El desierto

I

Tenía a su alcance los hombros morenos de ella. Incluso había mirado de soslayo el lunar pleno y redondo en la región baja del muslo, próxima a la rodilla, que asomaba bajo su vestido café. Sin embargo, prefería detener sus ojos en los de ella, deseando que abandonara el tránsito esquivo de su mirada y se resolviera a prestarle atención de una vez.

Su presencia le resultaba vertiginosa, como la urbe.

Recordó la primera vez que llegó a la ciudad. La multitud lo aturdió y sintió náusea cuando al fin logró abarcar con su vista las dimensiones de la estación de autobuses. Caminó hacia la salida, cargando su maleta en la espalda. Se sintió ridículo. Las suelas de sus tenis rechinaban en los mosaicos acabados de trapear, a la vez que lo atacaba una mezcla de olores que perturbó sus jugos gástricos: pollo frito, carne asada para hamburguesas, mantequilla con hot cakes. En una de las salidas estaba un boleador desocupado, con las manos embarradas de cera negra para zapatos, fumando. Dio un paso más y se encontró en la calle, abovedada por un cielo jabonoso y gris. Al fondo, la avenida: una motocicleta aceleró para rebasar un tráiler que segundos antes había cimbrado el suelo; las llantas de los autos friccionaban el pavimento; cláxones hacían coro a la sirena de una ambulancia.

Caminó hacia la estación del metro, como si fuera el único lugar que hubiera estado fijo en su ruta, y recordó los vagones de ferrocarril anclados en sus rieles herrumbrosos y oxidados, allá en las afueras de San Luis Potosí. Y ahí, aplastado por las hordas que reventaban los vagones del metro, parecía inaudito el recuerdo de una estación de ferrocarril en medio del desierto. Era una vorágine de cuerpos y sudores en la oscuridad de un túnel sinuoso.

Los hombros macizos. El vestido café. Los aretes redondos, plateados, colgando de los frágiles lóbulos.

Al verla por primera vez pensó que ella también era provinciana. Ni siquiera por el acento en su voz supo identificarla, porque no se diferenciaba en lo absoluto del habla de los de San Luis Potosí. Él, por alguna razón, había adquirido el acento sinaloense. Pero en cuanto ella le reveló su procedencia, se sintió hundido en aquel vértigo de la primera vez que estuvo en la ciudad. La Ciudad, como si no hubiera otra a la que pudiera llamársele así, lo había arrastrado hasta su alcoba más hedionda, obligándolo a desnudarla para al final no revelarle nada. Lo había mirado con desprecio y burla, mostrándole cómo sus mordidas ansiosas no le habían dejado la menor huella.

Ella no era muy alta. Más que una mujer parecía una joven que estuviera a punto de abandonar la adolescencia. Se acomodaba constantemente el cabello negro, negrísimo, y lo dejaba descansar en uno de sus hombros mientras el otro refulgía desnudo, apenas con un leve enrojecimiento por el sol, bajo el tirante café de su vestido. La conducía por las callecitas de San Luis Potosí y ella lo seguía interesada, casi dócil. Pero de vez en cuando la sorprendía ejecutando una mirada de fastidio o una sonrisa burlona. ¿Qué más había para ver en esa ciudad tan mísera?

“Si yo me viniera a vivir aquí, me aburriría”, dijo ella. “En un par de horas ya he conocido todo”.

No había hastío en su voz, más bien había intentado parecer simpática. En él poco a poco brotaron el ansia y la locura de hacerla suya y someterla, como no había podido hacer con La Ciudad. Al salir de la estación del metro, había buscado un hotelito barato en el Centro, ese Centro que era el núcleo de todo lo existente, opuesto a las ridículas calles y plazas a las que ellos llamaban “el centro” en su ciudad provinciana tan diminuta.

