El conjuro

Cristóbal Girón Cabrera

 

 

I

Las campanas del pueblo anunciaban la misa de gallo, doce campanadas para celebrar el final y principio del año. El padre Jobias avanzaba penosamente subiendo las escalinatas del antiguo templo, como era habitual, contó 15 mosaicos antes de llegar al altar principal.

Esa madrugada la estancia del templo estaba iluminada profusamente, un extraño silencio reinaba en el interior. Sorprendido, buscó en las bancas del templo a los habituales feligreses; las voluntarias catequistas que formaban el coro, los entusiastas jóvenes que alegraban el recinto, los indigentes que ya eran parte de la feligresía, La iglesia estaba vacía. Bajó del altar mayor persignándose ante la imagen del cristo monumental delante del cual oficiaba misas, las baldosas resonaban al fluir de sus pasos. Salió al atrio,  una solitaria paloma revoloteaba alrededor del farol que iluminaba el patio.

Lo demás era vacío, el aire quieto, frío, lento, como vahído, enfermo, calaba hasta los huesos. Temblando volvió al templo, sudoroso a pesar del frío que penetraba hasta su cálida sotana, atrancó la puerta de las oficinas parroquiales. Un padre nuestro ininteligible brotó al principio de sus secos labios, hasta convertirse en letanía plañidera. Cerró los ojos, recordó.

Un mes antes, había llegado al pueblo, con la fama acumulada de exitosa actriz, la ahora retirada Lucía Xul. Acompañada por un par de individuos de torva mirada, se hospedó en el único hotel del pueblo, donde sentó sus reales y cada tarde era vista recorriendo la plaza. La gente observaba con sorpresa y curiosidad  el aspecto de la mujer, quien ahora ofrecía sus servicios como una gran vidente, oficio que aprendió después de haber perdido popularidad como actriz.

Desesperada después de su fracaso, se refugió en  los temas esotéricos, durante muchos años se sumergió en la lectura de libros arcanos, acercándose a infinidad de grupos místicos y religiosos, hasta que dio con la pequeña cofradía.

Al principio dudó. “La cofradía del péndulo herético”, existía desde tiempos remotos, se decían herederos de la sabiduría de antiguos y reconocidos Maestros y afirmaban esperar la profecía que les daría vida eterna.

La profecía rezaba así:

“In rubrum luna” Las semillas de la vida, renacerán, al día siguiente del final del mundo, quien las posea tendrá vida eterna”

Se decía que existía un conjuro junto con un rico tesoro, que había sido conservado desde tiempos inmemoriales en misteriosos pergaminos, guardados celosamente  en algún lugar, un pueblo en el extremo norte del país cuya ubicación solo era conocida por el grupo de ancianos que custodiaban la cofradía. La ambición de Lucía Xul despertó. Los pergaminos  y el tesoro debían ser suyos, la belleza y sensualidad que aun poseía, subyugó y sedujo a la pequeña fraternidad y entregaron el secreto que protegían.

Ese día, en la capital del país amanecieron en las calles los cuerpos desangrados de cinco ancianos, cuyos rostros habían sido devorados por algún animal extraño. El crimen nunca se esclareció.

A la llegada de Lucía Xul al pueblo, la noticia tímida y silenciosa inundó las calles, aceras, jardines y la plaza; de boca en boca se extendió, era tema de sobremesa, el pueblo se llenó de rumores. Desde la periferia hasta el centro, el murmullo se convirtió en grito, el fin del mundo llegaría el 31 de diciembre de ese año.

Los rumores afirmaban que las agencias astronómicas del mundo entero habían ocultado el hecho en un principio, pero ésta no se pudo  ocultar  más, hasta que un oscuro analista de inteligencia divulgó el hecho.

¿Cómo es que esta noticia enloqueció a este pueblo pequeño y alejado de los grandes centros urbanos? Nadie supo, sin embargo, la sicosis colectiva inundó las casas. Desató escenas dantescas, compras de pánico, suicidios colectivos y divorcios.

En la iglesia, las matronas del pueblo, asustadas, llegaban a pedir al padre Jobias, consuelo espiritual, los feligreses se agolpaban en el atrio para confesarse y pedir expiación a sus culpas, la muchedumbre abarrotaba diariamente la iglesia, el sacerdote apesadumbrado, no lograba frenar ni tranquilizar a la gente. El alcalde propuso un consejo para investigar los rumores, al día siguiente apareció muerto. Esta noticia aterrorizó al pueblo, que angustiado, clamó el esclarecimiento del hecho.

En las calles, Lucía Xul se paseaba exhibiendo su madura belleza, el pronunciado escote aumentaba sus curvas voluptuosas, los hombres enloquecían al mirarla y se obsesionaban con ella, las matronas murmuraban a su andar. Los días pasaban inmisericordemente, misteriosas muertes se sucedieron una a una, todos hombres misteriosamente desangrados.

