Nos vemos Nina

Estaba a unos escasos metros de mí, un saludo y despedida en la mejilla fue lo único que obtuve de él.

Hubiera querido saltar del asiento para estar más cerca de él, pero al hacerlo quedaría al descubierto mis ganas de compañía –y no podía darme este lujo, que estúpida fui, no tiene nada de malo demostrar una necesidad, en este caso la de la compañía, mas esto me haría verme débil, necesitada o, como comúnmente se dice, urgida y qué pena que todos los pasajeros del autobús se percataran de esto, sin embargo, todos estamos necesitados de algo y lo escondemos por razones vanas, por mantener la compostura. ¡Al carajo la compostura! Ésta no te da de comer, no te da un techo y mucho menos alguien a quien amar. Así que me quedé en el asiento que había escogido y entablé conversación con el chico que iba a mi lado, un antiguo compañero de la preparatoria, intenté que la plática no fuera muy personal, hablamos sobre el clima, la escuela, la familia, nuestro estado sentimental –intenté que él escuchara claramente un “no” cuando mi compañero de asiento me preguntó sobre si tenía pareja, y una andana de temas más que salieron en la charla.

Hubo un momento en el que mi compañero de asiento se durmió y yo lo aproveché para verlo como si lo hiciera sin querer, volteé casualmente, pensando en que tal vez él estaría mirándome, pero me topé con que él también estaba durmiendo. Fue una pequeña decepción, pero últimamente las cosas no salían como yo quería.

Pensé que en ese instante algo cambiaría mas no fue así, volví a darme cuenta de que la vida no es como la deseas. Y ante esta situación ¿qué hice?

Fui una cobarde, sí cobarde; ¿sabes por qué?

Porque como la vida no caminó como yo esperaba le eché la culpa al destino, dije que “él decide”, pero sé que en mí está el hacer que algo suceda. Si quería que él se acercara a mí, yo debí acercarme a él pero no lo hice, me quedé cómodamente sentada esperando a que mis “encantos” hicieran sus trabajos pero éstos no fueron suficientes para convencerlo.

El viaje continuó sin ningún suceso importante, al llegar a la central de autobuses creí que él me invitaría a terminar el trayecto juntos, ­­ya que –no sé si por fortuna o des fortuna– vivimos  a dos cuadras de distancia, empero sólo me cedió el paso, se despidió de mí poniendo su mano en mi hombro, dándome un beso en la mejilla –este pequeño contacto fue suficiente para que tocara el cielo con la nariz y su calor quedara en mi cuerpo– y pronunciando  un “nos vemos Nina”. Yo solamente dejé que se alejara.

Para citar este texto:

Escobedo Morín, Ishtar Nataly. «Nos vemos Nina» en Revista Sinfín, no. 1, septiembre-octubre de 2013, México, 65p.
https://www.revistasinfin.com/revista/

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