Ya no se puede cargar paraguas

Era un día más, de esos en los que no se sabe si hará frío, calor, lluvia, lluvia con granizo, lluvia con viento… Estaba nublado, pero eso no garantizaba nada. No sabía el porvenir. No me decidía entre ponerme una blusa ligera para coquetear y, encima, un abrigo para después quitármelo, o usar un suéter con cuello de tortuga todo el tiempo. ¿Qué prenda escoger? ¿Y si después al sol se le ocurría salir?, tendría que cargar el abrigo, me pesaría y estorbaría en esta ciudad de locos. Pero si no, sufriría de frío toda la jornada. Llevar paraguas también producía un dilema, aunque me encantaban y tenía una colección, que fui haciendo poco a poco, pues la mayoría los había encontrado abandonados a su suerte, en el taxi, en el metro, en el autobús, incluso en un panteón; en fin, me gustaba pasear con ellos en los días nublados, pero ese día no parecía prudente, podría cargarlo en balde, golpear con él a los transeúntes. ¿Qué hacer?, ¿arriesgarme y mojarme? Tomé el negro, mi favorito, un paraguas largo y melancólico, según yo, pues alguien lo abandonó en una banca del parque después de un implacable aguacero.

Finalmente, decidí llevar todo encima; no me arriesgaría a enfermarme para después cargar una gripa de los mil demonios. Ahí me encontraba, bajo la parada del metrobús; mucha gente iba y venía como yo, otros más vestían como si estuvieran en plena primavera o en la playa. Estaba justo en la línea que divide la sección entre mujeres y hombres de aquel famoso e innovador transporte. Pasó uno… dos… tres… cuatro…, no pude subir, las mujeres empujaban y yo, con la bolsa, el abrigo y el paraguas. ¿Cómo?, mi paraguas estorbaba, ese artefacto casi perfecto, negro, elegante y poético no respetaba y no era respetado.

Después de tanto batallar, tuve mi gran oportunidad y al sexto metrobús subí. Ya adentro quedé apretujada entre tantas mujeres de todas las edades, tamaños y miradas. Nadie podía atravesar los ventanales y contemplar un poco la vida en movimiento, ni qué decir de ver a los hombres que viajaban en el otro vagón, todos apretados y oliéndose entre sí. El chofer era un cafre y a cada rato nos balanceábamos, las que estábamos en medio no podíamos asirnos a ningún tubo, mi paraguas me hacía de bastón y muchas veces no caí gracias a él. Faltaba una eternidad para llegar a mi destino, catorce estaciones tenía que viajar así, apretada y estorbando. En cada estación bajaban más de cinco mujeres, pero subían otras diez. ¿Cómo cabían?, todo un misterio por resolver. Con cada paraje me iba acercando más a la salida para poder bajarme sin ninguna dificultad. Mi táctica no funcionó. Al abrirse la puerta, el aire golpeó mi rostro, me sentí triunfante, di un paso, pero el segundo, más que un paso fue un tropiezo, algo me jaló hacia atrás: mi paraguas. El pobre  quedó atorado con las correas de la mochila de una estudiante que, para no cargarla en sus hombros y obstaculizar, la dejó en el suelo; todas celebramos ese acto de generosidad, pero nadie contaba con que, dentro de poco, mi paraguas ofrecería un espectáculo enredándose entre las correas de aquella mochila. El metrobús arrancaría en cualquier momento, yo no podía desenredar el paraguas, algunas mujeres trataban de ayudar, todas nos estorbábamos, las que venían detrás de mí para bajarse, las que querían subir, la muchacha que jalaba su mochila. De pronto, las puertas se cerraron, el paraguas quedó atrapado; yo ya me encontraba en el andén y una mujer gritó al chofer para que abriera las puertas de nuevo. Por fin salió el paraguas, algunas mujeres suspiraron de tranquilidad, otras me miraron enfurecidas por haber retardado su camino. El metrobús siguió su trayecto, al otro extremo del pasillo los hombres solitarios me miraban como miraban a todas las mujeres de ahí, ellos también luchaban como animales para llegar a su destino.

Lo conseguí, descendí del metrobús con el paraguas que de elegante ya no tenía nada, ahora lucía arrugado, sucio y con la punta chueca por la gran presión de las puertas. Caminé por la calle, despeinada, recordando la escena tan inoportuna que acababa de vivir.  Mi reloj dictaba las nueve; apresuré el paso, aunque no tenía prisa, nada importante me esperaba por hacer en ese museo que exhibía cosas de amores posibles, a quién se le habrá ocurrido semejante idea, en un lugar escondido y olvidado, a nadie le importaba. El sol seguía sin asomarse, de vez en cuando me volvía a los transeúntes que fumaban para apaciguarse del frío, ver el humo que salía de sus bocas producía en mí un placer visual; esos seres sí que tenían buen gusto para fumar, lo hacían en el momento preciso y su acto no se reducía a un simple vicio, como cuando las personas fuman en los días calurosos, cuando el sol es insoportable y lo único que se desea es estar en un mar azul. Observaba a los hombres. De un tiempo acá apreciaba mucho verlos, pues casi no tenía contacto con ellos. En mi trabajo, el único hombre era el policía de la entrada, amable, pero con sesenta y tantos años encima; los visitantes del museo solían ser mujeres en su gran mayoría.

