El Día Final

Despierto, estaba sonando la alarma molesta que me lastima los oídos cada mañana. Era ese día, ese día que deseaba tanto que no llegara. Había dormido poco, la noche se me hizo muy larga y bien separada de su madrugada oscura. Estiré los brazos, las piernas, el torso, flexioné mi cuello y me senté a la orilla de la cama.

Estaba ahí, con la vista en mis pies, que eran sostenidos por la alfombra beige de la habitación. Supuse que no tenia otra opción que enfrentar la realidad. Sabia que este día llegaría, que no podría escapar, que las mejores cosas que conseguí hoy iban a desaparecer; iban a ser sustituidas por las peores cosas que también conseguí.

Me puse de pie, descalzo caminé hacia el baño. Mi reflejo en el espejo, mis ojeras, mi boca seca y mi cabello revuelto. Abrí la llave de agua fría, mojé mis manos y me las llevé a la cara ¿Soy yo? No me pude reconocer en la imagen que me escupió el espejo.

Tomé mi cepillo de dientes, tallé mis dientes minuciosamente, me bebí un poco de agua y la escupí. Traté de ver en mi espejo algo nuevo que hubiera pasado, algo que la noche me hubiera dejado como marca en la piel. Nada.

Caminé hacia la ventana de la habitación, abrí las cortinas, me asomé por la ventana. Entró el aire, respiré. Se podía ver el centro, la plaza, la vieja librería de usado, la cafetería, el puesto de periódicos y la calle extendiéndose hacia el sur. Encendí un cigarro y miré fijamente hacia el cielo, hacia donde el humo buscaba un escape. Yo no podía escapar.

Es el día, lo repetí, es el día. Entré de nuevo, busqué entre mi ropa algo poco formal, algo sencillo, que no llamara mucho la atención; playera de manga corta, jeans deslavados, mis converse de mil batallas y listo.

Bajé las escaleras, cautelosamente como si alguien estuviera en la sala, o en la cocina. Claro que no había nadie, pero pronto vendría alguien. Sabía que este día llegaría. Tomé un plato serví cereal y después vertí leche. Me senté a la solitaria mesa con mi plato enfrente. Silencio. Ya ha amanecido y hay un silencio. Silencio. Ni un maldito pájaro silbaba esa mañana, no me sorprende por la naturaleza del día. Maldito día. Comí despacio el cereal, sorbí la leche de la cuchara. Hasta la última gota de leche me bebí. Como si no fuera de nuevo a probar la leche con cereal.

Me levanté y llevé mi plato al fregadero, pude ver por la ventana ese árbol que desde hace un mes parece secarse. Jodido día, con sus horas lentas, con sus minutos desgarrantes. Me puse a lavar mis platos sucios, hace mucho ya no lo hacia. Llevaban coleccionándose en mi fregadero más de una semana. Terminé de lavarlos, miré a mi alrededor, mi cocina es demasiado pequeña. Un refrigerador pequeño, una estufa de dos parrillas, mi fregadero y en medio una mesita donde desayuno y ceno. Volteé a ver mi pared, el reloj marcaba las 9:30. Dios, la mañana apenas sigue en sus inicios. Este maldito día sigue en sus inicios. ¿Hasta cuándo pasaría lo que temía? Bueno, técnicamente ya pasó; llegó la luz a este día. Pero el día viene con algo, con ese cambio, con esa visita.

Caminé hacia mi sala, me senté en mi viejo sillón, tomé un libro que había encontrado en mi librero hace dos días: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. No era la primera vez que lo leía, pero me volvió a llamar la atención al revisar mi biblioteca personal. Fue un poco raro encontrar el libro de Stevenson tan cerca de los libros de Simone de Beauvior. No es que piense que deban relacionarse, sino que el orden de mi biblioteca es por mis aficiones juveniles. Tampoco admito con esto que he llegado a una edad considerablemente madura. No lo sé, todo se iba a acabar este día.

“Esta es la verdadera hora de mi muerte, y lo que venga después no me concierne a mí, sino a otro.” Al terminar de leer estas líneas, la puerta sonó. Muy ad hoc, tal vez coincidencia. Cerré mi libro, me levanté de mi sillón y lo aventé al mismo. Caminé tan inseguro hacia mi puerta, sería alguien que viene a preguntar sobre mi suerte, será el vecino a decirme que mi coche está obstruyendo su entrada.

Giré la perilla y abrí mi puerta despacio. El sol entró y fue dividido por una sombra, esa sombra. Una sombra que era familiar para mis ojos.

Saludé a esta persona y, sin invitarla a pasar, entró y caminó hacia mi sala, vio mi libro de Stevenson, sonrió de manera sarcástica, lo apartó y se sentó ahí. Cerré la puerta de mi casa, volteé a ver el reloj en la pared de la cocina. Ya era el mediodía, pensé si realmente a mediodía pasaría esto. La respuesta estaba sentada en mi sillón, esperando a que fuera a hacerle compañía.

