La noche que nunca estuvo

“¡Corre, corre!”, escuché sus gritos. No miré atrás. No lo vi. Sólo escuchaba su voz y sus apresurados pasos detrás de mí mientras corría con todas mis fuerzas. Y seguí corriendo hasta que mis fuerzas me abandonaron y cuando exhausto me detuve, esperé lo peor. Sin embargo no había nadie. Ni los perseguidores ni Ernesto.

Todo sucedió rápido. Lo único que atiné fue a impulsarme y concentrarme en avanzar lo más rápido que mis piernas me lo permitían. No puedo afirmar si por mi mente pasaron extractos de mi vida tal como he escuchado sucede cuando uno está al borde de la muerte, pero de lo que sí estoy seguro es que me asaltó un sentimiento de pavor, y con éste, una única idea: salvarme a cómo dé lugar. De Ernesto sólo escuchaba sus gritos que indicaban que no me detuviera. No sé cuánto me alejé ni cuánto tiempo estuvo tras de mí, pero la sensación de que seguía gritando la llevé un buen trecho, y les aseguro, sus gritos seguían allí pero él no estaba, sólo la calle oscura y los ladridos de algunos perros.

Accedí a acompañarlo a casa de la chica. Me lo pidió casi como una súplica. Era cumpleaños de la muchacha. Y sucedió que en un momento las cosas se complicaron. Apareció el ex novio de Miluska, que así se llamaba la muchacha. Se armó una trifulca que fue apagada por la determinación del padre de Miluska de encararlo, así como por sus acompañantes que eran del mismo barrio y conocían a los que se encontraban en la casa y disuadieron al energúmeno a que depusiera su belicosidad. El malandrín se marchó seguido de sus compinches lanzando imprecaciones a diestra y siniestra. Sin embargo, un momento antes el antiguo novio despechado ubicando a Ernesto entre el desbarajuste, le había gritado: “¡Eres hombre muerto! ¡Te lo juro!” Y todos –recuerdo– volteamos a mirar al nuevo novio alarmados sin duda por su integridad.

Esperé a que mis pulsaciones se normalizaran. A Ernesto no lo veía por ningún lado. Empecé a caminar en busca de ayuda que me permitiera volver por mi amigo. No tenía idea de dónde podía hallarse la comisaría de la zona. No veía a ninguna alma que me orientara. Deambulé un buen trecho en busca de un taxi. No hallé ninguno. Anduve algunas cuadras hasta que di con una calle donde vi a unos sujetos que venían hacia mí. Me asaltaron y me despojaron de lo único de valor con que contaba: el celular. Uno llegó a golpearme. Sin dinero, estaba en un aprieto.

La suerte de mi amigo dejó de preocuparme: me preocupaba la mía. El ex novio podía encontrarse cerca.

Con las primeras luces de la mañana apareció el primer bus e intenté subirme pero un sentimiento de culpa hizo que desistiera de lo que más deseaba: alejarme lo más pronto posible de ahí para siempre. A una persona que parecía salía a trabajar le pregunté: “¿En dónde quedaba la comisaría del lugar?”

Me dirigí hacia ese puesto policial.

Tuve que esperar a que el guardia de turno me atendiera tecleando con dos dedos la denuncia en una vieja computadora. Mientras me daba cuenta de que mi denuncia no sería atendida: ninguno de los guardias tenía intención de ir a indagar por la suerte Ernesto. Traté de hacerle comprender la gravedad del asunto. Me miró con sorna. Me dijo que asaltos y riñas era lo que más había en el distrito, que no se daban abasto para atender cada caso, y menos, si no se había reportado algún hecho de gravedad. Me indigné. Quiso que le indicase el lugar donde habían sucedido los hechos y yo no conocía la zona. El policía insistía en que le dijera dónde y qué me habían sustraído. Salí dejando al policía irritado por haber escrito algo incoherente en esa vetusta computadora.

A la luz del día pude ver lo pujante de la zona. Gente por todos lados. Un contraste drástico con lo de hace unas horas me pareció lo más atinado: intentar dar con la casa de Miluska. Contarle lo sucedido. Ella podía tener noticias.

Hice memoria. Recordé lugares por donde habíamos pasado hasta que di con la ruinosa casa. Toqué el timbre. Al cabo de un rato alguien gritó desde dentro que quién era. Me identifiqué. Solicité ver a Miluska. Al rato ella se asomó a la puerta en bata y malhumorada por haberla despertado a esas horas después de la jarana que había durado hasta casi unas horas antes. Le dije que nos había perseguido su ex novio y su patota, y que en la huída perdí a Ernesto. Esto pareció despejarla. Prestó atención. Le pedí el teléfono para llamar a su casa. Avergonzada dijo que no tenía, que hacía un mes le habían arranchado su celular bajando del bus, pero que más abajo había una tienda donde había un teléfono público y podía llamar. Me quedé esperando a que se vistiese para acompañarme. Al instante comprendí: esperaba que me marchara para volver a meterse a la cama. Le dije que no traía plata y que me habían robado. Pareció dudar de mis palabras. Luego se introdujo dentro de la casa y salió con lo justo para que hiciese esa llamada y con unas monedas para el colectivo. Aquello me enervó y me la pintó de cuerpo entero. “Chau”, le dije y me alejé.

