Herencia de familia

Supe que mi abuela era chamán cuando tenía nueve años, recuerdo que en la escuela mi maestra nos explicó cosas sobre los tés, la medicina alternativa y esas supercherías de leer las cartas y hacer limpias con manojos de hierbas. Cuando regresé a mi casa, mi abuela estaba en la cocina como todos los días, le conté lo que había aprendido y le pregunté si ella era chamana, porque las cosas que la había visto hacer con la gente durante toda mi vida se parecían mucho a lo que habían descrito en mi clase, entonces ella volteó lentamente y con esa mirada tierna que siempre tuvo me respondió: entonces eso soy.

Pocos años después dejé de creer en las veladoras y el mal de ojo, empecé a ver con desconfianza los procedimientos curativos y cada vez fui con menos frecuencia a visitarla. La última vez que la vi fue antes de mi viaje a Perú. Hacía dos años que no la iba a ver, pero cuando fui a contarle que al fin conocería Machu Pichu y me casaría en Lima, parecía que el tiempo no había pasado, se alegró por el viaje y sólo dijo: me gustaría ir a tu boda pero en la Ciudad de México hace mucho frío. Me dio mucha risa, y pensé que la geografía nunca se le había dado muy bien.

Senora cholula
“Señora de Cholula” Fotografía de Richard Keis

El viaje fue más breve de lo planeado, en nuestra primera noche en Lima Raúl y yo discutimos absurdamente porque no me gustó la cena que nos había preparado su mamá, recuerdo sus gritos y mi risa confusa, no puedo precisar qué ocurrió, ni cuánto tiempo duró la pelea. Sólo sé que desperté en la cama con un fuerte dolor de cabeza y muy adolorida. Él me dijo que me había desmayado, su rostro estaba desencajado y yo demasiado cansada para entender. Los siguientes días, fueron más extraños, él se desvivía por cuidarme y atenderme y su familia era indiferente, cortante, en ocasiones hasta grosera. Cuando le comenté sobre las actitudes y desplantes de sus padres, por más sutil que intenté ser, él se molestó muchísimo. El episodio fue más violento que el anterior, no recuerdo los golpes, pero sí el miedo que sentí. Esa noche me avisaron de la muerte de mi abuela, no sé cómo pude esperar hasta el día siguiente para marcharme, a las cinco de la mañana tomé un vuelo de vuelta.

En el avión, a mi derecha viajaba un joven alemán que no hablaba español, pero en sus intentos por comunicarse conmigo y ser agradable hizo que me olvidara por cuatro horas, de los tres años de lo que yo creía una relación perfecta y de los cinco días que me había tomado desenamorarme. Cuando llegué a México, ya habían enterrado a mi abuela, pidió que no la velaran, y en mi familia puedes ignorar a alguien toda la vida pero su última voluntad siempre se cumple. Supongo que estuve muy triste y deprimida, porque los siguientes meses fueron nebulosos, siento que no pasó nada. Nunca supe más de Raúl y tampoco intenté saberlo.

Han pasado varios años de eso, deben ser los nervios los que me hacen recordar cosas. Cuando se enteró de que estaba embarazada, Yörg decidió que aprendería español y que era tiempo de casarnos, planeamos todo para antes de que creciera mi vientre. La boda será mañana, aquí en el D.F., tal como ella lo predijo, sólo ruego que la emoción no me traicione, que mañana esté tranquila, porque no he tenido el valor de confesarle que el médico descubrió que mi abuela no pudo heredarme sus ojos grises, ni su don para conocer el futuro, pero sí su epilepsia.

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“Señora de Cholula” Fotografía de Richard Keis
Para citar este texto:

Vázquez, Nadia. “Herencia de familia” en Revista Sinfín, no. 14, noviembre-diciembre, México, 2015, 50-51pp. ISSN: 2395-9428.

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