Los dos habían transitado ya varias veces por el mismo lugar y sólo hasta entonces fue evidente el fastidio en ella. Ni siquiera la entusiasmó volver a pasar frente a la casa de Manuel José Othón, porque ya la había visto. La había cansado esa ciudad tan sosa, pero encontraba algo de atractivo en el joven provinciano que la guiaba. Para ella era una presa fácil. Una manzana que podría morder, masticar y escupir, como Lilia Prado en Subida al cielo. En su soberbia, hasta se vio a sí misma pronunciando las mismas palabras de la película: “Ya tuve lo que quería”, tras lo cual se encogería de hombros y volvería a escupir.

Él supo entonces que ella era mayor que él. Era ya una mujer, aunque su cuerpo y sus facciones demostraran lo contrario. A voluntad, ella podía parecer indefensa, ingenua, o mostrarse vulgar y rapaz. Mientras caminaban y la banqueta se angostaba, él la dejaba pasar primero y contemplaba su andar firme, altivo, veía cómo quienes caminaban en sentido contrario a ellos se hacían a un lado para que ella pasara. En un momento, sintió que él ya no venía con ella.

Ella se transformó entonces. Era La Ciudad que él no había sido capaz de asir, y si horas antes se había sentido capaz de guiarla y tenerla bajo su mando, al saber que ella era mayor volvió a encogerse en su vergüenza. Ella comenzó a hablar de sí misma, azuzada por las preguntas de él. Y supo entonces que ella ya había salido al mundo y había probado todo cuanto se había permitido. Él era tan anodino y pronto los papeles se invirtieron. Ella observó interesada el cambio en él y, supo que, si ella quisiera, él sería uno más echado a la bolsa. Sí, escupirlo, saborear la fricción con su cuerpo, con su calor, recorrerlo con la lengua, sí, a ése provinciano idiota, y escupirlo. Una manzana que de tanto masticar se volvería insípida. Él acababa de cumplir 23 años.

II

Él insiste en mirarla, pero no ha logrado atrapar sus ojos. Ella, La Ciudad, siempre esquiva, cambiante. Pero ya no siente vergüenza de sí mismo ni de su pequeñez y quiere ahora subyugarla. Los ojos de él tropiezan con el lunar en el muslo moreno de ella. Hay una carne que palpita a escasos centímetros de él. Recorre con la vista el dobladillo del vestido café oscuro: las puntadas de hilo se perpetuan una tras otra y se pierden bajo la curva que dibuja el muslo al aplastarse contra la silla de madera. Ella sonríe, burlona, sin que él lo note.

No hablan. No se escucharían. Resulta casi ominoso el estruendo de la música que sube del piso inferior. Ella quiere bailar, contonearse con el cuerpo apretado contra el de él. Pero él no baila, le ha dicho que es totalmente inepto para ello. La música está en vivo: una mujer grazna éxitos gruperos por el micrófono acompañada de las notas de un teclado desafinado. Han pasado las últimas horas en un bar a la salida de San Luis Potosí, a unos metros de la autopista rumbo a Matehuala.

Él deja de mirarla y se vuelve hacia un plato con cacahuates salados; ella ni siquiera los ha probado porque le da asco la cascarilla negruzca que los recubre. En cambio, llama su atención un cuadro que cuelga a escasos centímetros de la mesa en la que están: es una fotografía en blanco y negro de una escena de Los tres García. En primer plano aparece Marga López con su peluca rubia, rodeada de Pedro Infante, Víctor Manuel Mendoza y Abel Salazar, quienes se la disputan con la mirada. Deseada. Ella sonríe, empuja la silla hacia atrás, apoyando las manos en el borde de la mesa, y se levanta para observar el cuadro. Él se vuelve a mirarla. Entonces, su acción se reviste de otro significado: también se ha levantado de la mesa para provocarlo y revelar su cuerpo en una especie de rito propiciatorio. Deseada. Calcula sus movimientos cuando vuelve a sentarse en la silla: el vestido se arruga, se dobla, cobra formas nuevas en su afán de no dejar al descubierto la zona más profunda y oscura de los muslos. Ella empina la botella de cerveza y bebe las últimas gotas, ya amargas, y lo observa sin que él se dé cuenta. Qué sencillo ha sido avivar su interés en ella. Ansía ya morder la manzana, pero sobretodo desea saborearla, deglutirla poco a poco; sólo escupirá lo último. Y él responde según lo previsto. Le acaricia el cabello, pero ella lo ignora deliberadamente, saboreando con discreción el triunfo. Le acaricia el antebrazo derecho con las yemas de los dedos y las desprende suavemente al acercarse al territorio de su mano. Ella finge ignorarlo pero su clítoris se estremece.