Ernesto vivía sólo.  Llamé a su celular: nada. Pensé que lo probable era que lo hubiese perdido en su loca carrera por salvarse de la gente que lideraba el ex novio. Y especulé que esos aparatos son los primeros que sufren en una gresca: sofisticados, finos, frágiles y, por tanto, vulnerables a una trifulca callejera.

Temeroso y desconcertado di un rodeo por el barrio en busca de algún indicio que me pusiese sobre la pista de mi amigo. Fue inútil.

Es así como me marché del lugar sin rastros de mi compañero.

El lunes fue desconcertante. Ernesto no apareció por el trabajo. No contestó tampoco su celular. Algo debía haberle sucedido. No esperé más tiempo pues me sentía culpable, así que fui a la oficina de mi jefe que también era jefe de Ernesto, y le conté lo que había sucedido el fin de semana. Ángeles, jefe del área, pareció conmoverse, y me dijo que mandaría a alguien de la compañía a casa de Rojas –como se apellida Ernesto–, a averiguar qué le podría haber pasado, sino habría que contactar a algún familiar para que empezaran las indagaciones sobre lo sucedido.

Las palabras de Ángeles me tranquilizaron. Pero al finalizar la tarde, cuando me retiraba, me acerqué a la oficina del jefe para averiguar qué había sido de esas indagaciones, y grande fue mi sorpresa cuando Ángeles me dijo que no había tenido tiempo de mandar a nadie. La cosa era sencilla: le importaba una mierda la suerte de un trabajador a su cargo.

Me era difícil dar con algún pariente. Conocía a Ernesto de un par de mes atrás en que había entrado a trabajar allí, y congeniamos. Conocía su departamento y pensé que quizá alguien podía darme razón, así que en lugar de ir a mi casa fui al departamento de Rojas.

Cuando llegué tuve que esperar un buen rato hasta que alguien abrió la puerta. Era un sujeto entrado en años de mal carácter –su casero– y le pregunté por mi amigo. Dijo que Ernesto tenía una deuda del alquiler y que en cuanto se apareciese le pondría un ultimátum: o pagaba o se largaba a otra parte. Mientras tanto sus cosas quedaban decomisadas hasta que no se resolviese la deuda. Me largué.

“¿Se habría comunicado con Miluska?”, pensé. No me agradaba la idea de volver a ese barrio pero si seguía sin aparecer por el trabajo, iría a buscarla. No tenía teléfono por lo que dejaría que las cosas siguieran su curso y, al día siguiente si no se aparecía pediría permiso antes de la salida con alguna excusa, e iría a casa de la muchacha.

Tal como me temía. No se apareció. Intenté indagar durante la mañana con mis compañeros sobre los datos de Rojas pero nadie sabía nada significativo sobre él.

Ernesto Rojas era norteño y vivía solo desde que llegó a Lima. Más de eso no tenía información. Era poco lo que había sacado en claro de las conversaciones con Ernesto. La verdad era que empezábamos a ser buenos compinches, pero dos meses era poco para conocerse a cabalidad, en todo caso, estábamos en ese proceso, y haberlo acompañado donde su novia era parte de ese conocimiento.

Al medio día fingí un dolor de estómago. Sabiendo lo rígido que eran con los permisos me arriesgué a pedir que me dejaran salir antes, pues me sentía muy mal, aduje. Como no me veían volando en fiebre, o a punto de desplomarme, me hicieron esperar un poco hasta que me dijeron que podía marcharme.

En cuanto estuve fuera tomé un ómnibus que me llevó al barrio de Miluska. El viaje fue largo. Recorrí calles polvorientas sin asfaltar con temor de ser asaltado nuevamente, y aunque atardecía y aún había luz, llegué sin contratiempo hasta la puerta de Miluska.

Me atendió uno de sus hermanos. Me dijo que no se encontraba. Ante mi insistencia accedió a ir a buscarla. Estaba ayudando a sus padres en un puesto que tenían en el mercado de la zona. Me quedé en la puerta mientras iba a avisarle y ella venía, o traía alguna respuesta de su hermana. Me pregunté: “¿cómo Ernesto había conocido a esa muchacha que vivía por el culo del mundo?” Era guapa y fachosa la verdad, y su apariencia era la de una muchacha que uno podía pensar residente de una zona céntrica de la ciudad y no de un lugar con tantas carencias.

