Sandra

—¿Qué es esta porquería? —pregunta Ana, rodeando un charco nauseabundo—, ¿y Roberto?

—Se fue muy enojado. Me pidió convencerte de vivir con él. Me negué y dijo que nunca volvería.

—¿De verdad, mamá?

—Ya se le pasará. Regresará, ya verás.

—Qué raro. Roberto es muy tranquilo.

—Así son los hombres, no se puede esperar nada de ellos. ¡Josefina! Ven a limpiar la cocina.

***

“Café en el último día del mundo”. Iliana Hernández.

Sala de estar. La chimenea, inusualmente grande, se abre como boca de volcán en la pared de roca volcánica. Aun en invierno y con el fogón apagado, es un lugar acogedor. Muros en diferentes tonos de anaranjado, sillones carmesí y ricos tapetes color vino.

Abrumado por la opulencia, Roberto pregunta:

—Ana, ¿dónde puedo colgar mi chamarra? Siento mucho calor.

—Dile a Josefina que la lleve al guardarropa.

—Estoy nervioso. Espero caerle bien a tu mamá.

—Yo también. Nunca sé qué esperar de ella.

***

Soberbia, Sandra baja las escaleras. Se desliza como humo. Al igual que su abuela, su madre y su bisabuela, es trigueña, con espesa melena rojo oscuro y cuerpo de reloj de arena: cadera ancha, senos prominentes y cintura reducida.

—Mucho gusto, señora.

—Sandra Lama, joven.

Al estrecharle la mano, Roberto siente calosfríos, si es que puede llamarse así a la quemazón punzocortante que se le encaja como cristales en la mano y se le disemina velozmente por todo el cuerpo.

—Roberto, para servirle. Disculpe el atrevimiento, pero cualquiera creería que es la hermana mayor de su hija.

—Gracias, Roberto, pero no es mi mérito. Las mujeres de mi familia se han caracterizado por verse mucho más jóvenes de lo que realmente son.

—Quizá sea usted heredera de la pócima para la belleza eterna.

—Tengo mis secretos, sí, pero no es para tanto.

—Seré cauteloso —aventura el muchacho, sonriendo travieso.

—Sólo cuide y respete a Ana —replica Sandra, impasible, sin responder a los intentos del joven por congraciar con ella.

***

—Ana, me exasperas. Ojalá algún día me des una nieta de la cual pueda sentirme orgullosa, una mujer que porte mis genes dignamente.

Sandra sabe qué decir para herir a Ana. A la menor señal de desobediencia, le recuerda que no se parecen en nada. Su hija es la única mujer rubia, de tez blanca, ojos azules y enjuta en toda la línea familiar. Es idéntica a su padre.

—Oye, mamá, ¿no has pensado en tener un novio? —Ana intenta devolver la agresión.

—¿Qué? ¿A qué viene esa pregunta de nuevo, justo ahora? ¿Un novio? ¿A mi edad? No hay hombres que valgan la pena —cara de asco—. ¡Más vale sola que mal acompañada! No sé qué me fastidia más, tú o esta maldita menopausia que ya me tiene harta. Necesito urgentemente un vaso de agua con hielo. ¡Josefina! —Su enfurecida voz chillona corre por las habitaciones y los pasillos de toda la casa.

***

Con Roberto, Ana se siente confusamente segura y perdida. Su piel de canela y cabello encarnado la desconciertan. La primera vez que las manos de este hombre la sostienen, sus músculos se relajan, al borde del desmayo. Él la abraza con fuerza.

—Ana, te he esperado mucho. Te amo.

Ella no puede responder. Ni siquiera percibe que su cuerpo se abre al aroma de Roberto, desfallece para que él la salve. No logra articular una respuesta.

—Quiero estar contigo siempre, Ana.

