El muchacho de los diez millones de dólares

—¿Te gustaría ganar diez millones de dólares? —le preguntó aquel muchacho millonario a través del chat.

Emily leyó la pregunta una y otra vez en la pantalla de su smartphone y no pudo evitar sonreír. ¿Podía confiar en él? ¿Era en verdad quién decía ser? La joven volvió a revisar la red social del sujeto, le gustaba la manera cómo vestía, cómo se veía frente a la cámara. Le atraía mucho ese rostro joven y bien bronceado, esos ojos oscuros pero luminosos y esa sonrisa perlada y siempre feliz. Leyó los comentarios que sus amistades compartían en su perfil, todos tan bellos como él. Revisó además las impresionantes fotografías de sus viajes alrededor del mundo; los carros de lujo que manejaba, los yates y aviones privados en donde festejaba. ¿Era todo verdad?

—¿Por qué yo? —se animó a preguntar cuando creyó que había guardado demasiado silencio.

—Tengo el don de saber quién puede ser capaz de ganar un millón de dólares.

—¿Y yo puedo ganar diez? Ja, ja, ja.

—Todo depende de ti.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Matar a tu mejor amiga.

—Ja, ja, ja.

—Hablo en serio.

—¿Estás bromeando?

—No. Tu amiga, ésa con la que sales en el perfil… ¿se llama Samantha no?

—Sí.

—Bueno, ella. Si la matas, te doy diez millones de dólares.

—No me gusta este juego.

—No es un juego. Si quieres diez millones de dólares, tienes que hacer algo que no pueda hacer cualquiera.

Emily cerró la aplicación. Su padre había doblado la esquina del colegio. Le faltaba sólo un año para acabar la secundaria. Bajó del auto, se despidió de su padre con un beso en la mejilla y caminó hacia su aula. En el camino, recibió un mensaje de Samantha quien le preguntaba si había estudiado para el examen de matemáticas. Ella respondió que sí.

***

El sonido de la llegada de un nuevo mensaje la despertó. Ella tomó su teléfono y vio que se trataba de ese muchacho millonario.

—Han pasado dos días ¿vas a hacerlo? —le preguntó.

Ella decidió no contestarle. Todo aquello no era más que una locura. Sin embargo, la cifra de diez millones de dólares seguía rondándole en la cabeza. ¿Qué son diez millones? ¿Qué puedo comprar con ese dinero? ¿Una mansión, un carro, un viaje a Europa, cuánto cuesta todo eso? Imaginaba cifras, hacía las sumas y las restas. Cogía su teléfono y comenzaba a buscar en Internet los precios de esas casas de ensueño, de autos cuyos motores ronronean, de esa entrada súper VIP con visita a los camerinos de sus cantantes favoritos; esa playa azul y transparente en donde puedes nadar con delfines, y ese crucero enorme que parece un hotel cinco estrellas en donde puedes comer, beber y hacer lo que quieras ¿cuánto cuesta? Se preguntaba.

***

—Ha pasado una semana. ¿Vas a hacerlo?

—No lo sé.

—Hay muchos que no lo pensarían tanto.

—Es mi amiga.

—Quizá me equivoqué contigo y no eres la indicada.

—Pero no sé cómo lo haría.

—Eso depende de ti.

—…

—Te doy tres días, si no aceptas, buscaré a otra.

***

Aquel muchacho millonario le dijo que luego de hacerlo tendría que enviarle la dirección del velorio y que él mismo vería el cuerpo de su amiga muerta. Una vez confirmada su identidad, le daría el dinero en efectivo. Durante las últimas horas, Emily sólo había pensado en dónde y cómo iba a esconder ese dinero de sus padres. El lugar elegido era el sótano. Levantó los tablones de madera del piso y encontró un espacio suficiente para guardar allí el dinero.

Una vez resuelto eso, hizo una lista de las primeras cosas que compraría con el dinero. Primero quiso ser prudente e hizo una lista que no pudiera levantar sospechas, sin embargo, ¿de qué valía tener diez millones de dólares si no puedes hacer feliz a tus seres queridos? Así que para el punto seis, decidió darle un millón de dólares a cada uno de sus padres y quinientos mil a cada uno de sus hermanos y abuelos para que pudieran comprarse lo que deseaban.

