos, todavía invulnerables a cualquier variación del espacio y a cualquier concepción del tiempo, responsables de todo cambio en los dogmas y leyes que regían el universo, espantando con sus movimientos a las mariposas amarillas que saturaban la pieza, pero reflejándose en su resplandor, se regocijaban en su intimidad compartida, desasosegados por la búsqueda del placer propio dentro del placer del otro, barajando sus reencuentros físicos con largos momentos de distanciamiento mental, empezando inconscientemente a delinear el paulatino aislamiento de sus corazones. 

Sobrevino la tempestad y redefinió la esencia de las cosas, pero no antes de que las cosas empezaran a redefinirse por sí mismas. Los colores retrocedían desahuciados, mero memento de su inicial resplandor, destiñendo las tardes estancadas para retornar derrotados hacia el prisma exuberante que había concedido su espectro. Los perfumes férvidos desaparecieron, cediendo el paso a la llegada de cualquier aroma, y hasta a la espantosa ausencia de olores. La música se conformó a la monotonía de unas cuantas melodías repetidas, confinadas en la periodicidad cíclica de un tocadiscos sin alma. La alegría aceptó repartirse el día con la nostalgia y la evocación del tiempo que fue, pues hasta ella misma, contagiada por la vaguedad que confundía los sentidos, vacilaba a la hora de recordar su forma y eje. La luna y el sol, sabios observadores del presente, descifraron muy pronto el futuro, y se prepararon entre lágrimas galácticas y sollozos astrales al beso que había de sellar su despedida. Las mariposas amarillas empezaron a caer al suelo, demacradas en el espíritu por la clausura a la que habían sido condenadas. Poco después empezó el otoño, cuya reaparición pareció un espejismo de una realidad pasada.

Y ellos, desconociendo su influencia sobre los acontecimientos del mundo y las consecuencias de sus actos, divididos por ladrillos de humo que disponían muros frente a sus miradas, intentaban sostenerse firmemente el uno al otro, asiéndose a los fantasmas de sus propias pasiones, buscando evocar un otrora distante perdido en un espacio de allende, suplantado por la actual monotonía de la costumbre, deludiendo sus propias expectativas y extraviando la esencia de los recuerdos.   

Sobrevino la tempestad y desbarató las ilusiones y arrebató las certezas, pero sólo después de que estas fueran debilitándose por el clamor del olvido. Los colores se despidieron de sus pinceles, abandonando el entorno al avance inarrestable del herrumbre mortífero. La música perdió su compás, despistando las voces que se unían a su coro. Los olores huyeron acongojados de las ventanas, buscando otras grietas que dejaran infiltrar sus aromas. La alegría se dirigió hacia otros páramos, rendida para siempre al despotismo de la nostalgia. El día y la noche volvieron a escindirse, relegando la luna y el sol al antiguo escarmiento de la distancia. Las mariposas amarillas comenzaron a estrellarse en las paredes, buscando la muerte para huir de la desgracia en la vida. Cuando la última cayó al suelo, sosegada por el vislumbre del anhelado fin, todo cambió. El clima se volvió áspero y descontrolado. El frío abrasador y el calor gélido jugaban a repartirse el día, alternándose sin sentido ni rigor, terminando por confundirse el uno con el otro. El panorama se volvió desierto, una tierra baldía que no conocía ayer y no preveía mañana. Áridos yermos de arena y cándidas landas de hielo se apropiaban alternadamente del paisaje, mientras la negación de la vida afirmaba constante su soberanía. En muy poco, todo fue un desierto sin voz, inhospital y desalmado, plagado por la inclemencia de la soledad compartida, que escarmentaba los atrevidos aventureros con suplicios y condenas, desarraigando su pasaje en la tierra de la memoria del mundo. Los buitres retornaron hambrientos, buscando despojos donde clavar sus picotazos, y los cuervos volvieron a apropiarse de los techos y las chimeneas.     

Y ellos, mientras el mundo se volvía amenazador y hosco, mientras su alrededor se derrumbaba oprimido por su propio peso, distanciados en el cuerpo y en el espíritu, al borde del báratro del disgusto hacia el otro, en un último intento de revivir las brasas de lo que fue, trataban de alimentar el fuego apagado de sus deseos desaparecidos, huyendo de la infertilidad que los ceñía para refugiarse el uno en el imaginario del otro, sin encontrar senderos que los guiaran hacia el antiguo bienestar, destinado al exilio de la indiferencia.

Ahí fue cuando sobrevino la tempestad. Brotó de sus pupilas para derribar el mundo que se reflejaba en ellas, o la memoria de ello, desmigajando las ilusiones con todas sus ficciones, arrojando todo recuerdo de la música y los colores, los olores y las alegrías, barriendo los lúgubres escombros de las mariposas amarillas. No encontró resistencia sino rendición y complicidad. Y todo volvió a ser lo que siempre había sido. Y ellos, escoltados por las convicciones de su recuperada autarquía, cuando la arrogancia del amor fue suplantada por la arrogancia del despecho, y cuando el despecho se volvió frialdad, volvieron a ser íngrimos desconocidos en busca de otro afín.

Giacomo Perna

Nací en Nápoles, Italia (1993). Me gradué en la Università degli studi di Napoli “L’Orientale”, presentando una tesis sobre la relación entre realidad y ficción en la obra “Cien años de soledad”. Actualmente estoy estudiando un Máster de Literatura en la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Cuento con un libro publicado en Italia por la editorial Bookabook, cuyo título es Caffé Nudo. Desde hace un tiempo me deleito escribiendo en español.

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