Todo el transporte estaba dividido, seccionado; esta idea absurda de dividir los vehículos es una locura. Vagones en los metrobuses solo para mujeres, vagones del metro y hasta taxis rosas, como si a todas nos gustara ese color. Por eso, cuando tenía la oportunidad de mirar otros rostros que no fueran femeninos, lo aprovechaba.

Llegué al trabajo, entré al museo, saludé a Jerónimo, el policía, firmé y me dirigí a mi escritorio de recepcionista. Como todos los días, me esperaba el aburrimiento; ya había leído todas las revistas que llegaban al museo o que dejaban olvidadas algunas visitantes, pero la verdad eso de leer no iba conmigo, sino observar a las personas; debí haber terminado la carrera de psicología, pero… Ya no podía leer más y nadie se asomaba en ese triste lugar. Después de un rato escapé por un café, pregunté al poli si se le ofrecía algo y me tardé más de la cuenta, argumentando que en la tiendita apenas abrían. Aproveché el tiempo para darme una vuelta por las calles del centro donde la vida sí sucedía.

Decidí llevarme mi paraguas (más melancólico que nunca), al menos por quince o veinte minutos seríamos libres, sin ser golpeados y sin golpear a nadie. El día continuaba frío, perfecto para pasear con mi abrigo, mi café y mi paraguas. Afortunadamente, el policía no quiso nada, así tuve más tiempo para mí y caminé, aunque esos minutos se fueron como agua entre mis manos. No lo disfruté mucho, pues resultó que en las calles también el paraguas hacía de las suyas, debo comprarme uno más pequeño, que no se atore en ningún lugar ni entorpezca el tráfico de las personas, pero así pierde todo su encanto. Me pregunto cómo habrá sido la vida de algunas mujeres del siglo XIX, con sus sombrillas a plena luz del día; qué agradable debió ser para ellas. Regresé al mausoleo ese, el silencio se estrellaba en las paredes, ninguna novedad. Mis otras compañeras de trabajo ya estaban en sus puestos, la guía, la curadora y otras dos mujeres que no sé qué hacían, se la pasaban en sus computadoras riendo todo el día, yo me contentaba con mi celular, una libreta y unos cuestionarios que les hacía responder a las insólitas visitantes.

Llegó el final del día; nunca salió el sol; comí sola, como casi siempre; mis compañeras desaparecieron antes de las dos y no regresaron. Volví a casa con mi largo paraguas, pero esta vez decidí tomar el metro; estaba igual de concurrido como todos los transportes, las mujeres iban de un lado y los hombres de otro. Vi que en el lado de los hombres se asomaba una que otra mujer, decidí unirme a ellos. Afortunadamente un hombre me cedió el paso y me subí en el primer metro que pasó; el vagón se llenó, pero obtuve un buen lugar en donde quedaba a salvo. Algunos hombres me miraban tiernamente, otros como diciendo “qué hace aquí esta mujercita”, yo los observaba, noté que muchos de ellos tenían una cara larga y una tristeza interminable; hartos de subirse todos los días en esos vagones y verse entre sí. Esta división del transporte no resulta sana, pensé, la gente de todas formas se golpea y abusa. Mi paraguas y yo veníamos tranquilos hasta que un hombre gordo entró al vagón y me apachurró, aplastó mi paraguas. Decidí bajarme en la siguiente estación, pero no logré escaparme de los manoseos. Triste, salí del metro, ahora tomaría un autobús, allí el viaje sería más agradable o, por lo menos, más despejado, imaginé. Llovía y me alegré de traer el paraguas (aunque un poco roto), caminé hasta el paradero y esperé.

En la acera de enfrente había un árbol, y debajo yacía un hombre cubriéndose de la lluvia; de inmediato llamó mi atención, me gustó al instante; su piel morena, su pelo corto y rizado, y su personalidad me estremecieron, algo parecido a una melodía de violín recorrió todo mi cuerpo, me dibujó una sonrisa y un brillo intenso en los ojos, fue irresistible. Noté que él también me miraba. Me encantó, esa clase de cosas no me pasan seguido, casi nunca, supongo que se debe a mi edad, mi decepción del amor o las preocupaciones de la vida. Sin embargo, él se encontraba allí, con su barba y sus ojos distraídos, quería correr hacia él y cobijarlo bajo mi paraguas roto, pero no me atreví, bastaba cruzar la calle, tomarlo del brazo y caminar juntos hacia la parada. ¿Por qué no pude hacerlo? Todo sugería un encuentro, el clima, la lluvia y el paraguas. Él tampoco me habló.

Después de un rato, el hombre tomó un taxi. Yo regresé a mi hogar, me preparé un café con chocolate, tipo moca, pero sin espuma. Afuera, la lluvia era el soundtrack de esa noche. Me recosté en mi cama, mi paraguas estaba derrumbado en el piso y pensé en la tristeza que se vive en esta ciudad, donde una mujer y un hombre no pueden hablarse, una ciudad en donde a pesar de la soledad y la lluvia no se puede andar por ahí con un paraguas.

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Erika Hernández Sánchez

México (octubre 1982). Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Página web: http://erikahhernandezz.wix.com/creacion

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