Me quedé de pie sosteniendo todavía la perilla de mi puerta, la persona ya estaba sentada en mi sillón y yo en mi puerta estupefacto. Algo hizo que el silencio se quebrara y que mis sentidos se agudizaran, la voz de esta compañía incómoda, por primera vez emitió un ruido que cruzó la sala hasta mis oídos.

–¿Por qué demoras? Muy difícil será cerrar una puerta y percatarte que es mediodía.

Hice un esfuerzo por contestar pero nada pude pronunciar. Me moví, caminando lento hacia la sala, me senté justo enfrente de mi sillón que había sido asaltado por esta persona. Mi libro estaba en la mesa, a un costado. Al sentarme el recién llegado suspiró.

–¿No pensarás que vengo sólo a sentarme y ver tu pésimo gusto en decoración verdad?

No sabía qué responder. Abrí la boca para hablar, pero me interrumpió.

–A veces pensamos que las cosas se mantendrán de una manera y no de otra. Creemos saber que lo bueno es esto y no aquello. Pero, ¿qué hay de ti? Solitario como tú solo. Te refugias en tus libros, tus novelas de terror y suspenso, por no decir de tu afición a las películas documentales.

Me miró fijamente, creí sentir un escalofrío. Contesté.

–No pienso tampoco que las visitas sean siempre en ayuda o beneficio del anfitrión, aun así estás aquí.

Claramente noté una inconformidad en él.

–Estaría de sobra decirte que ya sabías que llegaría este día, ya anticipabas mi visita. Eso le quita el argumento a tus palabras.

Demonios. ¿Tenía razón? Si no, entonces, ¿por qué no encontraba la respuesta?

Empecé a jugar con mis dedos, parpadeaba y sabía que él analizaba cada movimiento que yo hacía. No había escapatoria. Me levanté, sentí como su mirada me siguió por la sala, subí las escaleras hasta llegar a mi habitación, busqué mis cigarros y volví.

Ahora estaba de pie. Entonces le dije:

–La verdadera razón de que las visitas sean o no tratadas con amabilidad es por la primera impresión que se da al llegar. No fuiste muy amable al entrar sin esperar invitación.

Él se quedó mirándome mientras yo encendía un cigarro. Volteó a ver el sillón y se sentó nuevamente. Empezó a hablar.

–No creo que todo lo que tengas aquí esté completo. Esta casa, tus libros, la pequeña mesita en tu cocina. Piensa, que si no te faltara nada, bueno, no sería interesante mi visita y no temerías por eso.

Ya sabía bien eso. Las buenas cosas que conseguí fueron siempre sobre las malas, no permití nunca hacerme de las malas cosas.

–Debes estar harto de no saber qué pasará. –Agregó con una voz pesada que resonó en mis oídos.

–No sabes cuánto me ha torturado pensar que llegaría este día.

Me miró fijamente, se puso de pie y sacó de entre su saco un reloj de arena. Lo puso justo encima de mi libro de Stevenson.

–Nada queda ya, éste es el precio que debes pagar por tener sólo las buenas cosas, por ver sólo el lado bueno de la vida. Todo lo que tienes lo tienes a medias. Así mismo vives a medias y creo que entenderás, que mis entrañas señalan, que también debes vivir media vida.

Me quedé viendo el reloj, demonios; el reloj existe. Fumé mi cigarro y me acerqué. En el momento en que me senté enfrente de él, se levantó.

–Debo irme, te dejo encargado este reloj, volveré cuando el último grano de arena caiga. Prepárate, aunque para serte franco, no hay nada que puedas preparar.

Se deslizó hacia la puerta y finalmente salió, azotándola.

Me quedé pasmado, mi cigarro se consumía entre mis dedos, me temblaba la mano, mis ojos no dejaban de ver el reloj y en mis oídos aún se escuchaba la puerta azotándose.

Me levanté de golpe, quería aventar todo, quería correr, quería romper aquel medidor de tiempo. Sabía que aunque escapara corriendo, me volvería a encontrar la sombra. Al reloj le faltaba poco para terminar su conteo. Calculé la hora en que el último grano de arena caería. Era inútil.

Fui a la cocina a buscar una botella de alcohol y hallé un whisky que serví en un vaso grande. Me lo bebí rápidamente, no era valor lo que buscaba, quería inconciencia.

De pronto me vi al espejo y pensé que no era correcto pasar este día así. Entré en mi habitación y busqué una ropa más formal, cambié mi playera de manga corta por una camisa arrugada, mis jeans deslavados por un pantalón de vestir y mis converse por unos zapatos viejos.