Estuve sentado alrededor de media hora hasta que la muchacha llegó. El hermano se quedó cubriendo su lugar.

—¡Hola!

—¡Hola!, ¿cómo estás? —respondí cohibido.

Le dije que Ernesto no había ido por el trabajo y si sabía algo. La vez anterior se había mostrado impaciente por seguir durmiendo. Esta vez pareció interesarse. Dijo que hacía sólo una semana que lo conocía. No eran novios y lo había invitado a su cumpleaños porque lo vio un día antes.

—Estuve trabajando en el centro de Lima vendiendo cosas de computación, en “Wilson”, hasta la semana pasada que renuncié. Ahí lo conocí —dijo.

Me sorprendió que Ernesto hubiera alardeado de ser algo más que un amigo de la muchacha; además el ex novio lo amenazó identificándolo. Le pregunté sin miramientos:

—¿Entonces por qué lo amenazó tu ex? —Dudó un momento, luego continuó— porque pensó como tú que estaba conmigo. Nos había visto conversando en una galería del centro de Lima, y luego lo vio acá. Por eso.

¿Era posible que todo se debiera a una confusión? Lo cierto era que ella dejó entrever que había algo más que amistad entre ambos el día de su cumpleaños, así también debieron verlo los que estuvieron ese día. De eso estaba seguro.

Le propuse ir averiguar al hospital de la zona para saber si había ingresado ahí si es que lo atraparon y le habían dado una paliza. Fue contundente:

—Si quieres ve tú. Es tu amigo. Yo casi no lo conocía. Pero no creo que Arturo le haya hecho algo. Quizá lo asustó pero es incapaz de hacerle algo malo.

Esto me descolocó. Acaso no sabía que había estado él presente cuando se armó el lío en su puerta. ¿Acaso no habían tenido que huir ante la furia del salvaje y su gente?

—Bueno —dije resignado a la desidia de la muchacha—, podrías al menos darme la dirección de Arturo para averiguar si sabe qué le pasó —dije, llamando por su nombre a su ex novio.

La noté contrariada. Respondió:

—Sí. Allá —y señaló una casa casi frente a la suya.

Las piernas me flaquearon. La posibilidad de darme de bruces con el energúmeno hizo que mi resolución de buscar a Ernesto declinara. Pero me repuse:

—¿Y crees que se encuentre?

—Sí. Lo acabo de ver entrar —dijo.

Y recorrí el largo camino hasta el paradero con pies de plomo.

No me atreví a tocar la puerta de Arturo. Ella fue comprensiva con mi miedo y me dijo que lo más probable era que no hubiese sucedido ninguna desgracia, pues sino ya se hubiese sabido, y que se encargaría de averiguar por algunas personas qué es lo que podría haberle pasado, si es que le había pasado algo, después me llamaría. Le di mi número telefónico de mi nuevo celular que reemplacé, y me marché.

Pasaron semanas sin que tuviera noticias de Ernesto. Su desaparición me preocupaba. Sentía que tenía que hacer algo. No sabía a quién acudir. Y ahora pensaba en Miluska como un personaje remoto que se diluía cada vez más de mi mente, y me preguntaba: “¿Por qué Ernesto tuvo que conocerla?, ¿por qué se ilusionó enseguida?, al punto de crearse una ficción en su relación con ella”. Porque de lo que sí estaba seguro era que Ernesto se sentía atraído por la chica, y no era para menos. Pero ella no sentía nada por él. No había llamado evidenciando que no se preocupaba por su suerte.

Sin embargo uno de esos días en que por fin uno logra no pensar en algo que lo ha estado perturbando, llamó. Me citó en el centro comercial Real Plaza del centro de Lima. Así que me preparé a esperarla con la ilusión de saber que Ernesto por fin se había comunicado con ella.

Supuse que lo que tenía que decirme no requería mucho tiempo así que le invité una gaseosa de una máquina expendedora y fuimos a sentarnos a unas bancas. Y ahí le pregunté ansioso:

—¿Y bien?, ¿qué de Ernesto?

—De Ernesto. Nada —me desconcerté: ¿entonces, qué hacíamos allí?, ¿a qué había venido?, y viendo mi desconcierto, dijo con una mirada tímida que resaltaban sus bonitas facciones:

—Es que quería verte.

 

 

 

Mariano Carranza Lucero

Tengo 56 años, peruano nacido en la ciudad de Lima. He publicado dos cuentos en un proyecto que ya no existe llamado “Quipu” del escritor Gustavo Faverón, un artículo en una revista peruana Dedo Medio, y una novela: Ciudad Ceniza.

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