 

II

El 30 de diciembre, amaneció con  cielo nublado, un extraño calor asolaba el pueblo, una angustiosa semioscuridad dominaba todo. Las sombras temblonas de árboles y casas aumentaban la sensación de desamparo. Alguien soltó el rumor. La mujer era la culpable -¿qué casualidad que a su llegada las cosas empezaran a cambiar en el pueblo?-, la muchedumbre enardecida se amontonó a la entrada de la posada donde vivía Lucía Xul, quien en el momento de los gritos repetía el ritual macabro de todos los días, baños de sangre humana fresca para conservar su belleza. Descubierta buscaba huir del lugar, sus guardaespaldas intentaron detener a la turba pero  fue inútil, terminaron atravesados por azadones y con el cráneo destrozado.

La mujer aterrorizada, gritaba clamando ayuda, fue arrastrada y apaleada hasta el atrio principal de la iglesia, la pira en la que planeaban quemarla comenzó a arder, los gritos de la multitud eran histéricos, ella suplicaba clemencia, más golpes y azotes eran la respuesta, alguien arrojó una piedra al cráneo de la mujer, un machetazo rebanó las bellas mejillas antes sonrosadas, el voluptuoso cuerpo que provocaba el deseo de los hombres del pueblo, fue pateado hasta la saciedad, y su largo cabello crespo y negro fue cercenado de un machetazo.  Imploraba piedad: era en vano.

Ausencia-Sinfín 15
“Ausencia”. Fotografía de Martín Tonalmeyotl

El padre Jobias asustado salió corriendo en el momento en que la pira empezaba a arder con la mujer encima, cuyos aullidos de dolor estremecían y enardecían más al pueblo. Empuñando la cruz gritó: “Deténganse, por el amor de dios, esto es un crimen, hijos míos, se condenaran, eternamente”; empujaba a la gente que se empezó a hacer a un lado.

Lucía Xul, enloquecida aullaba gritando de dolor:

―La profecía se cumplirá, serán arrasados, infames, asesinos, ¡miren, miren! ―señalaba al cielo―, la destrucción empezó ―en el horizonte una luna llena enorme, roja como desangrándose, abarcaba el cielo―. Mañana será el fin, serán castigados ―los gritos de espanto y la sorpresiva luna, asustaron a la muchedumbre que corrió hacia sus casas para tomar objetos de valor y abandonar el pueblo, quedándose vacío. El fin se acercaba.

El padre Jobias aterrorizado, logró detener el fuego que abrasaba a la mujer, quien al ser liberada, corrió trastornada calles arriba, aullando y maldiciendo al pueblo.

 

III

La fina seda que cubría las paredes de la abandonada casona a mitad del pueblo, fue arrancada de tajo. En la oscuridad, desencajados ojos buscaban.

Un murciélago rompió el pesado silencio que abotagaba el lamento de los espíritus de la noche, la mujer musitó una antigua maldición. Secándose el sudor  y la sangre que brotaba de su rostro mutilado en esa extraña noche de fin de año, un rayo de luz iluminó súbitamente la pared de piedra antigua del lugar, su mirada se topó con el tesoro y los pergaminos, objetos de su búsqueda, fue un momento revelador, su mirada vidriosa y extraviada tembló, las comisuras de sus ajados labios esbozaron una tenue sonrisa. Rió a carcajadas, enloquecidamente.

En su parroquia, el padre Jobias aislado, rezó toda la noche, implorando la ayuda divina, hasta quedar dormido.

La mujer salió corriendo de la vieja casona, sus dientes chirriaban mientras avanzaba a pasos agigantados sobre la avenida abandonada y oscura. Entre sus manos sostenía una vasija, cuyo contenido protegía celosamente; sus pequeños y menudos pies rebotaban contra el duro pavimento.

En su apestoso y desordenado refugio levantó la vasija y brindó al horizonte, lo había conseguido. Desenrolló el antiguo pergamino que encerraba las secretas indicaciones. Debía seguir el arcano conjuro.

Cuando el sacerdote despertó, una extraña luz marrón invadía todo, asustado, abrió los amplios ventanales de la parroquia, la paloma seguía revoloteando alrededor del farol ya apagado.

Lucía Xul sostenía en sus manos la vasija de antiquísima porcelana que contenía las semillas de la mítica planta, que según la leyenda preservaba la juventud y la belleza eternamente, el ritual afirmaba que debían cultivarse con los primeros rayos del sol del primer día de ese año.

Amanecía, un gallo lanzó un grito agónico y destemplado. En el horizonte, una enorme nube rojiza y densa de humo contaminante  bloqueaba los rayos del sol en perpetua noche.

 

 

 

 

 

Para citar este texto:

Girón Cabrera, Cristóbal. “El conjuro” en Revista Sinfín, no. 15, enero-febrero, México, 2016, 60-63pp. ISSN: 2395-9428.

 

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