¿Juntos para siempre? ¡Qué ridículo! ¿Nadie le ha dicho a este macho que el sueño de las mujeres ya no es casarse y vivir el resto de la vida con un marido? ¡Las mujeres actuales ya no nacen sólo para ser madres, su valor no depende de reproducirse como animales! ¡Habiendo tantas cosas más importantes que hacer! Las mujeres de hoy tienen su futuro en la mano: una carrera, dinero propio, control sobre su cuerpo, su tiempo y su vida entera. Además, ¿quién quiere traer hijos a este mundo loco y violento? Eso es primitivo. La realización de una mujer no depende de tener un hijo.

Ana se retuerce al sentir la lengua de Roberto en el cuello. Él se zambulle en su hueco clavicular, exhalando un aroma que la aturde. Ella disfruta su nuca elegante y fuerte. Sutil comunicación feromónica. Ana cierra los ojos y se entrega al encuentro.

***

—Hija, no es necesario que vivas con ese muchacho. La vida en pareja no es sencilla. Los tiempos han cambiado, puedes concentrarte en tu vida profesional y en tu bebé, sin necesidad de un hombre. Yo vivo para ti. No sabes cuánto ansío la llegada de esa nietecita mía que ha comenzado a formarse en tu interior.

Sandra acaricia dulcemente el vientre de su hija y sus ojos se pierden dentro de ella, como mirando una bola de cristal. Ana no reconoce a su madre. Nunca antes le habló con esa voz de las entrañas, dulce y apacible, reconfortante.

—Mamá, aún no estamos seguros de que sea niña.

—Lo será, Ana. Lo será —Sandra suspira y, llena de satisfacción, sonríe.

***

—Roberto, puedo tener un hijo sin ti. Tengo el apoyo de mamá.

—¡Ana! Me has repetido mil veces que tu madre es una egoísta, que jamás ha hecho algo por ayudarte.

—Está muy entusiasmada con la idea de convertirse en abuela y me ofreció su ayuda incondicional.

—Quiero vivir contigo y nuestra bebé.

—¿Acaso crees que yo quiero ser una mujer como todas? ¿Casarnos? ¿Tener hijos, una familia, encerrarme en mi casa? ¡Jamás!

—Ana, no digas tonterías. No te pido eso. Sólo quiero que estemos juntos para criar a nuestra hija. Puedes trabajar en cuanto lo desees.

—Yo no estoy hecha para ser ama de casa, ¿lo sabes? No sé cocinar, duermo demasiado, no me gustan las labores domésticas… Estoy acostumbrada a tener el desayuno listo al despertar, a las sábanas limpias y planchadas, a las toallas perfumadas en el baño.

—Alguien más se hará cargo de eso.

—No sé, dejar sola a mamá…

—¡No seas ridícula! Tu madre sabe cuidarse sola. Ana, por lo que más quieras, vivamos juntos.

***

Sandra Lama es una cocinera apasionada. Rodeada por ollas con alimentos cocinándose a fuego lento se siente a gusto. Los nutritivos vapores la reconfortan. El corazón de la casa comienza en la cocina, dice a sus visitas, es la matriz familiar, afirma. Cuando tiene invitados, hay algarabía en las hornillas.

***

“Estudio posterior para cárnico es el deseo”. Victor Argüelles.
Técnica: tinta china sobre pape. 2013.

Sandra entra a la cocina bufando de ira, seguida por Roberto. ¿Dejar libre a Ana? ¡Jamás! Abre el horno y, con las manos desnudas, saca un refractario. Siente un ardor extremo, interno, que no es el de los bochornos a los que ya está acostumbrada. Esta vez en realidad le hierve la sangre. Coloca la comida sobre la mesa. Con descuido, se mira las tersas palmas.

—Ay, estoy tan distraída que se me olvidó tomar un trapo para agarrar eso.

—Sandra, espero que entienda que amo a Ana. Quiero formar una familia con ella. Por favor ayúdeme a convencerla, sé que lo mejor para nuestra bebé será vivir con ambos.

