Pléyades

Andan juntas por el cielo
sin separarse jamás
como niñas asustadas
María Rodés

*

Celeno estrecha su mejilla sobre la ventanilla del auto y siente como si el invierno se hubiera quedado en el cristal. El padre acelera en la carretera oscura que por las sombras, se vuelve a ratos, azul profundo.

—¿Estará mamá con nosotros esta noche? —pregunta la niña.

—Puede que sí —asiente el padre, quien a través del retrovisor, la ve y sonríe.

Algo se rasga en el cielo. Un olor a rosas se desprende de manera potente y Celeno abraza su oso de peluche, suave, afelpado. El padre cuida que una lágrima no salga de su ojo derecho; acelera y piensa en el abrazo frío de su esposa.

*

Presiona el obturador de la cámara, la cascada de luces del parque lo enceguece.

Revisa la foto y descubre, en el lado derecho, los pies descalzos de una niña.

—Joven —le dice la mujer al periodista—, ¿podría volver a repetir la toma? Necesitamos una foto impecable.

Él sin saber qué decir, alza los ojos para ver la noche profunda que cae desde las montañas.

*

—Hay que esperar a que suceda…

Detrás de la cortina que cubre la ventana se dibujan las luces de la ciudad. Y más allá, lo sabe Alcione, se destiende un valle lleno de neblina.

El pitido del electrocardiograma cuenta los segundos. ¿Qué cuentan con ese ritmo pausado? Cuentan las noches hasta que la abuela despierte un día y pregunte a su nieta: “¿Qué fecha es hoy?”

El doctor cierra la puerta tras de sí y Alcione ve la noche que tiembla como una gota que cae y se muerde los labios para no llorar.

*

El avión de cemento, con el ala derecha destruida, aún guarda en alguna parte de su fuselaje los nombres que escribieron alguna vez en la superficie de granito.

—No me olvidarás nunca —le dijo él a ella, como promesa.

—Nunca —contestó Estérope y garabateó un corazón sin flechar.

Y en efecto, nunca lo olvidó hasta que se cansaron el uno del otro y la distancia los separó de forma definitiva.

Busca a tientas sobre la superficie de cemento la marca del tiempo, pero es en vano. “Si el invierno nace de algún lugar”, piensa ella, “debería de nacer de aquí, de este agujero que tiene el corazón”.

Se arrebuja dentro de su geiser verde y se echa sobre la arena para dibujar otras geografías.

*

Electra, sudorosa pese al frío de la noche, remonta la montaña dejando atrás las injurias. Un polvo seco se alza en la correría que ya no alcanza a ver porque se introduce en el bosque.

Sigue corriendo. Choca entre las ramas de los pinos y los abetos. Llora, suda y maldice.

Los pinos que ponían en casa eran medianos, con las agujas verdes igual que estos. Su madre escogía los pinos más frondosos, pero ya no lo hará. Ella ha quedado atrás, acribillada por las balas del ostracismo.

Electra sigue corriendo y cierra los ojos para olvidarla. No dejará de correr hasta que alcance la frontera.

*

Táigete enciende la vela encima de la mesa y descorre las cortinas de la ventana. Bebe una taza de café y suspira. Si los recuerdos la empujan al pasado, ella se sostiene de lo que apenas se distingue en la noche: pequeñas lucecitas y guiños.

El gato blanco se restriega en su pierna, apenas se distingue entre la oscuridad. La taza de café humea. La fricción del pelaje es tibia y rasposa.

El silencio de afuera es más fuerte que sus recuerdos. Toda la violencia de sus compañeros de escuela, de los jefes de su oficina, de sus exparejas se disuelve. Se tiene a sí misma. No importa nada. No está sola. Está en paz.

*

Maya ha preparado la cena favorita de su hijo. “Ahora él tendría 18 años” piensa “y estaría conmigo si no se le hubiera ocurrido robar las reses del mayoral”.

Se seca las manos con el delantal de cuadros azules y enciende las velas. Las paredes blancas parecen espejos por la oscuridad de afuera.

Se recoge el pelo cano y se limpia la boca. “Vendrá, le guardo con recelo su instrumento de música, el único recuerdo que me queda”.

Al lado de la pared escucha quejidos y golpeteos, gritos y pasos presurosos de hombres con bata. Se sienta al borde de la cama y ve a través de la claraboya un cielo estrellado. Esa pequeña ventana es el único lugar que le hace olvidar los horrores que sufre en el pabellón psiquiátrico.

*

El padre abraza a Celeno, mientras deposita un ramo de rosas blancas sobre una lápida azul. En la lente de la cámara, Mérope sonríe al periodista y después algo centellea en sus ojos. Alcione rompe la hoja del calendario: /Diciembre 24/ y se graba el día por si la abuela despierta a medianoche. Estérope encuentra las marcas del corazón en el fuselaje y algo estalla en la altitud del cielo. Electra deja de correr mientras el abismo se abre, oscuro, pero roto por luces que caen. Maya ve que algo fosforece en la claraboya y escucha la voz de su hijo que le canta una canción de cuna. Táigete se limpia los ojos de lágrimas y miles de puntos se quedan estáticos en sus ojos. La vela se apaga en la mesa y el gato salta al regazo de Maya para ver el espectáculo.

Miles de cristales diminutos se rompen, salpican luces, dejan estelas temblorosas.

Y

una

a

una

caen

las

estrellas.

"Saludo matinal" Fotografía por Miriam Chimil
“Saludo matinal”. Fotografía de Miriam Chimil
Édgar Núñez Jiménez

Nació en Copainalá, Mezcalapa, Chiapas. Ha sido antologado en los libros En-saya. Antología de ensayos universitarios (Universidad Veracruzana, México, 2013), Esto sólo podía pasar en verano (I Concurso Informal de Microcuentos de Verano, España, 2019) y Brevísimos (Antologías Equinoxio, Argentina, 2019). Próximamente aparecerá en las antologías Perros y Gatos (Ediciones Sherezade, Chile, 2019).

2 Respuestas a “Pléyades”

  1. Lilián

    ¡Wow! Concuerdo con el comentario anterior. La descripción de cada momento hace que te transportes al lugar de la narración y el final, de las historias en conjunto es… No sé, la palabra no la encuentro, sólo la sensación que me deja de cómo todo se conecta aunque no lo parezca. Es ese final que une todo lo que en apariencia está disperso.
    ¡Felicidades!

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