Pensé que, para recibir de nuevo a mi visitante, tendría que mejorar mi apariencia. Sabía que no serviría de nada, nada cambiaría, todo seguiría su curso.

Me acosté en mi cama totalmente desganado, las fuerzas habían desaparecido, las ganas de salir corriendo ya habían desaparecido y el techo de mi habitación tenía un imán para mis ojos.

Cerré mis ojos un momento que se transformó en varias horas. Soñé mi otra vida, una vida donde yo sufría mis desgracias y las acompañaba con mis alegrías, o tal vez era al revés. No era tan mala una vida así. Ya no podía entender por qué había preferido vivir sólo lo bueno y dejar de lado lo malo. Pero ahora que mi media vida había pasado, de que había vivido a medias: no tendrían lugar las lágrimas, no había dolor, nunca lo hubo, ahora tampoco podría decir que viví bien.

Me incorporé, miré hacia mi ventana, ya el sol era tenue. Salí de mi habitación, bajé las escaleras lentamente como si quisiera evitar ver lo que había en mi sala. El reloj, ahí seguía. Fui directo hacia la cocina y al ver la hora, 6 de la tarde, sentí un escalofrío, miedo, tenía una rara extrañeza de soledad y tristeza.

Entonces serví dos vasos de whisky, justo en ese instante la puerta sonó, igual que a mediodía.

Salí de la cocina con los dos vasos en las manos, pasé hasta la sala y los dejé en la mesa justo a lado del reloj y de mi libro de Stevenson.

La puerta volvió a sonar más fuerte. Suspiré, me dirigí a la puerta, giré la perilla y abrí la puerta despacio. Ahí estaba esa sombra. La sombra que era familiar para mis ojos. Saludé, y sin invitarla a pasar, entró y caminó hacia mi sala. Se sentó en el sillón y yo cerré la puerta, volteé a ver el reloj: las 6:05. Esta vez la hora sí era la correcta, ahora sí sucedería todo lo que temía de este día.

El silencio se rompió de nuevo.

–¿Por qué te demoras? Llegué un poco más tarde para evitar esta demora y aun así no se puede evitar. ¿Qué voy a hacer contigo?

Quise contestarle pero preferí callarme, no tenía nada que responder y no era necesario. Me dirigí a la sala, me senté en el mismo lugar que la primera vez. El reloj había terminado su conteo. El último grano había caído ya.

–¿Ese trago es para mí?

Preguntó con voz melancólica.

–Sí, creo que antes podríamos bebernos estos tragos ¿no crees?

Mi voz la escuché quebrada, mis pensamientos se arremolinaban en torno al vaso.

–Bueno a decir verdad, ya no nos queda mucho tiempo. Los beberemos pero que sea rápido.

Tomó un vaso que se llevó a la boca. En un instante desapareció el whisky, como si se hubiera vuelto invisible.

Yo estiré la mano y alcancé el otro vaso, bebí un sorbo sólo para ser interrumpido por el intruso.

–Qué agradable es tu casa, creo que quien se la quede tendrá mejor gusto que tú en decoración y la hará ver como un verdadero hogar.

–No puedes negar que cada cuchitril puede ser un hogar, es cuestión de sentirse seguro.

Me miró fijamente, suspiró, se levantó rápidamente y tomó su reloj para guardárselo en el saco.

–Éste ya no es tu hogar; ya no te sientes seguro aquí, desde que llegué.

Bebí mi whisky, de nuevo, hasta la mitad. Me levanté, mis piernas se sentían débiles, mis fuerzas eran menos.

–¿Qué pasará ahora? Pregunté viendo hacia el libro de Stevenson.

–Tú sabes bien, es hora de irnos.

Antes de poder decir algo más, la garganta se me cerró, mis piernas flaquearon al grado de no poder sostenerme, mi mano soltó el vaso de whisky, mis oídos percibieron un silencio envolvente, sentí la ausencia del aire y mis ojos dejaron de ver con claridad, sombras, luces; ya no estoy en mi casa, escuché mis latidos, sentí frío en mi pecho, algo me aplastó el abdomen, ya no sentí mis extremidades, ya no tuve pensamientos; mi mente dejó de pensar:

“Esta es la verdadera hora de mi muerte, y lo que venga después no me concierne, sino a otro.”

Xochikojtle ´Árbol florido´. Fotografía de Martín Tonalmeyotl
Xochikojtle ´Árbol florido´. Fotografía de Martín Tonalmeyotl
Alberto Cruz

De Coyoacán, en la Ciudad de México. Estudiante de Comunicación y Periodismo en la Universidad Latina Campus Sur del Distrito Federal. Interesado en la actualidad, temas sociales y culturales. Escritor de cuentos o pequeños textos, así como ensayos y notas periodísticas.

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