Por un puñado de pesos

Cuerdas que suben y bajan. Cuerdas que zumban. Cuerdas que giran y revuelven el polvo. El hombre agita la gruesa cuerda sobre su cabeza y arroja el extremo lejos de su cuerpo, hacia la tierra. La ternera azota en el suelo. Muge. La cuerda atrapa sus cuatro patas. Muge. El caballo la arrastra por la tierra, dándola por muerta, mientras una multitud aplaude y vitorea desde las gradas al hombre. Él sonríe. Al fin lo ha logrado. Pero el haber derribado a la ternera no es lo que le interesa. Se siente aliviado, pues su cabeza ya no tendrá precio. Ya no lo buscarán por teléfono en la madrugada, en la noche, al mediodía, a la hora de comer. Gracias a Dios ya tiene la lana; sabe que muchos apostaron por él. El hombre desmonta y se reúne con otros tras bastidores. El barullo de las gradas recibe al siguiente jinete. Es un forastero del sur al que ni siquiera tuvo tiempo de verle el rostro. “El Boludo” le hace una seña, recargado cerca de la puerta trasera y el hombre sale, atraviesa el traspatio y se sube a una pick-up negra, estacionada entre autos polvorientos, ahogados con la arena del desierto. En el interior, en el lugar del conductor lo espera La Matriarca.

—¿Ya tienes la lana?

—Simón.

—Déjate de pendejadas. ¿Dónde está? ¿La traes?

—Nomás que me den lo de las apuestas. A ver si con lo que me den se conforma.

—No lo creo. El morrito no va a regresar, pero pues algo es algo.

No lo iban a dejar en paz. Bajó de la camioneta y regresó al tugurio. Desde su sitio junto a la puerta de lámina, “El Boludo” le dio una palmada en la espalda: “No es tu culpa, hombre”.

Lo habían empezado a llamar por teléfono desde hacía unos seis meses. Todos los días. A todas horas. Ni siquiera podía coger a gusto con Genoveva, su nueva mujer, porque sonaba el teléfono en plena madrugada. Querían el dinero. Ya que se había desentendido del asunto desde un principio, el dinero era lo menos que les podía dar. Sabía que esta vez no se les iba a escapar. Qué fastidio.

Siempre le habían gustado los palenques y los jaripeos. Sabía montar y les hablaba a los animales. En su rancho tenía cuerdas por todos lados. Cuerdas anchas. Gruesas. Más de una vez le quemaron las manos, pero para eso tenía callos, qué no. La cosecha de jitomates ya no daba para mucho y cuando las llamadas se volvieron una cosa insoportable, supo que no había alternativa. No tenía escapatoria. Iban a venir por él y por la lana. Se puso a practicar con Azalea, una recua bien bonita, y se la pasó ensayando suertes con las cuerdas, mientras el tractor descansaba en el patio. Genoveva lo observaba desde la ventana de la cocina. Tenía miedo por él, de que se lo fueran a llevar lejos de ella. Eran capaces de cualquier cosa.

Cuerdas. Reatas. Riendas. Ese era todo su mundo además de los malditos jitomates y de su tractor. El hombre se recargó en el muro de cemento a medio pintar, a unos pasos de “El Boludo” y su puerta de lámina, y se cruzó de brazos. Pensó en el morro. Tanto desmadre por aquel morro. Y aunque “El Boludo” le había dicho que él no era responsable, sabía que era el culpable de todo. No debió dejarlos a su suerte. No en aquel desierto donde lo menos brutal eran los escorpiones.

Un hombre de sombrero negro vaquero se le acerca a “El Boludo”; él es el que trae la lana. El hombre deja de recordar y se acerca al del sombrero negro vaquero; éste le dice: “No te fue muy bien, amigo, pero pues toma: doscientos pesos te han de alcanzar para algo”.

El hombre toma el billete y se queda mirando el suelo. No tiene caso reclamar porque eso es lo menos importante ahora. La Matriarca lo espera afuera y sabe que le va a mentar su madre si le da el pinche billetito verde. Aprieta el billete en su puño y sale con él por la puerta trasera del tugurio, seguido por “El Boludo”.

Cuerdas. Cuerdas que se balancean. Cuerdas que cuelgan de un árbol seco, exangüe. A la mañana siguiente, unas mujeres que caminaban por el arenal, llevando biznagas en unas canastas de mimbre, encontraron al ahorcado. Una de ellas se persignó. La otra, más joven y menos taruga, le esculcó los bolsillos al muerto. Encontró un billete arrugado de doscientos pesos y, tras persignarse, besuqueó el papel.

Al sentir la cuerda bien apretada en el cuello el hombre habrá pensado, sin duda, antes de dejarse caer: “A ver ahora de dónde sacan lana para el segundo funeral”.

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Fotografía de Gabriel Chazarreta
Para citar este texto:

Mexía-Amador, Georgina. “Por un puñado de pesos” en Revista Sinfín, no. 3, enero-febrero, México, 2014, 70-73pp.
https://www.revistasinfin.com/revista/

Georgina Mexía-Amador

Georgina Mexía-Amador (ciudad de México, 1985). Ha publicado poemas y narraciones en revistas como Crítica, Cuadrivio, The Ofi Press y Revista Sinfín. Es autora del libro de cuentos Estragos y progenitores (edición de autor) y la plaquette Vislumbres hacia el otro lado. Poesía/ritual (México: Ediciones El Viaje, 2015). Estudió Letras Inglesas en la UNAM y Literatura Medieval en la Universidad de York, Inglaterra. Sitio web: http://www.georginamexia.com/

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