La naturaleza del camaleón

—Tenés que parar. Te van a descubrir —dije.

Mientras hacía esa advertencia, miraba por la ventana a los niños que jugaban en el patio. De la sala contigua, me llegaban las voces de otros que hacían las tareas escolares.

Fotografía de Gabriel Chazarreta

—Si se ponen a atar cabos, se van a dar cuenta. Pará o pedí ayuda.

A esa altura, me estaba jugando el cargo. Como directora de un Centro Comunitario, mi obligación era terminar con lo que pasaba. Lo que al principio me había parecido un hecho ocasional, con el tiempo se había ido convirtiendo en algo mucho más grave.

Ese día fui a la cocina, pero demoré antes de entrar. A veces escuchaba sin que las demás lo supieran. No todas respetaban mi autoridad y quería enterarme de lo que pensaban. Eugenia y Karina, las compinches de siempre, estaban merendando. Era su hora de recreo.

—¿A quién le irán a echar la culpa esta vez? —decía Eugenia.

—Y… ahora le debe tocar a… a ver… el panadero no vino, así que está a salvo. Marcos y Diego faltaron… ¿A Florencia y Marianela? ¿A Sonia?

El día antes, a Eugenia le habían robado plata de la cartera. Hacía tiempo que faltaban cosas; más que nada, dinero.

En este momento llegó Celia y entré yo también. Las tres me miraron, incómodas. A veces me parecía que sospechaban que yo encubría al culpable. Por eso tenía que ponerle punto final al tema. Empezaba a asustarme.

—¿Y, chicas? —preguntó Celia—. ¿Siguen tratando de saber quién es el de los dedos pegajosos?

Celia siempre tenía una broma lista, pero siempre inoportuna.

—Noemí —interrumpió Eugenia—. ¿Qué vas a hacer?

Miré a Celia, como indicándole que se callara, y comenté:

—Ustedes saben que a los chicos no los podemos tocar.

—A ellos no, pero revisarles las mochilas sí se podría haber hecho —dijo Celia.

—¿Estamos seguras de que son los chicos? —cuestioné, mirándola a los ojos.

—¡Cuántas veces lo hablamos! Esto pasa desde hace mucho y un montón fueron cargando con la culpa —expresó Karina.

—Sí —dijo Eugenia—. Y esos se fueron y vinieron otros y los robos siguieron.

El día antes, cuando le faltó la plata a Eugenia, reuní a todos en el comedor.

—Hoy volvió a pasar algo muy feo —dije—. Le faltó plata a la seño Eugenia. Esto se tiene que terminar. Si no, voy a tener que tomar medidas que no le van a gustar a nadie.

Los chicos estaban asustados. Cada vez, y habían sido muchas, tenían miedo. Algunos, porque creían que los íbamos a culpar a ellos; otros, porque pensaban que si hablábamos con los padres los iban a castigar. Y a algunos los castigaban muy feo. Les dije que si el culpable confesaba y devolvía la plata no lo iba a denunciar.

—Chicos —intervino Celia—, los duendes no existen, así que no les pueden echar la culpa.

—La plata desapareció hace un rato y todavía no se fue nadie. Eso quiere decir que el culpable tiene que estar acá —acusó Zulma.

—Sí —afirmé—. Está acá.

Pude darme cuenta de cómo se tensionaron todos, pero no estaba diciendo nada más que la verdad. Yo lo sabía.

Sin embargo, no pasó nada. Los chicos se fueron y nosotras nos quedamos un rato más.

—Noemí —dijo Amparo—. ¿Por qué dijiste eso? ¿Vos sabés algo?

—Chicas, yo creo que el ladrón es una de nosotras.

Puse mucho cuidado en no mirar a ninguna directamente, pero sentí que me incendiaban con la mirada.

—¿En qué te basás para decir eso? —preguntó Amparo—. ¿Vos pensás que porque yo estoy sola con tres chicos y tengo dos trabajos y la plata no me alcanza, por eso voy a robar?

—No dije que fueras vos, Amparo.

—No tenés derecho a culparnos —reclamó Zulma—. A todas nos robaron alguna vez. Y uno no se va a robar a uno mismo, Noemí. Sabemos con qué chicos trabajamos, lo que son las familias.

—Sí, eso es cierto —confirmó Celia—. Por ejemplo, Marianela y Florencia tienen la madre presa por robar. Y el padre es un ilustre desconocido. Por algo el Juez se las sacó.

—¿Y a vos te parece que eso es motivo para sospechar de ellas? —preguntó Eugenia.

—¿Qué les puede haber enseñado esa madre? —continuó Zulma—. Seguro que nada bueno.

—Chicas —insistí—, acá hay alguien que no se muestra como es.

—Si sabés algo, Noemí, decilo —saltó Karina—. Así no ayudas a mejorar nada.

—Lo que quiero decir es que hay alguien que no es quien creemos.

—Por eso yo dije de revisarles las mochilas a los chicos —dijo Celia.

—¿Y por qué no revisar los bolsos nuestros también? —preguntó Eugenia—. Ustedes siempre sembrando sospechas contra los chicos que menos les gustan.

Las relaciones entre ellas no eran buenas y más de una vez me había tocado intervenir en algún conflicto: con Zulma, siempre tan prejuiciosa y rígida; con Amparo, a la defensiva porque creía que el mundo estaba en su contra; con Celia, irrespetuosa y poco comprensiva; con Karina y Eugenia, que habían formado una camarilla aparte.

—¡Basta! —grité—. Voy a ver si hay alguna protección legal en caso de hacer algo.

A pesar de todos los cuidados que teníamos con nuestras pertenencias, unos días después le faltó plata a Karina.  

—Yo sé quiénes fueron —informó Celia—. Cuando fui a poner la pava para el mate, Florencia y Marianela estaban en la cocina. Dijeron que iban a tomar agua, pero se asustaron cuando me vieron.

—¡Tenían que ser esas dos! —expresó Zulma—. De tal palo, tal astilla.

—¡Ahora resulta que robar es hereditario! —dijo Eugenia en voz baja.

—Vamos al comedor. ¡Todos! —ordené.

Parecía una foto repetida: las maestras, enojadas; los chicos, asustados.

—Hoy volvió a pasar, pero esta vez una de las seños vio quién fue —declaré.

Florencia empezó a llorar y se hizo pis encima.

—Revisémoslas. Deben tener la plata encima —Marianela abrazó a su hermana cuando Celia la agarró del brazo.

—Pará, Celia —dijo Eugenia—. No podés hacer eso. Es una violación.

—Déjalas, Celia —resolví—. Yo me encargo. Vengan.

Agarré a cada nena de una mano y las llevé al baño.

—Seño, no —dijo Marianela—. Por favor, vos sabés que nosotras no fuimos. —¡Claro que lo sé! Todos los días me digo: “Noemí, tenés que parar. Te van a descubrir”. Pero no puedo, no puedo parar. Y sé que me vieron cuando fueron a tomar agua, así que más vale que no abran la boca. Si no, ¡ni se imaginan lo que les espera!

Liliana Fassi
Liliana Fassi

Editó tres libros que recrean, con entrevistas y ficciones, la historia de la inmigración en Argentina. Participó en nueve Antologías de cuentos y relatos y recibió Premios y Menciones en Argentina y en Uruguay. Ha publicado en revistas digitales de Estados Unidos, Guatemala, México y Holanda. Actualmente, su obra aborda un abanico de temas relacionados con la condición humana.

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