Ya no hay papeleos ni trámites. Él apura los últimos tragos de su lata de cerveza. Ella paga la cuenta como pagó también el taxi que los llevó al centro.

“Bueno, pues entonces llévame a mi hotel. Ya sabes que me voy mañana temprano”, dijo ella. Él preparó el escenario en su mente, mientras la esperaba afuera del baño de mujeres. Ya en la planta baja, los demás clientes se entregaban a la locura del baile. Todos eran adultos, mucho mayores que ella y que él, y por el reducido tamaño del bar, se dieron cuenta del momento en que ambos salieron. Algunos sonrieron maliciosamente.

Fotografía por Rocío Muñoz Peralta
Fotografía por Rocío Muñoz Peralta

Él abrió la portezuela del auto. Ella subió. El lunar brilló en medio del muslo, amarillento por las luces de neón del bar. Había un terreno baldío a dos cuadras de ahí, cerca de la gasolinera donde él debía doblar a la izquierda para llegar al hotel. Él imaginó que se estacionaría ahí, en el baldío. Apagaría las luces del auto. La atraería hacía sí, sin tolerar ninguna resistencia. Le besaría los hombros y sentiría el perfumado cabello negro de ella en el rostro. Sus manos explorarían cada puntada del dobladillo del vestido para encontrar esa caverna húmeda y espesa entre los muslos, que hasta entonces había permanecido oculta. Ella jadearía con ardor, exhalando su aliento en el cuello de él y los dos cuerpos participarían del mismo rito de entrega hasta el instante en que la poseería, subyugándola al violento cauce de sus órganos ansiosos. La vería entonces aprisionada, vencida, con todos sus secretos al fin revelados y, por tanto, indefensa. Hasta entonces, se dejaría caer victorioso sobre el cuerpo moreno y sudoroso de ella, y no la dejaría marcharse. Ella habría sufrido entonces una transformación y su poder de aniquilamiento habría sido conquistado por él. Y no le permitiría irse de su lado: la urbe volvería a incorporarla, a corromperla, y se hallaría de nuevo por encima de él, poderosa, inaccesible. Sería una vez más como esa Ciudad terrible.

Ella esperó a que él subiera al auto. Imaginó que seguramente él querría estacionarse en el terreno baldío que habían visto al pasar. Antes de que él apagara el motor, ella ya estaría recorriendo los ínfimos muslos de él (porque además de ser presa barata le resultaba poco apetitosa), y estaría explorando con tanteos obscenos el arco de sus entrepiernas. Como otras tantas veces, sentiría el penecillo erecto, palpitante, y se vería obligada a fingir que tal descubrimiento le ocasionaba placer. Ella sería la oficiante del rito. Desabrocharía el cierre del pantalón, frotaría los testículos y acomodaría sus caderas y sus muslos en los de él, sentada con las piernas abiertas para recibirlo.

…las lianas de tu cuerpo retorcidas
en el torso viril que te subyuga,
con una gran palpitación de vidas.

Todo el acto sería llevado a cabo en el asiento de atrás, por lo que habría que organizar el orden de las acciones para que todo pudiera alcanzar su clímax en una posición más cómoda. Al concluir, ella regresaría caminando al hotel, mientras él estaría profundamente dormido, desnudo en el interior de un auto rojo abandonado en un terreno baldío. En el desierto. Idilio salvaje. Hasta entonces y no antes, ella podría escupir los restos de la manzana y sentirse satisfecha.

