La mudanza

¿Qué duración habrá que el hombre espere,
o qué mudanza habrá que no reciba
de astro que cada noche nace y muere?
Pedro Calderón de la Barca (“La noche”)

La pandemia de aquel 2020 forzó al aislamiento global: los países sellaron sus fronteras y al interior de cada uno se cerraron las puertas de las fábricas, oficinas, negocios, hogares, familias y amores. El mundo dejó de respirar por momentos ante la presencia de un ente microscópico poseedor de una fuerza destructiva mayor que la de una bomba nuclear. Ese que enseñó que no hay que menospreciar a los seres silenciosos como las propias sombras, cuya opresión asfixió por sorpresa a muchos. Una purga social que no tuvo lógica; un fenómeno que cuestionó la misma teoría darwiniana de la selección natural en la evolución humana. Un tirano con corona que obligó a fijar la mirada en la del prójimo para tratar de escucharlo, mientras que sarpullía por todo el cuerpo la desconfianza hacia la cercanía del otro. Y entonces la humanidad fue distanciada en todas sus dimensiones.

Fotografía del acervo de Carlos Abraham, autorizada
por el autor para su publicación en este texto

—¡El confinamiento durará un par de meses! —dijeron, pero ya había pasado poco más de un lustro y no se vislumbraba el fin.

Las medidas impuestas de manera urgente sorprendieron separados a aquellos amantes, a quienes sacándolos a empujones de sus trabajos los recluyeron a cada uno en una habitación distinta. Los reencuentros fueron prohibidos y la inaccesibilidad a la tecnología les impidió saber el uno del otro. Aislados con su propio yo y aún después de los años, cada uno seguía concibiéndose con el otro como un todo único, tal como el viento que fluye en una sola bocanada.

Sus vidas compartidas habían nacido de la pasión por las letras y, ante el impedimento de continuar con sus trabajos habituales, dieron rienda suelta a la escritura durante el encierro gracias a los cientos de papeles que siempre los acompañaban. Ella describía las memorias de aquellas fantasías pecaminosas en medio del fuego: los besos adictivos, la piel erizada y el erotismo fluyendo por sus venas. El recreaba sus almas revolcándose sobre el mar en cuentos dictados por la complicidad y prohibidos para el pudor. En la imaginación acudían a su cita hasta que las olas gemían al romper en el mismo litoral y en perfecta sincronía.

Pero llegó el momento en que los innumerables manuscritos invadieron sus espacios y no dieron más cabida a sus cuerpos. Entonces él pensó una propuesta, ella la intuyó y ambos tomaron una decisión. La fémina ansiosa desempolvó la maleta de cuero y la vació de las medicinas que antaño salvaron vidas ajenas, pero que ahora, exigía ser usada para reivindicar la propia. El varón ilusionado acarició su inseparable mochila azul y con nostalgia la vació de los conocimientos que portaba para sus alumnos. Calzó el único par de tenis que poseía, cuyo color rojo le recordaba los labios de su musa hinchados por las mordidas de pasión. Ambos empacaron el ferviente anhelo del rencuentro y una noche se mudaron a sus relatos.

Una década después el mundo abrió sus puertas. Como estampida de caballos salvajes miles de papeles salieron volando de dos viviendas desiertas, una justo frente a la otra, y se esparcieron por todas partes. Narraban la historia de un hombre y una mujer que viajaban a lugares ficticios en este Universo y en los paralelos, en la infinitud del tiempo, sin infortunios ni destino, simplemente unidos en la abstracción del amor.

Eva Brito
Eva Brito

Originaria y habitante de la ciudad de México. Licenciada en Restauración de Bienes Culturales Muebles y doctora en Estudios Mesoamericanos; investigadora en el Instituto Nacional de Antropología e Historia dedicada a estudios sobre identidad y patrimonio cultural. Asidua lectora y aficionada a la escritura de cuentos.

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