Reinas godas

Hemos sufrido mucho mi amigo y yo para culminar nuestro trayecto. Mi persona tambaleándose, apenas de pie, y él inerte, comido en parte, llevado por mí como un saco de piedras sobre los hombros.

Lo empezamos a pasar mal incluso antes de nuestra partida, desde la víspera, cuando dimos la noticia a nuestros familiares, y, junto a ésta, la promesa de que haríamos lo que fuera por volver a casa sanos y salvos aunque lograrlo fuese tan improbable, y la nueva de que habíamos abandonado nuestros empleos de siempre para siempre, los cuales suponían el sustento de todos ellos.

“U bin k’iin”. Fotografía de Anahí Haizel de la Cruz

La primera noche, muertos de frío y sed en el arbolado monte, las alimañas saquearon el cuerpo de aquél que me seguía, compadre mío desde la infancia, sin él apenas notarlo, más en la tumba que vivo. Llevábamos toda la jornada padeciendo la algidez en los miembros, y en las sienes y el ánimo los gemidos desesperados de esas bajísimas criaturas. De él se alimentaron delante de mí sin yo hacer nada por impedirlo. Tuve la suerte de que no me vieron y allí me quedé, paralizado por el miedo tras un matojal, observando con todo lujo detalles de cómo le devoraban lentamente sin decidirme a coger una de las ramas del arbusto que me ocultaba para intentar con ella espantar a esos animales enclenques. Hubiera podido con todos, y él también si contase con el vigor y la motivación con la que iniciamos el camino aquella mañana. Para compensarle de alguna manera  lo llevé conmigo a cuestas el resto del viaje, cuando esas bestias de tamaño mediocre emprendieron la retirada tras el festín.

Poco práctico resultaba embadurnarme de esa guisa con su sangre, que si bien calentaba mi trapecio y espalda con las primeras emanaciones finalmente todo se volvía una gélida y reseca costra: él y yo con él, modificándome a base del fluido oscuro proveniente de sus entrañas, que me cubría la visión y la hacía viscosa, por no hablar de mis pensamientos. De esa forma, llevando a lomos  su cadáver, he logrado superar un sinfín de tramos desgraciadamente inolvidables, que me atraviesan como el rayo en mis menos malos momentos aun nunca queriéndolos recordar.

Con él he llegado hasta aquí, no dejando que el frío, ni la fiebre ni su peso muerto languidecieran mi intención. He subido a un risco a por dos burras: Recesvinta, de casi metro y medio de tamaño y color tordo, y Walia, colosal, absolutamente blanca, de la clase mamut. Ambas con los papeles en regla y de buena procedencia. Las dos viven, encaramadas sin caerse, en este peñasco junto a su propietario.

De pronto me sacudo a mi inseparable de encima. Al carajo con él, que se ofreció a acompañarme para que no recorriese en soledad tan calamitosa ruta sin pretender nada a cambio salvo mi protección. Ya me he cansado. Le he rendido demasiado homenaje. He expiado con creces mi cobardía. Ya no quiero ni enterrarle. Lo arrojo al suelo.

—Señor, traigo conmigo la cantidad que pedía en el anuncio. Vengo a por las dos burras.

Ambas me miran desde lo alto, aguzando las orejas, ladeando la cabeza a derecha e izquierda, y cejijuntas, haciendo un esfuerzo mental por entender mi mensaje y alcanzando su comprensión en cierto modo, rebuznando malhumoradas por mi propósito de extirparlas del terreno alto y escarpado que tengo ante mis ojos, de arrancarlas de allí como el musgo que se pellizca y aparta lejos de la piedra. La capa gris clara de Recesvinta, con el pelo corto y fino que aun desde mi posición puede verse erizado, y la musculatura de Wallia, con sus patas largas y fuertes, tiemblan de odio hacia quien ansía convertirse en su nuevo poseedor.

O tal vez me reciben tan juiciosas por ser, aunque de mugriento y abatido aspecto al igual que su amo, alguien distinto a este. Algo más bien, a estas alturas.