¡Pasó!… ¿Qué resta ya de tanto y tanto
deliquio? En ni la moral dolencia,
ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto.
 Y en ti, ¡qué hondo y tremendo cataclismo!
¡qué sombra y qué pavor en la conciencia
y qué horrible disgusto de ti mismo!

III

Al fin, él ha subido al auto. Siente cómo enloquece sus sienes el flujo sanguíneo. El lunar en el muslo está ahí, incitándolo. El dobladillo del vestido lo invita a regiones ignotas y cálidas. Junto a él, ella emana su perfume de mujer en celo. Él enciende el motor del auto, se echa unos cuantos metros en reversa y toma la calle rumbo a la gasolinera.

Un semáforo en rojo los detiene. La esquina siguiente anuncia ya las zarzas y las rejas maltrechas del baldío. No hablan; el silencio es el preludio de la tempestad.

Él está aturdido y aunque se siente ansioso por poseerla, prefiere no mirarla. Sus ojos, con las pupilas ya dilatadas por la excitación, vagan a través del paisaje tras el parabrisas mientras el semáforo está en rojo, y es entonces que repara en el letrero que indica el nombre de la calle: Avenida Madero. Madero… Madero…

El Centro de La Ciudad lo sobrecogió en cuanto se decidió a recorrerlo al día siguiente de su llegada. Se había sentido como una visita no deseada e impertinente. En su caminata sin rumbo había dado al fin con una de las calles principales: Madero. Al recordarlo, estimulada su memoria con el letrero de la calle en que el semáforo los ha detenido, se mueve incómodo en el asiento y aferra su mano derecha a la palanca del auto. Madero. La turbación que siente lo obliga a mirar de reojo a esta mujer, a esta casi niña que está en el asiento del copiloto, y se siente abrumado, como si pudiera verla a sus anchas en esa avenida interminable que de algún modo le pertenece por haber nacido allá, en La Ciudad. Recuerda entonces las amplias calles del Centro, los edificios coloniales, cuyas fachadas de piedra habían sido erigidas con las ruinas de los templos prehispánicos; recordó sus patios interiores, sus columnas de cantera, sus sólidos portones antiguos. Recordó los edificios más nuevos, con sus cariátides de reminiscencia clásica, sosteniendo balcones y ventanales; los edificios de principios de siglo, art déco, con sus elevadores de puertas doradas y sus pulidas escaleras de mármol negro con estrías blancas. Recordó los portales, las multitudes en las aceras, todas concentrándose en aquella plaza gigantesca, franqueada por la Catedral y el Palacio Nacional. Ese lugar, y no otro, era el núcleo. Todo estuvo ahí antes de cualquier otra cosa. Se había sentido orgullosa horas antes, cuando en una librería de viejo, en una callecita del centro de San Luis Potosí, había preguntado de dónde llevaban los cargamentos de libros y le habían respondido lo que era evidente. Ella había rematado, diciendo: “Sí, allá en México hay muchas librerías de viejo. Toda una calle, Donceles, es de librerías… Es inmensa…”.

Él no había logrado aprehender La Ciudad. Recordó las calles: Donceles, Tacuba, Bolívar, República de Brasil, Venustiano Carranza, Cinco de Mayo. Todo era inabarcable, un universo entero en el que él no tenía cabida porque no le pertenecía. El dobladillo del vestido le parece entonces una puerta vedada. Ella es demasiado para él. “Malditos chilangos”, había musitado en la librería de viejo. Pero inmediatamente se había vuelto hacia ella para decir: “Bueno, sin querer ofender a la presente”. Ella se había reído y replicado, con sincera indiferencia: “No importa. Ya estoy acostumbrada. Nos odian porque allá tenemos todo”.

Se siente extraño y alejado de ella al recordarlo. No había notado soberbia en su voz; más bien, no había nada. Era una voz sin expresión, sin modulaciones. Él le había dicho: “¿Cómo hablan ustedes los del centro? A ver, háblame con auténtico acento del centro”, pero ella se había reído, diciendo: “Pues hablamos normal, no como tú, con tu acentito norteño. ¿De dónde lo sacaste, eh? Si los de San Luis no hablan así como tú, hablan normal.”

