El color es luz

Es más fácil ser una promesa de veinte años que un fracasado de cuarenta, pensaba mientras intentaba aclarar el color. Era muy poco lo que había en el nuevo lienzo. Apenas algunas casas a lo lejos, y en primer plano, a la izquierda, un enorme rectángulo blanco. Un gesto irónico hacia sí mismo, porque era exactamente lo que tenía enfrente: un enorme rectángulo sostenido por varillas.

Desde que entró a la escuela de artes solía subir al techo a pintar, pero ahora era prácticamente imposible. Estar ahí en ese momento era una especie de reclamo, o berrinche, por el espectacular que su padre permitió que les instalaran en casa unos días atrás. Justo cuando pusieron la lona encima de la estructura, él se percató de que uno de los pocos proyectos suyos que le gustaban, el de hacer cada tanto, desde el mismo lugar, un paisaje de la ciudad, se había malogrado. Su padre no aceptó ningún reclamo: vivían en una calle transitada y les hacía falta dinero.

Les hacía falta dinero, le reprendía, porque él llevaba demasiado tiempo viviendo ahí, sin aportar un centavo para la manutención de la casa. Lo poco que ganaba lo gastaba en material: plumillas, pinceles, botes de acrílico, hojas y lienzos. Eso, o en salidas con la novia.

El maldito espectacular le bloqueaba la vista de la ciudad, que apenas hace unos días se dedicaba a observar y registrar. A modo de paisaje. Quería pintar tantos cuadros que le permitieran reconstruir el panorama que veía desde la azotea, a partir de la línea y el color. Miraba ahora uno de los que le parecían mejores. Varillas salidas: líneas tensas elevándose al cielo. Tanques de rotoplás: manchas negras en una continuidad sin orden, pero implacable. Tendederos: curvas amplias, interrumpidas por prendas de colores que se arrugaban y revolvían a merced del viento. Techos de lámina: la línea formaba con detalle cada hendidura. Había también casas en obra negra, color cemento, con formas irregulares creadas sin querer por la pintura descarapelada. Algún pájaro extraviado: una mancha, apenas una insinuación. Un árbol solitario: tonos de verde y amarillo emergiendo como una deslucida esperanza. Por último, a lo lejos, edificios enormes, que se insinuaban con una sombra perdida entre nubarrones grises. Apenas se podía intuir que el cielo alguna vez fue azul.

Ahora, nada. Sólo la parte trasera de un espectacular tapando la vista. Dejó el lienzo que estaba observando y se acercó al anuncio. Lo miró de lado, por no arriesgarse a caer. Era publicidad de champú. Una mujer enorme, morena, de labios rosas y cabello castaño, anunciaba una botella aperlada de plástico, prometiendo “elasticidad, brillo y renovación”. En medio del escenario, parecía un chiste.

El techo había dejado de ser suyo. Una estrategia más de su padre para exigirle que se fuera de la casa. Un refugio menos. Además, el día anterior la novia lo había cortado. Él creía que fue por un excompañero de la universidad; ella puso de pretexto que últimamente lo sentía avejentado. Eso le dijo. Él tenía treinta y dos, aún no los temidos cuarenta. Pero en las artes todo es tan apresurado, uno deja de ser joven tan pronto; día a día se va perdiendo la capacidad de sorprender a la gente. Además, se le estaba acabando el tiempo para casi todas las becas.

Aspiraba una bachita para bajar el coraje, sentado en las escaleras que subían a la azotea. Quedaba muy poco. Muy poco de todo, en general. Incluso aquel sueño recurrente se iba haciendo difuso. Soñaba de vez en cuando con una chica en un tren. Donde él vivía no había trenes. Ni él conocía a esa chica. El sueño era una postal, una estampa lejanísima.         

Esa noche, tal vez la siguiente, fue a una fiesta. Un pretexto para salir por un rato del encierro. Un buen lugar para conseguir contactos. Tal vez alguno de sus viejos compañeros de la universidad podría ayudarle. De verdad necesitaba conseguir trabajo, pero también necesitaba seguir pintando. Debía existir alguna forma: ilustrar por encargo, volverse asistente de alguien famoso, dar algún taller. Alguna oportunidad.

Tomó un sorbo del jugo mágico que le ofrecieron al entrar. Fiesta de artistas, a fin de cuentas. Lo bebió sin preguntar porque no quería pensar en nada. Le resultó al revés: el jugo estaba mejor adulterado de lo que pensaba. En otro momento, lo habría entusiasmado que le regalaran drogas, tan caras que son. Pero justo ese día no se sentía estable. Se puso a bailar para sentirse mejor; el sitio no ayudaba.

Luces y sonidos estridentes, música de esa que juega con el tiempo y se distiende en lapsos muy largos, como un resorte que se estira y cuando se suelta no puede sino explotar; mezclada a ratos con esa otra que por mucho tiempo no dice nada, y está colmada de silencios, que poco a poco va llenando, hasta meterse en todo el cuerpo. Alguien dijo por ahí, ya bájenle a sus drogas, se escucharon risas y la música se fue calmando. Pusieron de la normal, pop, con vocalista. Un alivio.

En medio de ese descanso fue cuando la vio. Cabello largo, suéter gris. La chica del sueño. Se quedó pasmado. No estaba tan puesto, él tenía experiencia con esas sustancias. ¿Sería parte del viaje? De pronto su cuerpo empezó a moverse sin avisar hacia donde ella estaba. De pronto estaban hablando, y la música se fue haciendo cada vez más suave. Alguna fuerza invisible le puso una pantalla roja al foco que alumbraba la pieza. Todo estaba ahora pintado de ese color.