Aunque en realidad Recesvinta y Wallia no solamente acostumbran a tratar con su dueño. Hay todo un poblado de espantapájaros guarnecido en las cimas de estas agrestes colinas. Grupos dispersamente asentados en las partes más salientes de la montaña juegan a tirarse piedras, comen alacranes y yacen como si la vida se les hubiera caído precipitándose al abismo desde tan arriba. Muchos visten la indumentaria de los de abajo adquiriéndola (no sé de qué modo ni cuanta gente la usó antes que ellos) cuando se desplazan a la zona desde la que ascendí. También consiguen armas. Un niño apunta a un par de ancianos con una pistola tal vez de plástico porque ríen los tres. Por fortuna no alcanzo a oír el idioma en el que se comunican. Sólo unas carcajadas tan violentas que hacen huir a las aves en desbandada. El que tiene los asnos va mitad desnudo y mitad vestido con tiras de pieles como de gato o de perro. Nos entendemos porque él habla como yo sé. 

—He visto su anuncio. Me interesan mucho las dos. Traigo aquí lo que pide por ellas —por fascinante que parezca este hombre publicó digitalmente su comercial desde algún lugar remoto a donde nos encontramos  aunque nunca respondió a mis preguntas por la web donde propuso la transacción, ni a las de ningún otro solicitante puesto que no lo había—. Ya no tengo cuestiones que plantearle acerca de lo que pretende vender. Han perecido junto a mi compañero. Junto a mi higiene. Junto a mi dignidad. Junto a mi integridad física y moral. Sólo quiero las dos burras y largarme. Sean como sean.

Me dice —ávido para el mercadeo, cuando ni siquiera había previsto que un cliente fuese hasta allí a buscarle— que me espere donde estoy y que va a bajar con las dos hembras. Dicho y hecho. Los tres descienden la roca con la gracilidad de un arroyuelo deslizándose sin quebrarse. Me hallo por fin cara a cara frente a sus dos acompañantes. Ellas cambian repentinamente de opinión. De lejos pareceré vil y horrible pero en la cercanía siempre he ganado puntos. Recesvinta me sonríe y Wallia, más varonil, hace amagos con una pata como para intentar ofrecerme una posible mano. El dueño es roñoso hasta un punto insospechado y deseo apartarlo por siempre de mi campo de visión. Le doy los billetes para que todo esto acabe de una maldita vez  y poder marcharme cuanto antes con mis dos adquisiciones. Cuando los toma con su mano ruda y muestra en su bucal alegría la ausencia de dientes, se ejecutan dos disparos. Yo, el único que está dando la espalda a las balas, me giro para ver hasta dónde han llegado. El niño corre entusiasta acercándose hacia donde estamos, habiendo puesto fin a la existencia de las personas mayores con las que se encontraba. La primera de nosotros en caer es Recesvinta, un proyectil hace lo que la abrupta inclinación de ese risco no pudo. La secunda Wallia, para la que fueron necesarios cuatro tiros más. El propietario muere del susto y no necesita ninguno. Yo corro como los dibujos animados, con las piernas hacia delante y el tronco echado para atrás, pero tropiezo con los restos mortales de mi camarada y caigo. El muchacho se sitúa apuntándome delante de mí. Estoy a su merced y todo porque no quise enterrar a mi compañero. Me toca pagar por esto aunque tenga limpia la conciencia, aunque purgando de este modo mi culpa no me vaya a sentir mejor. Ni siquiera peor. No experimentaré sensación alguna después de que el chico flexione nuevamente su dedo índice sobre la pequeña palanca de metal. Otros motivos tendrá él, que acaba de apretar el gatillo en dirección a mi entrecejo y es totalmente ajeno a los sucesos ocurridos con mi difunto amigo. Se limita a matarme como con alegría.

Miguel Lorente García

Nací en Valencia el 20 de diciembre de 1983. Siempre he residido en Madrid. Trabajo como teleoperador para la Consejería de Sanidad. Mi sueño ha sido siempre ganarme la vida escribiendo. Aficionado a la literatura. Con mucha obra concluida por difundir y otros tantos proyectos por plasmar en papel.

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