Individual o colectivo

Hace tiempo leí un libro de una institución religiosa que solemos calificar de extrema derecha, de la cual recuerdo una idea, que en su momento dejé pasar, pero que hoy después de una largo camino me regresa a la memoria con una fuerza y potencia desalentadoras: la mejor manera para que logres el desorden es buscando un contraejemplo. Tengo que agregar, además, que este principio se presentaba como parte de una lista de cosas que no debes hacer, ni buscar, si quieres tener una vida buena y feliz.

He traído a colación esta anécdota porque me sirve como pretexto eficaz para introducir el tema a discusión en las siguientes líneas, además de que en más de un sentido tiene mucho que ver con la idea que estoy por hacer frente, que es “la idealización de lo comunal”.

Concibo la idealización de lo comunal a esa postura que muchos intelectuales han adoptado implícitamente como parte de sus investigaciones sobre los modos de vida de las culturas originarias, entiéndase, cualquier pueblo que conserva una lengua, tradiciones y costumbres precisas de esta república, a los cuales nombramos, poblacionalmente hablando, con el nombre de sus lenguas madre: mayas, tzotziles, nahuas, mixes, zapotecas, popolocas, etcétera. La postura consiste en resaltar esos rasgos que ponen como punto nodal de su organización social “lo mutuo”; por ejemplo, algunos dicen que los pueblos tiene costumbres y prácticas que dan preferencia a las acciones y valores que promueven la unidad, la comunidad y el afecto de los pobladores con todos los seres: antes que la individualidad diálogos consensuados, “propiedad” colectiva o nulidad de ella, agradecimiento a todos los seres, desde una pequeña piedra hasta la madre tierra, entre otros. Al mismo tiempo, en muchos textos de estos investigadores se observa una profunda admiración e idealización de sus formas de vida política, resultado de una confrontación del individualismo que perdura en el capitalismo occidental en el cual estamos insertos sin opción, atados a dinámicas como el egoísmo, la ventaja, el sometimiento, la injusticia, el abuso, en suma una suéter de calamidades provenientes de una voluntad de poder que deriva del “individualismo más puro jamás visto en la historia de la humanidad”. Hipotéticamente ésta sería una de las causales para que la idealización de lo colectivo o comunal sea un tesoro invaluable en nuestro tiempo, así los intelectuales sostienen que deberíamos encontrar nuevos referentes de estructura social y política en las cosmovisiones de los pueblos originarios y para ello hay que conocerlas. Entonces, nos dicen que el primer fundamento de esta esta visión del mundo se observa de inmediato en su lengua, ésta y, en general, todo su lenguaje se sujeta a otra forma de ver la realidad, pues se topan con esa mentada frase “aquello que no se dice, no existe”, por ejemplo en los vocablos tik tojolabales escuchamos una forma de nombrar al mundo, a la realidad bajo la idea de que todo lo que se nombra es común, no hay un yo monádico, ni una conciencia que determine los objetos del exterior, yo soy pero tanto e igual como el otro es y ambos estamos siendo, el lazo lo hace la naturaleza, incluso un referente metafísico que sería imposible ser descrito en este texto, pero lo que importa es señalar esa nosotrificación de la realidad que se manifiesta en toda la lengua tojolabal, pues el tik “nosotros” conforma toda su habla y con junto a ello hay que notar la inaparente existencia de una individualidad como la que se experimenta en occidente.

De esa forma la vida en esos mundos de la nosotrificación es el paraíso terreno, pues mientras en occidente suele ser una utopía la consolidación de un cuerpo social unido en pos de una causa, o la solidaridad en momentos de crisis, en el mundo de los pueblos originarios, nos cuentan, la injusticia se platica y los problemas se diluyen en el diálogo común.

Con todo y lo atractivo de la propuesta de la nosotrificación, no puedo admitir esa idealización de lo comunal como una puerta de salida para algunos problemas de las relaciones políticas que vivimos a diario, la razón es sencilla y me remite a la anécdota que aventuré al inicio de este texto: la idealización de lo común es otra de las máscaras de la legitimación de los grandes poderes políticos, los cuales se han consolidado gracias a la unidad, que en algunos casos se interpreta como orden, homogeneidad, igualdad y comunidad. De ahí el gran miedo, de las instituciones más poderosas, a la diferencia, a los “contrajemplos”, a las variaciones, los cambios y demás cosas que impliquen un desajuste de lo homogéneo.

En tanto que sigamos creyendo que la unidad o comunidad, pueden hacer un cambio en esta sociedad, no creo que pasemos más allá de los discursos teóricos idealizadores y además ampliadores de una visión del mundo que se niega a ser leído por los ojos de las voluntades de poder.

También, ha sido una idea común que la individualidad o la diferencia se deben de anteponer a cualquier interés político de uniformación de los ciudadanos, pues esto podría funcionar como un principio de “liberación”, pero ello se tiene que analizar hasta sus últimas consecuencias, ya que ¿realmente procurando la diferencia del individuo se podrá cambiar lo real? Es cierto que toda institución consolida su fuerza gracias al principio de la unidad y el orden, de hecho esa ha sido la máxima gracias a la cual han proliferado las más reconocidas en México, pero hay que entender que esa uniformidad con el disfraz de lo comunal que no se presenta como opresivo, igual que la postura idealizadora antes señalada, no es más que una estrategia para seguir continuando el dominio por parte de unas personas que sí han podido ejercer su poder individual. Y de hecho, tanto es así, que incluso en los destinos mágico-paradisíacos, pueblos originarios, las juntas de los comuneros, personas que cuidan la tierra comunal, acaban en actos demagógicos, donde la voz popular se convierte en aplausos hacia una cabecilla a la cual se le rinde tributo por ser el más colmilludo en la palabra, por tener el aspecto económico más sobresaliente, o incluso por haberse creado en la relación con él (foráneo) un halo de misticismo a causa de la insalvable traducción de sentidos lingüísticos.

Podría terminar este breve texto sosteniendo que ninguna de las ideas revolucionarias sostenidas en el principio de la acción común me parecen convincentes, pero podría decir igualmente que los principios de acción individual me parecen insostenibles para una realidad como la nuestra, de ella tengo muchas imágenes de las cuales rescato la siguiente: El individuo existe, pero en México la corporación, (ejército, iglesia, por mencionar los principales) es más respetada por los ciudadanos.

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Rocío Muñoz Peralta

Diletante de la filosofía, de la literatura y del cultivo de las lenguas. Hace poco descubrió su gusto por Muerte sin fin de José Gorostiza. Hay una frase recurrente en su memoria: “¿tienes intención de matarme? No hay carne ni sangre bajo este manto. Solo soy una idea.” Alan Moore.

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