¿De qué hablaban? Comenzó a angustiarse. No podía ser real, no podía. Hacía apenas unas noches ella era un sueño. ¿Qué hacía ahí esa extraña, hablándole como si nada? De la plática se le quedaron sólo recuerdos insustanciales, como si efectivamente estuviera soñando. La música se puso lounge, empezó a acompasarse en cuerdas, en voces que declaraban o pedían amor. El color rojo les encendió los ánimos. La gente en la fiesta bailaba pegadito, tropical. Casi podía sentir la brisa del mar tocándole la cara. Por fin dejó de pensar y se dejó llevar. Naturalmente, ellos dos se besaron en algún momento de la noche.

Durmieron juntos encima de una alfombra, compartiéndola con varias parejas. Él se levantaba a cada rato, a veces para quitarle a ella de encima las manos de otro. A veces sólo para mirarla, para constatar que seguía ahí. Iba aterrizando poco a poco de la droga, y ella seguía ahí.

Más tarde ella se levantó. Le dio los buenos días y le sonrió. Después le pidió que salieran de ese lugar: ahora venía la cruda y limpiar y sacar a los que seguían borrachos, y no quería ayudar. La verdad tenía mucho que hacer: ir a visitar algunos sitios importantes, comer en algún restaurante, comprar libros. Su avión saldría en sólo dos días.

Cuando la escuchó pronunciar estas últimas palabras, se le revolvió el estómago. Dos días. Se iba en dos días. Las palabras se quedaron en el aire, mientras ella se alejaba hacia la salida. Él se apresuró a alcanzarla. La tomó del brazo y la miró de una forma que él mismo sintió demasiado implorante. Ella se alzó de hombros, resignada a seguir otro rato con compañía. ¿Conoces el café de los balcones? Él dijo que no con la cabeza. Vamos, te gustará. Lo condujo por varias calles con facilidad. En el camino le contó muchas cosas de la ciudad que él ni imaginaba. Le contó de lugares: museos, monumentos, parques, librerías; y de sensaciones: gente, comida, música, fiestas. Parece que yo soy el extranjero. Ella sonrió.

El lugar era muy austero: el mobiliario era de aluminio, el café apenas alcanzaba un sabor cargado y amargo. Pero la vista era increíble. Para llegar ahí tuvieron que subir siete pares de escaleras angostas. Debajo todo se veía diminuto. El aire refrescaba, apenas comenzaba el día. Ella parecía tranquila, aunque sobre los dos pesaban las horas faltantes de sueño, y el beso de la noche anterior. Desde la mañana, apenas si se habían rozado los brazos, al caminar por la calle. No había caso, ella se iba para siempre, y eso era tan evidente que sólo hablaron. Hablaron mucho. De la familia de cada uno, de sus planes, de sus países. Ella tenía una hermana y vivía con su mamá. Estudiaba biología, y quería conocer todo el mundo. Venía de un lugar donde, efectivamente, había trenes. Él llevaba demasiado tiempo viviendo con su padre, quien a decir verdad parecía no quererlo. No conocía nada de su ciudad. No sabía qué iba a pasar con su vida.

No hagas tanto drama, dijo ella. Todo lleva su tiempo. Uno a veces avanza sin darse cuenta. El café se terminó más rápido de lo que él hubiera querido. Pagaron cada quien la mitad y se despidieron en la entrada. Después de platicar tanto, ¿no le iba a dar siquiera el teléfono, el correo, nada? Ella negó con la cabeza y sonrió. No quiero, y no hace falta, le dijo. Él insistió, te puedo ayudar a llevar tus cosas al aeropuerto. Ella respondió, con un tono de voz que no dejaba lugar a réplicas, y que de algún modo sonaba cortante, pero no agresivo, yo puedo llevarlas sola, gracias. Le dio un beso, y se fue.

Él caminó un rato, sin rumbo. Subió al metro y recorrió una línea de ida y vuelta. La gente fue subiendo y bajando, mientras él seguía quieto, sentado en un asiento al fondo del vagón. Se sentía extraño, entre extasiado y confundido. Como un chavito de quince años después de su primera cita, pensó. La idea le dio risa. Estaba sonriendo para sí cuando un vigilante le pidió bajar del vagón.

Ahora está en casa, sentado encima del espectacular. Sus piernas se mecen sobre la frente de la modelo que anuncia champú. No está dibujando, ni fumando, ni nada. No hace nada más que ver. La droga se fue hace mucho tiempo. Quizá lo mantiene despierto el café. O tal vez la preocupación por encontrar un lugar a dónde ir, ahora que su padre lo ha corrido de forma explícita, dejando en la entrada varias cajas con sus pertenencias dentro. Muchas se maltrataron, seguro. Sobre todo los papeles y los tubos de pintura guardados sin tapa. Pero esos detalles, que en otro momento lo pondrían neurótico, ahora no le importan demasiado. Es más, ni siquiera está molesto, mucho menos enojado. Se ocupa sólo de mirar, con esa satisfacción de quien sabe que todo se ha ido al carajo y hay que comenzar otra vez. Observa el atardecer donde la luz, esa que ha tratado de capturar en todo lo que pinta, por fin se rinde, se distiende a la altura de sus ojos. Deja de ser esa insistencia deslumbrante en lo alto, ese sol que quema al mediodía, que le da a las cosas un color que es imposible mirar de frente. De tarde la luz siempre es más amable. Lo vuelve todo más cálido y deja un rastro iluminado a su paso, un espectro que va del amarillo al azul de la noche, pasando por el naranja y el violeta. Tonos que van variando todos los días, en todos los lugares. Ningún atardecer es igual a otro. Ninguna ciudad es igual a otra.

imagen "El color es luz", cuento de Olivia Teroba

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