El guardián de los libros

Recuerdo la Semana Santa de mi infancia. En especial de los jueves y viernes santo: bañarse desde temprano, ir a misa, rezar-orar-rezar y regresar a casa a ver películas de corte religioso: Cristo, María, El Judas Iscariote y Poncio Pilato en papel estelar. Conforme fui creciendo dicha costumbre la fui perdiendo, y ahora después de haber crecido y hacer a un lado la creencia, más no la fe, salí a las calles de la ciudad en dónde veo a otros niños que de igual manera se dirigen a la iglesia de mi barrio. Me subo al transporte, le doy el diezmo al chofer, sigo vigilando desde lejos a los niños, pero voy perdiendo la silueta de los que se dirigen a poner un poco de su fe en eso, en ese algo, que no termino de comprender o siquiera de creer.

La unidad avanza lentamente. El chofer sube el volumen de la radio y la canción del momento armoniza sus oídos y, desinteresadamente, el de los pasajeros. Me senté cerca de la puerta, pues siempre el viento que sube al transporte me armoniza el viaje, por más lento que el mundo avance. Esta vez no cargué con ningún libro, pues ahora me dirijo a una venta masiva de libros en donde algunas editoriales exponen los libros que han sido difícil de vender o que de plano no han sido despachados en largo tiempo, aunque la oferta haya caído en el tres por uno. Sin embargo, más allá de dicha venta, es la reunión que acordamos con amigos de letras y risas. Acordamos vernos en un punto estratégico para ir a escarbar en las mesas y anaqueles de la venta de libros, pues como tenemos en común la lectura, la investigación y el resguardo de ciertos autores, obras y momentos históricos afines a dicha rama de las humanidades. Tener con quien compartir dicha exploración sabemos que nos armoniza más como individuos, pues frente a la deshumanización en que el mundo gira, sólo queda respirar profundamente y mantenerse ecuánime.old-books-14

El viaje en el transporte no cambia: pasajeros que suben y descienden; de pronto es mi turno y a paso redoblado me sumerjo a las instalaciones del tren subterráneo que debo tomar de manera cotidiana. Afortunadamente, al ser un día de asueto, los mares y ríos de gente son invisibles. Sólo algunos de ellos se distinguen por llevar maletas y ropa de turista que quizás visitarán el lago, el bosque o el desierto de la ciudad. Todos subimos por las escaleras y nos adentramos a los vagones naranjas que nos llevarán por las profundidades de la ciudad que albergan las creencias de todos y de nadie.

En el recorrido un niño con su mamá pelea, los vendedores de cuanto producto innovador no se hace esperar, y hasta un violinista interpreta sus mejores acordes para que un moneda pase a su bolsillo y pueda comprar el pan y vino que limpia nuestros pecados de indiferencia. Dentro de lo más hondo de la ciudad vamos los pasajeros y de pronto el color naranja subraya el nombre de la estación en la cual debo descender. Las puertas se desplazan para que bajen los curiosos, los lectores y compradores compulsivos que no está de más adquirir un libro a bueno precio. Las escaleras parecen infinitas, aunque con ayuda de las mecánicas, la escalinata es más amena, el tiempo para conquistar el mundo, resulta más fácil. Al llegar a la cima, nuestros corazones deberán seguir bombeando la fuerza para dirigirnos al exterior, que iluminado con todo su esplendor, armoniza los árboles y a los perdidos vendedores de helados que se han dado cita a la venta de letras, aunque su producto es distinto al objetivo de nuestro recorrido. Ellos permanecen ahí, para ser igualmente bendecidos por una moneda que seguirá sirviendo como plegaria para reconfortar la fe de este jueves.

El vasto y enorme inmueble como todos los años, tiene las puertas abiertas y sus visitantes ya llevan en las manos, las bolsas con algunos ejemplares de autores tan famosos como Márquez o Murakami, otros llevan apenas un libro en la mano, pero saben que esa lectura ha sido un hallazgo, por estar en el momento justo, aunque sea  debajo de la sombra del estante y del librero que decidió poner al disfrute de curiosos y doctos. Al comenzar a ver los títulos y nombres de las portadas encuentro algunos conocidos, sonrió por recuerdos de otros que ya leí y disfruté. Me congratulo de ver a otros que no he leído, pero sé que me aguardan para que nuestro momento de intimidad se lleve a cabo en alguno próximo respiro. En ese instante, subo la mirada, veo a mis amigas de letras y salón de clases que rozan y hojean libros. Ellas, llevan algunos ejemplares de teorías, otros de ilustraciones y nombres de peso que nosotros conocemos y con quienes compartimos cierta intimidad. Intercambiamos el saludo, el beso de costumbre. De manera conjunta, comenzamos el recorriendo de los estantes. En la caminata, nos ponemos al día y recomendarnos otros autores. Yo rasco los estantes y me encuentro con lectores y reinterpretaciones de la obra y vida V. Wolf; por fin adiestro al oso que se divierte por las cañerías todas las noches; finalmente me reencuentro con el guardián del hielo, con el que me contó un secreto que me detuvo el corazón: “No se puede amar lo que tan rápido fuga. / Ama rápido, me dijo el sol”*, en ese instante, una lágrima casi se escapa por mi mejilla, por volver a leer las líneas que no he olvidado en ningún momento, por fortuna ahora se quedaran conmigo y en algún lugar de mi librero, pues el guardián de libros he sido yo, y para este remate de letras he podido encontrarlo para resguardarlo justo como el agua se reguarda en el hielo.

Mis compañeras y confidentes, seguimos deslizándonos por los estantes de la venta de libros. Tomamos y abandonamos otros, seguimos añorando nuestro encuentro con otra lectura, y otros amigos de letras que no pudieron acompañarnos, quizás el reencuentro vendrá pronto, y quizás, sólo quizás traiga con ellos otro autor y lectura que no se fugará, y aunque tengamos un transitorio encuentro podremos amarlo para siempre, y esa, será nuestra cruz.

*Versos de “El guardián del hielo” de José Watanabe.

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Fotografía de Gabriel Chazarreta
Para citar este texto:

Pineda Moreno, Michael Yahve. “El guardián de los libros” en Revista Sinfín, no. 17, mayo-junio, México, 2016, 20-23pp. ISSN: 2395-9428: https://www.revistasinfin.com/revista/

Michael Yahve Pineda Moreno

UAM-Azcapotzalco. UACM-Cuautepec. Narrador, ensayista y performancero. Cursó el posgrado “Especialización en literatura mexicana del siglo XX”, por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco (2014-2015); Estudioso de la teoría literaria, los estudios de género, masculinidades, y teoría Queer, mismos que le han abierto las puertas en Congresos y Coloquios a nivel nacional e internacional enfocados en dichas reflexiones. Actualmente ejerce por sobrevivencia el freelance, es colaborador de la Editorial La Décima Letra. Vive en: https://arrobamaikadvance.wordpress.com

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