Emily era feliz imaginando la dicha que sentiría cada uno de ellos al recibir el dinero.

***

El viernes, Emily le dijo a su madre que se sentía mal y que por eso no iría a clases. Ese día usó el tiempo para buscar en Internet la mejor forma de matar a su amiga. Vio todas las opciones pero ninguna de ellas la convenció. La mayoría de las formas eran sangrientas y otras demasiado engorrosas de preparar o difíciles de conseguir. Además, el muchacho millonario le puso como condición que el cuerpo estuviera intacto para poder reconocerlo, así que no podía maltratarlo o cercenarlo. Es por eso que optó por el camino del envenenamiento.

Pero la lista de semillas, plantas, sustancias químicas o drogas eran también difíciles de conseguir. Entonces Emily recordó que su amiga le confesó, hace un par de meses, que era alérgica al maní y que consumir cualquier producto elaborado con eso, podía matarla. «¡Incluso un beso!», le dijo entre apenada y avergonzada. La joven pensó que si un beso podía tener tal efecto, una alta dosis de maní podía ser la sustancia perfecta para asesinarla. De esta manera, elucubró, podía mantener el cuerpo para probar el asesinato y así cobrar el dinero, a la vez, que nadie podía culparla debido a que tendría la apariencia de un accidente.

***

Al día siguiente, ya convencida de la manera en que realizaría el crimen, Emily invitó a Samantha a su casa. Le dijo que le tenía novedades sobre el chico que a ella le gustaba y que le había confesado algo que a ella le gustaría saber. Cuando llegó, la muchacha invitó a su amiga a subir a su habitación con la misma amabilidad de siempre. Una vez arriba, las jóvenes comenzaron a conversar. Mientras Samantha detallaba sentada sobre la cama sus sentimientos por aquel joven, Emily le acercó un plato con un paquete abierto de galletas. Emily había comprado unas galletes rellenas con mantequilla de maní y las había puesto en un paquete, de la misma marca, que pertenecía a galletas regulares. De esta manera, su amiga comería las galletas por error provocándose ella misma la muerte.

Emily le acercó el plato pero Samantha parecía tan entretenida con su narración que desatendió la invitación. Emily decidió comer una de esas galletas y decirle a su amiga lo bien que sabían, pero ella continuaba hablando sobre aquel muchacho. Para ese momento, la joven ya se había imaginado a su amiga sufriendo los efectos de la intoxicación. Había recreado en su mente, una y otra vez, el aspecto que tendría su amiga luego de comer la galleta: su rostro y garganta hinchados, su respiración agitada al no poder respirar, sus ojos abiertos y manos extendidas pidiéndole ayuda y luego el silencio final. Había visto tantas veces esa escena que cuando vio a su amiga frente a ella, hablándole, se sorprendió que aún no estuviera muerta.

Impaciente porque el plan no salía como ella lo había imaginado, Emily decidió coger una galleta del paquete con la intención de metérsela en la boca a la fuerza, pero cuando levantó la mirada, vio a su amiga con una pistola en la mano apuntándole directamente a la frente. No pasó ni un segundo antes de que la bala saliera disparada del arma para estrellarse entre sus ojos abiertos y sorprendidos.

Emily cayó al suelo y Samantha se apresuró a coger su teléfono celular y a tomar una serie de fotografías del rostro inanimado de su amiga. Luego las imágenes las envió a aquel muchacho millonario que le había contactado con la promesa de regalarle diez millones de dólares si mataba a su mejor amiga.

«Midiendo las aguas». Fotografía de Leo Lovecchio
Percy Taira Matayoshi

Percy Taira (Lima, Perú - 1982). Es escritor, poeta, profesor y periodista. En poesía, ha publicado los poemarios Bitácora (2002); Puerta Azul (2008); y de manera virtual La piedra y el ornitorrinco (2014) y Ventanas negras (2018). En narrativa, ha publicado la novela de fantasía Relatos del Imperio de Qudor: La dama roja (2019). Ha colaborado en revistas literarias virtuales e impresas de Perú y México.

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