Él era un “otro”, entonces. Había elegido una identidad caricaturesca: el norteñito, el provincianito ridículo. Ella hablaba “normal”.

No puede, no puede poseerla.

Se enciende la luz verde en el semáforo y por un instante se siente impulsado a girar el volante del auto para penetrar en la oscuridad del terreno baldío y dar cauce a los impulsos que lo han venido dominando. Pero hacerla suya, someterla, sentirse por un momento unido a ella le parece ahora imposible. Ella no puede ser suya. Se siente incapaz de dar la orden a sus manos de girar el volante y pasa de largo el baldío. La visualiza tendida a su lado como una extensión de tierra inabarcable e inhóspita. Él es un intruso, no tiene el poder para dominarla. Es La Ciudad a la que no pertenece. Y ahora sólo siente una flacidez amarga entre sus muslos, cuando momentos antes la erección había sido tan intensa bajo su pantalón de mezclilla.

Ella tampoco lo miraba mientras el semáforo marcaba el alto. Sin embargo, mantenía su mano izquierda lo suficientemente cerca del asiento de él para comenzar el ascenso por el muslo y después transitar con lentitud hacia la ingle. Pero había algo que la inquietaba: la entrega fácil, el asco de sí misma, la frigidez. Cualquier caricia que descendiera sobre su cuerpo, bajo las copas de su sostén de poliéster, bajo el algodón de su ropa interior, era bienvenida. Ansiaba sentir los besos, la saliva sobre su piel, el pene erecto entre sus muslos y escuchar sus propios jadeos ante la embestida de un sudoroso cuerpo de hombre. Pero la proximidad del encuentro la angustiaba; ella había propiciado el deseo, la locura, y se había regodeado en su triunfo, en su poder de seducción sobre el jovencito con quien había pasado todo el día por circunstancias fortuitas. Y la realización cada vez más cercana del acto que ella había incitado la incomodaba. No podía entregarse a él de forma tan burda. Ella era mayor que él, ella era citadina. ¿Cómo podía representar para él un trofeo tan barato si ella se veía a sí misma más fuerte, más poderosa?  Porque había resultado evidente el momento en que él había asumido un papel inferior respecto a ella al sobrevenir ese intercambio de papeles.

Y por eso, al ver que él ha pasado de largo el terreno baldío en el que ambos habían imaginado el encuentro que inconscientemente se había venido preparando durante todo el día, ella se siente liberada de una carga. No sabría si es moral, pero en silencio agradece que él no se haya detenido. No habría podido entregarse a él, habría elaborado cualquier excusa para que él no la penetrara. Habría sido incapaz de soportar una entrega tan fácil de su cuerpo. Y si en algún momento había sentido un oleaje impetuoso en su pubis, ahora sólo se sabe seca, yerma, deshabitada.

Es una noche despejada y fría en el desierto. Los viejos ferrocarriles descansan en sus rieles oxidados. Él desciende del auto estacionado en la entrada del hotel y abre la puertezuela para que ella baje. Se miran en silencio. Él la rodea con sus brazos y la aprieta con fuerza contra su cuerpo, como en un acto repetidamente ensayado. Ella responde el abrazo sin entusiasmo; apenas roza con sus dedos la suave tela de su camisa negra. Los empleados de la recepción los miran y cuchichean, creen saber lo que ha ocurrido entre ellos y se sienten autorizados a escudriñar el vestido café en busca de manchas o arrugas delatoras.

Ella cruza la puerta del hotel y se pierde de vista entre los corredores alfombrados rumbo al elevador. Lo último que él distingue de ella es uno de los bordes de su vestido café. Sube entonces al auto, enciende el motor y desaparece en la noche ululante del desierto.

Para citar este texto:

Mexía Amador, Georgina. “El desierto” en Revista Sinfín, no. 1, septiembre-octubre de 2013, México, 46-49pp.
https://www.revistasinfin.com/revista/

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