—Lo siento, Roberto, Ana ya no es una niña. Ya no puedo interferir en su vida. Debo respetar sus decisiones.

—Usted sabe cuánto necesitó Ana a su padre. Le suplico que lo piense muy bien. Quiero lo mejor para mi hija.

—Roberto, entienda, no está en mis manos resolver esto —Sandra se asusta, percibe la dulce fuerza de Roberto, su voz tranquila y segura. Entiende por qué, en el fondo, Ana quiere huir con él.

—Sí lo está, Sandra, Ana hace lo que usted le diga. Ella es lo que más amo en el mundo, tener a nuestra hija y formar una familia es mi mayor ilusión.

Roberto se acerca a Sandra y la toma por los hombros, implorante. Ella no recuerda cuánto tiempo ha pasado desde que recibió el cariño sincero de un hombre. La hembra que lleva en su interior siente envidia de Ana. La frustración le arde por dentro. La rabia incendia sus venas. Toma al joven por los antebrazos. Roberto intenta soltarla, sin éxito. Absorta en su cólera, Sandra irradia un calor abrasante. La piel de Roberto se funde. Interminable y afónico lamento. Flaquea. Su elástica cáscara se escurre entre las manos de su suegra, arrastrando tras de sí músculos, vísceras y huesos. Un vapor espeso los envuelve. Masa viscosa y trigueña sobre la loseta.

***

Conforme la niña crece en su interior, Ana desea con más fervor la compañía de Roberto. Imagina cómo sería todo con él. Desea dormir bajo su protección, recibir su soporte. La futura Sandra se alimenta de Ana, se cobija con su ser. En ella, el linaje de las mujeres de fuego pervivirá. De vez en cuando, en un murmullo, Ana pide perdón a Roberto por haberlo alejado. Llora su ausencia. Le suplica que vuelva. Cree merecer su abandono por haberlo despreciado. Se arrepiente. Lucha por controlar sus sentimientos para no agobiar anticipadamente a la nueva mujer que se gesta en su cuerpo. Anhela el regreso de Roberto para acompañar juntos a su hija.

***

Ana reconoce en la pequeña Sandra los rasgos de Roberto y se regocija. El trazo de las fosas nasales y los labios es la firma de su paternidad. Se acerca a las dulces mejillitas e inhala una bocanada de amor. Suspensión espacio-temporal. Lo que Ana era antes del embarazo se vuelve borroso. La inunda el deseo de nutrir y proteger a su hija, de ser fuerte para ella. Abraza con esperanza su futuro. Peina tiernamente los tupidos cabellos rojo quemado de la niña.

***

—Ana, dame a esa bebé, tú no sabes cargarla. Eres capaz de tirarla —recrimina Sandra a su hija.

—Mamá, por lo menos deja que salga en mis brazos para el recuerdo —musita Ana, apretando a la niñita.

Fotografía familiar. Ana sentada, con su hija en brazos. Sandra, de pie detrás de Ana, posa firmemente las manos sobre sus hombros. La recién parida y la recién nacida gozan de la seguridad y la calidez de mamá. El rostro de Sandra, inmutable. En su interior, sigilosas, las ascuas se avivan. Ana sonríe con ingenua felicidad. En la frente, una gota de sudor. Súbitamente, su sonrisa se transforma en una mueca de horror. ¿Es real la indescriptible sensación de que el abrigo de piel que cubre sus miembros se resbala? Clic.

Madame Gorgona
Madame Gorgona

Integradora creativa (Lic. Flauta Transversa, Lic. Letras Inglesas, compositora, escritora, bailarina, perito traductora e investigadora). Fundó e imparte Interdisciplinary Ensembles en la FaM-UNAM; imparte flauta en la EIA 1-INBAL. Ha creado cuatro álbumes originales y un libro de cuento. Ha participado con recitales y conferencias en festivales internacionales en Chile, Argentina, Colombia, Canadá y México. www.madamegorgona.com

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